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La sombra del pasado

Autor: ARYO
last update Data de publicação: 2026-04-11 11:24:48

Los días siguientes fueron una tortura lenta y silenciosa.

Valeria pasaba las mañanas encerrada en la biblioteca de la mansión, fingiendo leer contratos y documentos que su padre le enviaba para “mantenerla ocupada”. Las tardes las dedicaba a salir con Mateo a eventos públicos menores: comidas con inversionistas, visitas a obras de los hoteles de la familia, incluso una entrevista ligera para una revista de sociedad. En público eran la pareja perfecta: él la tomaba de la mano, le sonreía con calidez fingida, y ella apoyaba la cabeza en su hombro cuando las cámaras apuntaban hacia ellos.

Pero en privado… todo era diferente.

La suite principal se había convertido en un campo de batalla silencioso. Mateo seguía durmiendo en el sofá. Valeria se acostaba temprano y fingía dormir cuando él entraba. Ninguno de los dos hablaba de la llamada de Alejandro, ni del casi-beso en la biblioteca. Era como si ambos hubieran acordado fingir que aquella noche nunca había existido.

Hasta que la realidad los golpeó de nuevo.

Era jueves por la noche. Valeria estaba sentada en la cama, revisando su teléfono, cuando un mensaje de Camila, su mejor amiga, apareció en la pantalla:

Camila:

“Val, acabo de ver las noticias. Alejandro acaba de aterrizar en Santo Domingo. Dicen que viene a “arreglar asuntos familiares”. Ten cuidado.”

Valeria sintió que el estómago se le caía al suelo. Se levantó de golpe y bajó al salón principal. Mateo estaba allí, de pie frente a la ventana, con una copa de whisky en la mano. Había vuelto temprano de una reunión en el albergue y todavía llevaba la camisa arremangada, dejando ver sus antebrazos tatuados y fuertes.

—Mateo —llamó ella con voz temblorosa.

Él se giró. Al ver su expresión, frunció el ceño.

—¿Qué pasó?

—Alejandro regresó. Está en Santo Domingo.

Mateo dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco. Su mandíbula se tensó visiblemente.

—Lo sé —dijo con voz grave—. Mi madre me llamó hace una hora. Dice que quiere una reunión familiar mañana. Todos nosotros. Incluyéndote a ti.

Valeria sintió que le faltaba el aire. Se sentó en el sofá, con las manos temblando.

—No quiero verlo. No estoy preparada.

Mateo se acercó y se sentó a su lado. No la tocó, pero su presencia era reconfortante y abrumadora al mismo tiempo.

—No tienes que verlo sola —dijo con calma—. Yo estaré allí. Y si intentas algo que te haga daño, me encargaré de él.

Valeria lo miró. Sus ojos verdes estaban serios, protectores.

—¿Por qué haces todo esto? —preguntó ella por enésima vez—. Podrías haber dicho que no. Podrías haberte quedado en Jarabacoa con tu albergue y tu vida lejos de todo este circo. ¿Por qué sigues aquí?

Mateo se quedó en silencio unos segundos. Luego se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

—Porque desde aquella noche en la carretera, nunca dejé de pensar en ti —confesó con voz baja y ronca—. Eras solo una chica con ojos tristes que me salvó la vida. No sabía tu nombre, pero recordaba tu voz. Recordaba cómo me dijiste “vas a estar bien” mientras conducías bajo la lluvia. Cuando mi madre me llamó y mencionó tu nombre… supe que no podía dejarte sola en esto.

Valeria sintió que algo se rompía dentro de su pecho.

—No soy la misma chica de aquella noche —susurró.

—Lo sé —respondió Mateo, mirándola directamente—. Ahora eres más fuerte. Más herida. Más hermosa. Y yo sigo aquí porque quiero conocer a esta versión de ti. No como el hermano de Alejandro. No como el sustituto. Solo como Mateo.

El silencio que siguió fue tan denso que Valeria podía escuchar su propio corazón latiendo con fuerza.

Mateo levantó una mano lentamente y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos. El contacto fue suave, pero envió una corriente eléctrica por todo su cuerpo.

—Valeria… —murmuró, acercándose un poco más.

Esta vez ella no se apartó.

Sus labios estaban a solo unos centímetros cuando el teléfono de la casa sonó con fuerza, rompiendo el momento.

Mateo maldijo por lo bajo y se levantó a contestar. Valeria se quedó sentada, con las mejillas ardiendo y el corazón desbocado.

Era Ramón Montiel.

—La reunión familiar será mañana a las diez en punto —dijo su padre con tono autoritario—. Alejandro ya está aquí. Quiero que ambos estén presentes y se comporten como una pareja unida. No toleraré ningún escándalo.

Cuando colgó, Mateo se volvió hacia ella.

—Mañana va a ser difícil —advirtió.

Valeria asintió, todavía sintiendo el fantasma del casi-beso en sus labios.

—Lo sé.

Esa noche, por primera vez, Mateo no se acostó inmediatamente en el sofá. Se quedó de pie junto a la ventana, mirando la oscuridad del jardín.

Valeria lo observó desde la cama. La luz de la luna iluminaba su perfil fuerte, la cicatriz en su pecho, los tatuajes que asomaban por la camiseta.

—Mateo… —llamó ella en voz baja.

Él se giró.

—¿Sí?

—Gracias —susurró Valeria—. Por quedarte. Por protegerme. Por no ser como él.

Mateo sonrió ligeramente, una sonrisa pequeña pero real.

—No me des las gracias todavía —respondió con voz ronca—. Aún no sabes hasta dónde estoy dispuesto a llegar por ti.

Se acostó en el sofá y apagó la luz.

Valeria se quedó despierta mucho tiempo, mirando el techo.

Porque mañana vería a Alejandro por primera vez desde la boda.

Y por primera vez, se preguntó si realmente quería que él intentara recuperarla.

O si, en el fondo, ya había empezado a desear que se quedara lejos.

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