FAZER LOGINCapítulo 2
—Creo que el señor sabe la respuesta. Mi asistente, André… —Ah, el engreído —lo interrumpió él, con una sonrisa burlona—. Estuvo aquí todo pomposo, lleno de delicadezas. Ella alzó una ceja y cruzó los brazos. Ahora entendía perfectamente por qué André había dicho que Zacky era un grosero. Zacky se levantó, fue hasta el fregadero y tomó una taza de aluminio. Abrió el grifo hasta llenarla. Dolores lo observaba, curiosa, y arqueó una ceja. —¿No bebe agua filtrada? Él se volvió hacia ella, apoyando la cadera en el fregadero, y soltó una risa corta. —Esta agua está filtrada, señorita. Viene directo del manantial, pura como el oro. Ella parpadeó, sin saber si creerle o no, y lo vio beber el agua con gusto, como si fuera la mejor del mundo. Luego le extendió la taza. —¿Quiere probar? Por un instante, ella dudó. La mirada firme y confiada de él la desconcertaba. Al final tomó la taza; sus dedos rozaron los de él lo suficiente como para sentir un escalofrío recorrerle la espalda. Dolores llevó el agua a los labios, probó… y se sorprendió. —Está helada… —murmuró, sorprendida—. Es realmente buena. Zacky sonrió, satisfecho. —Se lo dije. La naturaleza aquí sabe hacer el trabajo mejor que cualquier filtro de la ciudad. Ella dejó la taza sobre el fregadero y cruzó los brazos. —Ustedes, los del interior, tienen una forma muy particular de ver el mundo, ¿no? —Y ustedes, los de la ciudad —respondió él, con una mirada divertida—, tienen una forma graciosa de complicar lo que es simple. Y al final… ¿qué vino a hacer aquí ese asistente engreído suyo? Dijo un montón de tonterías, pero no entendí nada y lo mandé de vuelta. Dolores respiró hondo. Esa era la parte que había ensayado desde el principio. —Estas tierras… pertenecieron a mi abuelo. Hizo una breve pausa, observando su reacción. —Una apuesta sin sentido hizo que las perdiera a manos de su padre. Zacky arqueó una ceja y cruzó los brazos. Una media sonrisa provocadora apareció en la comisura de sus labios. —¿Y usted está aquí para recuperar lo que es suyo, es eso? Dolores mantuvo el mentón en alto, intentando demostrar seguridad, aunque por dentro el corazón le latía acelerado. —No exactamente —respondió, midiendo las palabras—. Vine a proponer algo que puede ser bueno para los dos. Zacky inclinó un poco la cabeza, evaluándola con curiosidad. —¿Ah, sí? —dijo en tono grave—. Entonces creo que quiero oír eso. Dolores respiró hondo antes de hablar. —He trabajado y ahorrado toda mi vida. Reuní lo suficiente para comprar estas tierras, señor Carter. Él guardó silencio por un momento, observándola. Luego, una risa ronca escapó de sus labios. —¿Comprar las tierras? —repitió, con ironía—. Muchachita, no tiene idea de lo que está diciendo. Dolores mantuvo la postura, pese a la burla. —Sé exactamente lo que estoy diciendo —replicó, firme—. Quiero hacer una oferta justa, dentro de la ley. Zacky dio un paso al frente, y por un instante ella sintió su presencia imponente. Su mirada era de acero. —Estas tierras han estado en mi familia por más de cincuenta años —dijo con voz inquebrantable—. Eran de mi padre, y ahora son mías. No voy a renunciar a ellas por ningún dinero. Ella tragó saliva; el corazón le latió con más fuerza, pero no apartó la mirada. —Entonces… ¿no hay nada que pueda decir para hacerlo cambiar de opinión? Zacky apoyó las manos en el mostrador, inclinándose levemente hacia ella. —La única cosa que puede hacer, muchachita, es acostumbrarse a la idea de que no va a conseguir lo que quiere. Tomó el sombrero que estaba sobre la mesa y se lo puso, como si el asunto estuviera terminado. Dolores, sin embargo, permaneció allí, sintiéndose… derrotada. Él caminó hacia la puerta. —¡Espere! —la voz de ella salió casi como una súplica. Zacky se detuvo, pero no se dio la vuelta. Permaneció inmóvil hasta oír la continuación: —Yo… haré cualquier cosa para recuperar lo que es mío. Entonces él se giró lentamente, con una ceja alzada. Su mirada la recorrió de arriba abajo, intensa al punto de hacerla querer desaparecer. —¿Cualquier cosa? —preguntó en voz baja, cargada de ironía—. ¿Está segura de lo que acaba de decir, muchachita? Dolores sintió que el rostro le ardía. —No quise decir… ese tipo de cosa —murmuró, más para sí misma