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El Temido Vaquero que salvó mi vida
El Temido Vaquero que salvó mi vida
Autor: Carla Cadete

Capítulo 1

last update Data de publicação: 2026-01-08 09:24:35

Capítulo 1

Dolores estaba sentada sobre el capó del coche, con las piernas cruzadas, observando el cielo azulado bajo un sol abrasador. El viento caliente levantaba polvo en el camino y sacudía su cabello. Llevaba horas esperando, tres para ser exactos, y empezaba a pensar que la habían olvidado en medio de la nada.

—¡Maldición! No van a encontrarme… —murmuró, desanimada, pasándose la mano por la frente sudorosa.

El sol parecía aún más intenso cuando un sonido fuerte y lejano atravesó la vasta vegetación. Un ruido alto de motor, potente y constante, que hizo que su corazón latiera más rápido.

Dolores se irguió. Resopló cuando el celular vibró, un milagro considerando la pésima señal del lugar.

—¿Hola? —contestó, agitada.

—¡Señorita Dolores! —era André, su asistente, con la voz aliviada—. ¿Ya la encontraron? Logré rastrear su celular y pedí ayuda en la hacienda de los Carter.

Ella miró la carretera y vio la camioneta acercarse, levantando polvo por todas partes.

—Sí, alguien está llegando —respondió, acomodándose el cabello.

—Perfecto. Y una advertencia: ese vaquero guapo es más terco que una mula.

Dolores sonrió, divertida.

—Déjalo conmigo. Sé domar mulas.

—Buena suerte, jefa. —Y la llamada se cortó.

La camioneta se detuvo justo frente a ella. Escuchó el motor rugir unos segundos más antes de apagarse. Alguien abrió la puerta y, desde el interior, bajó un hombre grande, muy grande, con botas polvorientas y un sombrero que cubría buena parte de su rostro.

Ella enderezó la postura, intentando parecer segura, aunque el corazón le latía con fuerza.

—¿Dolores? —preguntó él, con una voz grave como un trueno.

Ella tragó saliva.

—Sí —respondió, con la voz ronca por la intensa sed.

Lo observó con atención. Era uno de los hombres más atractivos que había visto en toda su vida.

No pudo evitar admirar la figura masculina, los hombros anchos, el cuerpo fuerte y el andar poderoso y seguro.

La camisa a cuadros estaba parcialmente abierta, con las mangas arremangadas, revelando un torso amplio y fuerte, cubierto de vello oscuro como su cabello.

Él levantó un poco el sombrero. ¿El rostro? Una sola palabra lo definía: perfecto.

Ella salió de su breve nube de pensamientos y, tratando de parecer confiada, le extendió la mano.

—Mucho gusto, señor…

Sin embargo, él no correspondió al gesto. Cruzó los brazos, la mirada seria bajo el ala del sombrero, y con esa voz grave que hacía vibrar el aire, dijo mientras observaba el cielo abrasador:

—Si sigue sentada ahí sin un sombrero, se le va a freír el cerebro y se le va a quemar la piel.

Dolores parpadeó, confundida por la reprimenda inesperada. Bajó la mano lentamente, sin saber si responder o simplemente ignorar el comentario. Antes de que pudiera pensar, él se acercó de repente y la tomó por la cintura.

Un suspiro escapó de sus labios: en parte por el susto, en parte por algo que ni ella supo explicar, pero era intenso y excitante.

—Ah… por favor, póngame en el… —empezó a decir, pero la frase murió en sus labios cuando sus pies tocaron el suelo.

Dolores apenas respiraba. Sintió una atracción poderosa, casi incontrolable, por aquel vaquero.

Él, por su parte, recorrió con la mirada cada centímetro del cuerpo esbelto y bien formado de ella, sin prisa, con una apreciación tan evidente que la dejó sin aliento. Pero, en cuestión de segundos, el encanto desapareció de su rostro, sustituido por una expresión fría e impasible.

Dolores tuvo que reunir toda la fuerza de voluntad que tenía para contener el deseo arrollador que la invadía. Se dio la vuelta rápidamente, intentando disimular el rubor en el rostro, y fingió examinar el coche.

—¿Qué pasó? —preguntó él, acercándose.

