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Evangeline Olmos.
Me incorporé en la cama de inmediato, sintiendo ese típico vuelco en el estómago que te avisa que hoy no es un día cualquiera. Con el corazón acelerado por una mezcla de emoción y pánico, me puse en pie y tomé una ducha rápida. El agua templada me ayudó a despejar los nervios que amenazaban con anudar mi garganta, recordándome que tenía que dar lo mejor de mí en las próximas horas. Al salir, me paré frente al espejo empañado del baño para enfrentarme a mi propio reflejo. Con una toalla retiré la humedad de mi cabello, dejando expuesta esa melena de un cobrizo natural y encendido que siempre me había hecho resaltar. Comencé a vestirme con las prendas que con tanto esmero había escogido junto a mi madre la noche anterior. Primero, me deslicé dentro de una camisa de manga larga y cuello alto de tortuga, de un color negro riguroso. Después, me abotoné la falda ejecutiva del mismo tono. Mientras me la acomodaba, suspiré con cierta resignación. La falda no se ajustaba de forma escandalosa a mi cuerpo, pero tampoco lograba ocultar del todo la marcada silueta. Detestaba que la tela traicionara mi intención de sobriedad en el fondo, me habría encantado tener una falda mucho más ancha y holgada para sepultar esas curvas que a veces atraían miradas incómodas. Sin embargo, tampoco quería lucir desaliñada o mal vestida en mi primera entrevista seria. Deseaba proyectar profesionalismo. Esta oportunidad era un verdadero milagro para mí. Me acababa de graduar de la carrera de arquitectura, y un conocido de mi padre me había conseguido esta entrevista en la firma constructora más importante del país. El puesto disponible era para trabajar como secretaria, una labor respetable, aunque alejada de los planos y las maquetas que tanto amaba. A pesar de eso, mi plan era mantener la humildad y, poco a poco, ganarme un puesto genuino como arquitecta. Tenía la firme esperanza de que, haciendo las cosas bien, las puertas se abrirían en el futuro. Frente al tocador, apliqué un maquillaje sumamente leve. Sabía que en casa preferían la naturalidad y la sencillez, pero comprendía que para el mundo corporativo debía lucir presentable. Me calcé unos tacones negros, tomé mi pequeña cartera de mano y bajé. En el comedor, mi familia ya estaba reunida alrededor de la mesa. Mi cuñada, mostrando su hermosa y abultada barriga de embarazo, se acercó a mí con paso lento y me dedicó una sonrisa llena de ternura. —Estás hermosa, Eva. Ese puesto va a ser tuyo —me susurró con cariño. —Muchas gracias. Espero que todo salga bien hoy —respondí, esbozando una sonrisa sincera mientras tomaba asiento junto a ellos. Antes de probar bocado, todos entrelazamos nuestras manos para una breve y tradicional oración en la mesa. Al terminar, comí apenas un par de bocados rápidos; el estómago se me cerraba debido a la ansiedad de la cita. Me limpié los labios con la servilleta y empujé la silla hacia atrás para levantarme. Al verme, mi hermano interrumpió su desayuno y me miró con fijeza. —No te apresures, Eva. Yo mismo te llevo en el auto para que vayas cómoda —se ofreció de inmediato. —No te preocupes, de verdad. Puedo tomar un taxi sin problemas y así no interrumpes tu rutina —le aseguré con suavidad, dedicándoles una mirada general a todos mientras me acomodaba la cartera—. Que tengan un bonito día. Me despedí con un beso rápido, salí de la casa y simplemente tomé un taxi que me llevó directo al edificio. El trayecto pareció eterno, pero finalmente el vehículo se detuvo frente a un imponente rascacielos de cristal y acero que parecía arañar las nubes. Al entrar al vestíbulo, la opulencia del lugar me abrumó por completo. Me acerqué con pasos un tanto tímidos al enorme mostrador de mármol de la entrada. La recepcionista, una mujer de aspecto impecable y cabello perfectamente recogido, desvió la mirada de su pantalla y me observó de arriba abajo con neutralidad.