que para él, intentando recomponer su dignidad. Él rió. Una risa grave y provocadora. Fue entonces cuando ella notó sus dientes, perfectamente alineados y blancos. —Qué bueno que me equivoqué —dijo él, con una media sonrisa burlona—. Porque usted no me interesa en lo más mínimo. Silencio. Ella se quedó inmóvil; sus palabras le golpeaban la cabeza como una bofetada. Permaneció allí, respirando hondo, sin saber si lo odiaba por aquel comentario despectivo. “Porque usted no me interesa en lo más mínimo.” Sintió el estómago retorcerse. Zacky salió sin mirar atrás. Ella siguió controlando la respiración, luchando contra el impulso de gritar. —Arrogante… grosero… —murmuró entre dientes—. Veremos cuánto tiempo aguanta antes de cambiar de opinión. Dolores Ferreira no era una mujer que se rindiera. Con el mentón en alto, caminó hasta la ventana. Afuera, él montaba un caballo alazán. Apretó los labios, sintiendo de nuevo el corazón acelerarse. —Puede reírse ahora, vaquero —susurró, mirándolo fijamente—. Pero todavía va a devolverme lo que es mío… de una forma u otra. —Dicen que hablar sola es el primer síntoma de la locura, señora —dijo un vaquero atractivo, con una sonrisa casi tan perfecta como la de Carter. “Deben hacer comerciales de pasta de dientes”, pensó, irritada y divertida al mismo tiempo. —Buenas tardes para usted también —respondió, con tono seco y el mentón en alto. Él rió, levantando una mano en un gesto amistoso. —Soy Mauricio, el capataz. Disculpe la broma. Dolores parpadeó, sorprendida por su forma relajada. A diferencia de Zacky, aquel tenía una mirada amable, despreocupada. Era interesante; no tanto como Carter, pero definitivamente interesante. Aceptó el saludo. —¿La señorita necesita algo? —preguntó él, rascándose la nuca—. ¿O debo decir señora? Ella arqueó una ceja, con una leve sonrisa. —Una forma bastante curiosa de averiguar si una mujer está casada o no, Mauricio. Él sonrió, entrecerrando los ojos oscuros bajo el sombrero. —Perdón. Aquí en el interior preguntamos como sabemos. Ella suspiró, negando con la cabeza, pero había un brillo divertido en su mirada. —Pues quédese tranquilo, todavía soy “señorita”. Y, por favor, no lo divulgue por la hacienda. —Lo prometo, señorita —respondió él, inclinando el sombrero con galantería—. Pero si el patrón se entera de que hay una mujer tan bonita por aquí, no tardará en aparecer. El comentario la hizo poner los ojos en blanco; ella ya lo había visto y sabía muy bien que el efecto había sido el contrario de lo que Mauricio imaginaba.Capítulo 118El tiempo pasó como el viento en las planicies de la hacienda.En pocos meses, los siete cachorros de Nyra y Titan crecieron rápidamente. Los pequeños servales ahora corrían libres por la propiedad, subiendo a los árboles, cazando mariposas y durmiendo al sol sobre el techo del galpón. Titan se convirtió en una presencia imponente y protectora, siempre vigilando a su familia felina con ojos atentos. Nyra, por su parte, continuaba cariñosa, muchas veces vista descansando en el porche al lado de Titan, como si fueran los verdaderos guardianes de la hacienda.Y entonces, casi al mismo tiempo, los bebés humanos llegaron.En el hospital, Rafael y Robson estaban lado a lado en el pasillo, todavía vistiendo las ropas quirúrgicas azules. Los dos parecían exhaustos, emocionados y orgullosos.Rafael se pasó la mano por el rostro y miró a su hermano.—Llegó la hora de elegir los nombres.Robson asintió, tenía los ojos rojos de tanto contener la emoción.—Luana y yo ya conversamos. Q
Capítulo 117Dos meses después...El sol de la tarde estaba perfecto para aquel día grandioso. Lo que iba a ser una simple boda terminó convirtiéndose en una gran fiesta campesina.Una enorme estructura de madera y bambú había sido montada detrás de la casa grande, decorada con banderines coloridos, cintas de raso, flores del campo y luces amarillentas. Mesas largas estaban cubiertas con manteles a cuadros rojos y blancos. El olor de carne asada, chorizo, arroz carreteiro y pollo campesino en el fogón de leña dominaba el aire.Todos los peones de la hacienda estaban presentes, muchos con sus mejores camisas, botas lustradas y sombreros de fieltro. Amigos de las haciendas vecinas, Adalberto con Rosa, el cocinero João y hasta la Sargento Mendes, que se había vuelto cercana a la familia, comparecieron.Bajo un gran arco adornado con ipê-amarelo y margaritas, las parejas intercambiaban los votos.Rafael, vistiendo una camisa blanca con las mangas dobladas y pantalón jeans oscuro, sostenía
