LOGIN—Ten cuidado. Las noticias ya están por todas partes —advirtió Oliver con voz grave—. Y sabes que esos paparazzi no van a descansar hasta encontrarte y arrancarte alguna declaración. Sal por la puerta trasera, ¿de acuerdo?
—Está bien —respondí con sequedad antes de colgar. Me quedé unos segundos mirando el teléfono, inmóvil. ¿Habla en serio…? Aquellas palabras comenzaron a martillar mi cabeza sin piedad. ¿Un violador? ¿Un drogadicto? ¿Un imbécil con un carácter de m****a? —¡Mierda! —mascullé, apretando los dientes—. Chisme entre chicas, te arrepentirás de haberte cruzado en mi camino. Ni siquiera necesitaba mencionar mi nombre. Con esa descripción, cualquiera sabría perfectamente que hablaban de mí. Marqué el número de Miles. Contestó al segundo timbrazo. —Jefe. —¿Has visto las noticias? —pregunté sin rodeos. —Eh… sí. Están por todas partes —respondió con cautela, midiendo cada palabra. —¡Joder! —exploté—. Escúchame bien, Miles. Te doy veinticuatro horas. Quiero saber absolutamente todo sobre esa chica. Nada de omisiones. Nada de vacíos. Necesito encontrarla. Mi voz bajó, cargada de furia. —Y quiero que me explique exactamente cuándo y dónde cree haberme visto cometiendo esas atrocidades. —Entendido, jefe —respondió sin dudar. Colgué. Entré en casa y lancé el traje sobre el sofá sin importarme nada. Cada frase de esa maldita publicación seguía resonando en mi cabeza como una sentencia repetida una y otra vez. La audacia de esa chica… —¡Oye! Señor violador —bromeó Oliver desde algún punto de la casa. Me giré con el rostro endurecido. —Este no es el momento para bromas estúpidas, Oliver —espeté—. Por el amor de Dios, esto no tiene ninguna gracia. ¡La imagen de tu hermano se está destruyendo frente a nuestros ojos! Tienes que hacer algo. ¡Ayúdame! Haz lo que sea… ¡pero haz algo! —¡Eh, cálmate! —dijo, levantando las manos—. Ya hablaste con Miles y estoy seguro de que tendremos respuestas antes de mañana. Pero dime… ¿qué piensas hacer ahora? ¿Demandarla? ¿Mandarla a la cárcel? ¿Forzar una disculpa pública? Suspiró. —Todos sabemos que esto es una mentira enorme inventada sobre ti. Solo está intentando manchar tu imagen. —Lo juro —respondí con la voz baja y peligrosa—. Haré que pague por cada palabra. Va a suplicar clemencia… y no se la daré. —Sí, sé que la harás pagar —asintió—, pero primero dime: ¿qué piensas hacer? ¿Emitimos una declaración? —¿Una declaración? —bufé—. ¿Para qué? No he hecho absolutamente nada malo. —Tal vez quieras ver esto —dijo de pronto. Encendió las cámaras de seguridad del acceso a mi complejo. La pantalla se llenó de flashes, cámaras y periodistas apostados como buitres frente al edificio. —¡Mierda! —mascullé. —Vuelvo enseguida —dijo Oliver antes de salir de la habitación. ----- Pov Aria Al día siguiente Acababa de terminar de limpiar la habitación. Mis brazos dolían, pero el cansancio físico no se comparaba con el peso que llevaba encima. Había discutido una y otra vez con mis hermanos por la publicación. Ninguno me apoyaba. Me rogaban que la borrara, que pensara con la cabeza fría. Pero no lo haría. Seguía firme en mi decisión de derribarlo. Cada pocos minutos revisaba los comentarios. Para mi sorpresa, muchísima gente me apoyaba. Claro, también estaban los incrédulos, los que exigían pruebas, los que pedían videos. ¿Que si me importaba? En absoluto. Mientras tuviera voces de mi lado, seguiría adelante. Mi número de seguidores volvió a dispararse hasta los 3,2 millones en tan solo unas horas. —Guau… —murmuré. Al parecer, enfrentarse a una celebridad era la forma más rápida de volverse viral. ¿Menos de veinticuatro horas… y ya era esto? Entonces escuché un golpe suave en la puerta, seguido de un carraspeo. Mi estómago se hundió. El casero. El alquiler estaba vencido y yo seguía sin dinero. Puse los ojos en blanco y caminé hacia la puerta, preparándome para otra humillación más. Abrí. —Señor Samuel, lo siento mucho, pero… Las palabras murieron en mi garganta. Mis ojos se abrieron de par en par. El mundo pareció detenerse. Mi cuerpo se entumeció y mi corazón comenzó a latir con una violencia aterradora. —No… no… no… —susurré. ¿Qué está haciendo