EMBARAZADA DE MI ESPOSO POSESIVO

EMBARAZADA DE MI ESPOSO POSESIVO

last updateLast Updated : 2026-10-13
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Language: Spanish
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Valeria Landeros firmó un matrimonio por contrato para salvar la empresa de su familia. Su esposo es Adrián Ferrer, un magnate frío, controlador y temido en los negocios. Las reglas eran claras: un año, sin sentimientos y sin tocarse. Pero una noche de tormenta y una copa de más lo cambian todo. Semanas después, Valeria descubre que está embarazada. Quiere huir antes de que Adrián lo sepa, porque él nunca comparte lo que considera suyo. Lo que ella no sabe es que él ya sospecha, y que alguien en su círculo hará todo para separarlos. Si no eres mía, no serás de nadie. ¿Es una promesa de amor o una amenaza?

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Chapter 1

Capítulo 1: La firma

Valeria Landeros se miró en el espejo y no se reconoció.

El vestido le apretaba las costillas.

Olía a perfume caro y a laca, y ese olor se le pegaba en la garganta como un jarabe.

Tenía las manos heladas. Se las frotó contra la tela, una y otra vez, hasta que le ardieron.

—Quedate quieta, nena, que me hacés errar el broche —dijo la peinadora con tres horquillas entre los dientes.

—Perdón.

—No te disculpes. Estás blanca como una pared.

Era verdad.

Se veía la cara de alguien que va a un velorio y no a una boda.

Pero esto no era una boda, ¿no? Era un trámite.

Un trámite con flores, con doscientos invitados y un cuarteto de cuerdas afinando en el jardín.

Afuera lloviznaba.

Desde la ventana se veía el césped mojado y brillante, y una hilera de autos negros alineados como piezas de ajedrez.

Se escuchaba el murmullo de la gente, ese zumbido de abejas de la plata.

Su papá apareció en la puerta con el traje que le quedaba grande desde que había adelgazado.

Hacía meses que no comía bien. Meses que no dormía.

—Vale.

—Pa.

Se quedaron mirando. Él abrió la boca, la cerró. Tenía los ojos rojos.

—No tenés que hacerlo, hija. Todavía estás a tiempo.

Mentira. Los dos lo sabían.

La fábrica tenía embargos por tres bancos, los proveedores no cobraban hace cuatro meses y había cuarenta familias que dependían de que ella dijera "sí, acepto" en media hora.

Cuarenta familias.

Ese número le pesaba más que el vestido.

—Estoy bien —dijo ella, y la voz le salió finita, rara—. Es un año. Un año y chau.

—Valeria...

—Pa, no. Si me decís otra cosa me largo a llorar y me arruino el maquillaje.

Él se rió, medio ahogado, y le besó la frente.

Sintió el bigote raspándole la piel y el olor a tabaco que no había podido dejar.

Después la música cambió.

Adrián Ferrer la esperaba al final del pasillo, de espaldas al altar, con las manos cruzadas al frente.

Lo había visto tres veces en su vida.

Una en la oficina de los abogados, otra en una cena donde casi no le habló, y una más para firmar.

Nunca lo había visto sonreír. Ni siquiera estaba segura de que supiera hacerlo.

Era alto. Más de lo que recordaba.

El traje oscuro le caía como si se lo hubieran cosido encima, y tenía la mandíbula tensa, afeitada al ras.

Cuando ella llegó a su lado, él giró la cabeza apenas. La miró de arriba abajo, sin apuro, como quien revisa mercadería.

Y a Valeria se le subió el calor a la cara.

Qué hijo de puta, pensó. Qué atractivo hijo de puta.

—Llegaste —dijo él, bajito.

—Dije que iba a venir.

—Mucha gente dice cosas.

Ella apretó el ramo. Una espina le pinchó el pulgar.

Un dolorcito agudo, limpio, que casi agradeció, porque la anclaba.

Sintió la gota de sangre y se la limpió contra el vestido sin que nadie lo notara.

El cura habló, habló, habló.

Ella no escuchó nada.

Escuchaba el latido tukum tukum en los oídos, la lluvia en el techo de vidrio, el roce de la ropa de los invitados cuando se movían en las sillas.

Hasta que llegó el momento.

—¿Aceptás a Adrián Ferrer como tu esposo?

Silencio.

Los segundos se estiraron. Alguien tosió atrás. Su papá, en primera fila, se agarraba las manos.

—Sí —dijo Valeria—. Acepto.

Adrián dijo lo suyo sin pestañear. Parecía leer un contrato.

Bueno, en el fondo era lo que hacía.

Cuando el cura dijo "puede besar a la novia", ella se tensó entera.

—Tranquila —murmuró él, tan cerca que ella sintió su aliento tibio en la oreja. Olía a menta y a madera, a algo caro y limpio—. Es por la gente.

Y la besó.

