Se connecter—Su pulso vuelve a debilitarse.
Josselyn colocó dos dedos sobre la muñeca de la Reina. Su piel estaba fría. Demasiado fría para una habitación cálida.
—¿Cuántas veces ha sangrado? —preguntó.
—Dos veces hasta esta noche —respondió una sirvienta del palacio—. No mucho, pero…
—Cada gota cuenta —interrumpió Josselyn.
Yorick estaba de pie junto a la cama, su expresión ya no era relajada.
—Desde que tomó tu poción herbal, la Reina había mejorado. Pero en los últimos dos días, ha empeorado otra vez.
—Entonces… ¿debemos aumentar la dosis? —Josselyn giró hacia él, buscando confirmación. No podía hacerlo sin la aprobación del jefe de los médicos, es decir, Yorick.
Yorick cerró los ojos.
—Hay demasiadas miradas de otros reinos observando a la Reina en este palacio. Si descubren esta debilidad, el reino de Valenroth estará en serios problemas. Al menos, hasta que termine el invierno —respondió con tono plano.
Josselyn bajó la mirada. Recordó a Howarth y Sebastian, los nobles extranjeros que aún permanecían en el palacio. E incluso podía haber otros de los que no sabía nada.
Finalmente, abrió el tubo de la poción. El líquido verdoso brilló suavemente bajo la luz de las velas.
—Si su cuerpo la rechaza…
—Concéntrate en la recuperación de la Reina —ordenó Yorick—. No pienses en nada más.
Josselyn tragó saliva. Acercó la cuchara a los labios de la Reina.
—Bébalo, Su Majestad.
La Reina abrió los ojos lentamente. Sus pupilas marchitas se posaron en Josselyn.
—Estás aquí otra vez.
Josselyn sonrió con suavidad.
—Siempre estaré aquí, Su Majestad.
Josselyn no sabía si debía decir algo así. Sabía perfectamente que, en ese momento, lo único en su mente era cómo salvar su propia cabeza.
~
La puerta se abrió de golpe. Unos pasos pesados resonaron antes de que la voz apareciera.
—¿Qué haces aquí?
Josselyn siguió acomodando la manta de la Reina, dando suaves palmadas para asegurarse de que dormía cómodamente.
—¿Podría bajar el tono de voz, Su Alteza? La Reina acaba de quedarse dormida —dijo en voz baja, sin volverse.
—Tsk. —Killian chasqueó la lengua, su tono se elevó—. Te pregunté qué haces aquí, Josselyn.
—Su Alteza… —la voz de Yorick apareció desde la puerta—. Hablemos afuera. Es mejor que la Reina descanse profundamente esta noche para que el efecto de la poción funcione al máximo.
Killian no se movió. No le importó Yorick. Sus ojos seguían fijos en Josselyn, que recogía sus instrumentos.
—Escuché que te atreviste a aumentar la dosis de la poción de mi madre —dijo, mirando el tubo sobre la bandeja.
—¿Qué es lo que le pusiste exactamente? ¿Lo hiciste a propósito?
Josselyn alzó la mirada. La bandeja en sus manos tembló.
—¿Me está acusando de envenenar a Su Majestad la Reina? —preguntó, conteniendo la voz.
—Entonces explica por qué su enfermedad ha empeorado.
—Estamos investigándolo. Pero por el ritmo irregular de su pulso, está bajo estrés.
Killian soltó una risa burlona.
—¿Crees que voy a creer eso?
Avanzó. Incluso cuando su abdomen ya tocaba la bandeja que sostenía Josselyn, ella se vio obligada a retroceder hasta que su espalda chocó contra la pared.
—Ya te lo advertí, hija de traidores. No juegues con mi madre —dijo, marcando cada palabra.
La mandíbula de Josselyn se tensó. Sin saber de dónde sacó el valor, empujó con fuerza la bandeja contra el cuerpo del Príncipe Heredero, obligándolo a retroceder.
Killian dio un paso atrás. Pero no le dio ventaja. Sujetó la bandeja y bajó la cabeza, susurrando junto a su oído.
