LOGINCapítulo 3
Mauricio se despidió con un toque en el sombrero y salió, dejando a Dolores sola en la cocina. Ella soltó un suspiro, volvió a tomar la taza de aluminio y la llenó en el grifo. El agua fresca descendía sin obstáculos, diferente a todo lo que estaba acostumbrada a beber. —Al menos el agua es buena —murmuró, llevándose la taza a la boca una vez más. De repente, escuchó un sonido bajo detrás de ella. Pasos suaves. No parecía ser una persona. Dolores se quedó paralizada. Se giró despacio y sus ojos se abrieron de par en par. Allí, detenida en la puerta, estaba una criatura alta, de pelaje dorado con manchas negras, orejas puntiagudas y una mirada atenta. El corazón de Dolores casi se detuvo. —D-dios mío… ¡un leopardo! —exclamó, dando un paso atrás y derramando parte del agua en el suelo. Nyra inclinó la cabeza, curiosa, como si se divirtiera con el miedo de la visitante. Caminó hacia ella y olfateó el borde del pantalón de Dolores, que contuvo la respiración, inmóvil. —¡Zacky! —murmuró, con la voz más aguda de lo que pretendía. Una risa baja llegó desde la puerta. —Ah, ya conociste a Nyra. —Zacky se apoyó en el marco, cruzando los brazos con una mirada divertida—. Solo muerde cuando no le gusta la visita. Ella lo miró furiosa. —¡Podrías haber avisado que tenías una onza de mascota! —Serval —la corrigió él, con una sonrisa—. La crié desde cachorra. Es mansa… la mayor parte del tiempo. Nyra se acercó y se frotó contra la pierna de él, ronroneando como un gato gigante. Dolores aún mantenía distancia, con el corazón a punto de salírsele del pecho. —Mansa. Claro. Apuesto a que también sabe acariciar con las garras. Zacky se rió. —Relájate, muchacha. Si le gustaste, ya tienes ventaja. Dolores miró a Nyra, que ahora la observaba con brillantes ojos ámbar. “Tal vez”, pensó, “ese animal no fuera más que el reflejo de su propio dueño: hermoso, salvaje y completamente impredecible”. Nyra se estiró perezosamente en el suelo frío de la cocina, soltando un largo bostezo antes de quedarse dormida justo en medio del paso, como si el lugar le perteneciera. —Le eché un vistazo a tu coche —dijo Zacky, apoyado en el marco de la puerta con un aire relajado y provocador—. Vas a necesitar un mecánico. Y, por lo que vi, es automático. —¿Y ahora… qué voy a conducir? —preguntó ella, angustiada. —Puedes usar cualquier coche de la finca —respondió él, con media sonrisa. Ella se sonrojó antes de murmurar: —Solo sé conducir coche automático. Él arqueó una ceja, divertido. —Ah, ya entiendo… no sabes conducir. —¡Claro que sé! —replicó ella, ofendida. Zacky cruzó los brazos y se acercó lentamente, con una mirada burlona. —Un conductor de verdad maneja cualquier coche, muchacha. Ella lo fulminó con la mirada, furiosa, pero él solo se rió y salió de la cocina como si hubiera ganado otra disputa. “¡Es insoportable!”, pensó Dolores, aún irritada, mientras observaba al vaquero alejarse con su arrogancia habitual. Luego miró a Nyra, estirada en medio de la cocina como si fuera la dueña de la casa, elegante, enorme y peligrosamente tranquila. Dolores tragó saliva. No sabía qué era peor: seguir al vaquero malhumorado o quedarse sola con el “gato gigante”. —Algo me dice que no es tan buenita… —murmuró en voz baja. Como si lo hubiera entendido perfectamente, Nyra abrió uno de los ojos lentamente, ese ojo amarillo que parecía ver el alma de cualquiera. Observó a Dolores en silencio, con un aire de superioridad felina, como si evaluara el coraje de la mujer. Luego, sin el menor pudor, volvió a apoyar la cabeza en el suelo y emitió un sonido grave, algo entre un gruñido y un murmullo, como si fuera un: ¡Hum! Y volvió a dormir. Dolores abrió los ojos de par en par, aferrándose al pantalón. —¿Ves? ¡Hasta refunfuña! —susurró, cruzando la cocina de puntillas, como si pasara junto a una bomba de tiempo a punto de explotar. Finalmente, más por desesperación que por valentía, Dolores reunió coraje y consiguió seguir al vaquero. Aún miraba por encima del hombro para asegurarse de que Nyra no la siguiera, cuando casi chocó con una maceta. Solo Dios sabe de dónde salió. Se quedó quieta, con los ojos abiertos de par en par. Zacky estaba de espaldas, quitándose la camisa a cuadros empapada de sudor. El movimiento era lo suficientemente lento como para que ella viera cada centímetro de aquella espalda ancha y definida, los músculos marcándose desde los hombros