تسجيل الدخولENNY
Luca se quedó tieso con la mano sobre la perilla de madera, se le quitó la calma de golpe. Tardó un par de segundos en darse la vuelta, pero cuando lo hizo, el color se le había esfumado del rostro. Era la única variable que no tenía calculada en sus planes. Miró mis manos que tenían la pequeña imagen de la ecografía temblando entre los dedos. Caminó tres pasos hacia mí, me quitó el papel sin pedir permiso y lo miró un largo rato, viendo al punto blanco, por un segundo tonto esperé ver algo en sus ojos, alguna duda o un rastro del hombre que había dormido conmigo durante dos años. Luca suspiró por la nariz. —Qué mal momento —murmuró viendo el papel—. Justo ahora. —Es tu hijo, Luca —dije, dando un paso hacia él—. Es nuestro... —No sé si esto cambia algo, Enny —contestó sin alzar la voz, pero con una frialdad que me caló muy hondo—. No puedo hacerme cargo de algo solo porque tú dices que es mío. Sus palabras me dolieron más que un golpe en la cara. —Sabes perfecto que no he estado con nadie más —dije, sintiendo que me rompía por dentro. —Sé lo que le conviene a mi carrera —se me acercó y me acorraló contra el mueble de los libros. Me llego el olor de su whisky a la cara—. Y me conviene que esto no exista. No voy a arriesgar mi compromiso con Ana Paula ni mi puesto en la empresa por un imprevisto. El dinero del sobre alcanza para que vayas a una clínica privada fuera de la ciudad y lo resuelvas sin armar escándalo. Dobló la imagen de la ecografía en cuatro y me la metió en la bolsa del abrigo junto con el sobre del finiquito. —Si se te ocurre buscar a mi prometida o hablar con mi padre, mis abogados se van a encargar de hacerte la vida un infierno —me dijo al oído—. Toma el dinero y desaparece, Enny. Abrió la puerta, el ruido de la fiesta volvió a entrar a la habitación. Luca salió sin voltear a verme, acomodándose la solapa del saco, y me dejó sola con el olor a su loción de sándalo. Me quedé recargada contra el mueble, sentí un calor que me subió por el cuello y un mareo que me nubló la vista por completo. Me llevé las manos a la panza por instinto, sintiendo un jalón feo y profundo en el bajo vientre que me dobló las piernas. Me dieron ganas de vomitar y no podía meter aire a los pulmones. Hoy había perdido el trabajo, la carrera y al hombre que quería, pero el miedo a que ese dolor le hiciera algo a mi bebé fue lo único que me mantuvo de pie. Salí del salón por la puerta de servicio del fondo, esquivando meseros y cajas de verdura, huyendo como si fuera una delincuente. El aire frío de la noche me dio en la cara al salir a la calle, pero no me ayudó a respirar. Las piernas me pesaban y las luces de los coches se veían borrosas. Caminé sin ver por dónde pisaba, con los puños apretados en el estómago para aguantar las ganas de vomitar. El sobre me pesaba en la bolsa como una marca de vergüenza, crucé la avenida hacia la parada de los camiones con la cabeza agachada, tambaleándome, sin fijarme en el cambio del semáforo. Una luz blanca me dio de lleno en la cara. Escuché el rechinido de unas llantas frenando, el susto hizo que me fallaran las piernas por completo; tropecé con el borde de la banqueta y caí de lado, tapándome la panza con las dos manos para proteger a mi hijo. Un auto negro quedó cruzado a medio metro de mí. Antes de que el conductor pudiera bajar, se abrió la puerta trasera y de ella bajó un hombre alto, de espalda ancha, vistiendo un traje gris oscuro de corte impecable. Caminó hacia mí sin prisa, con una presencia que parecía congelar el ruido del tráfico. Al agacharse a mi lado en el asfalto, se le vio un reloj viejo en la muñeca de oro gastado, con una correa de piel viejita que no checaba con su traje caro, pero lo que de verdad me dejo sin aliento fueron sus ojos, unos ojos grises tormentosos, pero eran los ojos más bellos que había visto jamás, con unas pestañas largas, su barbilla cuadrada y unos labios carnosos. Volví en mi cuando me agarró del codo con fuerza. —Ricardo, llama a una ambulancia —dijo con voz dura, que se notaba acostumbrado a dar órdenes sin esperar réplica. —No... no me pegó el carro —dije con la voz cortada, queriendo soltarme porque la cabeza me daba vueltas—. Me caí... por el mareo... El hombre no me soltó, me miró la cara llena de lágrimas, bajó los ojos a mis manos apretadas en la panza y me volvió a mirar a la cara. —Usted no está bien —dijo, sosteniéndome sin esfuerzo mientras a mí se me doblaban las piernas—. Dígame a donde la llevamos, no la voy a dejar tirada en la calle. —Vivo en el sur... puedo ir en un taxi... —dije, sintiendo que la vista se me volvía a nublar por el dolor físico. Él se quedó callado un segundo, le pasó el pulgar a la correa gastada de su reloj antes de hablarme. —Me llamo Valentino Ferrer. El apellido me cayó encima como una piedra, el hombre que me acababa de levantar del suelo no era un desconocido, era el hermano mayor del hombre que me acababa de arruinar la vida.ANA PAULAMi madre acababa de decirme que papá podía ir a prisión. Esperé a que añadiera algo, porque aquello no podía ser toda la explicación. Ella se limitó a apretar el bolso contra su pecho.—¿Qué hizo exactamente? No me digas que cometió errores. Quiero saber si falsificó documentos, si tomó dinero de alguien o si simplemente está usando la palabra prisión para asustarme.—No me hables como si yo fuera una delincuente, Ana Paula. Tu padre está intentando salvar lo que queda de las empresas. Hay pagos que no puede justificar todavía y personas exigiendo que les devuelva su dinero. Si consigue cubrirlos, quizá podamos evitar una denuncia.—¿Y con cuánto de mi divorcio piensan cubrirlos? Porque supongo que ya hicieron las cuentas sin preguntarme. Me gustaría saber por lo menos cuánto valgo es
