LOGIN‘¿Edevane?’
Josselyn miró de reojo las insignias en el pecho de ambos hombres: el mismo emblema, distintos colores.
Una fracción de segundo bastó para concluir: un mismo reino. Pero si eran hermanos, la sangre no había sido suficiente para darles rasgos similares.
—Tu nombre…
—Soy Josselyn —respondió con cierta torpeza. Se sentía extraño presentarse después de haber estado a punto de presenciar un derramamiento de sangre.
—Oh —Howarth sonrió con mayor amplitud—. Gracias por hacer que la fiesta de este año sea más interesante.
Josselyn se movió incómoda, sin comprender el significado de las palabras del hombre de cabello plateado.
—A mi hermano solo le gustan las situaciones peligrosas —comentó Sebastian con ligereza.
—Solo detesto las fiestas aburridas —respondió Howarth con una risa baja—. Como las de años anteriores.
Howarth la observó. Dio medio paso hacia adelante, acercando su rostro al oído de Josselyn.
—Pero parece que tomé la decisión correcta al venir. Poder ver al famoso y cruel Príncipe Heredero alzar su espada… —susurró—. Y lo extraño es que haya sido solo por ti.
La respiración de Josselyn se detuvo por un instante. Por un momento, el aura peligrosa de Howarth resultó clara… y extrañamente seductora.
—¡Su Majestad!
Una voz rompió su concentración. Josselyn giró hacia el trono. La Reina ya no estaba sentada. Corrió de inmediato hacia ella.
—Su Majestad, hay…
Un salpicón de sangre manchaba la mano de la Reina, y el mismo líquido fluía desde su boca.
Josselyn se tensó.
Si la Reina moría esa noche, todas las miradas recaerían sobre ella.
—Debemos llevarla a su habitación de inmediato —susurró Yorick.
—Pero… ¿cómo? Hay demasiada gente mirando…
De pronto, una gran sombra los cubrió: a ella, a Yorick y a la Reina.
Josselyn giró. Killian estaba de pie frente a ellos, dándoles la espalda, bloqueando la vista de los invitados.
—¡Lleven a la Reina a su habitación ahora! —ordenó.
Sin pensarlo, Josselyn y Yorick levantaron a la Reina, ayudados por los guardias, y la trasladaron hasta su habitación.
Después de eso, Josselyn no supo qué ocurrió en el salón. Pasó la noche entera cuidando a la Reina.
~
—No quiero verlo.
Josselyn se detuvo en la entrada del corredor del Ala de la Reina. Sus manos sostenían aún la bandeja con el tubo de la poción y un pequeño cuenco de agua. Acababa de salir apresuradamente de la habitación de la Reina tras oír de un guardia que Killian iría a visitarla.
Yorick giró hacia ella.
—No lo has visto desde el banquete.
—Ha sido a propósito.
—¿Por qué lo evitas?
—Después de esa noche…
Apretó el borde de la bandeja hasta que las puntas de sus dedos se tornaron blancas.
El recuerdo de la espada de Killian seguía ardiendo en su mente. El caos del banquete. La furia del jefe del consejo. Los susurros que se intensificaban en el salón.
—Mi deber es centrarme en la salud de la Reina —respondió, cambiando de tema.
—Pero esa noche, si el Príncipe Heredero no hubiera bloqueado la vista de los invitados, todo habría sido peor. Tu vida también habría estado en juego.
Josselyn soltó un suspiro pesado. Yorick tenía razón.
Conocía bien su posición. Si el pueblo, o incluso otros reinos, sabían que la condición de la Reina había empeorado desde su llegada, las acusaciones recaerían sobre ella.
Yorick miró la puerta de la habitación de la Reina, custodiada por dos caballeros.
—En el palacio, la vida de un subordinado es frágil.
Alzó la mano y la giró bruscamente, como si dejara caer algo.
—Cae en manos de los poderosos y… pff. Muere.
La sonrisa de Yorick hizo que Josselyn se estremeciera.
‘¿Cómo puede hablar de la muerte con tanta ligereza?’, pensó.
Yorick soltó una risa al ver su expresión.
—Te acostumbrarás a ver cosas horribles aquí.
Josselyn frunció los labios y bajó la mirada.
