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Capítulo 4

Author: Bagel
POV: Seraphina

Al ver a Elise, Alaric perdió la calma. La agarró de la muñeca y casi la arrastró hasta la rosaleda que había detrás del castillo.

—¡¿Te volviste loca?! —le reclamó Alaric—. ¡¿Cuántas veces te he advertido que no debes entrar por esa puerta?! Si ella llega a sospechar algo, ya sabes lo que te espera.

Los seguí a una distancia prudente y me oculté en un rincón del jardín cubierto por las sombras. Desde allí podía ver con claridad lo que ocurría entre los rosales.

—¡¿Qué carajos te pasa?! —volvió a gritar Alaric—. ¡¿Quieres provocar una guerra entre nuestros clanes?!

Elise se encogió ante sus gritos. Las lágrimas se le deslizaban por las mejillas mientras sacaba de su capa un pergamino enrollado. Le temblaba tanto la mano que apenas podía sostenerlo. El documento llevaba el sello rojo oscuro del Consejo de Ancianos del clan y, aun desde mi escondite, podía escuchar sus sollozos.

—Sé que no debí venir… pero, Alaric, ocurrió un milagro —explicó Elise entre lágrimas—. Anoche los ancianos me hicieron el rito de sangre. Tengo nueve semanas de embarazo. Es un niño de sangre pura, una bendición concedida por el antiguo pacto. Sabes que los vampiros de sangre pura nunca logran concebir de forma natural, pero este niño existe. El problema es que los ancianos dicen que su linaje es demasiado débil. No sobrevivirá… Solo podrá salvarse si se alimenta día y noche de tu sangre de príncipe. Alaric, es tu primer heredero de sangre pura. Estaba tan asustada que no pude dormir en toda la noche.

La noticia me dejó paralizada. El dolor fue tan fuerte que durante unos segundos no pude respirar. Después ya no sentí nada. Solo quedó un vacío que me dejó sin fuerzas.

¿Elise de verdad estaba embarazada de un hijo de sangre pura? No podía apartar los ojos del pergamino. El sello del Consejo parecía respaldar cada una de sus palabras.

Recordé las conversaciones que Alaric y yo habíamos tenido al principio de nuestro matrimonio sobre los peligros de que una humana gestara al hijo de un vampiro. Él me había jurado una y otra vez que era demasiado arriesgado, que no soportaría verme sufrir y que lo único que deseaba era que nos amáramos sin preocuparnos por nada más.

Yo había tomado esas palabras como la mayor prueba de amor. Por eso tomaba todos los días las hierbas de las brujas que suprimían mi fertilidad y me impedían quedar embarazada. Había renunciado a ser madre porque creía que Alaric solo intentaba protegerme.

Unos meses antes de nuestro quinto aniversario, dejé de tomar las hierbas a escondidas porque quería regalarle una familia completa. Abandonar el tratamiento alteró mi sangre y me provocó un dolor insoportable, pero lo soporté para poder concebir a nuestro hijo.

Solo entonces comprendí la verdad: lo que Alaric temía no era verme sufrir, sino tener un hijo mitad mortal.

Al escuchar que el niño era de sangre pura, Alaric se quedó inmóvil. Primero miró a Elise como si no pudiera creerle. Luego sonrió con una emoción desmedida que me partió el corazón. No apartó los ojos de su vientre mientras tragaba saliva. Poco a poco relajó la mandíbula y, cuando habló, hasta su voz sonó distinta.

—Nueve semanas… El rito ancestral funcionó —murmuró Alaric, fascinado—. Nuestro clan no ha visto un milagro así en siglos. No voy a dejar que muera. No si puedo evitarlo. Espérame en el auto, afuera. Convocaré ahora mismo a los sanadores de linaje de mayor rango del clan. No podemos perder tiempo.

Elise sonrió entre lágrimas y se puso de puntillas para besarlo. Alaric miró sus labios, pero giró la cabeza y evitó el beso.

—Estamos en el castillo. Contrólate —le advirtió Alaric—. Además, ahora debes concentrarte en proteger al pequeño que llevas dentro. No me provoques.

Alaric sonrió de lado antes de voltearse y regresar al castillo. Retrocedí a tiempo, volví a nuestros aposentos y me senté otra vez a la mesa del comedor antes de que pudiera verme.

Nueve semanas. Al contar hacia atrás, comprendí que el niño había sido concebido la primera vez que Alaric pasó toda la noche fuera del castillo. Sin pensarlo, me llevé una mano al vientre. El cristal del embarazo seguía en mi bolsillo, frío contra la piel.

«Perdóname, mi bebé. Tu madre es demasiado débil para darte una familia completa», pensé.

Alaric entró poco después.

