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Capítulo 3: El refugio de los pecadores

Autor: Naira Black
last update Fecha de publicación: 2026-05-24 06:36:07

 

La mansión Knight, una imponente estructura de mármol y cristal en la zona más exclusiva de la ciudad, se sentía esa noche más que nunca como una prisión de alta seguridad. Alissa cruzó el vestíbulo en silencio, arrastrando el cansancio de un día que la había dejado emocionalmente exhausta. El eco de la bofetada a Kyler aún vibraba en sus dedos, y la intensa mirada verde del consultor seguía quemándole la memoria.

Solo quería subir a su habitación, darse un baño caliente y pretender que el mundo exterior no existía. Pero el destino tenía otros planes.

En el gran salón, bañado por una luz tenue y artificial, Daniel la esperaba sentado en un sillón de piel, con un vaso de whisky en la mano. Ni siquiera se molestó en levantarse cuando la vio entrar.

—Llegas tarde, Alissa —dijo él. Su voz, impregnada de una sobriedad cortante, cortó el aire como un cuchillo—. Asumo que estuviste perdiendo el tiempo en tu oficina con el nuevo personal.

—Estábamos revisando los planos de la remodelación para tu propia empresa, Daniel —respondió ella, deteniéndose a unos metros, sin fuerzas para pelear.

Daniel soltó una risa seca, un sonido despectivo que carecía de cualquier pizca de gracia. Se levantó lentamente, balanceando el líquido dorado en su vaso, y se acercó a ella. Sus ojos azul hielo la recorrieron con una mezcla de decepción y desdén.

—Tu trabajo, siempre tu trabajo... Una distracción perfecta para ocultar tu mayor fracaso —soltó él, inclinando la cabeza con una frialdad cruel—. Hoy volví a reunirme con los abogados del fondo fiduciario. El tiempo se agota. Es verdaderamente patético, Alissa. Tienes una posición envidiable, los lujos que cualquier mujer desearía, y ni siquiera eres capaz de cumplir con la única tarea biológica para la que fuiste traída a esta familia: darme un heredero. Una mujer defectuosa en una casa que exige perfección.

Cada palabra de Daniel fue un golpe milimétricamente calculado para herir su amor propio, para recordarle que para él, ella no era más que un útero vacío y un adorno corporativo. Lo que él nunca admitiría era que su crueldad no era más que el reflejo de su propia impotencia, una proyección de la frustración que le carcomía las entrañas y que prefería descargar en ella antes de aceptar su propia realidad.

Alissa cerró los ojos por un segundo. Un suspiro largo, pesado y cargado de una profunda resignación escapó de sus labios. Ya no había lágrimas en sus ojos; el dolor se había transformado en un vacío gélido.

—Buenas noches, Daniel —se limitó a decir, dándole la espalda antes de que él pudiera ver cuánto la habían desgarrado sus palabras.

Subió las escaleras a paso firme, pero al llegar a su habitación, la asfixia de los muros de la mansión se volvió insoportable. Miró el gran anillo de diamantes en su mano izquierda, el símbolo de un compromiso que no era más que una transacción comercial fraudulenta. Necesitaba respirar. Necesitaba salir de esa farsa antes de volverse loca.

Sin pensarlo dos veces, Alissa se cambió el traje ejecutivo por un vestido sencillo de seda oscura, tomó las llaves de su auto deportivo y bajó las escaleras de servicio para evitar a Daniel. Minutos después, aceleraba por las calles de la ciudad, dejando atrás la jaula de oro.

Manejó sin un rumbo fijo hasta que terminó en la zona bohemia de la ciudad, un lugar alejado de los clubes exclusivos de la alta sociedad donde todos se conocían. Estacionó frente a The Blind Tiger, un bar subterráneo, clandestino y elegante, iluminado por luces de neón rojas y envuelto en una densa nube de música jazz y conversaciones bajas. Era el lugar perfecto para desaparecer, para ser una desconocida.

Alissa se sentó en una de las esquinas más oscuras de la barra de madera, pidiendo un trago fuerte. Apoyó los codos en la superficie, dejando que la música adormeciera sus pensamientos. Por primera vez en años, se sentía libre, aunque solo fuera por unas horas.

—Un whisky puro no parece el trago habitual para una mujer tan elegante, señora Vance.

La voz llegó desde las sombras, justo a su lado. Era una vibración profunda, ronca y peligrosamente familiar que le erizó el vello de la nuca y congeló el aire en sus pulmones.

Alissa giró la cabeza lentamente, con el corazón dándole un vuelco violento.

Sentado en el taburete contiguo, con una sonrisa perezosa y sosteniendo un vaso corto entre sus dedos largos y tatuados, estaba él. Kyler. Había cambiado la chaqueta de cuero por una camisa negra que parecía mimetizarse con la oscuridad del bar. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad felina bajo la luz tenue, fijos en ella, saboreando la sorpresa y el evidente nerviosismo que acababa de provocarle.

—¿Kyler? —pronunció ella en un hilo de voz, tratando de recuperar la compostura, aunque el pulso se le había disparado al instante—. ¿Qué haces aquí? ¿Me estás siguiendo?

Kyler soltó una risa baja, un sonido magnético que pareció acortar toda la distancia entre ellos en ese bar lleno de extraños. Se inclinó un poco hacia ella, rompiendo de nuevo esa línea invisible que Alissa tanto intentaba proteger.

—Digamos que el destino tiene maneras muy curiosas de cruzar nuestros caminos, Alissa —susurró él, dejando de lado el formalismo de la oficina, mirándola con una intensidad que la hizo sentir completamente desnuda—. Pero mírate. Estás muy lejos de tu impecable oficina... y de tu perfecto esposo.

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