—No quiero acostumbrarme a ver cosas horribles.
Sus palabras eran medio ciertas… y medio falsas. Había entrado al palacio para vengarse, pero no empuñando una espada contra todos.
Ahora, solo necesitaba una cosa: la confianza de Killian. Y eso era más peligroso que cualquier venganza precipitada.
Justo cuando su nombre cruzó su mente, la figura de Killian apareció al final del corredor.
El cuerpo de Josselyn se tensó.
—Ya viene.
Su paso se ralentizó por un instante, como si intentara controlar los latidos acelerados de su corazón.
No temía la mirada de Killian.
Temía a sí misma… por pensar en él con demasiada frecuencia.
Bajó la cabeza de inmediato, sujetó la parte trasera de la túnica de Yorick y apresuró el paso.
Al cruzarse con Killian, inclinó la cabeza demasiado, como si así pudiera evitar no solo su mirada… sino también sus propios sentimientos. Luego giró y alcanzó rápidamente a Yorick.
~
El aire nocturno era frío. Estaba de pie junto al lago del jardín del palacio, contemplando el reflejo de la luna en el agua.
—Pensé que si lo evitaba, estaría más tranquila… ¿pero qué es esto? —golpeó su cabeza con frustración—. ¡Su imagen aparece todo el tiempo en mi mente!
Se puso las manos en la cintura. Sus ojos se posaron en una piedra bastante grande. Una idea impulsiva cruzó su mente.
Retrocedió un paso, levantó el pie derecho, lista para patearla hacia el lago… pero tropezó con su propio pie.
—¡Aaah…!
Sus ojos se abrieron de par en par al sentir que estaba a punto de caer al agua… cuando una mano tiró de la parte trasera de su vestido.
Por la fuerza del tirón, su cuerpo cayó hacia atrás, directamente en los brazos de alguien.
—Oye, cuidado.
La voz era suave, ligera.
Y fragante. Eso fue lo primero que percibió.
Josselyn abrió los ojos. Un hombre de cabello plateado, recogido en una coleta baja, la sostenía. Su rostro era hermoso, con ojos grandes color ámbar, nariz definida y labios naturalmente rojos.
—¿Hasta cuándo piensas seguir abrazándolo así, Howarth?
Otra voz intervino. Josselyn se apartó de inmediato.
—L-lo siento…
—Además de torpe, también pesas —dijo Howarth, sacudiendo su manga.
Josselyn levantó la cabeza, frunciendo el ceño, molesta.
‘¡Qué grosero!’, gritó en su mente.
Howarth rió.
—Tus pensamientos son demasiado ruidosos.
El rostro de Josselyn se sonrojó al instante.
—Deja de molestarla —Sebastian empujó ligeramente a Howarth—. La estás poniendo nerviosa.
Howarth se encogió de hombros.
—Lo siento. Tu aura de frustración me atrajo hasta aquí. Es bastante intensa, incluso desde lejos.
Sebastian miró a Josselyn, dudando.
—¿Tiene que ver con el “calor” repentino en el palacio? —preguntó finalmente.
Josselyn parpadeó, confundida. La noche era fría, en contraste con sus palabras.
Howarth se apoyó contra un árbol, cruzando una pierna con naturalidad. Sebastian permanecía erguido, impecable, sin expresión.
—No lo entiendo —respondió Josselyn con honestidad—. Pero… ¿por qué siguen aquí? El banquete terminó hace días.
—Tenemos asuntos comerciales en Valenroth —respondió Howarth con ligereza—. Y el rey Aleric nos permitió quedarnos en el palacio por un tiempo.
Sebastian la miró fijamente.
—Sueles estar en el Ala de la Reina.
—Trabajo allí —respondió ella.
Howarth sonrió.
—¿No ha llegado hasta aquí lo que ocurre en el centro del palacio?
La curiosidad de Josselyn se encendió.
—¿Qué ocurre?
Howarth alzó una ceja.
—El Príncipe Heredero está en serios problemas.
—Tú estuviste allí. Deberías saberlo —añadió Sebastian con tono ligeramente frío.
Josselyn apretó los dedos. Su instinto recordó el incidente de la espada.
—¿Ese hombre exige algo?
Howarth se encogió de hombros.