—Seraphina, surgió un asunto urgente con el Consejo de Ancianos —anunció Alaric—. Tengo que ocuparme de él. En los últimos días, varios clanes rivales se han movilizado para provocar problemas en la frontera. Estaré fuera los próximos dos días. Pórtate bien y quédate en el castillo. No salgas.

Bajé la mirada y asentí con docilidad. Al verme tan tranquila, Alaric sonrió satisfecho, me besó la frente y se volteó para marcharse. Cada vez que se iba, repetía aquel ritual sin cometer un solo error. Pasaba de Elise a mí con una facilidad insoportable.

Lo vi alejarse y después miré el calendario de la pared. En ese momento creí que, por muy largas que fueran nuestras vidas, aquella sería la última vez que nos veríamos.

Esa tarde vibró mi teléfono. Había recibido dos fotografías. En la primera aparecía un pergamino que certificaba el linaje del niño y estaba protegido por un sello mágico. La segunda mostraba a Alaric arrodillado ante Elise mientras la abrazaba por la cintura y le besaba el vientre con devoción.

En cinco años de matrimonio nunca había visto esa ternura en su rostro.

No reconocí el número, pero no tuve dudas sobre quién había enviado las fotografías.

Quizá llevar en el vientre al supuesto heredero de sangre pura había envalentonado a Elise. Hasta entonces siempre se había mostrado cautelosa conmigo, pero ahora se atrevía a provocarme de frente. Mala suerte para ella: solo consiguió reafirmar mi decisión.

Durante los dos días siguientes no recibí noticias de Alaric, tal como esperaba. Aproveché ese tiempo para eliminar del castillo cualquier huella física de mi vida, salvo la caja que había dejado para Alaric en su estudio. Me deshice de los tesoros que me habían regalado los vástagos: algunos fueron fundidos y otros, destruidos. También quemé las pertenencias del mundo humano que no necesitaba para el viaje. Observé cómo las llamas las consumían hasta volverlas irreconocibles. Solo conservé unas cuantas prendas indispensables y las guardé en un bolso sencillo.

Lo único que no pude quitarme fue el colgante de ámbar de sangre que llevaba sobre la clavícula. En su interior había una gota de sangre del corazón de Alaric.

El día de mi partida desperté antes del amanecer y dejé el equipaje en la cajuela del auto. Estaba a punto de enviarle a mi padre la confirmación definitiva cuando el teléfono volvió a vibrar. Era el tercer mensaje de Elise:

«Mi estimada princesa, los ancianos dicen que es un niño de sangre pura. El primer heredero de Alaric. Él nos ha prometido el mayor honor a nuestro hijo y a mí. Tú solo eres una humana estéril, incapaz de continuar el linaje. Si te queda algo de sensatez, saldrás del castillo por tu cuenta».

Por una vez, le respondí:

«Felicidades. Muy pronto tendrás lo que deseas».

Conduje hasta las puertas de la ciudad, donde el convoy de mi familia ya me esperaba. Allí pasé el equipaje a otro auto y me senté en el asiento trasero.

El convoy se puso en marcha y el encantamiento de las brujas entró en vigor. Mi aroma, la resonancia de mi linaje y la marca del pacto desaparecieron de los sentidos de los vástagos. Mi nombre también quedó borrado de sus registros mágicos. Aún podían verme si estaba frente a ellos, pero ya no podrían rastrearme mediante la sangre ni sus poderes.

Al pasar por la solitaria cumbre donde habíamos sellado nuestro pacto de sangre, comenzó a llover con fuerza. El agua golpeaba las ventanas y desdibujaba el paisaje hasta convertirlo en una niebla gris.

Al rodear el paso de montaña, miré a través de la lluvia hacia el lugar donde Alaric y yo habíamos pronunciado nuestros votos ante el Dios de la Noche. Vi a Alaric salir de una antigua fortaleza. Sostenía un amplio paraguas negro con una mano y, con el otro brazo, protegía a Elise, que caminaba a su lado.

Los bebés vampiros de sangre pura se desarrollaban a una velocidad asombrosa durante la gestación. Con solo nueve semanas, el vientre de Elise ya mostraba una ligera curva. Llevaba un vestido blanco muy parecido al que yo había usado el día de nuestra boda. Venían del altar y todo indicaba que habían realizado un rito ancestral para pedir que el niño estuviera a salvo.

Una ráfaga de viento sacudió la cortina de lluvia. Alaric alzó la cabeza y nuestras miradas se encontraron. Estábamos frente a la misma fortaleza donde cinco años atrás habíamos jurado pertenecernos el uno al otro.

Al reconocerme, Alaric abrió los ojos con horror. Sus labios pálidos se movieron como si gritara mi nombre, pero el vendaval no me dejó oírlo. En ese instante, el colgante que llevaba sobre la clavícula, con aquella gota de sangre de su corazón, empezó a vibrar con tanta fuerza que me golpeó la piel.

Cerré los ojos y dejé que el auto me llevara lejos.

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