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Capítulo 3

Author: Bagel
POV: Seraphina

Siguiendo el rastro de Alaric, conduje hasta el bosque prohibido, en los límites del territorio de los vástagos. A medida que avanzaba, los árboles se cerraban sobre el camino y apenas dejaban pasar la luz de la luna. Solo podían entrar los miembros de mayor rango del círculo central del clan. Por suerte, los Guardias de las Sombras que patrullaban entre los árboles reconocieron mi auto antes de que llegara a la entrada, inclinaron la cabeza y se apartaron para dejarme pasar.

Estacioné en un rincón oscuro, apagué el motor y bajé del auto. El bosque estaba tan silencioso que el crujido de las hojas bajo mis zapatos me pareció demasiado fuerte. Me oculté detrás de unos árboles marchitos y me asomé con cuidado. Desde allí vi a Elise aferrada a Alaric. Llevaba un vestido de terciopelo que se ajustaba a su cuerpo.

—Mi príncipe, yo también vi la lluvia de meteoros —murmuró Elise mientras le mordisqueaba el lóbulo de la oreja—. Casi me muero de celos.

Alaric deslizó una mano por su espalda y bajó la voz para responderle.

—¿No pasé contigo toda la noche de la Fiesta de la Luna de Sangre hace unos días? —le recordó—. ¿De verdad te pones así por un simple espectáculo para mortales? Ya te lo prometí: si te portas bien, evitas que Seraphina sospeche y le das al clan un heredero de sangre pura, algún día su título y todos sus honores serán tuyos.

Sus palabras me golpearon. Me quedé inmóvil y el pecho se me contrajo hasta dejarme sin aire. Alaric hablaba de mi título y mis honores como si fueran suyos y pudiera entregárselos a Elise cuando quisiera.

Recordé la noche de la Fiesta de la Luna de Sangre. Alaric me había dicho que había un traidor dentro del clan y que debía dirigir la purga en persona. No volvió hasta el amanecer.

Pasé toda la noche junto a la ventana, asustada por la posibilidad de que unos cazadores le hubieran tendido una emboscada. No me atreví a dormir ni un segundo porque temía que alguien llegara para decirme que había muerto. Ahora entendía lo equivocada que había estado: nunca debí temer por su vida, sino por su fidelidad. Y yo, su princesa, había sido la última idiota en enterarse de la mentira.

Elise rio y pasó un dedo por el escudo plateado que Alaric llevaba en el pecho.

—Mira que ponerme celosa por culpa de una humana, alteza —se quejó Elise en tono juguetón—. ¿Cómo puedes ser tan cruel conmigo?

Alaric le dio un pequeño pellizco en la mejilla.

—¡Suficiente! —la reprendió—. Tú eres mi rosa. Te he cuidado desde que éramos niños. Ten paciencia. Esta noche te compensaré por todo.

Elise se puso de puntillas, le susurró algo al oído y comenzó a desatar la cinta de seda que Alaric llevaba en el cuello. Los ojos de Alaric brillaron con un tono carmesí intenso.

—Entonces demuéstrame que hablas en serio —la retó Alaric.

—Solo hay una forma de averiguarlo: tendrás que «probarlo» tú mismo —insinuó Elise.

Alaric no esperó más. La levantó en brazos y la besó antes de que pudiera seguir hablando. Elise rio contra sus labios y rodeó su cuello con los brazos. Los dos bajaron por los escalones de piedra que había detrás del altar y desaparecieron en una oscuridad tan espesa que ya no pude verlos.

Regresé al auto y me senté al volante. Cerré la puerta, pero no encendí el motor. Me aferré al volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.

Después de verlos juntos, comprendí que nuestros cinco años de matrimonio no significaban nada para Alaric. Todo el amor que le había dado, cada sacrificio y cada promesa habían perdido su valor para él. Ya sabía qué iba a encontrar, pero comprobarlo con mis propios ojos me destrozó. Intenté contenerme, aunque las lágrimas terminaron corriendo por mis mejillas.

Recordé el día en que sellamos nuestro pacto de sangre. Alaric había jurado por el honor de su clan que pasaría conmigo todos nuestros aniversarios, sin faltar a uno solo. Pero un simple coqueteo de Elise había sido suficiente para que rompiera aquel juramento ancestral.

Lo había perdido todo.

Respiré hondo y me sequé las lágrimas. El dolor seguía revolviéndome el pecho, pero lo enterré donde no pudiera dominarme. Tenía que resistir dos días más. Después sería libre.