—Controla la mitad de las rutas de sal y telas del sur.
Sonrió levemente.
—La mitad de la sal que conserva los alimentos del pueblo… y la mitad de las telas que cubren a los nobles.
Sebastian continuó con calma:
—Si retira su apoyo, Valenroth no morirá de hambre… pero se tambaleará.
Josselyn guardó silencio.
—No murió.
—Vivo o muerto no importa para el Consejo —dijo Sebastian con frialdad—. Lo importante es que el Príncipe Heredero se incline.
Josselyn retorció la tela de su vestido hasta marcar pliegues profundos.
—¿Se disculpará?
Howarth rió por lo bajo.
—Preferiría cortarse la lengua.
Josselyn cerró los ojos.
—Eso solo empeorará las cosas.
—Así es —dijo Sebastian—. Y la Reina lo supo hoy.
Josselyn se tensó. Ya conocía la historia que comenzaría a circular.
—Y todo por defender a la hija de un traidor… —murmuró.
Howarth sonrió de lado.
—Es muy bueno leyendo la situación.
Sebastian le lanzó una mirada aguda.
—Howarth.
—¿Qué? Solo lo elogio.
—¡Josselyn!
Una voz la llamó desde lejos.
—Debemos irnos —dijo Sebastian, arrastrando a Howarth.
—¡Josselyn!
La voz se acercaba. Era Yorick. El hombre, de treinta y cuatro años, llegó jadeando.
—Señor Yorick, ¿qué ocurre? ¿Por qué corre…?
—La Reina… —interrumpió entre respiraciones—. La Reina volvió a vomitar sangre. Debemos preparar la poción otra vez. ¿Puedes aumentar la dosis?
Josselyn se quedó inmóvil.
Como si una enorme roca cayera sobre sus hombros.
Aún no llevaba ni un mes en el palacio… y ya enfrentaba dos opciones:
Perder su oportunidad de venganza…
o perder la cabeza.
El salón aún no recuperaba la calma por completo. Los susurros seguían rozando el aire, más afilados que nunca: ya no era solo inquietud, sino desconfianza manifiesta. Las miradas de los nobles iban de un rostro a otro, hasta detenerse al fin en un mismo punto: el Rey, y junto a él, Clarissa.La Reina permanecía aún entre los brazos de Killian; su respiración era débil, pero constante. Cada exhalación parecía una prueba de vida que acallaba todas las acusaciones que se habían vertido hasta entonces.Josselyn permanecía erguida, sintiendo aún el frío del frasco vacío en su mano.—Esto no es un intento de asesinato común —dijo al fin, con voz serena pero lo suficientemente fuerte para llegar a todos los rincones del salón.Todos los ojos se posaron en ella.—Este veneno no actúa como los demás. No mata de forma rápida —hizo una pausa—. Espera.El silencio se adueñó del lugar.—Espera a la felicidad.Varios nobles intercambiaron miradas de asombro. Yorick dio un paso al frente, con el se
Josselyn tomó aire profundamente, con la mirada fija en el cielo de aquel día. Su azul limpio y brillante no parecía el presagio de un final.El palacio de Valenroth se alzaba majestuoso, adornado con telas blancas y doradas que caían en cascada de las columnas. Flores frescas llenaban cada rincón del gran salón, con un aroma dulce —demasiado dulce, casi empalagoso.Era el día de la boda del Príncipe Heredero. El día que debía ser una celebración. Pero para Josselyn, todo parecía un patíbulo disfrazado de lujo.Estaba de pie entre los sirvientes, vestida con un sencillo traje de tono pálido. Llevaba el cabello recogido con esmero y el rostro sereno: un contraste absoluto con el latido desbocado de su corazón.Sus ojos se posaron al frente. Allí estaba Clarissa. El vestido nupcial le quedaba perfecto: blanco inmaculado, brillante, con bordados dorados que reafirmaban su condición de futura reina. Una leve sonrisa curvaba sus labios, pero en sus ojos solo había triunfo. Como si todo aqu
