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Capítulo 4

Autor: Cristal K
El auto se detuvo frente a un elegante edificio blanco. «Moonlight Couture». Había soñado mil veces con salir de esa tienda usando el vestido que yo misma había diseñado. Ahora, finalmente estaba aquí... para ver a otra loba llevarlo puesto.

Roric bajó y caminó hacia mi lado para abrir la puerta. Cuando intenté levantarme, mis piernas, debilitadas por la agonía de mi loba, cedieron. Me fui hacia adelante, pero él me atrapó por instinto. Por una fracción de segundo, quedé envuelta en su familiar aroma a pino. La primera vez en siete años. Su calor traspasaba su abrigo, tan familiar, tan real. El corazón me latía con fuerza en el pecho. Sin embargo, tan rápido como me sostuvo, me soltó.

Me quedé paralizada mientras lo veía caminar hacia un bote de basura cercano, sacar una toallita desinfectante de su bolsillo y limpiarse metódicamente la mano que me había tocado. Cada dedo, cada espacio entre ellos, como si mi propia piel fuera veneno.

—Roric no toca a otras lobas —dijo Cressida, acercándose a mí. Hablaba con tono de disculpa, aunque sus ojos reflejaban triunfo—. Es muy exigente. Lo siento.

Bajé la mirada, fingiendo no haber visto nada. Cressida volvió a entrelazar su brazo con el de él y ambos entraron a la tienda.

Candelabros de cristal brillaban en lo alto y exquisitos vestidos adornaban las paredes. Todo el lugar olía a lujo.

—¡Ayla! —llamó una voz familiar.

Amy, una asistente de ventas, se acercó corriendo con una gran sonrisa en el rostro.

—¡Por los dioses, por fin estás aquí! —dijo tomándome las manos con emoción—. ¿Van a unirse? ¿Tú y tu Alfa por fin tendrán la ceremonia?

Sentí una presión gélida y asesina a mi espalda.

—Tráeme a una asistente que no esté ciega. —La voz de Roric era gélida—. ¿O acaso no puedes ver quién es la verdadera Luna?

Ella se sobresaltó, debido al poder del Alfa, que la hizo palidecer de miedo. Intervine de inmediato.

—No, Amy —dije con una sonrisa forzada—. Él es el Alfa Roric, el más poderoso de las tierras del norte, y esta es su compañera. Yo solo vine a ayudarlos a elegir un vestido.

Miró de Roric a mí, aterrorizada.

—¿Pero y el vestido que diseñaste...?

—Tráelo —la interrumpí—. Ella quiere verlo.

Amy asintió y corrió hacia el fondo. Unos minutos después, regresó con una elegante caja para vestidos. En cuanto la abrió, una exclamación colectiva llenó la tienda. Era un vestido confeccionado en seda de luna, cada centímetro estaba bordado con diminutos y deslumbrantes diamantes que resplandecían bajo las luces. Era impresionante. Un sueño.

—Es impactante —susurraban las demás vendedoras, amontonándose alrededor.

Los ojos de Cressida brillaron. Su mirada fluctuaba entre mí, Roric y el vestido en una mezcla confusa de celos, codicia e inseguridad.

—Es increíble —susurró acariciando la falda como si hubiera sido hecha para ella—. Quiero probármelo. Ayla, ¿puedes ayudarme?

Roric caminó hacia el sofá del área de espera y contempló el vestido con desprecio.

—Parece pasado de moda —se burló—. Diseñado por una traidora. No tiene nada de especial. —Luego se giró hacia su compañera y suavizó el tono—: Pero si quieres probártelo, hazlo.

Seguí a Cressida hasta el probador. En cuanto la puerta se cerró, el odio le desfiguró el rostro.

—Perra —siseó enterrando sus garras con fuerza en mi costado—. Estás disfrutando esto, ¿verdad? Esperarlo durante cinco horas... Que él recuerde tu aroma... ¡Que todavía recuerde este patético vestido! ¿Crees que has ganado?

Sus garras se clavaron en mi piel; el dolor me atravesó. Aturdida por el ataque repentino, la empujé por instinto, pero ella se arrojó hacia atrás, estrellándose contra el suelo. Llevándose las manos al vientre, soltó un grito desgarrador.

—¡Mi bebé! ¡Por los dioses, mi bebé!

Su alarido desgarró el silencio de la tienda. Ocurrió tan rápido que, antes de que pudiera procesarlo, la puerta del probador se abrió de una patada.

Cressida me señaló con un dedo tembloroso mientras le sollozaba a Roric:

—¡Me dijo que yo era solo un plato de segunda! ¡Le deseó la muerte a nuestro bebé!

Los ojos de Roric estaban llenos de una furia destructiva. Odiaba la traición más que nada en el mundo y, en su opinión, yo no solo había traicionado su pasado, sino que también estaba tratando de destruir su futuro.

Abrí la boca para explicarme, pero las palabras se me atoraron en la garganta. Me miró como si fuera su peor enemiga.

—¡Ayla! —gruñó cada palabra, con los dientes apretados—. ¿Te atreves a tocar a mi cachorro? —Inspiró hondo; sus ojos dorados destellaron en carmesí—. ¡Te juro que vas a pagar por esto!

Una explosión de puro poder Alfa me golpeó de lleno. Fue como si me hubiera atropellado un camión. Mi espalda chocó con la pared, provocando un crujido espantoso, y sentí que se me partían las costillas. El sabor cobrizo de la sangre me llenó la garganta. Me deslicé hasta el suelo. Vi cómo Roric tomaba a Cressida en sus brazos y me dirigía una última mirada asesina antes de dar la vuelta. Se marchó, dejándome sola en medio de un charco de mi sangre, con un dolor insoportable en el pecho. Aunque… me dolía aún más el corazón.

Recordé una noche de lluvia en la academia, cuando un grupo de Alfas mayores me había acorralado. Sus ojos reflejaban una profunda malicia.

—¿Una Beta se atreve a rechazarnos? —dijeron—. Enseñémosle un poco de respeto.

Justo cuando estaban a punto de atacarme, apareció Roric. No era un Alfa en ese entonces, pero no dudó en ponerse frente a mí.

—¡Si quieren tocarla, tendrán que pasar sobre mí primero! —gruñó.

Aquella noche terminó molido a golpes por defenderme; sin embargo, nunca se arrepintió. Ahora, el joven lobo que alguna vez sangró por mí acababa de darme el golpe mortal. Un hilo cálido goteaba desde una cortada en mi cabeza. Mi visión comenzó a nublarse. Mi loba... sentía como si se hubiera destrozado por completo.

En el último segundo, antes de perder el conocimiento, escuché a Amy gritar:

—¡Ayuda! ¡Está sangrando!

Y, entonces, el mundo se apagó.

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