FAZER LOGINMaximilian Voss era un hombre acostumbrado a moldear el mundo a su antojo; para él, el concreto, el acero y las voluntades humanas compartían la misma naturaleza: todos tenían un punto de quiebre. En su Olimpo del piso cuarenta, ninguna mujer había osado jamás ponerle límites, hasta que Evangeline Olmos cruzó el umbral de su corporación. Ella era la personificación de una pureza que parecía no pertenecer a este siglo; una joven de veintiún años armada con una fe inquebrantable, faldas recatadas y una inocencia tan translúcida como el cristal. Pero donde el mundo veía un ángel digno de protección, Maximilian vio la presa más fascinante de su vida. Su objetivo se trazó con una claridad matemática desde el primer segundo: derribar los muros de su santidad, forzarla a pecar y quemar su rectitud en el fuego de una lujuria que ella jamás imaginó experimentar. No descansaría hasta despojarla de sus rezos y verla arrodillada, completamente sumisa ante su poder, disfrutando de la maravillosa condena de pertenecerle. Contenido sexual explícito +18
Ver maisEvangeline.Dos años después Las puertas del ascensor privado se abrieron con un suave zumbido metálico en el piso ejecutivo. Ajusté las solapas de mi traje sastre, respiré hondo y puse un pie firme sobre la impecable alfombra gris que recorría el pasillo corporativo. A mi paso, los analistas y directores que cruzaban la zona inclinaban ligeramente la cabeza con una mezcla de respeto y recelo. Ya no era la muchacha asustada que caminaba con la mirada fija en el suelo; ahora, los hilos de este imperio también respondían a mis decisiones.Apenas di un par de pasos hacia el interior del pasillo, Mariana se acercó a mí con paso firme pero coordinado, sosteniendo su tablet con destreza mientras caminaba a mi lado.—Buenos días, vicepresidenta —me saludó con esa chispa de confianza que solo los años de complicidad permiten—. Para hoy tienes la revisión de los contratos de la fusión a las diez, el almuerzo con los inversores internacionales a la una, y a las tres de la tarde la reunión c
Evangeline.El silencio que siguió a las palabras de Maximilian en la sala de juntas era denso, pesado, cortante. Ninguno de los directores se atrevía a sostenerle la mirada, pero la furia contenida en sus expresiones era evidente. Fue Carlos Mendoza, el vicepresidente, quien apretó los dientes con una mueca de amarga derrota antes de hablar.—No tenemos otra opción, ¿verdad, Maximilian? —escupió Mendoza con desprecio y frustración evidente en la voz, negando con la cabeza—. Si rompemos el acuerdo ahora y nos vamos a una guerra legal por tus caprichos matrimoniales, las acciones se desplomarán antes de que termine la semana y los inversores nos devorarán vivos. Tienes el sartén por el mango.—Exacto, Mendoza —intervino otro de los directores mayores, un hombre de cabello cano que ajustó sus anteojos con temblorosa resignación—. Nos guste o no tu matrimonio exprés con ella, y por más absurdo que nos parezca saltarse los estatutos de esta manera, estamos atados de manos. Aceptamos tu
Evangeline.El brillo del anillo de platino en mi dedo anular todavía me parecía una ilusión, un destello irreal reflejado contra la taza de café que sostenía entre las manos. Aún sentía el eco de la voz del juez resonando en las paredes del penthouse, y el peso de la alianza se había convertido en mi nueva realidad. Pero el tiempo de asimilarlo en la intimidad se había acabado. —Nos vamos a la oficina —anunció con voz firme, sin admitir réplicaMe atraganté levemente con el café, abriendo los ojos de par en par. Dejé la taza sobre la isla de la cocina y me puse de pie de un salto, sintiendo que el estómago se me encogía de inmediato.—¿A la oficina? —repetí, sintiendo que el pánico comenzaba a escalar por mi columna vertebral—. Max, no creo que sea lo mejor. Acabamos de casarnos, afuera es un desastre... hay reporteros acampando en la entrada y tu junta directiva debe querer matarte. Si aparezco ahí contigo hoy, van a destrozarme. No estoy lista para esto.Maximilian caminó hac
Maximilian Voss.El timbre del pasillo privado sonó con un eco seco y autoritario. Dejé el despacho de inmediato, con los pasos firmes sobre el suelo de concreto pulido, y al abrir la puerta principal me encontré con el mensajero blindado de la joyería y el repartidor de la boutique de alta costura. Traían consigo las cajas de seguridad y el portatrajes impecable. Tomé todo sin emitir una sola palabra, firmé los recibos digitales con una rapidez milimétrica y cerré la puerta con pestillo.No perdí ni un solo segundo. Caminé directo por el pasillo y abrí la puerta de la habitación principal. Evangeline estaba sentada al borde de la cama, con la mirada perdida y los hombros ligeramente encogidos por la tensión de la mañana. Al verme entrar cargando las cajas y la funda, levantó el rostro de golpe, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.—Max... ¿qué es todo esto? —preguntó, con un hilo de voz que apenas lograba sostenerse.Coloqué el portatrajes y la pequeña caja de terciopelo co


















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