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El contrato que ata

Autor: ARYO
last update Data de publicação: 2026-04-11 11:21:05

La tarde caía sobre Santo Domingo con un calor pegajoso cuando el auto negro se detuvo frente al edificio corporativo de los Montiel-De la Vega. Valeria miró por la ventanilla con el estómago hecho un nudo. El imponente rascacielos de vidrio reflejaba las nubes rojizas del atardecer, pero para ella solo parecía una jaula de lujo.

Mateo iba sentado a su lado, en silencio. Había cambiado su ropa informal por una camisa negra limpia y pantalones oscuros, pero seguía teniendo ese aire de quien no pertenecía a ese mundo de trajes caros y corbatas de seda.

—Recuerda —dijo Ramón Montiel desde el asiento delantero, sin volverse—: sonrían, hablen poco y firmen sin hacer preguntas. Los abogados ya tienen todo preparado.

Valeria apretó los puños sobre su regazo. Mateo, a su lado, solo soltó un leve bufido.

Cuando bajaron del auto, varios empleados los miraron con curiosidad disimulada. Las noticias de la “boda sorpresa” ya se habían filtrado por los pasillos de la empresa. Algunos susurraban, otros tomaban fotos disimuladamente con sus teléfonos.

En la sala de juntas del piso 28, los esperaba un equipo completo de abogados. Sobre la larga mesa de caoba había dos copias del contrato matrimonial, gruesos documentos con sellos y cláusulas en letra pequeña.

Ramón Montiel se sentó a la cabecera.

—Este contrato es claro —comenzó uno de los abogados—. Duración mínima de dos años. Durante ese tiempo, deben vivir juntos, aparecer en público como pareja y mantener la imagen de un matrimonio estable. Cualquier infidelidad visible por parte de cualquiera de los dos anulará los beneficios económicos. Al finalizar los dos años, podrán divorciarse de mutuo acuerdo sin penalizaciones, siempre y cuando no haya escándalos públicos.

Valeria sintió que le faltaba el aire. Miró el documento como si fuera una sentencia de muerte.

Mateo, sentado a su lado, leyó con calma. Su expresión no cambió ni un segundo.

—¿Y qué pasa si uno de los dos quiere terminar antes? —preguntó con voz grave.

El abogado miró a Ramón antes de responder.

—Habría penalizaciones económicas importantes. Especialmente para usted, señor De la Vega. Perdería la parte de la herencia que se le está devolviendo y el apoyo financiero para su albergue.

Mateo apretó la mandíbula, pero no dijo nada.

Valeria tomó el bolígrafo con mano temblorosa. Antes de firmar, levantó la mirada hacia Mateo.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó en voz baja, solo para él—. Aún puedes echarte atrás.

Mateo la miró fijamente. Sus ojos verdes tenían una intensidad que la desarmaba.

—Ya firmé cuando acepté casarme contigo en esa catedral —respondió en el mismo tono bajo—. Ahora solo falta tu firma.

Valeria respiró hondo y firmó. Su nombre quedó plasmado en tinta negra junto al de Mateo. Cuando terminó, sintió que acababa de vender su alma.

Ramón Montiel sonrió satisfecho.

—Bien. Ahora, como parte del acuerdo, mañana mismo se publicará una nota oficial en los medios confirmando el matrimonio y la “historia de amor repentina”. También quiero que asistan juntos a la gala benéfica de la fundación familiar el próximo viernes. Necesitamos mostrar unidad.

Valeria sintió náuseas.

—¿Una gala? ¿Tan pronto?

—Cuanto antes mejor —respondió su padre—. La gente olvida rápido, pero solo si les das algo nuevo de qué hablar.

Cuando salieron de la sala de juntas, el pasillo estaba desierto. Mateo caminó en silencio al lado de Valeria hasta que llegaron al ascensor privado.

Una vez dentro, solos los dos, Valeria explotó:

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? Acabamos de firmar un contrato que nos ata durante dos años como si fuéramos mercancía.

Mateo pulsó el botón del sótano y se apoyó contra la pared del ascensor, cruzando los brazos.

—No estoy tranquilo —admitió con voz baja—. Solo soy realista. Tu padre tiene el poder ahora. Si no jugamos según sus reglas, perderemos los dos.

Valeria lo miró con frustración.

—¿Y tú qué ganas realmente? Porque no me creo que sea solo por tu albergue.

Mateo tardó unos segundos en responder. El ascensor descendía en silencio.

—Gano tiempo —dijo finalmente—. Tiempo para que me conozcas. Tiempo para que entiendas por qué acepté. Y tiempo para demostrarte que no soy el remplazo que crees.

Valeria sintió un escalofrío. El ascensor se detuvo en el sótano. Las puertas se abrieron, pero ninguno de los dos se movió.

—¿Y si nunca quiero conocerte? —preguntó ella en un susurro.

Mateo dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal sin tocarla.

—Entonces pasaremos dos años fingiendo —respondió con voz ronca—. Pero algo me dice que no vas a poder ignorarme por mucho tiempo.

Sus miradas se encontraron. El aire dentro del ascensor se volvió espeso, cargado de algo peligroso. Valeria podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Mateo, su olor a jabón y a hombre, la intensidad de esos ojos verdes que parecían leerle el alma.

Por un segundo, pensó que él iba a besarla.

Pero Mateo solo extendió la mano y le apartó un mechón de cabello del rostro con una delicadeza sorprendente.

—Vamos a casa —dijo suavemente—. Hoy ya fue suficiente circo.

Cuando llegaron a la mansión, la noche ya había caído. Valeria subió directamente a la suite, exhausta. Se cambió y se metió en la cama, pero el sueño no llegaba.

Mateo entró un rato después, se quitó la camisa y se acostó en el sofá como la noche anterior.

El silencio era pesado.

—¿Mateo? —llamó ella en la oscuridad.

—¿Sí?

—¿Qué pasará cuando Alejandro regrese?

Mateo tardó tanto en responder que Valeria pensó que se había dormido.

—Cuando regrese —dijo finalmente con voz grave—, tendrás que elegir. Seguir con la farsa… o descubrir si lo que sientes por mí es real.

Valeria se quedó mirando el techo, con el corazón latiéndole con fuerza.

Porque por primera vez, se dio cuenta de que la pregunta ya no era solo si Alejandro regresaría.

La pregunta real era:

¿Estaba ella empezando a desear que no lo hiciera?

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