—Buenos días —saludé, aclarando mi garganta para que la voz no me temblara—. Vengo a reportarme. Mi nombre es Evangeline Olmos y tengo una entrevista de trabajo programada para las ocho y media de la mañana. La mujer tecleó rápidamente en su computadora durante unos segundos antes de volver a mirarme con una sonrisa corporativa bien ensayada. —Buenos días, señorita Olmos. Sí, aquí está su registro —asintió, extendiéndome una tarjeta magnética de visitante—. Debe subir por los ascensores de la izquierda hasta el piso doce. Al bajarse, diríjase al fondo del pasillo principal. Va a hablar específicamente con la licenciada Martínez, del departamento de Recursos Humanos. Ella ya la está esperando. —Muchísimas gracias. Que tenga un buen día —respondí, tomando la tarjeta con dedos un tanto sudorosos. Caminé hacia los ascensores indicados y presioné el botón de llamada. Cuando la caja metálica llegó y las puertas se deslizaron, me dispuse a entrar, pero no fui la única. Un hombre avanzó casi al mismo tiempo, ingresando junto a mí en el estrecho cubículo. Un repentino nerviosismo se instaló en la base de mi nuca. Tratando de mantener la cortesía, lo miré de reojo y hablé con voz clara—Buenos días. El hombre no se giró de inmediato. Se tomó un segundo eterno, moviendo la cabeza con una lentitud calculada para clavar sus ojos en mí. Me recorrió con una mirada fría, analítica y extrañamente pesada, antes de volver a mirar hacia el frente, ignorando mi saludo por completo, como si mi presencia fuera una absoluta nimiedad. Aquella actitud tan altanera encendió un ramalazo de indignación en mi pecho. No me pareció correcto dejar pasar esa falta de respeto elemental.—El responderle los buenos días a alguien no lo va a hacer menos ser humano —solté de golpe, sorprendiéndome a mí misma por el atrevimiento. El hombre volvió a girar el rostro hacia mí, esta vez con una ceja ligeramente alzada, intrigado por mi réplica. Al tenerlo de frente en la cercanía del ascensor, no pude evitar admitir para mí misma que era un hombre extraordinariamente atractivo. Poseía unos ojos oscuros y muy llamativos, cargados de una intensidad gélida que contrastaba de forma impactante con su piel muy blanca. Era un hombre alto, musculoso y con una estructura imponente que llenaba con creces el impecable traje gris a medida que vestía. Definitivamente estaba más que segura de que tenía un cargo bastante alto; quizás era el encargado de algún departamento importante de la empresa. Aunque era un maleducado. En ese instante, el ambiente dentro del cubículo se transformó de manera drástica. Sentí una repentina y sofocante oleada de calor que subió directo por mis mejillas, pero lo peor ocurrió en mi bajo vientre. Una extraña y profunda vibración recorrió mi fisionomía íntima, un latido caliente que jamás en mis veintiún años de vida ordenada había experimentado. Fue una pulsación tan nítida y física que me provocó un vuelco de pánico en el pecho. Me obligué a apartar los ojos de él con brusquedad, sintiendo que me faltaba el aire. Me reprendí duramente en mi mente; no podía permitir que mis sentidos reaccionaran de esa forma tan carnal y baja ante un completo desconocido. Intenté sacudirme esa incómoda sensación, sintiéndome extrañamente vulnerable al notar que la lascivia implícita en la estampa de aquel extraño me estaba haciendo perder la compostura. —¿A dónde vas? —preguntó de repente. Su voz era profunda, un barítono áspero e implacable que resonó en las paredes metálicas como un trueno sordo, enviando un escalofrío directo por mi columna que me erizó la piel. Su tono no era una pregunta cortés; era un cuestionamiento cargado de una autoridad innata que me oprimió el pecho. —Voy hacia el departamento de Recursos Humanos —respondí, apretando la cartera contra mí para ocultar el temblor de mis manos—. Tengo la intención de tener una entrevista de trabajo. El hombre estiró su brazo, pasando tan cerca de mí que el roce inminente de su cuerpo musculoso me obligó a contener la respiración. Percibí el aroma embriagador de su loción costosa, una mezcla de madera y tabaco que invadió mis sentidos. Presionó un botón en el tablero, pero no me dijo nada más. El silencio que se instaló entre los dos se