Ella parió sola, tú sin heredero

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By:  Siyi CaféUpdated just now
Language: Spanish
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En el momento en que más se amaban, el esposo de Lucía, Sebastián Duarte, le entregó un acuerdo de gastos al 50%. Desde entonces, el amor se enfrió. Lucía incluso estuvo a punto de morir durante el parto porque no pudo pagar la anestesia epidural, que solo costaba 100 dólares. El repentino distanciamiento de Sebastián se convirtió en un misterio imposible de resolver para Lucía. Ella lo dio todo, suplicó con humildad, pero solo recibió indiferencia y toda clase de humillaciones de parte de él y de las personas que lo rodeaban. Con el tiempo, dejó de intentar entenderlo. Porque ella también tenía un secreto. La hija que todos daban por "muerta", ella la criaba en el extranjero. Años después, Sebastián descubrió que tenía una hija. —Estoy dispuesto a contarte toda la verdad a cambio de que mi hija me llame papá. —¡No hay trato! —El patrimonio es tuyo, a cambio de que ustedes vuelvan a casa. Lucía soltó una risita burlona: —¿El patrimonio? ¡Tengo de sobra! En los días en que Sebastián no le prestaba atención, Lucía, ama de casa, ya había renacido de sus cenizas y se había convertido en una figura influyente del sector tecnológico. A su lado, también había un hombre poderoso y despiadado. Y Sebastián escuchó a su hija llamar a ese hombre "papá". Un día, lo vio con sus propios ojos inclinarse ante Lucía: —Cariño, todo lo que tú digas. Solo después se enteró de que él mismo había empujado a su amada hacia otro hombre, y que él mismo había renunciado a la custodia de su hija.

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Chapter 1

Capítulo 1

En la camilla de parto, Lucía Herrera estaba empapada en sudor, retorciéndose de dolor.

Fuera de la sala, solo quedó la asistente de su esposo que permanecía con el rostro impasible.

—Los gastos de hospitalización y parto entran en la categoría de consumo conjunto del matrimonio.

—El Sr. Duarte acepta dividirlos al 50%.

—La anestesia epidural es un gasto adicional no planificado.

—Esa cantidad de más de cien dólares, Sra. Duarte, debe pagarla por sí misma.

Lucía apretó las sábanas, hablando entre jadeos:

—Llevo un día y una noche de dolor y solo tengo tres centímetros de dilatación.

—El médico dice que sin la epidural no voy a aguantar. Pero yo, no tengo dinero.

—Llama a Sebastián, no será tan despiadado.

La asistente no se movió.

Darle órdenes fuera del plan también costaba dinero.

Lucía tuvo que bajarse de la camilla temblando y arrodillarse en el suelo helado para llamar a Sebastián Duarte.

—Sebastián, el dinero para el parto…

—¡Todo según lo acordado!

Un líquido caliente brotó de golpe de su interior.

Lucía bajó la vista y vio grandes coágulos de sangre caer de su cuerpo, tiñendo el suelo de rojo en un instante.

—¡Sebastián, no puedo parar la hemorragia!

Pero él colgó ya.

***

—¡Ah!

Con un grito, Lucía se incorporó de golpe en la cama.

El corazón le martilleaba en el pecho.

Aunque ya habían pasado cuatro años, soñar con aquel episodio todavía la despertaba aterrada.

Llevaba siete años casada con Sebastián.

Los primeros dos años, los mayores los presionaban para que tuvieran hijos y la obligaban a tomar muchas medicinas.

En aquel entonces, Sebastián la trataba bastante bien.

A menudo la protegía de las miradas críticas de la familia y la defendía delante de los demás.

Pero justo el día en que por fin logró embarazarse y fue corriendo a celebrarlo con él, él le entregó un acuerdo de gastos al 50%.

Sin una palabra, solo cláusulas frías.

Desde entonces, Sebastián la trató cada día peor.

Pero ella nunca imaginó que Sebastián sería tan cruel como para calcular hasta el último centavo incluso en su parto.

Antes del acuerdo, ella había pasado años obligada a cuidar su salud para concebir, sin haber trabajado.

Después tuvo que entrar a trabajar en la empresa de Sebastián.

Sebastián no permitía que nadie le diera un trato especial, solo podía ser empleada de base, con salario de pasante.

Ese sueldo apenas le alcanzaba para cubrir sus gastos tras dividir todo con Sebastián.

El día del parto, después de pagar la mitad de los gastos médicos, se quedó sin un centavo.

Por cien dólares, casi murió.

Un timbre agudo rompió la opresión.

