INICIAR SESIÓN
Capítulo 1 —El olor a pólvora
El aire apestaba a pólvora, gasolina y sangre fresca.
Dante Adler caminó entre los restos de la mansión con el ceño endurecido por la frustración. Abel Fagundez había escapado minutos antes de que sus hombres cerraran el perímetro. El lugar ardía, los restos seguían calientes y aun así el bastardo había logrado huir.
A su alrededor, los hombres terminaban de asegurar el perímetro, terminando a los pocos soldados enemigos que habían quedado atrás para cubrir la huida de su jefe. No había espacio para la piedad. No en el vocabulario de Dante.
Era el Hijo del Diablo, el mafioso más temido de la costa, y aquella noche estaba decidido a hacerle honor a su reputación.
Dante encendió un cigarrillo.
—Jefe —una voz rompió el silencio. El hombre se acercó con paso rápido—. El piso superior y las oficinas están limpios. Fagundez no dejó documentos, quemó todo antes de escapar. Pero encontramos algo más abajo. En la zona de las cocinas hay una puerta acorazada con triple cerrojo de seguridad. No figura en los planos.
Dante expulsó una densa nube de humo grisáceo por la nariz de manera lenta.
—Ábranla.
Descendieron por una escalera angosta de hormigón hasta el sótano más profundo. La humedad se pegaba a la piel. Al final del pasillo, dos hombres forzaban una enorme puerta de hierro con un ariete hidráulico. Los cerrojos cedieron con un estruendo metálico.
Dante esperaba dinero, armas o documentos. Pero detrás de aquella puerta había una celda.
Cadenas colgaban de las paredes. En un rincón, había una joven.
Llevaba un vestido roto y sucio. Tenía las muñecas lastimadas y el cabello le caía desordenado sobre el rostro. Pero lo que hizo que Dante se detuviera fueron sus ojos; oscuros, vacíos y quietos. Ella no lloraba, no pedía ayuda, ni siquiera parecía sorprendida. Uno de los soldados levantó el rifle.
—¿La eliminamos?
La chica no reaccionó.
—Adler, joder, ella... ¡se parece muchísimo a Branka! —dijo Matías, amigo y mano derecha del hijo del diablo
—No digas estupideces, no se parece en nada —le respondió con furia, porque mirandola bien, sí se parecía
Dante desvió la mirada al otro hombre que apuntaba a la joven con su rifle..
—Baja eso de una vez.
El hombre obedeció de inmediato.
Dante avanzó lentamente hasta quedar frente a ella. En la clavícula izquierda distinguió un tatuaje con las iniciales de Fagundez. Una marca de propiedad. La mandíbula se le tensó.
—Libérenla rápido.
La cizalla partió el hierro con dos golpes secos. Los grilletes quedaron sueltos alrededor de sus muñecas y tobillos.
Dante se quitó la chaqueta y la dejó sobre los hombros de la joven.
—Eres libre —dijo con frialdad—. Este lugar va a arder. Vete.
Le dio la espalda y comenzó a caminar hacia las escaleras. No llegó lejos. El sonido del hierro arrastrándose contra el suelo lo hizo detenerse.
La joven se había lanzado hacia adelante y se aferraba a su bota con ambas manos, abrazándole la pierna con desesperación. Dante soltó un insulto entre dientes.
—Suéltame.
Ella apretó más fuerte. Intentó avanzar y prácticamente tuvo que arrastrarla por el suelo. La chica seguía aferrada a él como si soltarlo significara morir. Y probablemente así era.
Dante se agachó de golpe para apartarla, pero cuando sus dedos rozaron las heridas de sus muñecas, ella se puso rígida y mostró los dientes apenas un instante, como un animal aterrado.
El gesto lo hizo detenerse. No era sumisión. Era puro instinto de supervivencia.
—Mal*dita sea...
La levantó en brazos de un solo movimiento. Ella escondió el rostro contra su pecho y se aferró a la tela de su camisa sin emitir un solo sonido.
La camioneta blindada avanzaba por la carretera mientras Dante fumaba junto a la ventanilla entreabierta. La chica seguía pegada a él. No hablaba, no lloraba. Pero sus dedos continuaban aferrados al pantalón de Dante justo encima de la rodilla.
—Jefe —dijo el conductor—. El médico ya está esperando en la clínica.
—Que la revisen y le quiten esos hierros.
La reacción fue inmediata. La joven levantó la cabeza de golpe y lo miró con un pánico brutal. Sus dedos se tensaron todavía más sobre la tela negra.
—Vas a una clínica, no a una ejecución —gruñó Dante.
Ella negó rápidamente con la cabeza.
Cuando la camioneta se detuvo, uno de los hombres abrió la puerta trasera y trató de ayudarla a bajar. Fue un desastre. La chica abrió la boca dejando escapar un gruñido ronco y se lanzó directamente contra Dante. Se aferró a su camisa mientras el cuerpo entero le temblaba con violencia.
—Jefe, yo...
—Tú, nada, lárgate, la asustaste —ordenó Dante.
