FAZER LOGINMaximilian Voss era un hombre acostumbrado a moldear el mundo a su antojo; para él, el concreto, el acero y las voluntades humanas compartían la misma naturaleza: todos tenían un punto de quiebre. En su Olimpo del piso cuarenta, ninguna mujer había osado jamás ponerle límites, hasta que Evangeline Olmos cruzó el umbral de su corporación. Ella era la personificación de una pureza que parecía no pertenecer a este siglo; una joven de veintiún años armada con una fe inquebrantable, faldas recatadas y una inocencia tan translúcida como el cristal. Pero donde el mundo veía un ángel digno de protección, Maximilian vio la presa más fascinante de su vida. Su objetivo se trazó con una claridad matemática desde el primer segundo: derribar los muros de su santidad, forzarla a pecar y quemar su rectitud en el fuego de una lujuria que ella jamás imaginó experimentar. No descansaría hasta despojarla de sus rezos y verla arrodillada, completamente sumisa ante su poder, disfrutando de la maravillosa condena de pertenecerle. Contenido sexual explícito +18
Ver maisMaximilian Voss.El calor de la piel de Evangeline aún se aferraba a la mía, pero el peso del mundo exterior comenzó a filtrarse de nuevo a través de las paredes agrietadas de esa patética habitación de hotel. Me puse de pie con movimientos calculados, recogiendo mi camisa del suelo y vistiéndome en silencio con la eficiencia que siempre me había caracterizado. Mientras me abotonaba los puños, mi mano izquierda se deslizó hacia el bolsillo del pantalón buscando el teléfono. Era hora de terminar la farsa.Marqué el número directo de mi abogado personal y jefe de asuntos legales. No tuve que esperar ni un tono.—Señor Voss —respondió él con voz tensa, sin importar la hora—Escúchame bien —lo interrumpí con un tono gélido, cortante, que no admitía réplica alguna—. Quiero que te pongasmm en contacto con los Moretti y sus representantes legales en este mismo instante. Diles que el compromiso queda cancelado. Definitiva e irrevocablemente. No hay marcha atrás.Hubo un silencio sepulcra
Maximilian Voss.El silencio en la habitación de este hotel de cuarta categoría tenía una textura diferente a la del Penthouse. Allí, el aire olía a humedad, a sábanas gastadas y a nosotros a sudor secándose sobre la piel, a la sal de las lágrimas contenidas y a la urgencia de habernos encontrado al borde del abismo. Evangeline yacía acurrucada contra mi pecho, con una pierna enredada en la mía, mientras mi mano trazaba círculos perezosos sobre su espalda desnuda.La miré en la penumbra, absorbiendo cada detalle de su rostro relajado, y una punzada de pura rabia y culpa me recorrió las entrañas al recordar cómo había terminado en este maldito lugar.—¿Cómo carajos paraste aquí? ¿Cómo pudiste arreglártelas para llegar a este hotel?Ella abrió lentamente los ojos, levantando la vista para encontrarse con los míos. Una sonrisa débil, teñida de ironía, cruzó sus labios antes de responder.—Tomé un taxi, pedí la habitación más sencilla que el recepcionista me pudo ofrecer con el poco
Evangeline.El aire se quedó atrapado en mi garganta. Allí estaba él, llenando el umbral de la puerta del baño, su imponente figura contrastando de manera absurda con las paredes desgastadas y el azulejo roto de este maldito lugar. Lo miré con los ojos abiertos de par en par, aferrando la toalla húmeda a mi pecho con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos.—¿Cómo... cómo encontraste este lugar? —logré articular, mi voz temblando entre el horror de saberlo tan cerca y una traicionera chispa de emoción que me quemaba por dentro—. ¿Acaso me seguiste? ¿Cómo demonios supiste que estaba aquí?Maximilian no respondió de inmediato. Sus ojos oscuros recorrieron cada centímetro de mi cuerpo expuesto, deteniéndose en el agua que aún goteaba por mis piernas. Su mandíbula estaba tensa, los músculos de su rostro marcados por una furia contenida que amenazaba con desbordarse.—No importa cómo te encontré —dijo al fin, su voz baja y rasposa retumbando en el pequeño espacio—. Lo que im
Evangeline.El taxi se detuvo con un chirrido seco frente a la fachada descascarada del Hotel Granada. El letrero luminoso de la entrada parpadeaba con un zumbido molesto, proyectando una luz roja y mortecina sobre la acera sucia. Bajé del vehículo con torpeza, sintiendo el frío de la madrugada calándome los huesos a través de la sencilla ropa que había alcanzado a meter en mi maleta. Busqué en mi bolso, saqué los billetes justos para pagarle al conductor y me despedí con un movimiento de cabeza.Entré al lobby. El olor a desinfectante barato y humedad se mezclaba con el eco de un televisor sintonizado en un canal de medianoche. Me acerqué al mostrador con pasos pesados. Tras la mampara de vidrio, un hombre mayor, con los ojos cansados y una camiseta interior manchada, me miró sin disimular su indiferencia.—Una habitación sencilla por una noche —le pedí, intentando que mi voz no temblara.El recepcionista masculló una cifra. Saqué mi cartera y conté el poco dinero en efectivo que












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