volvió una tortura asfixiante. Podía sentir su perfil imponente vigilándome de reojo, una mirada dominante y posesiva que parecía desvestirme, traspasando mi falda y mi camisa recatada como si no fueran más que papel húmedo. Aquella demostración de poder que emanaba de cada uno de sus poros me mareaba, alterando mi ritmo cardíaco hasta el punto de escuchar mis propios latidos en los oídos. Finalmente, el ascensor se detuvo con un suave pitido y las puertas metálicas se abrieron en el piso doce. El hombre no se movió. Se mantuvo firme, erguido e imponente justo en el centro del umbral, impidiendo parcialmente mi salida. Se giró por completo hacia mí, clavando sus ojos oscuros en mi rostro con una seriedad gélida que me heló la sangre.—Bájate —ordenó. Su tono de voz no admitía réplicas. Fue una palabra cargada de una acidez seria, una orden de una dominación tan absoluta y masculina que pareció anular por completo mi capacidad de razonar. Lo que ocurrió en ese segundo me dejó horrorizada. De forma totalmente instintiva, sin que mi mente pudiera procesarlo, sopesarlo o detenerlo, mi cuerpo simplemente obedeció. Mis piernas se movieron por sí solas, acatando el mandato absoluto de su voz como si él tuviera los hilos de mis músculos. Di un paso apresurado y dócil hacia el pasillo exterior, saliendo del cubículo por puro mandato de su voluntad. Justo antes de que las puertas comenzaran a cerrarse a mi espalda, una punzada de incredulidad me obligó a girar la cabeza. Lo miré. El hombre se mantenía dentro del ascensor, estático, y en sus labios perfectos se dibujaba una sonrisa leve, ladina y cargada de una suficiencia depredadora al constatar lo rápido y dócil que mi cuerpo había reaccionado a su orden. Una intensa rabia me inundó al comprender cómo me había manipulado, y por un instante quise cantarle cuatro verdades, pero me obligué a tragar saliva con dificultad, aplacando la tormenta interior y el extraño vacío que su cercanía había dejado en mi vientre. Respirando profundo para disipar el temblor de mis manos, me di la media vuelta y caminez por el pasillo, lista para mi entrevista de trabajo, aunque con la certeza de que ese hombre me había desestabilizado como nadie nunca antes.Maximilian Voss.El calor de la piel de Evangeline aún se aferraba a la mía, pero el peso del mundo exterior comenzó a filtrarse de nuevo a través de las paredes agrietadas de esa patética habitación de hotel. Me puse de pie con movimientos calculados, recogiendo mi camisa del suelo y vistiéndome en silencio con la eficiencia que siempre me había caracterizado. Mientras me abotonaba los puños, mi mano izquierda se deslizó hacia el bolsillo del pantalón buscando el teléfono. Era hora de terminar la farsa.Marqué el número directo de mi abogado personal y jefe de asuntos legales. No tuve que esperar ni un tono.—Señor Voss —respondió él con voz tensa, sin importar la hora—Escúchame bien —lo interrumpí con un tono gélido, cortante, que no admitía réplica alguna—. Quiero que te pongasmm en contacto con los Moretti y sus representantes legales en este mismo instante. Diles que el compromiso queda cancelado. Definitiva e irrevocablemente. No hay marcha atrás.Hubo un silencio sepulcra
Maximilian Voss.El silencio en la habitación de este hotel de cuarta categoría tenía una textura diferente a la del Penthouse. Allí, el aire olía a humedad, a sábanas gastadas y a nosotros a sudor secándose sobre la piel, a la sal de las lágrimas contenidas y a la urgencia de habernos encontrado al borde del abismo. Evangeline yacía acurrucada contra mi pecho, con una pierna enredada en la mía, mientras mi mano trazaba círculos perezosos sobre su espalda desnuda.La miré en la penumbra, absorbiendo cada detalle de su rostro relajado, y una punzada de pura rabia y culpa me recorrió las entrañas al recordar cómo había terminado en este maldito lugar.—¿Cómo carajos paraste aquí? ¿Cómo pudiste arreglártelas para llegar a este hotel?Ella abrió lentamente los ojos, levantando la vista para encontrarse con los míos. Una sonrisa débil, teñida de ironía, cruzó sus labios antes de responder.—Tomé un taxi, pedí la habitación más sencilla que el recepcionista me pudo ofrecer con el poco