Fue corto. Seco. Un roce firme, apenas una presión de labios.

Pero ella sintió la mano de él en su cintura, grande y caliente a través de la seda, y por un segundo se olvidó de respirar.

Cuando se separaron, tenía las rodillas flojas.

No. No, no, no. Esto no.

Él la soltó como si nada. Ya miraba a los invitados, ya sonreía para las fotos, esa sonrisa de cartón que no le llegaba a los ojos.

La recepción fue una tortura de brindis y abrazos perfumados.

Valeria sonreía hasta que le dolió la mandíbula.

Una tía de él, que no recordaba cómo se llamaba, le agarró la cara con dos dedos fríos y llenos de anillos.

—Qué linda sos, querida. Ojalá lo aguantes.

—¿Perdón?

—Nada, nada. Tomá champagne.

Tomó. Después tomó otra.

El alcohol le bajó caliente por el pecho y le aflojó los hombros.

Desde el otro lado del salón, Adrián la observaba hablando con dos hombres de traje. No sonreía. Solo miraba.

Fijo, oscuro, con esa intensidad que le erizaba la nuca.

Cuando ella desvió la vista, sintió que seguía ahí, clavada en la piel.

—Ojo con él —dijo una voz a su lado.

Se dio vuelta. Un tipo de su edad, o un poco más grande, con el mismo pelo oscuro que Adrián pero una sonrisa mucho más fácil.

Sostenía una copa en cada mano.

—Sebastián. Soy el hermano. El simpático, para que te quede claro.

—Valeria.

—Ya sé quién sos. —Le estiró una copa—. Toma. Vas a necesitarla.

—¿Por qué lo decís?

Él se encogió de hombros, sin dejar de sonreír.

—Porque mi hermano no comparte nada. Ni los juguetes, ni el postre, ni a nadie. Y ahora vos sos suya, así que...

—Soy su esposa por un año —lo cortó ella—. No su juguete.

—Claro. —Sebastián levantó las cejas, divertido—. Qué bien que lo tenés clarito.

Se alejó silbando. A Valeria le quedó un gusto amargo en la boca, y no era del champagne.

A la una de la mañana el penthouse estaba en silencio.

Nada de música ni de risas. Solo el zumbido de la ciudad, abajo, tan lejos que parecía de otro mundo.

Valeria se paró en medio del living, descalza, con los zapatos colgando de una mano.

El piso de mármol le congelaba las plantas.

Todo era enorme, blanco y gris, y olía a nada. A casa de revista donde nadie vivió nunca.

—Tu cuarto es el segundo a la izquierda.

Adrián se había sacado el saco y aflojado la corbata. Tenía la camisa abierta en el cuello y las mangas arremangadas. Se servía whisky de espaldas a ella.

—¿Mi cuarto?

—Tuyo. El mío está al final del pasillo. —Se dio vuelta y la miró—. Releé el contrato, Valeria. Cláusula cuatro.

No hacía falta releerlo. Se lo sabía de memoria.

Un año. Sin sentimientos. Sin tocarse, salvo en público.

—Ya sé lo que dice.

—Mejor.

—Che, no hace falta que me hables como si fuera una empleada.

Él dejó el vaso sobre la mesa. Despacio. El vidrio hizo un clic seco.

—Sos mi esposa —dijo—. En papeles, en público, y delante de mi familia. Lo que pase puertas adentro es otra cosa. Y no quiero malentendidos.

—¿Qué malentendidos? —Ella soltó una risa corta, nerviosa—. ¿Pensás que me voy a enamorar de vos? Por favor.

Algo se movió en la cara de él. Una sombra, rápida. Después nada.

—Mejor que no —dijo—. Porque yo no hago eso.

—¿Qué cosa?

—Dejar ir lo que es mío.

Silencio.

La heladera zumbó en la cocina. Afuera, un auto frenó y volvió a arrancar.

—Pero no soy tuya .

—Firmaste un papel que dice otra cosa.

—Dice un año.

—Dice un año —repitió él, y se le acercó un paso. Solo uno.

Ella sintió el calor de su cuerpo, el olor a whisky y a madera, y el corazón le pegó un salto contra las costillas.

—Un año es mucho tiempo, Valeria. Pasan muchas cosas en un año.

—Pará.

—No hice nada.

—Igual. Pará.

Él la miró unos segundos más. Después retrocedió, agarró el vaso y se fue por el pasillo sin darse vuelta.

Valeria se quedó parada, temblando.

Se miró las manos. Seguían heladas, pero la piel de la cintura, justo donde él la había tocado en el altar, le ardía.

Entró al cuarto. Cerró la puerta. Pasó la llave, dos vueltas.

Y recién ahí, sentada en el borde de una cama que no era suya, con un vestido que tampoco, se dio cuenta de que tenía miedo.

No de él.

De cuánto le había gustado que la mirara.

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