INICIAR SESIÓNEres como el agua en este desierto interminable, Nayla —dijo Alexander con un susurro ronco, aunque en el fondo sabía que sus palabras, aunque verdaderas en ese instante, no eran más que momentáneas. Para él, Nayla era un placer pasajero, alguien que lo hacía olvidar, aunque fuera por un momento, las intrigas palaciegas y la carga del destino que lo esperaba.
Ella, sin embargo, interpretó esas palabras de una manera diferente. Cada gesto de afecto, cada palabra que salía de los labios del príncipe, la fortalecía en su determinación. Nayla sabía que él no la amaba, pero eso no la detendría. Era paciente y astuta; su objetivo no era capturar su corazón, sino su corona.
Entre suspiros y caricias, el tiempo en aquel baño pareció detenerse. Las gotas de agua resbalaban por sus cuerpos entrelazados, y el sonido de la fuente se mezclaba con sus respiraciones entrecortadas. Cada movimiento era una danza cuidadosamente coreografiada, un intercambio de poder y pasión donde ambos obtenían algo diferente: él, un escape; ella, una oportunidad.
Cuando finalmente emergieron del baño, ambos parecían renovados, aunque por razones distintas. Alexander, relajado, se vistió con la calma de un hombre que había encontrado un momento de paz antes de enfrentar al mundo. Nayla, por su parte, lo ayudó a ajustarse la túnica, sus manos lingeras pero firmes, sabiendo que cada gesto la acercaba un paso más a su meta.
Mientras él salía del baño para dirigirse al gran salón, Nayla quedó detrás, observándolo marcharse con una expresión calculadora. Para Alexander, aquella era solo una tarde más en la compañía de una mujer hermosa. Para Nayla, era un capítulo más en la historia que estaba escribiendo, una historia en la que ella se veía no solo como una amante, sino como la reina al lado del futuro rey.
Alexander, ahora renovado, se dirigió al gran salón. Sabía que lo esperaban preguntas difíciles y decisiones complicadas, pero también sabía que había algo en lo profundo de su corazón que le daba fuerzas, no solo su derecho al trono, sino la lealtad y el amor de personas como Nayla, que creían en él no como un príncipe, sino como un hombre capaz de liderar con justicia.
El eco de las botas resonaba en los pasillos de mármol del gran palacio imperial mientras una guardia de honor marchaba con pasos firmes, sus armaduras reluciendo bajo la luz del sol que se filtraba por las altas ventanas. Los estandartes reales ondeaban suavemente con la brisa que penetraba en los salones, anunciando un día de gran importancia. En el corazón del salón principal, un hombre de porte solemne, vestido con el uniforme escarlata y dorado de la Guardia Imperial, se colocó en posición. Su voz debía llevar no solo el mensaje, sino el peso de la grandeza de la casa real.
El guardia, de rostro severo y barba meticulosamente arreglada, alzó una mano enguantada para silenciar cualquier murmullo que persistiera en la vasta sala. Los nobles reunidos, con sus ropajes fastuosos, se detuvieron en medio de conversaciones triviales, girando sus cabezas hacia el portón principal del salón, que comenzaba a abrirse con un movimiento lento y ceremonioso.
—¡Anuncio la llegada de Su Alteza Real, el príncipe Alexander, hijo del gran rey Salim Haziz Noury, portador del linaje de los reyes del desierto y protector de las arenas doradas!
La voz del guardia, profunda y resonante, llenó el espacio, golpeando las paredes de mármol y los arcos altos como un trueno en una tormenta. Cada palabra estaba cargada de una autoridad que exigía reverencia, y el mensaje llegó a cada rincón del salón. Los presentes, conscientes de la etiqueta y de la figura que se acercaba, se inclinaron ligeramente, como un gesto de respeto hacia el heredero al trono.
Las puertas principales, talladas con intrincados relieves que narraban las hazañas de los antiguos reyes, se abrieron por completo, y una ráfaga de aire fresco barrió la sala. Alexander apareció, acompañado por una comitiva de caballeros reales y asesores. Vestía una túnica de tonos azul oscuro con bordados dorados que parecían brillar con cada movimiento, recordando el sol reflejado en las dunas del desierto. Sobre su pecho descansaba un medallón de oro con la insignia de su familia, un halcón en pleno vuelo, símbolo de la dinastía Noury.