—El coche simplemente dejó de funcionar —respondió sin mirarlo; era mejor no perderse en esos ojos grisáceos.

Él asintió brevemente.

—De acuerdo. Vamos a remolcarlo.

—Gracias por la ayuda —dijo ella, con la voz suave y temblorosa.

Él se encogió de hombros, como si no fuera nada, y fue hasta la camioneta. Abrió la puerta del pasajero y la miró, serio:

—Suba. Voy a remolcar.

Dolores dudó un instante antes de entrar.

Minutos después, él rodeó el vehículo y se sentó al volante. En cuanto arrancó, el motor potente llenó el silencio entre ellos y ella se estremeció.

Durante unos segundos, nadie dijo nada. Ella miraba por la ventana, observando el campo infinito, intentando distraerse de la presencia fuerte y sexy a su lado. Pero era imposible.

—Entonces… —empezó, sin mucha certeza—. Usted es el señor Carter, ¿verdad?

Él mantuvo los ojos en la carretera.

—Zacky. Solo Zacky.

—De acuerdo… Zacky —respondió ella, intentando romper el hielo con una sonrisa—. Soy Dolores Ferreira.

—Lo sé —dijo él, seco.

Ella arqueó una ceja.

—¿Entonces ya oyó hablar de mí?

—Solo que es de la ciudad y que no debería venir aquí sola —respondió, sin mirarla.

—Ah, entonces ya tiene una opinión formada —ironizó.

—No es una opinión. Es una constatación —replicó él, impasible.

Dolores respiró hondo, irritada.

—Imagino que tampoco es muy sociable, ¿verdad?

Zacky esbozó una leve sonrisa de lado, casi imperceptible.

—Lo suficiente como para rescatar a muchachas perdidas.

Ella lo miró de reojo, mordiéndose el labio para contener una sonrisa irónica.

—Ah, ¿entonces es mi héroe?

—Yo no dije eso.

Silencio. Dolores pasó las manos por los muslos, intentando disimular el nerviosismo, y volvió a mirar por la ventana.

Minutos después, la camioneta cruzó el portón de madera y siguió por el camino de grava hasta detenerse frente a la casa principal de la hacienda. El motor rugió una vez más antes de que Zacky lo apagara, y el silencio que siguió pareció casi ensordecedor.

Ella soltó un suspiro de alivio; por fin sus oídos descansarían del ruido constante.

Intentó abrir la puerta para bajar, pero el seguro parecía trabado. Antes de insistir, él ya había rodeado el vehículo. En pocos segundos, la puerta se abrió.

—Puedo sola —dijo ella, sin mucha convicción.

Zacky ignoró la protesta. La sujetó firmemente por la cintura y la levantó con facilidad, como si no pesara nada. El contacto fue inesperado, cálido. Ella jadeó.

Antes de que pudiera decir algo, él la dejó en el suelo con cuidado. Los tacones finos se hundieron de inmediato en la tierra blanda, haciéndola perder el equilibrio por un instante.

—¿Lo ve? —comentó él, cruzando los brazos, con un tono entre ironía y provocación—. Tacones altos y hacienda no combinan.

Dolores levantó el mentón.

—Me las arreglo en cualquier terreno.

Zacky arqueó una ceja, y una media sonrisa apareció bajo el sombrero.

—Ya veremos por cuánto tiempo.

Ella le lanzó una mirada desafiante, pero no respondió.

—Venga. Se nota de lejos que está deshidratada.

Zacky la llevó hasta la cocina del área gourmet. Abrió la nevera, sacó un coco verde y lo abrió. Luego colocó una pajilla y se lo tendió.

Ella parpadeó, sorprendida por el gesto. Llevó el coco a los labios y probó el líquido fresco. Cerró los ojos un instante, saboreando el gusto puro y ligeramente dulce, tan diferente de las versiones artificiales de los estantes del mercado.

Cuando volvió a abrir los ojos, Zacky estaba sentado a la mesa, observándola con esa mirada tranquila y enigmática que aún no sabía descifrar.

Se recostó en la silla, cruzó los brazos y, con una media sonrisa provocadora, preguntó:

—Ahora dígame, ¿qué vino a hacer la señorita de la ciudad al fin del mundo?

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