En la pantalla del celular apareció una carita tierna:

—Mamá, ¿dibujamos un papá en nuestra casa?

Mirando el dibujo que su hija sostenía, donde solo se había dibujado a sí misma y a ella, Lucía sintió un leve movimiento en el corazón.

En realidad, Sebastián no sabía de la existencia de su hija Valentina.

En aquel entonces, para no tener que usar ese frío acuerdo de gastos al 50% incluso para alimentar a la niña, no se la llevó.

En su lugar, le pidió a un médico que la criara.

Valentina tenía una enfermedad congénita, quedarse con ese médico era más seguro que a su lado.

La familia Duarte, al verla salir sola del hospital, asumió que la niña había muerto al nacer.

Ella no lo explicó.

Durante años, había cargado sola con los gastos médicos de Valentina.

Cuando Sebastián cambió de actitud de repente, Lucía insistió obstinadamente en encontrar la razón.

Quizás estaba cansado de que lo acosara, Sebastián pasaba la mayor parte del tiempo en el extranjero.

Después de aquel accidente terrible, de repente perdió las ganas de preguntar.

Puso toda su atención en Valentina y la enfermedad, y casi olvidó que todavía tenía un esposo.

Valentina estaba creciendo, y su padre sería un tema que no podría evitar.

Lucía se preguntó de pronto:

"¿Valía la pena decirle a Sebastián que tenía una hija que, por cien dólares, casi no logra llegar a este mundo?"

El celular volvió a sonar en ese momento.

Lucía terminó rápidamente la conversación con Valentina y contestó.

Al otro lado se oyó la voz de Nicolás Ríos del equipo de Rescate Cielo:

—¡Lucía, misión de emergencia!

Cuando Lucía llegó poniéndose la chaqueta, Nicolás le hacía señas desde la acera.

Cerca del auto, una mujer vestida a la moda estaba apoyada contra la puerta, cubriéndose la cara.

Nicolás señaló un preservativo bajo el auto y le susurró al oído:

—Parece que la pareja estaba teniendo un momento íntimo en el auto, la hija se despertó y salió por la puerta trasera, ahora ella desapareció.

Valentina había sobrevivido tras muchas dificultades, pues, Lucía no soportaba oír sobre negligencia hacia los niños.

Instintivamente le brotó la indignación:

—Hacer eso con la hija todavía en el auto, eso es un despropósito…

La mujer levantó la cara de repente.

La palabra "despropósito" se le cortó en la garganta.

El rostro de Lucía se puso rígido y exclamó instintivamente:

—¿Camila?

Camila Valdés era la esposa del mejor amigo de su esposo.

Andrés Molina había muerto hacía tiempo.

Se decía que ella nunca se había vuelto a casar.

Camila siempre había sido muy arrogante.

¿Qué clase de hombre podría tenerla tan fascinada como para ignorar incluso a su hija y hacer el amor en un auto?

La situación era urgente.

Además, los asuntos privados de Camila no eran de su incumbencia.

Lucía dejó a un lado la curiosidad y se dio la vuelta:

—Busquemos a la niña.

Los dos siguieron las posibles rutas, buscando.

Una hora después, divisaron la carita de la niña en una grieta poco visible entre las piedras.

Ya había varios miembros del equipo alrededor.

Todos los miembros eran hombres.

La niña tenía miedo, estaba acurrucada detrás de una gran roca y no se movía.

No dejaba que nadie se acercara.

Nicolás propuso:

—Que vaya Lucía, ella es la que mejor sabe tratar con niños en nuestro equipo.

La posición de la niña estaba a más de dos metros de altura.

El lugar donde estaba no era estable, podía caer en cualquier momento.

Lucía no dudó y trepó.

Con voz suave le habló un buen rato, hasta que la niña poco a poco le tendió la mano.

—¡No toques a la niña!

Apenas Lucía había tomado a la niña en brazos, alguien la empujó bruscamente por el hombro.

Le arrebató a la niña y, al mismo tiempo, sintió un dolor punzante en el dorso de la mano.

Resbaló y cayó de la roca, si no hubiera sido por Nicolás que la sostuvo, habría caído al suelo.

El dorso de su mano tenía largos rasguños de uñas, y el dolor le arrancó un silbido.

Levantó la vista y se topó con la cara de Camila.

Sus ojos estaban llenos de recelo, como si ella fuera una traficante de niños.

Nicolás explicó:

—Lucía solo quería rescatar a la niña.

Camila no se disculpó, al contrario, retrocedió un gran paso, manteniendo una distancia enorme con Lucía.

Su mirada y sus gestos eran sumamente hirientes.