El salón del trono, decorado con exuberancia, era un reflejo del poder y la riqueza de la familia real. Las paredes estaban adornadas con tapices que narraban las conquistas de los ancestros y las victorias en las arenas del desierto. Sin embargo, aquella noche el tema era distinto, el salón se había transformado en un espacio festivo para celebrar el patinaje sobre hielo, una rareza en un reino rodeado de dunas. Los nobles y la familia real estaban reunidos para admirar este espectáculo, pero bajo la capa de festividad, las tensiones familiares palpitaban como un fuego oculto.
Alexander entró en el salón con su porte usual, una mezcla de elegancia y confianza. Llevaba una capa de terciopelo azul oscuro, adornada con bordados dorados, que parecía ondear con cada paso. Su mirada se desplazó por la multitud con calma, como si evaluara cada rostro que encontraba, pero en realidad buscaba a sus hermanos. Sabía que, aunque la reunión era festiva, las tensiones siempre subyacían cuando estaban todos presentes.
Al encontrarse con sus tres hermanos, las miradas fueron inevitables. Su medio hermano mayor, Kareem, estaba cerca de la mesa central, sosteniendo una copa de vino en la mano. Su expresión era calculadora, sus ojos oscuros observaban a Alexander con una mezcla de desdén y alerta, como si su simple presencia fuera una amenaza a su posición. Kareem era conocido por su astucia y por ser el favorito de algunos consejeros clave; sin embargo, esa noche, la seguridad en su postura parecía flaquear al ver la entrada de Alexander.
Más lejos, junto a una de las columnas, Amir, el segundo hermano, miraba fijamente a Alexander, sus labios curvados en una leve sonrisa que no alcanzaba a sus ojos.
Amir era un hombre de apariencia apacible, pero aquellos que lo conocían sabían que detrás de su fachada tranquila se escondía una ambición feroz
Con un giro certero, Azharel hundió su daga en la arena, levantando polvo y distrayendo momentáneamente a la criatura.La serpiente siseó con furia, su lengua bífida asomando en busca de su presa. Azharel sabía que aquellas criaturas eran letales; su veneno podía paralizar el cuerpo en cuestión de minutos, dejando a la víctima a merced del desierto.Sin perder tiempo, lanzó un golpe con su bota, enviando a la serpiente contra la pared rocosa del desfiladero. El impacto fue suficiente para aturdirla, pero no para matarla. Azharel no se quedó a esperar que se recuperara. Sintió cómo el peligro del lugar aumentaba a cada segundo y supo que no tenía más remedio que huir.Con un impulso poderoso, corrió lo más rápido que pudo hacia un risco cercano. El terreno era traicionero, resbaladizo por la mezcla de nieve y arena, pero su cuerpo estaba entrenado para moverse en cualquier circunstancia. Detrás de él, el siseo de la serpiente se intensificó. Saltó en el último instante, agarrándose de
—Ninguno de esos traidores vivirá para ver el amanecer —murmuró el rey, sus labios curvados en una sonrisa sombría —La justicia se cumplirá a mi manera.Con un gesto final de su mano, dio por terminada la reunión. Los consejeros se retiraron rápidamente, temerosos de permanecer más tiempo cerca del rey en ese estado. La orden estaba dada, y la venganza de Salim comenzaría a extenderse como una sombra oscura sobre todo su reino.A una distancia del palacio, la tormenta de nieve azotaba el desierto con una furia inusitada. Los vientos arrastraban los copos en todas direcciones, cubriendo las dunas y las rocas con un manto blanco que hacía difícil reconocer cualquier terreno familiar. El desierto, normalmente abrasador y sin piedad, se había transformado en un paisaje extraño y desconcertante. La nieve caía con más fuerza, apretando el pecho de aquellos que se atrevían a adentrarse en su helada prisión.Tabat, a pesar del dolor que le quemaba en el cuerpo, avanzaba con determinación. Los