—¿Le diste veneno a propósito para matarla lentamente? Puedo hacer lo mismo contigo. No lo olvides.
Josselyn ya no soportaba su comportamiento. Pisó con fuerza la punta de su pie.
El Príncipe Heredero se encorvó por reflejo, a punto de gritar de dolor… antes de que Josselyn le cubriera la boca con la mano.
—La Reina está descansando. No la despierte —susurró con dureza—. ¿Entendido?
Esta vez, su mirada también era amenazante.
La expresión de Killian, que antes resultaba aterradora, ahora mostraba una clara sorpresa ante su actitud.
Josselyn retiró la mano. Inclinó ligeramente la cabeza durante unos segundos. Luego se dio la vuelta y se marchó.
~
—¡Aaaah! ¡Maldición… qué hice!
Josselyn se sujetó el cabello, cada vez más frustrada.
—¿Por qué pude comportarme así con él, señor Yorick…? —preguntó, mirándolo con desesperación.
Yorick lanzó una mirada breve y suspiró. Desde aquel “atrevimiento” en la habitación de la Reina, Josselyn no había dejado de lamentarse.
—Pregúntaselo a quien ha causado el caos en el palacio —respondió con sarcasmo.
Josselyn gimió aún más, arrepintiéndose de su estupidez.
—¿Y si me corta la cabeza, señor? —preguntó con miedo—. P-pero él fue quien empezó llamándome “hija de traidores”.
—Pero él es el Príncipe Heredero, Josselyn. La ley está de su lado —bufó Yorick—. Han pasado dos días y sigues respirando. Reza para que olvide tu error.
Un consejo tranquilizador… pero casi imposible.
Mientras Josselyn seguía lamentándose, un grito de victoria resonó desde el patio exterior.
—¡Ha vuelto! —exclamó un guardia.
—¡El comandante de los caballeros!
—¡Darius Blackmoor!
Josselyn se acercó al pequeño balcón del Ala de la Reina, espiando entre las cortinas junto a las sirvientas.
Las tropas entraban cargando grandes cofres. Oro. Armas. Banderas enemigas.
—Botín de guerra —dijo una sirvienta con asombro—. Dicen que equivale a seis meses de pérdidas comerciales.
Josselyn y Yorick se miraron.
‘Ya no hay razón para que Killian se disculpe.’
~
Esa noche, el pasillo del Ala de la Reina estaba en silencio.
Josselyn acababa de salir de la habitación de la Reina. Sus manos sostenían una bandeja con tubos de pociones y un pequeño cuenco. Caminaba con calma, disfrutando la vista nocturna del jardín… hasta que vio la silueta de alguien.
Su cuerpo se tensó.
—¿Quién está ahí?
La figura se detuvo.
Un hombre alto estaba bajo la antorcha. Su cuerpo era grande, hombros anchos, y una cicatriz larga cruzaba uno de sus ojos.
—Podría preguntarte lo mismo.
Las manos de Josselyn temblaron. Nunca lo había visto antes.
—Soy asistente de médico —respondió, intentando sonar firme.
—¿Médico? —alzó una ceja—. Yorick no mencionó nada.
El alivio se extendió lentamente en el pecho de Josselyn al escuchar ese nombre.
—El señor Yorick está ocupado —respondió, más tranquila.
El hombre sonrió levemente.
—Soy Darius.
Los ojos de Josselyn se abrieron.
—El comandante de los caballeros.
La sonrisa de Darius se amplió, confirmándolo.
—¿Y tú?
—Josselyn Swift.
Darius frunció ligeramente el ceño.
—Un nombre… poco común.
—Hay muchas cosas poco comunes en este palacio —respondió con cautela.
Darius rió suavemente.
—Eso es cierto.
Miró el tubo en sus manos.
—¿Para la Reina?
—Sí.
—¿Está empeorando?
—Está resistiendo muy bien.
Darius asintió lentamente.
—Bien. El estado emocional del Príncipe Heredero parece más inestable que antes de mi partida.
‘¿Acaso no siempre ha sido inestable? Pensé que era solo su carácter’, respondió en su mente. Josselyn tragó saliva.