El médico apareció en el callejón.
—Adler, necesito revisarla.
—Entraré con ella.
Entraron así a la clínica: ella pegada a su pecho y Dante visiblemente irritado.
La acostó sobre la camilla, pero apenas intentó apartarse, la joven volvió a aferrarse a él.
—No me voy a ir —dijo Dante, perdiendo la paciencia—. Quédate quieta.
Ella seguía mirándolo como si todo dependiera de que él no cruzara esa puerta. El médico se acercó con unas tijeras.
—Tengo que quitarle la ropa.
La joven observó al hombre unos segundos. Luego llevó lentamente las manos al vestido roto. Ella empezó a desvestirse sola; sin vergüenza, sin seducción. Como alguien acostumbrado a que exibieran su cuerpo. Dante le atrapó las muñecas de inmediato.
—No.
La chica se congeló.
—Mírame —ordenó él con dureza.
Ella levantó los ojos lentamente.
—No somos Fagundez. No tienes que hacer eso.
Por primera vez, algo parecido al desconcierto atravesó el miedo de la joven. El médico continuó la revisión mientras ella seguía aferrada a la manga de Dante.
Las heridas de las muñecas eran profundas. La desnutrición evidente. Pero cuando el doctor giró apenas su cuerpo para revisarle la espalda, Dante sintió que la sangre se le congelaba. Marcas en la piel. La mandíbula se le endureció tanto que dolió.
Durante un instante pensó en otro rostro, en otro par de ojos... Branka.
Habían pasado demasiado tiempo, pero seguía recordando aquella sensación; la impotencia, la amarga certeza de no haber sido suficiente cuando más lo necesitó. Apretó los dientes. No, esta vez no iba a repetir el mismo error.
—¿Y la voz? —preguntó Dante sin apartar la vista de ella.
El médico observó la garganta de la joven con una linterna.
—No veo daños físicos evidentes. Puede ser mutismo traumático. A veces la mente bloquea el habla después de abusos prolongados.
Dante miró a la chica. Ella entendía absolutamente todo. Eso era evidente.
—Necesita quedarse internada cuarenta y ocho horas —continuó el doctor.
La reacción fue instantánea. La joven volvió a alterarse. Se incorporó bruscamente y casi arrancó la vía del suero mientras se aferraba otra vez a Dante. El médico retrocedió.
—Adler...
Dante soltó un insulto. Tenerla allí era un problema. Llevársela era una estupidez aún peor.
Pero la mirada desesperada de la chica dejaba claro que si la obligaban a quedarse sola en esa clínica, terminaría colapsando.
—Preparen el equipo portátil —ordenó finalmente—. Se viene conmigo.
El médico abrió la boca para protestar, pero la cerró al ver la expresión del mafioso.
Dante volvió a cargarla en brazos. Esta vez ella no escondió el rostro de inmediato. Sus ojos permanecieron abiertos, atentos, vigilándolo todo.
Cuando salieron de la clínica, Matías Colman apareció junto a la camioneta con una tablet en la mano y el rostro tenso.
—Dante, tenemos un problema —dijo sin rodeos—. Encontraron un segundo sótano oculto en la mansión de Fagundez. Había documentos, armas europeas y pasaportes falsos. Esto no era solo un refugio de traficantes.
Dante bajó lentamente la vista hacia la joven. Ella también había escuchado. Y por primera vez desde que la encontró, algo en sus ojos cambió; miedo, pero no sorpresa.
Capítulo extra —RomRom, como le decían al pequeño Román, tenía la risa de Dante y la mirada de Ivanka.Eso decía Aylin cada vez que lo veía correr por los pasillos de la casa Volkova con las mejillas coloradas, el cabello oscuro revuelto y esa seguridad peligrosa de los niños que todavía no saben que medio mundo se arrodillá ente ellos .Ivanka fingía molestarse.—¿Tiene mi mirada? —preguntóAylin, sentada junto a la chimenea con una taza de té entre las manos, observaba a su nieto perseguir una pelota pequeña entre los muebles.—Sí, y la usa igual que tú cuando quiere salirse con la suya.Rom se detuvo en seco, como si hubiera entendido que hablaban de él, aunque apenas tenía la edad suficiente para pronunciar ciertas palabras sin mezclarlas con un balbuceo ruso-español.—Abuela —dijo, señalando la pelota.Aylin dejó la taza a un lado y abrió los brazos.—Ven aquí, mi amor.Rom corrió hacia ella con toda la violencia amorosa de un niño pequeño. Aylin lo recibió en su regazo, y por u