Como si ella fuera algo sucio y malo.

Lucía se enfadó y dijo con frialdad:

—Acabo de cargar a la niña.

—Si con ese empujón la niña se hubiera lastimado al caer, ¿qué habría pasado?

Camila detestaba ese tono de reprimenda.

Frunció el ceño.

Pero al instante siguiente, su voz se volvió dulce y llamó:

—Sebastián.

Lucía giró la cabeza por asusto.

Vio a su esposo Sebastián acercarse a grandes zancadas.

Era un hombre de piernas largas y cintura estrecha, con un porte erguido y distinguido.

Solo que el cuello de su camisa estaba desordenado, lo que no concordaba con su habitual meticulosidad.

Eso delataba su prisa.

Lucía sintió como si una aguja le pinchara el corazón, era un dolor que la hizo temblar.

Cuando ella dio a luz a Valentina y sangró tanto, Sebastián no se preocupó en absoluto.

Ni siquiera tuvo paciencia para contestar una llamada.

¡Sin embargo, se preocupaba hasta ese punto por una niña sin ningún vínculo de sangre!

—Papá.

La niña en brazos de Camila se lanzó al abrazo de Sebastián.

Le rodeó el cuello con ambos brazos, gimoteando y lloriqueando con cariño.

Esa familiaridad era sorprendente.

Camila se inclinó ligeramente hacia Sebastián.

Dijo con voz baja y tono mimoso:

—Todo es tu culpa, por tener tanta prisa, que…

Las palabras siguientes no se oyeron con claridad.

Pero ya no hacía falta oírlas.

La mente de Lucía quedó en blanco por un instante.

De repente entendió por qué Camila había reaccionado con tanta violencia antes.

Y también supo que el cuello desordenado de Sebastián no era por haber llegado corriendo, ¡sino porque era el protagonista del sexo en el auto!

Su esposo, y la esposa de su buen amigo.

Su mirada se cruzó casualmente con la de Sebastián que estaba clara e indiferente.

Solo por un instante, apartó los ojos con frialdad.

Su esposo fue infidelidad, y estaba descubierta en el acto.

Sin nerviosismo.

Sin explicación.

Con total despreocupación.

Como si ella fuera solo una extraña insignificante.

Camila tiró del borde de su camisa, con voz dulce y frágil:

—Vámonos, Sofi se asustó, no quiere quedarse aquí.

—Bien.

Los tres se marcharon abrazados.

Ni siquiera al irse Camila se disculpó con ella.

Lucía repasó una y otra vez la forma en que Sebastián le hablaba a Camila.

Él era tierno y tolerante con ella, la trataba con profundo cariño y estaba dispuesto a complacerla en todo.

Eso era lo que ella había soñado con tener, y nunca lo tuvo.

El incidente de la anestesia epidural solo había enfriado un poco sus sentimientos hacia Sebastián.

Ahora, al ser testigo directo de su infidelidad, Sebastián había muerto por completo en su corazón.

Cuando Lucía y Nicolás salieron, el auto con el preservativo ya se había marchado.

Nicolás no pudo evitar exclamar:

—¡Madre mía! ¿Cuánto deseo tendrían estos dos para hacerlo en el auto, y tan absortos que ni se dieron cuenta de que la niña se perdió?

—Podría ser una aventura.

Lucía miró hacia abajo, hacia su herida, dijo con los párpados caídos:

—Hay hombres que, bajo el pretexto de dividir gastos al 50%, andan por ahí haciendo de las suyas.

—Total, no tienen que responder ante su propia esposa.

Nicolás escupió al suelo.

—Si es una basura así, aunque sea guapo como él, ¡yo no lo quiero!

Lucía suspiró suavemente:

—Cierto, muy asqueroso.

El entorno quedó en silencio un instante.

Cuando volvió en sí, descubrió que Sebastián no se había ido.

Estaba de pie detrás de ella con los ojos oscuros y fríos.

Debía haber oído lo que dijo.

Lucía sintió un leve inquietud pero pronto se tranquilizó.

No había dicho nada falso.

Si lo hizo, ¿por qué no se podía decir?

La mirada de Sebastián no se posó en ella.

La ignoraba por completo.

Solo se giró hacia la persona a su lado:

—Esto es un agradecimiento para quienes ayudaron hoy.

—Por favor, repártelo.

Él pasó al lado de Lucía hablando por teléfono.

El roce de su manga en la piel fue frío y despiadado.

Lucía tardó un buen rato en calmar las emociones que le bullían en el pecho.

Le envió un mensaje a Valentina:

"Mija, tu papá ya se murió."

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