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Capítulo 5

last update Fecha de publicación: 2026-01-08 09:33:31

Capítulo 5

Dolores se quedó en silencio observando. Zacky ocupó la silla a su lado.

Maurício apareció primero, esbozando una sonrisa amable al verla.

—Buenas noches, doña Dolores.

Ella le devolvió la sonrisa.

—Buenas noches.

Justo detrás llegaron otros tres empleados. Cada uno, al verla sentada a la mesa de la familia Carter, hizo exactamente lo mismo: enderezaron la postura, se quitaron el sombrero y la saludaron.

—Bienvenida —dijo Pedro.

—Es un placer tenerla con nosotros, señora —añadió Tião.

Billy ni siquiera intentó disimular su encanto.

—Guau… quiero decir… buenas noches, señora —intentó corregirse, poniéndose rojo.

Dolores rió bajito, encontrándolo adorable.

Zacky, en cambio, soltó apenas un gruñido.

—Maurício, dile a Pedro que avise cuando la comida esté lista. Se quedan conversando y la cena se retrasa.

—Ya se lo dije, patrón —respondió Maurício, sentándose en un extremo de la mesa—. Es que la presencia nueva aquí animó a la gente.

Zacky alzó una ceja.

—Animó no. Distrajo.

Dolores inclinó la cabeza.

—Si estoy molestando, puedo cenar en otro lugar.

Silencio.

Zacky se volvió hacia ella, serio.

—Nadie dijo que estés molestando.

—Estuviste bastante cerca de decirlo —replicó ella, con calma.

La mandíbula de él se tensó.

Maurício disimuló una sonrisa, dando un leve codazo a Billy, que casi se atragantó intentando contener la risa.

Pedro apareció en la puerta de la cocina con un paño sobre el hombro.

—¡La cena está lista!

Dolores respiró hondo, intentando mantenerse firme. Miró al vaquero de reojo.

Él también la miró.

Entonces Pedro colocó las fuentes sobre la mesa, rompiendo el momento.

Poco a poco, todos comenzaron a conversar: sobre el día de trabajo, sobre los caballos, sobre la lluvia que debía llegar de madrugada.

Y Dolores se dio cuenta de que aquellos hombres eran rudos, grandes, fuertes… pero también amables, leales y distintos a todo lo que ella conocía.

Dolores preguntó, curiosa:

—¿Las mujeres no trabajan en la finca?

Billy, que estaba masticando un enorme pedazo de pan, casi se atragantó intentando responder rápido.

—¡Sí que trabajan, señora! Doña Noêmia se encarga de la limpieza de la casa. Ana y Ester son responsables de las fresas… y también está la veterinaria que viene día sí, día no…

Maurício alzó las cejas, sabiendo lo que venía.

Billy completó con naturalidad:

—…para ver a Maurício.

Todos rieron y Maurício le dio una patada en el tobillo al muchacho por debajo de la mesa.

—Para ver al ganado, Billy. Al ganado.

—Ah, sí… al ganado —repitió Billy, sonrojado.

Dolores no logró contener la risa.

Zacky solo negó con la cabeza, ocultando —o intentando ocultar— una sonrisa ladeada.

Las horas fueron pasando y, uno a uno, todos se retiraron, hasta que quedaron solo Zacky y Dolores en la mesa, conversando en voz baja. Antes de despedirse, Pedro dejó un cuenco lleno de carne en un rincón de la cocina y salió, cerrando la puerta tras de sí.

En cuanto el silencio se adueñó del lugar, Nyra entró, olfateando el aire. Se acercó al cuenco despacio, con los ojos brillantes, lista para comer.

Dolores aún no estaba acostumbrada a aquel animal exótico, pero admitía para sí misma que Nyra parecía sorprendentemente tranquila… y muy inteligente.

Desvió la atención hacia Zacky, observándolo vaciar otra copa de vino mientras contemplaba la luz de la luna por la ventana, los hombros anchos iluminados por el resplandor plateado.

—Debes de estar cansada —murmuró él, sin mirarla directamente. Alzó la copa hacia Dolores—. ¿Quieres una?

—Acepto.

Zacky abrió otra botella con movimientos tranquilos y la sirvió. El aroma de la bebida se mezcló con el silencio cómodo que se había instalado entre ellos.

Después de terminar la primera copa, sintiendo el valor suavemente calentado por el vino, Dolores respiró hondo e intentó retomar el tema del terreno.

—Sobre el terreno… —empezó con suavidad.

Pero Zacky alzó la mano, interrumpiéndola antes de que terminara la frase.

—No quiero hablar de eso. Tendrías que esperar a que me beba cinco litros para verme discutir un asunto que, para mí, ya está terminado incluso antes de empezar.

Bebió otro sorbo y añadió, sin apartar la vista de la ventana:

—Podemos hablar de cualquier cosa… menos de eso.

Dolores sintió que el pecho se le hundía. Era la segunda vez que lo intentaba y, de nuevo, chocaba contra su muralla.

Para disimular la frustración, pasó los dedos largos por los mechones sueltos junto a la oreja.

Zacky lo notó. Demasiado.

La copa se quedó a medio camino de la boca.

Por un momento, no pensó en terrenos, contratos ni molestias.

Pensó en aquellos dedos delicados.

Pensó en dónde más podrían tocar.

Respiró hondo, molesto consigo mismo, y cambió de tema:

—¿A qué te dedicas, Dolores?

—Tengo una tienda de ropa… una boutique.

—Ahora entiendo cómo lograste ahorrar dinero. ¿Tienes alguna otra empresa?

—No, solo esa.

—Es un comienzo. Puedes tomar el dinero que juntaste y abrir una sucursal.

Dolores soltó el aire despacio.

—No es esa mi intención.

Otro trueno. La ventana tembló.

Zacky lo oyó, se levantó y tomó dos botellas.

—Vamos adentro. Hoy se va a venir el mundo abajo.

Colocó las botellas en la sala, sirvió más vino y se recostó en el sofá. Dolores se sentó.

Entonces, todo se apagó.

—Maldición…

—¿Qué pasó?

—No te muevas. Ya vuelvo.

Regresó con un farol. La llama iluminó su rostro y la sala adquirió un brillo íntimo.

La tormenta se desató, violenta.

Dolores se encogió.

Zacky lo notó.

—¿Miedo a las tormentas?

—No… imagina…

Otro estruendo. Ella apretó el brazo del sillón, con los ojos cerrados.

—Dolores… ¿estás bien?

—Yo… no me gusta ese ruido…

Otro trueno. Se llevó la mano al pecho.

Zacky se acercó.

—¿Quieres que me quede aquí cerca?

Ella asintió.

—Quiero.

Él acercó el sillón al de ella y se sentó a pocos centímetros.

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