Capítulo 116Dos días después, Thomas y Juliana Cárter finalmente regresaron de su largo viaje de casi cinco meses por Europa.Tan pronto como el vehículo se detuvo frente a la casa grande, Rafael, Pâmela, Robson y Luana salieron a recibirlos. Thomas bajó del carro con una sonrisa amplia en su rostro bronceado, seguido por Juliana, que extendía los brazos.—¡Mis hijos! —exclamó Juliana, emocionada, abrazando primero a Rafael y luego a Robson con fuerza.Los abrazos fueron largos y apretados. Thomas dio palmadas en las espaldas de sus hijos, claramente feliz de estar de vuelta. Sin embargo, cuando se alejó para saludar a las dos jóvenes, notó algo diferente.Sus ojos descendieron hasta las barrigas evidentes de Pâmela y Luana.—Esperen... —Thomas parpadeó, sorprendido—. ¿Qué estoy viendo aquí?Juliana llevó las manos a la boca, se emocionó en el mismo instante.Pâmela y Luana sonrieron, tímidas. Rafael sostuvo la mano de Pâmela y Robson pasó el brazo alrededor de la cintura de Luana, p
Capítulo 115Habían pasado cuatro meses.La hacienda Cárter vivía ahora una calma merecida. Luiz estaba preso, esperando juicio por tentativa de homicidio, y sus amenazas parecían, poco a poco, perderse entre los barrotes. Rafael se había recuperado bien del disparo en el hombro, aunque todavía sentía un dolor incómodo cuando el tiempo se enfriaba. Él y Pâmela vivían juntos oficialmente, y el proceso de divorcio de ella finalmente avanzaba.Sin embargo, en los últimos días, una preocupación rondaba la mente de Rafael.Estaba parado en el porche de la casa grande, mirando al cielo. Se quitó el sombrero, se rascó la cabeza con fuerza y se lo puso nuevamente, con el ceño fruncido. Nyra había desaparecido hacía al menos diez o quince días. Nunca había estado tanto tiempo lejos de la hacienda. Rafael ya había recorrido casi todos los bosques cercanos y no encontró nada.—Dónde estás, niña... —murmuró para sí mismo, inquieto.Entonces escuchó un ruido constante de pasos menudos, maullidos a
Capítulo 114Al final del día, dos patrullas de la policía civil se detuvieron frente a la casa de Luiz. Los policías bajaron con las manos cerca de las armas y golpearon la puerta con fuerza. Registraron el patio y forzaron la puerta ya que tenían una orden, la casa estaba vacía.—Debe haber ido a la Hacienda de los Cárter —dijo el sargento, serio—. Vamos ahora. Código 3.Mientras las patrullas avanzaban a alta velocidad con las sirenas encendidas, en la Hacienda Cárter todo parecía tranquilo.En el área gourmet, una mesa estaba puesta con comida casera. Rafael, Pâmela, Robson y Luana cenaban juntos. El ambiente era distendido entre las parejas. Luana se reía de algo que Robson le había susurrado al oído, mientras Pâmela descansaba la cabeza en el hombro de Rafael, que acariciaba su mano por encima de la mesa.—Esta cena está perfecta... —murmuró Pâmela, feliz.Rafael besó la parte superior de su cabeza. Fue en ese momento cuando una silueta surgió, a pocos metros de distancia.Luiz,
Capítulo 113Al día siguiente, Luiz estacionó su camioneta detrás de un viejo granero abandonado, a unos doscientos metros de la casa de Adalberto. Sus ojos estaban rojos, inyectados de odio y falta de sueño. Esperó pacientemente escondido hasta ver la camioneta de su hermano salir por el camino de tierra, levantando polvo.En cuanto el vehículo desapareció en la curva, Luiz bajó con el revólver en la mano. El metal estaba caliente de tanto apretarlo. Continuó a pie, agachado entre los árboles y el maizal, hasta llegar al gran cobertizo donde las empleadas separaban semillas y preparaban alimento para los animales.Rosa estaba dentro, conversando con Neusa, una de las empleadas más antiguas de la hacienda. Las dos estaban de espaldas a la puerta entreabierta.—Vi cómo te miró el patrón esta mañana —dijo Neusa, con un tono curioso y malicioso, cruzándose de brazos—. No sirve de nada disimular, Rosa. ¿Están juntos?Rosa se puso roja, pero no consiguió ocultar la leve sonrisa que apareci