—Sabes lo que has hecho, ¿verdad? —dijo Hassan, su voz firme pero cargada de desdén.El guerrero no respondió de inmediato. En cambio, sus ojos se llenaron de desprecio al mirar la espada que lo retenía.—Lo sé muy bien —respondió con una risa amarga —Pero la pregunta es ¿tú sabes lo que él hizo? —su tono se volvió más frío y venenoso —El rey Salim, el gran "monarca", que mandó matar a mi familia, a mi gente. Él condenó a todos los que me importaban. Hoy, vengo a cobrar mi venganza, y la joven concubina fue solo un paso más.Hassan apretó la espada, sintiendo la tensión en el aire. Los recuerdos del pasado del guerrero le llegaron como un eco lejano, pero él no podía entender cómo alguien podría justificar el asesinato de una mujer inocente.—¿Piensas que con esto vas a lograr algo? —preguntó Hassan, su voz aún serena pero cargada de juicio —La venganza no trae más que vacío. ¿Realmente crees que matarás al rey con esta acción?El guerrero levantó la cabeza, sus ojos ardiendo con el f
No amaba a la joven fallecida, pero sabía que su muerte cambiaría todo. La tristeza del rey podría transformarse en furia, y la furia de un monarca podía derribar reinos enteros.Mientras los preparativos para el entierro de la concubina joven del reino de Salim continuaban en un ambiente de duelo y silencio, lejos de allí, en las tierras áridas del desierto, la vida de Celeste pendía de un hilo.La herida que una vez había comenzado a sanar se había abierto nuevamente, dejando un rastro de sangre oscura sobre su piel pálida. Su respiración era errática, su pecho se agitaba con cada inhalación dificultosa. La fiebre la consumía desde dentro, y su cuerpo temblaba de manera incontrolable.Sonya se arrodilló junto a ella, sujetando sus manos entre las suyas. Frotó su piel helada, tratando desesperadamente de transmitirle el poco calor que aún conservaba en su propio cuerpo.Los dientes de Celeste castañeteaban con violencia, y su rostro se había tornado de un tono fantasmal.—Aguanta, Ce
Salim lo miró con una furia incontenible, pero Amir no vaciló.—Honraremos su sacrificio, pero ahora debemos vivir para vengarla.Esas palabras fueron suficientes para hacer reaccionar al monarca. Apretó los puños y se puso de pie, su mirada endureciéndose con la furia de un hombre que no olvidaría esta traición.La retirada comenzó, pero una cosa era segura, el enemigo no quedaría impune. Y la venganza de Salim sería un huracán de sangre y fuego.Los hombres del rey Salim comenzaron a cruzar la entrada del palacio en un silencio sepulcral. Sus pasos eran pesados, sus rostros endurecidos por la muerte y la desilusión. La batalla que habían librado no era más que un engaño, una cortina de humo para algo mucho más oscuro, y ahora todos lo sabían.En el centro del grupo, una carreta avanzaba lentamente, arrastrada por caballos cubiertos de polvo y sudor. Sobre ella, un cuerpo yacía inmóvil, cubierto por una sábana blanca que ondeaba levemente con la brisa nocturna. Nadie se atrevía a mir
Con la mirada fija en la distancia, Azharel y sus hombres continuaron la persecución. Pronto, el desierto les revelaría si las esclavas eran lo suficientemente astutas para escapar… o si su destino ya estaba escrito en la arena.El fragor del combate rugía a su alrededor, el choque de espadas resonaba en el aire junto con los gritos de los caídos. El rey Salim luchaba con fiereza, esquivando y contraatacando con la destreza de un hombre que había nacido para la guerra. A pesar de su título, no era un monarca que se refugiara tras sus ejércitos. Él peleaba junto a sus hombres, defendiendo su reino con la misma sangre y acero que ellos.Pero en medio de la batalla, su atención se desvió. Un grito ahogado atravesó el caos, haciéndolo girar la cabeza con urgencia.Su mirada se posó en la concubina más joven, la mujer que llevaba en su vientre a su próximo heredero. Su piel perlada de sudor resplandecía bajo la luz de las antorchas, su vestido de seda manchado de polvo y desesperación. Ell