Evangeline.El aire se quedó atrapado en mi garganta. Allí estaba él, llenando el umbral de la puerta del baño, su imponente figura contrastando de manera absurda con las paredes desgastadas y el azulejo roto de este maldito lugar. Lo miré con los ojos abiertos de par en par, aferrando la toalla húmeda a mi pecho con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos.—¿Cómo... cómo encontraste este lugar? —logré articular, mi voz temblando entre el horror de saberlo tan cerca y una traicionera chispa de emoción que me quemaba por dentro—. ¿Acaso me seguiste? ¿Cómo demonios supiste que estaba aquí?Maximilian no respondió de inmediato. Sus ojos oscuros recorrieron cada centímetro de mi cuerpo expuesto, deteniéndose en el agua que aún goteaba por mis piernas. Su mandíbula estaba tensa, los músculos de su rostro marcados por una furia contenida que amenazaba con desbordarse.—No importa cómo te encontré —dijo al fin, su voz baja y rasposa retumbando en el pequeño espacio—. Lo que im
Evangeline.El taxi se detuvo con un chirrido seco frente a la fachada descascarada del Hotel Granada. El letrero luminoso de la entrada parpadeaba con un zumbido molesto, proyectando una luz roja y mortecina sobre la acera sucia. Bajé del vehículo con torpeza, sintiendo el frío de la madrugada calándome los huesos a través de la sencilla ropa que había alcanzado a meter en mi maleta. Busqué en mi bolso, saqué los billetes justos para pagarle al conductor y me despedí con un movimiento de cabeza.Entré al lobby. El olor a desinfectante barato y humedad se mezclaba con el eco de un televisor sintonizado en un canal de medianoche. Me acerqué al mostrador con pasos pesados. Tras la mampara de vidrio, un hombre mayor, con los ojos cansados y una camiseta interior manchada, me miró sin disimular su indiferencia.—Una habitación sencilla por una noche —le pedí, intentando que mi voz no temblara.El recepcionista masculló una cifra. Saqué mi cartera y conté el poco dinero en efectivo que
Maximilian Voss.El motor de mi auto de lujo cortaba el aire nocturno de la ciudad con una precisión quirúrgica, pero dentro de mi pecho, el caos era absoluto. La ausencia de Evangeline no era solo un espacio vacío; era una herida abierta que latía al ritmo de mi propia sangre. Me dirigía a El Laberinto, el club nocturno más exclusivo y privado donde solía refugiarme cuando el peso del mundo me resultaba insoportable. Necesitaba olvidar. Necesitaba volver a ser el hombre que siempre fui el depredador, el estratega, el hombre que nunca pedía, sino que tomaba. El hombre que tiene todo bajo control.Mientras el vehículo se deslizaba por la avenida, la necesidad de reafirmar mi dominio me obligó a actuar. Saqué mi teléfono y marqué el número directo de mi jefe de seguridad.—Señor Voss —respondió él al primer tono, con esa voz mecánica que nunca mostraba emoción.—Escúchame bien —dije, mi tono cortante, una orden que no admitía réplicas—. Quiero que averigües dónde está ella. Evangel
Maximilian Voss. El silencio en el Penthouse no es un silencio común. Es un sonido pesado, una presencia física que se ha instalado en cada rincón, en cada pared de cristal, en cada superficie de mármol. Me quedo inmóvil frente a la mesa de la cocina, mi mano todavía suspendida en el aire, como si aún pudiera sentir la textura de las llaves que ella depositó hace apenas unos minutos con una determinación que me dejó sin aliento. Evangeline se ha ido. La frase rebota en mi mente, pero no logra asentarse. Es una imposibilidad lógica. Mis sumisas no se van. Mis sumisas no abandonan el refugio que yo mismo he construido para ellas; no desechan la seguridad, el estatus y el control que les otorgo a cambio de su entrega. Y, sin embargo, ella no está. El espacio que ocupaba hace diez minutos está ahora vacío, y esa ausencia me golpea con una violencia que mi razón no puede procesar. Camino hacia el ventanal, mis pasos resonando en el suelo de madera oscura. La ciudad se extiende a mi