hasta la línea de la cintura. Un calor le subió al rostro antes incluso de darse cuenta de que estaba mirando. Y mirando demasiado. Él giró el rostro por encima del hombro y la atrapó en el acto. —¿Perdiste algo? —preguntó con una sonrisa descarada, claramente divirtiéndose a su costa. Dolores parpadeó rápido, abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir. No salió nada. Zacky arqueó una ceja, provocador: —¿O solo estabas disfrutando de la vista? Ella casi se atragantó con el aire. —Yo… yo solo vine… eh… ahm… a seguirte. —Sí, me di cuenta. —Dejó la camisa sobre el asiento del coche y permaneció de espaldas, lo cual no ayudó en absoluto. Dolores giró el rostro tan rápido que casi se torció el cuello. —¡No estaba mirando! —mintió, sonrojándose hasta las orejas. —Ajá. Tranquila. La próxima vez aviso cuando me quite la camisa. Así te preparas. Ella casi sufrió un ataque. Él se inclinó dentro de su coche, apoyando una mano en el techo como si tuviera todo el tiempo del mundo. —Llama a tu asistente engreído —dijo con ese tono irritantemente calmado—. Pídele que venga a buscarte. Y dile que no conseguiste lo que querías. Dolores sintió que el mundo se le venía abajo. —¿Ni siquiera vas a escuchar mi propuesta? Zacky soltó una risa corta, sin humor, y cerró la puerta del vehículo. —Señorita… —Se acercó, mirándola desde arriba como si fuera completamente inofensiva—. No necesito tu dinero. Ella abrió la boca para replicar, pero él continuó: —De hecho, tengo mucho más de lo que podrías gastar… incluso si fueras mi esposa. Eso le quemó el orgullo. Dolores tragó saliva, pero levantó el mentón. —Arrogante. Él sonrió de lado, provocador. —Realista. Entonces, tan nerviosa estaba, que dio un paso atrás; el tacón se hundió en la tierra y crac… se rompió. Dolores se quedó paralizada por un segundo. Zacky arqueó una ceja, con esa mirada que decía claramente: Te lo advertí. Dolores respiró hondo, se agachó y se quitó los zapatos, quedándose descalza. Él no apartó la mirada. Sus ojos bajaron, observando los pequeños pies de ella, las uñas perfectamente arregladas. —Ven conmigo —dijo él, con la voz grave, demasiado calmada para alguien que claramente estaba irritado con su presencia—. Voy a arreglarte una habitación. Creo que querrás refrescarte antes de la cena. Ella dudó, sosteniendo los zapatos rotos. —¿Soy bienvenida a la cena? —preguntó, con el orgullo herido. Zacky soltó una risa breve y sin humor. —Nunca dije que fueras bienvenida —respondió—. Solo no quiero que te desmayes de hambre en mi propiedad o por insolación. Se dio la vuelta y empezó a caminar, esperando que ella lo siguiera. Dolores apretó los labios, sintiendo crecer la indignación en el pecho… pero lo siguió. Porque, le gustara o no, ese vaquero irritante era la única persona que podía llevarla hasta lo que más deseaba.Capítulo 118El tiempo pasó como el viento en las planicies de la hacienda.En pocos meses, los siete cachorros de Nyra y Titan crecieron rápidamente. Los pequeños servales ahora corrían libres por la propiedad, subiendo a los árboles, cazando mariposas y durmiendo al sol sobre el techo del galpón. Titan se convirtió en una presencia imponente y protectora, siempre vigilando a su familia felina con ojos atentos. Nyra, por su parte, continuaba cariñosa, muchas veces vista descansando en el porche al lado de Titan, como si fueran los verdaderos guardianes de la hacienda.Y entonces, casi al mismo tiempo, los bebés humanos llegaron.En el hospital, Rafael y Robson estaban lado a lado en el pasillo, todavía vistiendo las ropas quirúrgicas azules. Los dos parecían exhaustos, emocionados y orgullosos.Rafael se pasó la mano por el rostro y miró a su hermano.—Llegó la hora de elegir los nombres.Robson asintió, tenía los ojos rojos de tanto contener la emoción.—Luana y yo ya conversamos. Q
Capítulo 117Dos meses después...El sol de la tarde estaba perfecto para aquel día grandioso. Lo que iba a ser una simple boda terminó convirtiéndose en una gran fiesta campesina.Una enorme estructura de madera y bambú había sido montada detrás de la casa grande, decorada con banderines coloridos, cintas de raso, flores del campo y luces amarillentas. Mesas largas estaban cubiertas con manteles a cuadros rojos y blancos. El olor de carne asada, chorizo, arroz carreteiro y pollo campesino en el fogón de leña dominaba el aire.Todos los peones de la hacienda estaban presentes, muchos con sus mejores camisas, botas lustradas y sombreros de fieltro. Amigos de las haciendas vecinas, Adalberto con Rosa, el cocinero João y hasta la Sargento Mendes, que se había vuelto cercana a la familia, comparecieron.Bajo un gran arco adornado con ipê-amarelo y margaritas, las parejas intercambiaban los votos.Rafael, vistiendo una camisa blanca con las mangas dobladas y pantalón jeans oscuro, sostenía
