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last update publish date: 2026-01-28 12:33:20

Cinco años después...

La tranquilidad que había sentido hacía minutos atrás se esfumó en el preciso instante en que Audrey Sullivan puso un pie en la ciudad que juró no volver a pisar. El nudo que se formó en su estómago no era por el mareo del viaje, sino por el peso del apellido que aún cargaba en secreto. Había pasado ese tiempo escondida en las neblinas de Inverness, Escocia, criando a sus hijos lejos del alcance de Di' Giovanni, logrando escalar profesionalmente hasta convertirse en la mano derecha de una prestigiosa firma de arquitectura paisajista.

—Necesito que vayas tú, Audrey. Eres la única que entiende la logística de este contrato —le había suplicado su jefa, apelando a su lealtad y ofreciéndole un bono que aseguraría el futuro universitario de sus pequeños—. Alessandro Di' Giovanni estará en Dubái toda la semana; así que te vas a reunir con Marcus Thorne.

Esa garantía fue el único motivo por el cual ella aceptó. La reunión era con el jefe de desarrollo urbano y mano derecha de Alessandro. Audrey se convenció de que entraría y saldría de la torre principal como un fantasma, cumpliendo con la auditoría de los jardines corporativos antes de que el dueño del imperio regresara.

Al entrar en el imponente vestíbulo de cristal y acero de la corporación, el aire acondicionado le pareció gélido. Audrey ajustó el cuello de su traje sastre, sintiendo que las cámaras de seguridad la observaban como ojos inquisidores. Caminó hacia el ascensor privado con el corazón martilleando contra sus costillas; cada rincón de ese edificio gritaba el nombre del hombre que casi le arrebata su alma.

—La señora Sullivan está aquí para la reunión con el señor Thorne —anunció la secretaria en el piso cuarenta.

Se obligó a mantener la frente en alto mientras esperaba en la sala de juntas, revisando los planos sobre la mesa para calmar el temblor de sus manos. Estaba a solo minutos de terminar el trabajo y huir de regreso a Escocia.

Al entrar en la oficina principal del piso cuarenta, Audrey fue recibida por un hombre de piel bronceada y un cabello rubio, ligeramente despeinado, cuyos rizos dorados caían con rebeldía sobre su frente. Aunque rondaba la misma edad de Alessandro, Marcus irradiaba una juventud magnética. Era alto, fornido y poseía una sonrisa tan genuinamente bonita que ella se sintió desarmada por un segundo.

—Señora Sullivan, es un placer absoluto. El señor Di' Giovanni no me advirtió que la firma enviaría a alguien tan... —hizo una pausa, recorriéndola con una mirada que no era profesional, sino de puro aprecio— encantadora.

—Vine en representación de la señora Sterling, señor Thorne —aclaró ella, forzando una cordialidad profesional mientras se sentaba frente a él.

Durante la reunión, Audrey no pudo ignorar las miradas que Marcus le lanzaba. Eran sutiles pero cargadas de un interés que ella decidió ignorar; sabía que si su jefa se enteraba, intentaría juntarlos de inmediato, obsesionada como estaba con conseguirle un marido. La interacción fue fluida gracias a la amabilidad de Thorne, quien se mostraba risueño y relajado, haciendo que Audrey casi olvidara dónde estaba.

Al finalizar la revisión de los planos, ella se levantó para recoger sus pertenencias.

—Gracias por su disposición, señor Thorne. Le enviaré el informe final mañana mismo —dijo ella, dirigiéndose a la puerta con una urgencia que intentaba camuflar.

—Espere, Audrey —la detuvo Marcus con suavidad—. La próxima semana es el aniversario de la corporación. Habrá una fiesta por todo lo alto y me encantaría que estuviera presente. Considere que está cordialmente invitada.

—Es muy amable, pero me temo que mi agenda en Escocia está bastante apretada —respondió ella con una sonrisa tensa. Lo último que deseaba era asistir a un evento donde Alessandro Di' Giovanni fuera el centro de atención.

Tras despedirse, Audrey caminó hacia el ascensor. En cuanto las puertas se cerraron y el elevador comenzó su descenso, el elevador contiguo se abrió en el piso cuarenta. De él emergió Alessandro, envuelto en un aura de autoridad gélida y malhumor. No se suponía que estuviera allí, pero había olvidado unos documentos vitales para su viaje a Dubái.

Rntró en el despacho con pasos firmes, pero se detuvo al ver a Marcus alzando una carpeta con una expresión de burla en el rostro.

—¿Viniste por esto, cascarrabias? —preguntó el rubio, balanceando los documentos.

Eran polos opuestos. Mientras Marcus era el bromista que se tomaba todo con una tranquilidad irritante, Alessandro era la rectitud personificada, un hombre de reglas rígidas y una seriedad que rozaba lo cortante.

—No tengo tiempo para tus juegos, Thorne. Dame eso —gruñó, arrebatándole la carpeta—. Tengo un avión esperando.

—Siempre tan amargado —rio su amigo, recostándose en su silla—. Deberías quedarte a la fiesta de la próxima semana. Podrías aprender a disfrutar la vida, o al menos intentar no asustar a los invitados. Por cierto, acabo de conocer a la mujer más hermosa que ha pasado por esta oficina. Una verdadera joya de la firma Sterling.

Alessandro, que ya estaba a mitad de camino hacia la puerta, se detuvo por un segundo, pero no mostró interés. Marcus era un casanova incurable y sus joyas solían ser simples distracciones.

—Me da igual a quién hayas seducido hoy —replicó Di' Giovanni con frialdad.

—No la seduje, aunque lo intentaré —corrigió el rubio con un destello de determinación—. Incluso la invité a la fiesta. Se llama Audrey Sullivan, y te juro, Alessandro, que tiene algo que...

El nombre impactó en la habitación como una explosión silenciosa. Alessandro se tensó de tal manera que sus músculos parecieron volverse de piedra. Se giró hacia Marcus con una rapidez tan violenta que su amigo dio un respingo, dejando caer el bolígrafo que sostenía.

—¿Cómo dijiste que se llama? —la voz del pelinegro bajó a un susurro tan letal que su amigo sintió un escalofrío.

—Audrey... Audrey Sullivan —balbuceó Marcus, confundido por la súbita transformación de su amigo—. ¿La conoces?

Alessandro no respondió. Su mente se inundó con la imagen de la mujer que lo había obsesionado durante cinco años. La mujer que se burló de él y escapó con su sangre en las venas. Sin decir una palabra más, salió del despacho como un vendaval, sus zancadas resonando en el mármol mientras se dirigía desesperadamente hacia los ascensores. Su corazón latía con una furia posesiva que amenazaba con desbordarse.

El cazador acababa de escuchar el nombre de su presa, y esta vez, no pensaba dejar que cruzara la puerta del edificio.

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