—¿Es cercano a él?
—Le juré lealtad —respondió Darius—. Es diferente.
~
Josselyn apenas se había quedado dormida cuando escuchó un alboroto. Golpes fuertes sacudieron su puerta, seguidos de un impacto como si quisieran derribarla.
Se sentó de golpe, aferrando la manta.
—¿Q-quién…?
Intentó gritar, pero su voz salió temblorosa.
—¡Abre la puerta! ¡Dije que abras!
Josselyn entrecerró los ojos.
—¿Príncipe Heredero…?
Abrió la puerta. El olor a vino invadió su nariz.
—Su Alteza—
Se cubrió la nariz. Miró el pasillo. No había nadie.
—¿Dónde están los guardias…?
Killian tambaleaba. Sus ojos estaban rojos, su capa desordenada. Entró a la fuerza en la habitación.
—Su Alteza —Josselyn lo detuvo—. Es tarde. Regrese a su habitación.
—¿Y tú bloqueas mi camino?
Se acercó demasiado.
—Estás ebrio —dijo ella con frialdad.
—Estoy consciente —respondió—. Muy consciente.
Josselyn sonrió con ironía, cruzando los brazos.
—Váyase.
—¿O qué?
—O llamaré al comandante de los caballeros.
Killian soltó una risa baja.
—¿Darius? Él no…
Josselyn intentó arrastrarlo fuera, pero él era más fuerte. Incluso ebrio, tiró de su brazo, haciendo que ella chocara contra su pecho.
Sus ojos recorrieron el rostro de Josselyn.
—
Interesante… Te atreves a echarme.
Josselyn se tensó.
—No se atreva…
De pronto, Killian sujetó la parte posterior de su cuello…
El salón aún no recuperaba la calma por completo. Los susurros seguían rozando el aire, más afilados que nunca: ya no era solo inquietud, sino desconfianza manifiesta. Las miradas de los nobles iban de un rostro a otro, hasta detenerse al fin en un mismo punto: el Rey, y junto a él, Clarissa.La Reina permanecía aún entre los brazos de Killian; su respiración era débil, pero constante. Cada exhalación parecía una prueba de vida que acallaba todas las acusaciones que se habían vertido hasta entonces.Josselyn permanecía erguida, sintiendo aún el frío del frasco vacío en su mano.—Esto no es un intento de asesinato común —dijo al fin, con voz serena pero lo suficientemente fuerte para llegar a todos los rincones del salón.Todos los ojos se posaron en ella.—Este veneno no actúa como los demás. No mata de forma rápida —hizo una pausa—. Espera.El silencio se adueñó del lugar.—Espera a la felicidad.Varios nobles intercambiaron miradas de asombro. Yorick dio un paso al frente, con el se
Josselyn tomó aire profundamente, con la mirada fija en el cielo de aquel día. Su azul limpio y brillante no parecía el presagio de un final.El palacio de Valenroth se alzaba majestuoso, adornado con telas blancas y doradas que caían en cascada de las columnas. Flores frescas llenaban cada rincón del gran salón, con un aroma dulce —demasiado dulce, casi empalagoso.Era el día de la boda del Príncipe Heredero. El día que debía ser una celebración. Pero para Josselyn, todo parecía un patíbulo disfrazado de lujo.Estaba de pie entre los sirvientes, vestida con un sencillo traje de tono pálido. Llevaba el cabello recogido con esmero y el rostro sereno: un contraste absoluto con el latido desbocado de su corazón.Sus ojos se posaron al frente. Allí estaba Clarissa. El vestido nupcial le quedaba perfecto: blanco inmaculado, brillante, con bordados dorados que reafirmaban su condición de futura reina. Una leve sonrisa curvaba sus labios, pero en sus ojos solo había triunfo. Como si todo aqu
