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Capitulo 15

Autor: Luna
last update Data de publicação: 2026-06-06 07:28:38

Maximilian Voss.

​La furia que me quemaba por dentro era un veneno espeso, un fuego negro que amenazaba con destruir mi fachada ejecutiva frente a los hombres de negocios más importantes de la costa norte. Mientras el señor Benavides se deshacía en detalles sobre la cimentación del muelle, yo no escuchaba absolutamente nada de lo que decía. Toda mi atención, cada uno de mis instintos depredadores, estaban concentrados en los diez metros que me separaban de Evangeline. Ver los dedos de ese ingen
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  • El Pecado del CEO: La Sumisa Devota    Capitulo 60

    Maximilian Voss.​El calor de la piel de Evangeline aún se aferraba a la mía, pero el peso del mundo exterior comenzó a filtrarse de nuevo a través de las paredes agrietadas de esa patética habitación de hotel. Me puse de pie con movimientos calculados, recogiendo mi camisa del suelo y vistiéndome en silencio con la eficiencia que siempre me había caracterizado. Mientras me abotonaba los puños, mi mano izquierda se deslizó hacia el bolsillo del pantalón buscando el teléfono. Era hora de terminar la farsa.​Marqué el número directo de mi abogado personal y jefe de asuntos legales. No tuve que esperar ni un tono.​—Señor Voss —respondió él con voz tensa, sin importar la hora​—Escúchame bien —lo interrumpí con un tono gélido, cortante, que no admitía réplica alguna—. Quiero que te pongasmm en contacto con los Moretti y sus representantes legales en este mismo instante. Diles que el compromiso queda cancelado. Definitiva e irrevocablemente. No hay marcha atrás.​Hubo un silencio sepulcra

  • El Pecado del CEO: La Sumisa Devota    Capitulo 59

    Maximilian Voss.​El silencio en la habitación de este hotel de cuarta categoría tenía una textura diferente a la del Penthouse. Allí, el aire olía a humedad, a sábanas gastadas y a nosotros a sudor secándose sobre la piel, a la sal de las lágrimas contenidas y a la urgencia de habernos encontrado al borde del abismo. Evangeline yacía acurrucada contra mi pecho, con una pierna enredada en la mía, mientras mi mano trazaba círculos perezosos sobre su espalda desnuda.​La miré en la penumbra, absorbiendo cada detalle de su rostro relajado, y una punzada de pura rabia y culpa me recorrió las entrañas al recordar cómo había terminado en este maldito lugar.​—¿Cómo carajos paraste aquí? ¿Cómo pudiste arreglártelas para llegar a este hotel?​Ella abrió lentamente los ojos, levantando la vista para encontrarse con los míos. Una sonrisa débil, teñida de ironía, cruzó sus labios antes de responder.​—Tomé un taxi, pedí la habitación más sencilla que el recepcionista me pudo ofrecer con el poco

  • El Pecado del CEO: La Sumisa Devota    Capitulo 58

    Evangeline.​El aire se quedó atrapado en mi garganta. Allí estaba él, llenando el umbral de la puerta del baño, su imponente figura contrastando de manera absurda con las paredes desgastadas y el azulejo roto de este maldito lugar. Lo miré con los ojos abiertos de par en par, aferrando la toalla húmeda a mi pecho con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos.​—¿Cómo... cómo encontraste este lugar? —logré articular, mi voz temblando entre el horror de saberlo tan cerca y una traicionera chispa de emoción que me quemaba por dentro—. ¿Acaso me seguiste? ¿Cómo demonios supiste que estaba aquí?​Maximilian no respondió de inmediato. Sus ojos oscuros recorrieron cada centímetro de mi cuerpo expuesto, deteniéndose en el agua que aún goteaba por mis piernas. Su mandíbula estaba tensa, los músculos de su rostro marcados por una furia contenida que amenazaba con desbordarse.​—No importa cómo te encontré —dijo al fin, su voz baja y rasposa retumbando en el pequeño espacio—. Lo que im

  • El Pecado del CEO: La Sumisa Devota    Capitulo 57

    Evangeline.​El taxi se detuvo con un chirrido seco frente a la fachada descascarada del Hotel Granada. El letrero luminoso de la entrada parpadeaba con un zumbido molesto, proyectando una luz roja y mortecina sobre la acera sucia. Bajé del vehículo con torpeza, sintiendo el frío de la madrugada calándome los huesos a través de la sencilla ropa que había alcanzado a meter en mi maleta. Busqué en mi bolso, saqué los billetes justos para pagarle al conductor y me despedí con un movimiento de cabeza.​Entré al lobby. El olor a desinfectante barato y humedad se mezclaba con el eco de un televisor sintonizado en un canal de medianoche. Me acerqué al mostrador con pasos pesados. Tras la mampara de vidrio, un hombre mayor, con los ojos cansados y una camiseta interior manchada, me miró sin disimular su indiferencia.​—Una habitación sencilla por una noche —le pedí, intentando que mi voz no temblara.​El recepcionista masculló una cifra. Saqué mi cartera y conté el poco dinero en efectivo que

  • El Pecado del CEO: La Sumisa Devota    Capitulo 56

    Maximilian Voss.​El motor de mi auto de lujo cortaba el aire nocturno de la ciudad con una precisión quirúrgica, pero dentro de mi pecho, el caos era absoluto. La ausencia de Evangeline no era solo un espacio vacío; era una herida abierta que latía al ritmo de mi propia sangre. Me dirigía a El Laberinto, el club nocturno más exclusivo y privado donde solía refugiarme cuando el peso del mundo me resultaba insoportable. Necesitaba olvidar. Necesitaba volver a ser el hombre que siempre fui el depredador, el estratega, el hombre que nunca pedía, sino que tomaba. El hombre que tiene todo bajo control.​Mientras el vehículo se deslizaba por la avenida, la necesidad de reafirmar mi dominio me obligó a actuar. Saqué mi teléfono y marqué el número directo de mi jefe de seguridad.​—Señor Voss —respondió él al primer tono, con esa voz mecánica que nunca mostraba emoción.​—Escúchame bien —dije, mi tono cortante, una orden que no admitía réplicas—. Quiero que averigües dónde está ella. Evangel

  • El Pecado del CEO: La Sumisa Devota    Capitulo 55

    Maximilian Voss. ​El silencio en el Penthouse no es un silencio común. Es un sonido pesado, una presencia física que se ha instalado en cada rincón, en cada pared de cristal, en cada superficie de mármol. Me quedo inmóvil frente a la mesa de la cocina, mi mano todavía suspendida en el aire, como si aún pudiera sentir la textura de las llaves que ella depositó hace apenas unos minutos con una determinación que me dejó sin aliento. ​Evangeline se ha ido. ​La frase rebota en mi mente, pero no logra asentarse. Es una imposibilidad lógica. Mis sumisas no se van. Mis sumisas no abandonan el refugio que yo mismo he construido para ellas; no desechan la seguridad, el estatus y el control que les otorgo a cambio de su entrega. Y, sin embargo, ella no está. El espacio que ocupaba hace diez minutos está ahora vacío, y esa ausencia me golpea con una violencia que mi razón no puede procesar. ​Camino hacia el ventanal, mis pasos resonando en el suelo de madera oscura. La ciudad se extiende a mi

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