ANA PAULALa casa de Humberto estaba demasiado silenciosa desde que Luca dejó de dormir conmigo. Seguía apareciendo por allí, naturalmente, era la casa de su padre. Sus camisas pasaban por la lavandería y algunas noches escuchaba su automóvil de madrugada. Lo único que había desaparecido era la obligación de dirigirme la palabra.Me quedé frente al espejo con la bata abierta. La cicatriz cruzaba la parte baja de mi vientre, rosada y más gruesa en un extremo. El médico aseguraba que terminaría aclarándose. También insistía en que necesitaba tiempo para recuperarme. Qué fácil resultaba recetar paciencia cuando el cuerpo abierto no era el propio.Pasé los dedos sobre la marca. Todavía despertaba algunas mañanas buscando una barriga que ya no volvería a crecer. Había perdido a mi hijo y la posibilidad de llevar otro dent
VALENTINOEnny descubrió que había otra casa cuando llevábamos veinte minutos de carretera y empezó a interrogarme como si fuera un delincuente.—Quiero saber cuántas propiedades tienes antes de que aparezca una señora diciendo que también es tu esposa. A estas alturas, contigo nunca se sabe.—Si aparece alguna, me avisas. Llevo dieciséis años pagando impuestos y durmiendo solo; sería una sorpresa desagradable descubrir que tenía compañía.Me lanzó una mirada por encima de sus lentes de sol. Después bajó la ventanilla y dejó entrar el aire caliente de Morelos. Había insistido en que viajáramos solos. Ricardo nos había entregado las llaves con una expresión que decía claramente que desaprobaba la idea, pero no discutió.Al llegar a Tequesquitengo, Enny se incorporó para mirar el lag
ENNYValentino seguía sentado frente a mí, con los codos apoyados en las rodillas. Había terminado de contarme algo que seguramente llevaba años tragándose, y yo no sabía si abrazarlo o darle un coscorrón por haber esperado tanto.Opté por sentarme a su lado.—No vuelvas a decir que habría sido mejor no conocerme —le pedí—. Puedes tener miedo, puedes enfadarte conmigo y hasta mandarme al diablo si te saco de quicio. Pero no me hagas sentir que nuestro hijo y yo somos una desgracia que te cayó encima.Se frotó la cara antes de mirarme.—Lo que dije fue una estupidez. No porque sea mentira que estoy aterrado, sino porque conseguí hacerte daño precisamente cuando quería explicarte por qué me comporto como un imbécil. No voy a pedirte que lo olvides. Dame oportunidad de hacerlo mejor.—Empieza por darme de come
ENNYValentino llevaba diez minutos intentando cerrar una maleta que yo había cerrado perfectamente la noche anterior. Lo observé desde la cama, entretenida con la manera en que maldecía por lo bajo mientras acomodaba una bolsa de zapatos.—Si rompes ese cierre, vas a explicarle a Marta por qué necesito otra maleta. Y no pongas esa cara. Te dije que la bolsa pequeña iba aparte, pero decidiste demostrar que eres capaz de resolver cualquier problema a fuerza de empujones.—Estoy intentando evitar que llevemos media casa para cuatro días. ¿De verdad necesitas tres pares de zapatos si la doctora te pidió que descansaras?—Necesito elegir qué ponerme sin sentir que estoy de vacaciones con un carcelero. Además, tú llevas seis camisas. No sabía que los árboles de Cuernavaca fueran a exigirte corbata.Sacó la bolsa y la dejó en el suelo. Había dormido mal. Lo sabía porque cada vez que despertaba lo encontraba mirándome, y cuando le preguntaba qué hacía, fingía estar buscando agua.—La doctora
VALENTINOEncontré a Luca discutiendo con la recepcionista del hospital. Había dejado las llaves del coche sobre el mostrador y hablaba demasiado alto.—Soy de la familia. No estoy pidiendo que me entreguen su expediente médico, solamente quiero saber si sigue aquí. Por favor, llevo veinte minutos intentando comunicarme con alguien.—¿Qué carajos haces aquí, Luca?Se volvió. Tenía la camisa arrugada y una expresión desencajada que me desconcertó un segundo. Después recordé a Enny llorando en aquella camilla y se me acabó la paciencia.—Papá me dijo que la habían ingresado. Intenté llamarte, pero no contestaste. Necesitaba saber si estaba bien.—¿Y se te ocurrió venir a montar un espectáculo? Mi esposa acaba de pasar varias horas en observación por culpa de la mujer con la que sigues casado. Lo último que necesita es encontrarse contigo en la puerta.—No sabía que Ana Paula iba a buscarla, Valentino. Si lo hubiera sabido, habría intentado impedirlo. No he venido a discutir contigo.Sol