Esa pequeña caja de madera se sentía más pesada de lo que debía en las manos de Josselyn: como si lo que hubiera dentro pudiera salvarlo todo… o destruirlo por completo.La puerta se abrió de golpe. Pasos pesados entraron sin pedir permiso. Era Darius.Sin rodeos, sin explicaciones, le arrebató la caja de las manos.—¡Darius!—Yo la abriré —dijo con tono firme, sin dejar espacio a réplicas.Josselyn frunció el ceño. —Ni siquiera sabe qué hay dentro…—He oído que el Rey ha enviado soldados para capturar a quien haya entrado en su biblioteca privada. No tenemos tiempo para dudar.La miró un instante: profunda, decidida.—Me aseguraré de que salgan con vida —susurró—. Incluso si tengo que pagar con mi propia sangre.Silencio. Yorick soltó un bufido suave. Josselyn sabía que él también entendía que no había otra opción.—Es una imprudencia —dijo él, ocultando su propia preocupación. Pero nada detuvo a Darius.Abrió la caja despacio; las bisagras de madera crujieron levemente. Un sonido mí
La estancia de hierbas estaba en silencio. Solo se escuchaba el roce de las hojas secas y el aroma amargo de las mezclas que llenaba el aire. La luz que entraba por la pequeña ventana caía inclinada sobre la mesa de piedra, iluminando las botellas de vidrio ordenadas en fila —como si guardaran secretos que nadie debía revelar.Josselyn permanecía allí, con ambas manos apoyadas en la mesa. Tenía la mirada fría.—Señor Yorick.Lo llamó sin rodeos. El hombre, que estaba revolviendo algo dentro de un cuenco pequeño, se detuvo. Sus movimientos se volvieron lentos, hasta quedar inmóvil.Josselyn se giró hacia él.—Necesito confirmar algo —dijo con tono sereno.Yorick alzó la vista despacio; sus ojos estaban alerta, preparado para lo que ella pudiera decir.—¿Recuerda lo que me prometió? —continuó ella.Hubo un silencio breve.—Yo lo ayudé —repitió—. Me sumé a su plan para derrocar a Killian —se le cortó la respiración un instante—. Y a cambio… usted me daría el antídoto.Lo miró con mayor i
—¿Ocupar el lugar de la Reina?—¿A qué se refiere?Los susurros de los nobles seguían rozando suavemente, como un viento que se niega a amainar. La amenaza de guerra desde Edevane y las palabras de Howarth sobre una nueva reina los habían sacudido profundamente. Todos se preguntaban qué sería de ellos en el reino de Valenroth, con el palacio sumido en el caos y nadie dispuesto a ser la causa de la destrucción de su propia familia.Y el Rey lo sabía.Soltó un suspiro suave y alzó levemente la mano: un gesto mínimo, suficiente para acallar todo el salón. Recorrió a la multitud con la mirada, hasta detenerse en una sola persona.—Ah… ya lo recuerdo.Su tono se volvió más ligero, casi como si mantuviera una charla cotidiana. Todas las miradas siguieron la suya, hasta posarse en Clarissa.La chica se tensó al instante al escuchar su nombre, sin haber sido llamada formalmente.—Tú… eres la prima de Josselyn, ¿verdad? —continuó el Rey, como si acabara de darse cuenta—. Y dijiste en su moment
—¡Caminen!La voz del soldado resonó con fuerza, empujando a Josselyn y a los otros cinco hombres hasta colocarlos ante el trono del Rey. El suelo de mármol estaba helado cuando los arrojaron sin ninguna clemencia.Las cadenas de sus muñecas chocaron entre sí con un sonido agudo.Josselyn alzó lentamente el rostro.El salón estaba lleno. Ministros, nobles, ojos acostumbrados a juzgar sin hablar: todos se habían reunido, formando un semicírculo que dejaba un espacio vacío en el centro —el espacio que ahora ocupaban ellos.Al fondo de la estancia, en lo alto de unos escalones de mármol, se hallaba el Rey.Inmóvil. Esperando.Killian soltó un suspiro suave y se limpió con el dorso de la mano atada la pequeña mancha de sangre en la comisura de los labios.—¿Así que crees que esto fue una buena idea? —murmuró, con voz baja pero clara en medio del silencio.Howarth se mantenía un poco detrás de él, con los hombros relajados, como si no estuviera a punto de enfrentarse a una sentencia de mue







