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Algo peor que las grabaciones

Penulis: ARPAN PORAME
last update Tanggal publikasi: 2026-07-13 19:13:44

La sala del convento se quedó en silencio de golpe.

Todos miraban el altavoz del móvil de Marco como si ese pequeño objeto acabara de decidir su destino.

Mariano Vega emitió un sonido gutural del otro lado de la línea.

Su voz venía ronca.

Agotada.

Como si llevara años cargando algo que debería haber tirado a la basura, pero nunca tuvo fuerzas para hacerlo.

—No tengo las grabaciones —repitió—. Ricardo borró el servidor de Lucienne esa mañana. Todos los registros del pasillo del ala este desaparecieron del sistema central.

El padre Tomás aún no había vuelto. Helena se apretaba la mano contra el pecho, donde el mapa rojo marcaba su ansiedad. Ortega dejó de escribir.

—¿Qué hay de peor? —preguntó Isabella.

No había tiempo para formalidades.

Ni fuerzas para rodeos.

Mariano se calló dos segundos.

Luego habló:

—Tengo recibos de pago.

El aire de la habitación pareció ser absorbido por completo.

—¿Qué? —su voz salió más aguda de lo que ella esperaba.

Mariano continuó rápido, quizás porque sabía que acababa de soltar una bomba:

—No son tuyos. Son de la planta del hotel.

Todos se quedaron petrificados.

Alejandro se enderezó ligeramente cerca de la ventana.

Sus ojos oscuros cobraron vida de golpe, concentrados hasta el último detalle.

—Explícate.

—Hay tres recibos de efectivo firmados esa misma mañana —la voz de Mariano se endureció, volvió a sonar profesional, como si se obligara a ser de nuevo al encargado de noche que fue—. Uno para el médico del hotel. Otro para el técnico informático que borró las grabaciones. Y uno... —se detuvo.

—Para alguien que recibió un sobre de Ricardo y se lo entregó a la joven en el pasillo.

Silencio.

Valentina dio una pequeña exclamación de sorpresa.

—Claro. Porque incluso la humillación necesita personal.

Isabella cerró los ojos por un instante.

Ese sobre.

Esa mañana.

Recordó que había alguien más en el pasillo. Zapatos. Una sombra.

Una mano que le entregó el sobre antes de escuchar el sonido del bastón de Ricardo rozando el mármol.

No fue Ricardo directamente.

Alguien más.

—¿Quién es esa persona? —preguntó Helena.

—La jefa de conserjería del turno de la mañana —la voz de Mariano se quebró levemente—. Se llama Estela Mouriño.

Ortega empezó a escribir de inmediato.

—¿Vive?

—Sí. Se jubiló hace tres años. Vive en el casco antiguo de Puerto Norte.

Alejandro no esperó más:

—La dirección.

—Calle San Marcos, número doce. Pero oye... —Mariano inhaló hondo—. Hay algo más.

Claro que sí.

Siempre hay algo más.

—El recibo de Estela menciona el motivo del pago —se detuvo—. No pone «entregado a huésped». Ni «servicio especial». —Su voz bajó—. Dice: compensación por la disposición a declarar si fuera necesario.

La sala se hundió en un silencio aún más amenazante.

Helena fue la primera en recuperarse:

—Eso significa que ya tenían preparado un falso testigo desde ese día.

—Sí —dijo Mariano—. Si algún día la chica volviera, solo tendrían que sacar a alguien que dijera que cogió el dinero y se fue de su propia voluntad.

La sangre de Isabella se volvió hielo.

Así que no solo eran fotos.

Ni solo titulares.

Habían preparado una versión falsa de su vida desde antes incluso de que ella supiera que estaba embarazada.

Alejandro apretó el borde de la mesa de madera con demasiada fuerza.

Los nudillos de sus dedos se pusieron blancos.

—¿Y guardaste esos recibos? —preguntó.

Mariano soltó un largo suspiro:

—Una copia.

—¿Por qué?

—Porque odio a los hombres que pagan para desaparecer a mujeres embarazadas —esta vez su voz sonó más áspera—. Y porque soy un cobarde. Guardar es más fácil que luchar.

Nadie lo acusó.

No era necesario.

Todos conocían demasiado bien esa forma de cobardía envuelta en pretextos.

—¿Dónde está la copia? —preguntó Isabella.

—En mi casa —se calló un instante—. Y si venís ahora, no entréis por la puerta principal. Desde que salió la noticia esta mañana, hay dos coches extraños dando vueltas por mi manzana.

Claro que sí.

Por supuesto.

Ricardo había tendido redes por todas partes.

—Os envío la ubicación ahora mismo —dijo Mariano—. Tenéis treinta minutos para la audiencia, ¿verdad?

—Menos —respondió Helena.

—Entonces venid rápido. Porque si se dan cuenta de que estoy hablando, no viviré lo suficiente para ser testigo.

La llamada se cortó.

Nadie habló durante dos segundos.

Luego todos se movilizaron al mismo tiempo.

—Volvemos a dividirnos en equipos —dijo Helena deprisa—. Yo me quedo en la audiencia y retengo a cualquiera que intente entrar antes de tiempo.

—¿Sola? —preguntó Isabella.

—No. Va el diputado del condado conmigo. Y ya pedí al juzgado que retenga la sala hasta que llegue el representante legal —sus ojos eran punzantes—. Pero si no llegáis con el testigo o más pruebas, solo podré retrasar la cosa. No ganar.

—Mariano —dijo Ortega—. Nosotros vamos por la copia.