aquí? ¿Cómo encontró mi casa? Allí estaba él. Imponente. Furioso. Con la ira grabada en cada línea de su rostro. Si las miradas mataran, yo ya estaría muerta. Nada, absolutamente nada, me había preparado para esto. El miedo y los nervios me golpearon al mismo tiempo. Siempre supe que me encontraría… pero jamás imaginé que sería tan pronto. Idiota. ¿En qué estabas pensando? Después de todo… es un maldito multimillonario. —Señora Chisme entre chicas —sonrió con frialdad al pronunciar mi nombre secreto. Mi pulso se descontroló. Esto no está pasando. Intenté cerrarle la puerta en la cara, pero la detuvo sin esfuerzo. Me empujó a un lado y entró como si aquel lugar le perteneciera. Sus ojos recorrieron la casa con calma calculada, analizándolo todo. Yo me quedé allí, rígida. Después de todo, ¿qué más podía perder? Me había quitado el trabajo. Me había dejado sin nada. —¿Señora Chisme entre chicas… o debería llamarte Aria? —preguntó. Sonreí. Tal vez debería sorprenderme. Pero no lo hice. Es multimillonario. Tiene el poder de encontrarme… y de saberlo todo. Me giré hacia él y le devolví la sonrisa. —Bueno… señor Sebastián —dije con voz firme—. ¿O debería llamarlo señor violador? Su expresión se oscureció al instante. Las venas de su mandíbula y su sien se marcaron con claridad. ¿Y qué? Lo peor ya había pasado. Para mí, publicar algo así ante el mundo entero era un riesgo enorme. Y aun así, en ese momento sentía que ya no tenía nada que perder. —¿Por qué? —pregunté con frialdad—. ¿No te gusta el apodo que te puse? Mi tono lo irritó. Avancé un poco, empujándolo ligeramente contra la pared. Su mirada se volvió peligrosa, oscura. Él dio un paso adelante. Yo retrocedí. Otro paso. Otro retroceso. Hasta que mi espalda chocó contra la pared. El hombre frente a mí no era el de las revistas. Ni el de los titulares. Ni siquiera el del restaurante. El que ahora se cernía sobre mí era distinto. Mortalmente hermoso. Su aroma masculino llenó mis sentidos y, por un instante, me fue imposible pensar con claridad. Estoy temblando por dentro, me di cuenta. Sonrió con burla mientras inspeccionaba la habitación una vez más, antes de clavar sus ojos en los míos. —¿No crees que todo esto es demasiado para ti? —preguntó. Tragué saliva, reuniendo el valor que me quedaba. —¿Y qué es exactamente “todo esto”? —respondí.—Estaba demasiado emocionada. No podía creer que, por fin, sería capaz de sostener a un niño en mis brazos. Un niño que sería como un verdadero hijo para mí. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él. Aunque al principio mi esposo se opuso, con el tiempo aceptó y me permitió convertirme en la madre de aquel pequeño inocente. »Llegué a amarlo como si fuera mío. Gracias a él, sentí que podía hacer cualquier cosa y enfrentarme a quien fuera en este mundo. Así fue como Sebastián llegó a mi vida… y así fue como terminé siendo su madre, aunque no biológica. —Siento preguntarte esto, pero… si no podías concebir, ¿cómo fue que diste a luz a Oliver? —pregunté, formulando probablemente la pregunta más torpe de la historia. No sé qué me pasó. Solo quería entenderlo todo, sin dejar ningún detalle fuera. —Dos años después, concebí. Para serte sincera, no sé cómo sucedió. Solo sé que quedé embarazada y di a luz a Oliver. Y… esa es toda la historia, Aria —concluyó. No supe cómo reaccionar
—Me sorprendí. Pensé que era una excusa para evitar que le presentara a otra mujer. Por eso insistí en venir contigo hoy. Quería comprobarlo por mí misma. Y ¿sabes qué? Me fui feliz. Pude ver amor verdadero en sus miradas. Soltó una pequeña risa. —Ustedes dos se aman, y eso es lo único que deseo. Que haya alguien que esté al lado de mi Sebastián en todo momento. Una mujer que lo apoye, lo cuide, lo ame y lo trate bien… Y creo que esa mujer eres tú. Eres perfecta para él. Gracias, Aria. Gracias por amar a mi hijo. Significa mucho para su padre y para mí. Terminó de hablar y, acercándose a mí, me envolvió en un fuerte abrazo. Bueno… ahora esto se está volviendo muy difícil para mí. ¿Cómo le digo a alguien que está tan emocionada que su hijo y yo no estamos realmente enamorados? No es que yo no lo ame. Claro que lo amo. Pero ¿cómo explicarle que él solo le mintió y que entre nosotros no hay nada oficial? Si digo una sola palabra negativa, arruinaré por completo su felicidad. Será me