Capítulo 150 — El milagro improbableDante no trasladó su vida a Rusia para vivir a la sombra de Ivanka.No ocupó un lugar prestado en la casa Volkova ni metió las manos en la Bratva como si el matrimonio le diera derecho a tocar una corona que no era suya. Rusia tenía dueña. La Bratva tenía una glava. Ivanka había recuperado su nombre con sangre, fuego y una voluntad que ningún hombre de la mesa podía volver a discutir.Dante tenía lo suyo.Antes de Nueva Jersey, antes de tomar aquel territorio en nombre de los Adler, había estado Chicago. Una empresa de seguridad informática como pantalla, limpia en la superficie, con contratos, empleados, auditorías impecables y clientes corporativos. Debajo, sin embargo, respiraba otra cosa: servidores ocultos, cuentas invisibles, rutas digitales, información robada y entradas abiertas en esa parte de la red donde los hombres peligrosos creían que esconderse detrás de una pantalla los volvía intocables.Dante solo movió el centro.Cambió la logíst
Capítulo 149 —La noche compartidaLa casa Volkova no parecía la misma, esa noche tenía música. Tenía voces. Tenía copas levantadas, velas encendidas y un murmullo extraño, casi imposible, de hombres que en otro momento se habrían apuntado antes de compartir una mesa.Los rusos observaban a los Adler con una mezcla de recelo y curiosidad.En el centro de todo, Dante e Ivanka bailaban.No era un vals perfecto, no intentaba serlo.Ivanka llevaba una mano sobre el hombro de Dante y la otra entrelazada con la suya. Él la sostenía por la cintura con una firmeza que no tenía nada de exhibición y todo de pertenencia elegida.—Están mirando —murmuró Ivanka.Dante bajó apenas la boca hacia su oído.—Que miren.Ella levantó la vista hacia él, con una ceja apenas arqueada.—Hace unas horas estabas midiendo quién respiraba demasiado cerca.—Sigo midiendo.Ivanka soltó una risa baja, y Dante sintió esa risa en el pecho como si algo terminara de acomodarse.—¿Te das cuenta? —preguntó ella, más suave
Capítulo 148 — Dos tronos, una camaDante no llegó a Rusia para sentarse en un trono.Eso fue lo primero que Ivanka dejó claro.Lo dijo en una sala llena de hombres que habían aprendido a escuchar solo cuando el poder tenía forma de amenaza. Estaban reunidos alrededor de la mesa larga de la casa Volkova: jefes viejos, aliados recientes, enemigos obligados a fingir neutralidad y algunos hombres que todavía miraban a Dante Adler como si fuera una enfermedad extranjera entrando por una puerta que no debió abrirse.—Adler no tiene sangre rusa —dijo Kirilenko, el viejo del bastón—. La Bratva no obedece a un extranjero.Ivanka apoyó la mano del anillo sobre la mesa.—Nadie le pidió que lo obedeciera.Dante no habló. No porque no tuviera respuesta, sino porque había entendido por fin que aquella batalla no se ganaba ocupando el espacio de Ivanka. Se ganaba permitiendo que todos vieran que ella no necesitaba que él hablara para que su presencia pesara.—Entonces ¿qué es Adler aquí? ¿Consorte?
Capítulo 147 —CelosLa casa Volkova por fin estaba callada.O al menos fingía estarlo.Detrás de las paredes seguía Rusia, con sus hombres de traje oscuro, sus armas escondidas, sus pasillos demasiado fríos y esa mesa de lobos que jamás terminaba de llenarse de problemas. Pero en el dormitorio, con las sábanas hechas un desastre y la chimenea encendida, Ivanka decidió que el mundo podía caerse durante unas horas sin pedirle permiso.Estaba desnuda, acostada boca abajo sobre Dante, con una pierna cruzada sobre las suyas y el cabello revuelto tapándole media cara. Dante le acariciaba la espalda con una lentitud que no tenía nada de inocente, aunque el cansancio de ambos ya había dejado la habitación en esa calma tibia de después.—Si mañana ese ruso vuelve a mirarte de esas forma, voy a matarlo —dijo él.Ivanka abrió un ojo contra su pecho.—Ese ruso tiene sesenta y dos años.—Puede morir igual.Ella soltó una risa ronca, todavía con la voz tomada por el cansancio y él.—Tiene problemas
Capítulo 146 —El extranjero en la nieveLa nieve caía sobre la propiedad Volkova cuando Grigori abrió la puerta de la sala sin anunciarse.Ivanka estaba de pie frente a una mesa cubierta de mapas, cuentas y nombres escritos en tinta negra. Tres jefes menores esperaban respuesta. Uno había llegado con excusas. Otro con una promesa demasiado limpia. El tercero con la clase de silencio que solo tenían los hombres cuando creían que una mujer no notaba las mentiras antes de escucharlas.Ivanka apoyó la mano del anillo sobre la madera.—El viernes —dijo—. Ni una hora después.El hombre frente a ella inclinó la cabeza.—Glava Bratvy, mover esa suma requiere...—Requiere obediencia —lo cortó.La sala quedó quieta. El hombre tragó saliva.—Sí, glava Bratvy.Grigori permanecía en el umbral.Ivanka giró hacia él con la paciencia al borde.—¿Qué ocurre?El administrador no miró a los hombres de la reunión. La miró solo a ella.—Dante Adler está en la propiedad.El mundo no se detuvo, fue peor. Si