Esa pequeña caja de madera se sentía más pesada de lo que debía en las manos de Josselyn: como si lo que hubiera dentro pudiera salvarlo todo… o destruirlo por completo.La puerta se abrió de golpe. Pasos pesados entraron sin pedir permiso. Era Darius.Sin rodeos, sin explicaciones, le arrebató la caja de las manos.—¡Darius!—Yo la abriré —dijo con tono firme, sin dejar espacio a réplicas.Josselyn frunció el ceño. —Ni siquiera sabe qué hay dentro…—He oído que el Rey ha enviado soldados para capturar a quien haya entrado en su biblioteca privada. No tenemos tiempo para dudar.La miró un instante: profunda, decidida.—Me aseguraré de que salgan con vida —susurró—. Incluso si tengo que pagar con mi propia sangre.Silencio. Yorick soltó un bufido suave. Josselyn sabía que él también entendía que no había otra opción.—Es una imprudencia —dijo él, ocultando su propia preocupación. Pero nada detuvo a Darius.Abrió la caja despacio; las bisagras de madera crujieron levemente. Un sonido mí
La estancia de hierbas estaba en silencio. Solo se escuchaba el roce de las hojas secas y el aroma amargo de las mezclas que llenaba el aire. La luz que entraba por la pequeña ventana caía inclinada sobre la mesa de piedra, iluminando las botellas de vidrio ordenadas en fila —como si guardaran secretos que nadie debía revelar.Josselyn permanecía allí, con ambas manos apoyadas en la mesa. Tenía la mirada fría.—Señor Yorick.Lo llamó sin rodeos. El hombre, que estaba revolviendo algo dentro de un cuenco pequeño, se detuvo. Sus movimientos se volvieron lentos, hasta quedar inmóvil.Josselyn se giró hacia él.—Necesito confirmar algo —dijo con tono sereno.Yorick alzó la vista despacio; sus ojos estaban alerta, preparado para lo que ella pudiera decir.—¿Recuerda lo que me prometió? —continuó ella.Hubo un silencio breve.—Yo lo ayudé —repitió—. Me sumé a su plan para derrocar a Killian —se le cortó la respiración un instante—. Y a cambio… usted me daría el antídoto.Lo miró con mayor i
—¿Ocupar el lugar de la Reina?—¿A qué se refiere?Los susurros de los nobles seguían rozando suavemente, como un viento que se niega a amainar. La amenaza de guerra desde Edevane y las palabras de Howarth sobre una nueva reina los habían sacudido profundamente. Todos se preguntaban qué sería de ellos en el reino de Valenroth, con el palacio sumido en el caos y nadie dispuesto a ser la causa de la destrucción de su propia familia.Y el Rey lo sabía.Soltó un suspiro suave y alzó levemente la mano: un gesto mínimo, suficiente para acallar todo el salón. Recorrió a la multitud con la mirada, hasta detenerse en una sola persona.—Ah… ya lo recuerdo.Su tono se volvió más ligero, casi como si mantuviera una charla cotidiana. Todas las miradas siguieron la suya, hasta posarse en Clarissa.La chica se tensó al instante al escuchar su nombre, sin haber sido llamada formalmente.—Tú… eres la prima de Josselyn, ¿verdad? —continuó el Rey, como si acabara de darse cuenta—. Y dijiste en su moment
—¡Caminen!La voz del soldado resonó con fuerza, empujando a Josselyn y a los otros cinco hombres hasta colocarlos ante el trono del Rey. El suelo de mármol estaba helado cuando los arrojaron sin ninguna clemencia.Las cadenas de sus muñecas chocaron entre sí con un sonido agudo.Josselyn alzó lentamente el rostro.El salón estaba lleno. Ministros, nobles, ojos acostumbrados a juzgar sin hablar: todos se habían reunido, formando un semicírculo que dejaba un espacio vacío en el centro —el espacio que ahora ocupaban ellos.Al fondo de la estancia, en lo alto de unos escalones de mármol, se hallaba el Rey.Inmóvil. Esperando.Killian soltó un suspiro suave y se limpió con el dorso de la mano atada la pequeña mancha de sangre en la comisura de los labios.—¿Así que crees que esto fue una buena idea? —murmuró, con voz baja pero clara en medio del silencio.Howarth se mantenía un poco detrás de él, con los hombros relajados, como si no estuviera a punto de enfrentarse a una sentencia de mue