—¿Temprano? Son las 8:47 a. m., Erica. No me digas que sigues en la cama —respondió Vee. —¿Qué crees? Claro que sigo en la cama. —Lo siento, chicas. Hemos estado muy ocupados toda la noche… Que tengan un buen día. ¡Adiós! —se escuchó la voz de Michael al fondo. —¡¿Qué?! ¡Estás loco! ¿Qué crees que haces? —protestó Erica, mientras él reía. —Te amo, nena —se oyó antes de que ella volviera a hablar. —Chicas, ignórenlo, por favor. A ver, Jess… ¿de qué trata esta conferencia? No me digas que Sebastián y Aria decidieron casarse. —¿¡Qué!? ¿Cómo… cómo lo supiste? —pregunté, atónita. —Vamos, esa broma es demasiado obvia. Sí, todas queremos que terminen juntos, pero ¿matrimonio de la nada? Ni siquiera han intentado conocerse de verdad —razonó Vee. —Bien… aún no saben por qué hice esta llamada tan temprano, y es porque es muy importante. Se trata de Aria y Sebastián. Aria me acaba de contar que Sebastián le mintió a su madre. Le hizo creer que están enamorados y que se casarán pronto. Mu
Cada vez que estoy entre sus brazos, todo parece encajar. Como si ese fuera mi lugar. El beso se volvió más intenso y me dejé llevar. Estaba a punto de perder el control, porque había empezado a desear más, cuando de repente dejó de besarme y me miró directamente a los ojos con una expresión que parecía llena de amor y admiración. Me sentí tan feliz… increíblemente feliz. Quería lanzarme sobre él y besarlo con pasión, cubrir su rostro de besos. En sus ojos creí ver cariño y ternura. En ese instante no quería hacer nada más que abrazarlo y dejar que me sostuviera con fuerza. Pero entonces, de la nada, dijo algo que jamás esperé escuchar: —Aria, quédate así unos segundos. Mi mamá está justo detrás de ti y podría descubrir que estoy mintiendo si dices algo. —¿Qué… qué? —quise girarme para comprobar si era verdad, pero me detuvo antes de que pudiera hacerlo. —Dije que no te des la vuelta, loca. Mi mamá está mirando —susurró entre dientes. ¿De qué está hablando este hombre? Enton
—¿De qué decisión estás hablando? Mira, si viniste a amenazarme otra vez, ya no me importa. No es la primera vez que me amenazas o me obligas a hacer cosas que no quiero. Pero esta vez no voy a caer. No me importa si me haces daño o no… no voy a caer en tu juego. Me mantuve firme. No volvería a romperme frente a él. Me hice esa promesa ayer por la mañana, cuando me dijo que no quería volver a verme nunca más. —¿Puedes hablar de una vez? Tu silencio me está matando. Necesito saber qué está pasando por tu cabeza —dije, levantando el dedo índice y tocándole la frente. Genial, Aria. ¿De dónde sacaste este valor de repente?, pensé para mí misma. —Estoy seguro de que esto es lo que también querías. Has estado deseándolo… y ahora te estoy haciendo ese favor. —¿Me estás haciendo un favor? —repetí, soltando una risa incrédula—. Bien, ¿de qué favor estás hablando? Porque se me está acabando la paciencia. Me sostuvo la mirada. —Quiero que seas mi esposa. Y lo juro… en ese instan
—Espera… ¿¡qué!? ¿Acabas de llamarme su chica? —¿Por qué? ¿Hay algo malo en eso? —preguntó ella, confundida. —Todo está mal. O sea, ¿de dónde salió eso de “su chica”? Quiero decir, no es que nosotros seamos… —Vamos, nena —me interrumpió Sebastián antes de que pudiera terminar—. Lo sé, todavía estás enojada conmigo por no contestar tus llamadas anoche, pero ya te pedí disculpas… ¿sí? Mira, hagamos algo: te lo compensaré. Haré lo que me pidas, pero no te enfades conmigo… ¿eh? Añadió con voz dulce mientras rozaba suavemente mi labio con un beso fugaz. No pude evitar llevar mi mano a su frente para comprobar su temperatura. Necesitaba asegurarme de que estaba bien. Este no era el Sebastián que yo conocía. —Sebastián, ¿qué está pasando…? —Vamos, Aria —intervino Alice—. Ya lo sé todo. Me contó cómo ambos se dieron cuenta de que se aman y se confesaron sus sentimientos. Pero dejemos eso por ahora. ¿Cómo está tu mamá? Escuché que su condición empeoró. ¿Cómo está ahora? Quería pa