Cuando regresé al castillo, faltaba poco para amanecer. No fui al salón principal. Me dirigí al invernadero de cristal, en la zona más apartada de la propiedad.

Alaric lo había construido para mí y yo cuidaba allí todas mis flores y plantas. Durante el día, la luz del sol mantenía alejados a los vástagos. Por eso aquel lugar se había convertido en mi único refugio, el único rincón del castillo donde podía respirar sin sentir que alguien me vigilaba.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí cuando el ruido de una de las pesadas puertas del castillo retumbó por los pasillos.

Alaric empezó a llamarme desde el salón principal. Su voz sonaba más fuerte con cada grito.

—¡Seraphina! ¡Seraphina! —gritó—. ¡Maldición! ¡¿Dónde está?! ¡¿No dijeron que estaba en su habitación?! ¡Son unos malditos inútiles! ¡Ni siquiera pueden sentir dónde está la princesa!

—Alteza, la señora no está en el dormitorio principal. Quizá esté en otra habitación —respondió el mayordomo con voz temblorosa.

—¡Pues encuéntrenla! ¡Ahora! ¡¿Qué están esperando?! —rugió Alaric.

Escuché cómo abría una puerta tras otra. Sus pasos se acercaban y sus órdenes resonaban por todo el castillo. Cuando llegó al invernadero, empujó con fuerza la puerta de cristal labrado. Levanté la cabeza y fingí que acababa de despertar.

Al verme, su furia desapareció. Se quedó inmóvil un segundo y el miedo que apareció en sus ojos fue tan intenso que parecía a punto de desplomarse. Luego cruzó el invernadero a grandes pasos y me abrazó con fuerza. Su respiración estaba agitada.

—¡Por los dioses, Seraphina! —exclamó Alaric—. ¡¿Por qué no me dijiste que estabas aquí?! ¡¿Sabes lo cerca que estuve de volverme loco cuando no pude percibirte?!

Le temblaban las manos. Le di unas palmaditas en la espalda y procuré que mi voz sonara dulce.

—Me sentía agobiada y vine a tomar aire —expliqué—. ¿Qué pasa?

—No es nada grave. Creí que te habías ido y me dio mucho miedo —confesó Alaric antes de hundir el rostro en mi cabello y besarlo varias veces.

Las mismas manos que ahora temblaban por creerme perdida habían recorrido la espalda de Elise unas horas antes. Si de verdad tuviera miedo de perderme, no habría tocado a otra mujer. Tampoco la habría llevado a un lugar que antes solo nos pertenecía a nosotros.

—Lo siento. Debí de quedarme dormida aquí y se me olvidó avisarte —me disculpé.

Después de cinco años viviendo entre sus mentiras, a mí también me resultaba fácil fingir. Me quedé entre sus brazos y escondí el rostro contra su pecho para que no pudiera ver lo que sentía.

Alaric respiró aliviado, me levantó en brazos y me llevó hasta nuestros aposentos. Lo hizo con mucho cuidado, como si cualquier movimiento pudiera hacerme daño.

—No vuelvas a hacer eso —me pidió Alaric—. Perderte sí me haría enloquecer. Sabes que haría cualquier cosa por ti.

Cerré los ojos y sonreí sin alegría. Cada una de sus palabras sonaba más falsa que la anterior.

Cuando amaneció, preparé con cuidado una caja de terciopelo negro. Dentro guardé dos cosas: el acuerdo de disolución del pacto de sangre, que yo ya había firmado ante el sumo sacerdote de mi familia, y el anillo matriarcal del clan Morrell.

—Alaric, tengo un regalo para ti —anuncié al entregarle la caja.

Alaric la recibió y sonrió con sorpresa.

—¿Puedo abrirla ahora? —preguntó.

—No. Espera dos días —le pedí—. Entonces entenderás por qué te lo di.

Alaric asintió sin protestar y guardó el regalo en la caja fuerte del fondo del estudio, protegida con un sello de sangre.

—Créeme, te encantará —le aseguré.

Cuando abriera la caja dos días después, yo ya habría desaparecido de su mundo. Entonces aquel «regalo» le contaría toda la verdad por mí.

Apenas terminé de hablar, la gran campana de bronce del castillo sonó con fuerza. Un guardia abrió las puertas principales. Al otro lado estaba Elise, con sus rizos rojos alrededor del rostro y las mejillas cubiertas de lágrimas.

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