Alejandro asintió:

—Yo, Isabella y Ruiz.

—Yo también voy —dijo Valentina.

Los tres se volvieron hacia ella al mismo tiempo, con la misma expresión.

—¿Por qué? —preguntó Isabella con voz seca.

Valentina encogió los hombros:

—Porque si hay dos coches extraños en el casco antiguo de Puerto Norte, puede que alguno de ellos sea de la gente de antes mía. Reconozco el olor de una emboscada más rápido que vosotros.

Ruiz soltó una exclamación:

—Una frase realmente atractiva.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Nadie es perfecto.

El padre Tomás volvió justo a tiempo para escuchar la mitad del plan.

Le entregó a Helena una copia del registro de la iglesia y miró a todos:

—¿Os vais al casco antiguo? Cuidado. San Marcos es estrecha. Si entráis por la calle equivocada, el coche se convierte en una tumba.

Alejandro cogió las llaves del coche:

—Coincide con mi día.

Isabella ya estaba de pie.

No esperó permiso.

Ni a que nadie más explicara nada.

Esa mañana habían sido demasiadas personas las que habían intentado escribir su vida con su propia tinta.

Ahora le tocaba a ella rasgar esas páginas.

El casco antiguo de Puerto Norte parecía una ciudad que no había decidido aún si quería ser bonita o derruirse.

Calles estrechas.

Balcones de hierro oxidado.

Paredes con colores desvanecidos.

Cables enmarañados sobre las cabezas.

El olor a café, pescado y sal mezclados en uno solo.

Ruiz condujo el SUV lo más lejos posible, luego bajaron dos manzanas antes de la Calle San Marcos.

—Hay dos coches —murmuró Valentina mientras miraba desde la esquina de un callejón—. Un sedán azul viejo. Una furgoneta blanca. Los dos están demasiado limpios para esta zona.

Alejandro miró hasta el final del callejón.

Sus ojos oscuros calculaban distancias.

—¿Dónde está la casa?

Valentina señaló una casa estrecha de dos plantas con una puerta verde vieja en medio de una hilera de edificios. La ventana del primer piso estaba a medio cerrar.

—El número doce.

—Vamos.

Entraron por el callejón lateral del edificio vecino, atravesando un pequeño patio lleno de macetas de tierra agrietada y un tendedero antiguo.

Isabella sintió todo su cuerpo tensarse.

Esto era demasiado parecido a otras noches pasadas.

Calles estrechas.

Puertas traseras.

Demasiados segundos que se escapan.

Alejandro se detuvo cerca de la ventana rota de la cocina y miró dentro.

Su rostro se endureció de golpe.

—¿Qué pasa?

—Está dentro.

—¿Mariano?

Alejandro negó con la cabeza.

Isabella sintió cómo le bajaba la presión arterial.

—¿Quién entonces?

—Ricardo.

Maldición.

Ruiz cerró los ojos:

—Claro que sí.

Valentina dio una pequeña risita irónica:

—Estoy empezando a cansarme de tener siempre razón sobre las cosas malas.

Se desplazaron un poco. Desde la nueva posición, Isabella pudo ver el interior a través de la hendidura de la ventana.

Un pequeño comedor. Mantel de plástico. Sillas viejas.

Mariano Vega estaba sentado en una silla, con la cara pálida y una mano sobre el pecho.

Ricardo estaba de pie delante suyo.

El bastón negro en la mano.

Y sobre la mesa

un sobre de cartón delgado.

La copia.

Tenía que serlo.

Mariano hablaba. No podían oír todo, solo fragmentos:

—Nunca...

Ricardo se inclinó ligeramente, lo suficiente para que su amenaza sonara íntima:

—Si nunca lo hiciste, entonces puedes morir en paz.

—Hijo de puta —susurró Isabella.

Alejandro ya había sacado su pistola.

Ruiz le agarró el brazo de golpe:

—La posición es mala.

—Lo sé.

—Si fallas, el que se lleva el tiro no es el que odiamos.

Valentina miró la ventana delantera de la casa:

—Hay alguien en la furgoneta. Lee un periódico falso. Significa que otro está detrás.

—Yo me encargo de la parte de atrás —dijo Ruiz.

—Yo te ayudo —dijo Valentina.

—No me gusta la idea.

—¿Tienes miedo de que sea más rápida que tú?

—Temo que seas más ruidosa.

Desaparecieron por el otro lado del callejón.

Alejandro miró a Isabella:

—En cuanto se abra la puerta, tú coge el sobre y sal fuera.

Ella alzó una ceja:

—Te encanta darme órdenes en los momentos menos románticos.

Sus ojos oscuros bajaron a sus labios por un instante:

—Isa.

Ella odió que su corazón siguiera reaccionando así.

—¿Sí?

—No improvises.

Ella miró la pequeña puerta de la cocina frente a ellos.

Luego volvió la mirada a Alejandro:

—Si todo saliera bien, ni siquiera te conocería.

La comisura de sus labios se movió apenas.

Casi imperceptiblemente.

Pero estaba ahí.

Y fue suficiente para hacer que el mundo pareciera más vivo de lo que debería ser.

Entonces se oyó desde dentro el ruido de una silla deslizándose por el suelo y la voz de Mariano más fuerte:

—¡Guardé la copia no para ti, hijo de puta!

Ricardo alzó su bastón.

Alejandro no esperó más.

Le dio una patada a la puerta trasera.

La madera se rompió hacia dentro.

Y la pequeña batalla comenzó.

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