Capítulo 116Dos días después, Thomas y Juliana Cárter finalmente regresaron de su largo viaje de casi cinco meses por Europa.Tan pronto como el vehículo se detuvo frente a la casa grande, Rafael, Pâmela, Robson y Luana salieron a recibirlos. Thomas bajó del carro con una sonrisa amplia en su rostro bronceado, seguido por Juliana, que extendía los brazos.—¡Mis hijos! —exclamó Juliana, emocionada, abrazando primero a Rafael y luego a Robson con fuerza.Los abrazos fueron largos y apretados. Thomas dio palmadas en las espaldas de sus hijos, claramente feliz de estar de vuelta. Sin embargo, cuando se alejó para saludar a las dos jóvenes, notó algo diferente.Sus ojos descendieron hasta las barrigas evidentes de Pâmela y Luana.—Esperen... —Thomas parpadeó, sorprendido—. ¿Qué estoy viendo aquí?Juliana llevó las manos a la boca, se emocionó en el mismo instante.Pâmela y Luana sonrieron, tímidas. Rafael sostuvo la mano de Pâmela y Robson pasó el brazo alrededor de la cintura de Luana, p
Capítulo 115Habían pasado cuatro meses.La hacienda Cárter vivía ahora una calma merecida. Luiz estaba preso, esperando juicio por tentativa de homicidio, y sus amenazas parecían, poco a poco, perderse entre los barrotes. Rafael se había recuperado bien del disparo en el hombro, aunque todavía sentía un dolor incómodo cuando el tiempo se enfriaba. Él y Pâmela vivían juntos oficialmente, y el proceso de divorcio de ella finalmente avanzaba.Sin embargo, en los últimos días, una preocupación rondaba la mente de Rafael.Estaba parado en el porche de la casa grande, mirando al cielo. Se quitó el sombrero, se rascó la cabeza con fuerza y se lo puso nuevamente, con el ceño fruncido. Nyra había desaparecido hacía al menos diez o quince días. Nunca había estado tanto tiempo lejos de la hacienda. Rafael ya había recorrido casi todos los bosques cercanos y no encontró nada.—Dónde estás, niña... —murmuró para sí mismo, inquieto.Entonces escuchó un ruido constante de pasos menudos, maullidos a
Capítulo 114Al final del día, dos patrullas de la policía civil se detuvieron frente a la casa de Luiz. Los policías bajaron con las manos cerca de las armas y golpearon la puerta con fuerza. Registraron el patio y forzaron la puerta ya que tenían una orden, la casa estaba vacía.—Debe haber ido a la Hacienda de los Cárter —dijo el sargento, serio—. Vamos ahora. Código 3.Mientras las patrullas avanzaban a alta velocidad con las sirenas encendidas, en la Hacienda Cárter todo parecía tranquilo.En el área gourmet, una mesa estaba puesta con comida casera. Rafael, Pâmela, Robson y Luana cenaban juntos. El ambiente era distendido entre las parejas. Luana se reía de algo que Robson le había susurrado al oído, mientras Pâmela descansaba la cabeza en el hombro de Rafael, que acariciaba su mano por encima de la mesa.—Esta cena está perfecta... —murmuró Pâmela, feliz.Rafael besó la parte superior de su cabeza. Fue en ese momento cuando una silueta surgió, a pocos metros de distancia.Luiz,
Capítulo 113Al día siguiente, Luiz estacionó su camioneta detrás de un viejo granero abandonado, a unos doscientos metros de la casa de Adalberto. Sus ojos estaban rojos, inyectados de odio y falta de sueño. Esperó pacientemente escondido hasta ver la camioneta de su hermano salir por el camino de tierra, levantando polvo.En cuanto el vehículo desapareció en la curva, Luiz bajó con el revólver en la mano. El metal estaba caliente de tanto apretarlo. Continuó a pie, agachado entre los árboles y el maizal, hasta llegar al gran cobertizo donde las empleadas separaban semillas y preparaban alimento para los animales.Rosa estaba dentro, conversando con Neusa, una de las empleadas más antiguas de la hacienda. Las dos estaban de espaldas a la puerta entreabierta.—Vi cómo te miró el patrón esta mañana —dijo Neusa, con un tono curioso y malicioso, cruzándose de brazos—. No sirve de nada disimular, Rosa. ¿Están juntos?Rosa se puso roja, pero no consiguió ocultar la leve sonrisa que apareci







