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Capítulo 8 • El six de cervezas y el beso que quemó

Autor: Chelencho
last update Fecha de publicación: 2025-06-03 12:56:27
Una tarde, agotado de vagar por calles abarrotadas donde la timidez aún lo mantenía al margen, Rómulo regresó al edificio y tocó la puerta de Miguel. Lo encontró tirado en el sofá, un libro abierto sobre el pecho, su habitual desenfado llenando el cuarto como humo invisible.

—¿Qué tal si mañana viernes vamos a un bar? —propuso Rómulo, con un destello de entusiasmo que luchaba contra su reserva—. Dicen que hay lugares bohemios donde los músicos se juntan a tocar, a charlar… Suena bien, ¿no?

—¡Óra
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    Junio de 2003. La Terminal TAPO estaba igual que aquella noche de octubre: luces fluorescentes parpadeantes, olor a gasolina y café quemado, el rumor constante de motores y despedidas. Pero esta vez no llovía. O al menos no al principio.Edith había recibido un mensaje de Rómulo esa mañana: «Necesito verte. En la TAPO. A las nueve de la noche. Trae la chamarra que nunca te devolví».Ella llegó temprano, con la chamarra de mezclilla doblada sobre el brazo como un talismán. El lugar le traía recuerdos agridulces: el pánico de aquella noche, el encuentro casual, el comienzo de todo. Cuando lo vio aparecer entre la gente —guitarra al hombro, cabello revuelto por el viento—, sintió que el tiempo se plegaba sobre sí mismo, suave y deliberado.Se encontraron en el mismo mostrador donde habían hablado por primera vez. Rómulo la miró con una intensidad que ella no había visto antes, como si hubiera ensayado cada palabra durante semanas.—Te traje aquí porque aquí empezó todo —dijo—. Y porque a

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  • El amor en tiempos de hambre   Capítulo 18 • La rendición en la Condesa

    Edith regresó a la Ciudad de México sin fecha de regreso. Dejó una maleta en Puebla, como quien deja un capítulo cerrado, y otra en el pequeño departamento que había alquilado en la Condesa: paredes de ladrillo visto, una ventana que daba a un jacaranda ya desnudo de sus últimas flores violetas y un silencio que, por primera vez, no le pesaba. No fue un impulso. Fue una rendición consciente, lenta, casi dolorosa. Cada fin de semana que pasaba en Puebla se sentía como una espera inútil, como si la distancia entre ella y Rómulo se hubiera convertido en una tercera persona que ocupaba la cama y se sentaba a la mesa del desayuno.Las noches compartidas comenzaron sin declaración formal, sin promesas grandilocuentes. La primera vez fue en el departamento de él, en la Roma: una habitación modesta sobre un patio interior donde crecían helechos salvajes y un limonero que nunca daba limones, solo sombra. Rómulo había comprado tacos de canasta en la calle y los calentó en una sartén vieja. Comi

  • El amor en tiempos de hambre   Capítulo 17 • Confesiones bajo las jacarandas

    Siguieron caminando sin rumbo fijo, dejando atrás la Plaza Santa Catarina y adentrándose en las calles empedradas de Coyoacán. Las jacarandas estaban en plena floración: un techo violeta denso y luminoso que se extendía sobre ellos como un cielo invertido, casi irreal. El aroma dulce de los pétalos caídos se mezclaba con el olor a tierra húmeda y al pan recién horneado que escapaba de alguna panadería cercana. Todo parecía suspendido en un instante de gracia.Edith habló entonces de lo que aún no había dicho. No solo el mensaje en el teléfono ni la aventura que se remontaba a España. Habló de la tarde en Madrid en que lo vio con sus propios ojos: el regalo de Navidad cayendo de sus manos con un ruido sordo, los cuerpos entrelazados sobre el escritorio, la risa baja de la otra mujer.—Me quedé ahí, parada en el umbral, como si estuviera corrigiendo una escena de una novela ajena. Quería tachar esa página entera, arrancarla, quemarla. Pero no había corrector lo suficientemente fuerte par

  • El amor en tiempos de hambre   Capítulo 16 • Jacarandas en flor y en llamas

    Octubre de 2002. Puebla amanecía envuelta en una luz pálida que se filtraba entre las cortinas como un reproche silencioso. Edith Gutiérrez se sentó a la mesa de la cocina, el sobre abierto frente a ella como una herida que aún sangraba. La carta que había escrito en Monterrey —palabras afiladas, veneno destilado gota a gota en tinta— ya viajaba hacia Daniel junto con el anillo de boda que ella misma había arrancado de su dedo en un arrebato de rabia que ahora le parecía ajeno, casi ridículo. Cada frase que había garabateado con mano temblorosa resonaba en su cabeza como un eco distorsionado: acusaciones de traición, mentiras acumuladas, un amor que se había convertido en jaula dorada y sin llave.Se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera, Puebla parecía indiferente al desastre interior: el bullicio matutino de los vendedores, el tañido lejano de campanas, el aroma tibio del pan recién horneado que subía desde la calle. Dentro de ella, en cambio, todo era tormenta. El arrepentimient

  • El amor en tiempos de hambre   Capítulo 15 • La correctora perfecta

    Edith Gutiérrez corregía vidas ajenas con la misma precisión quirúrgica con que otros respiraban. En el pequeño despacho que había alquilado en Monterrey tras su regreso de Madrid, la luz de la lámpara de escritorio caía oblicua sobre las páginas manuscritas, y cada coma fuera de lugar era un pecado que ella no perdonaba. El perfeccionismo no era vicio; era escudo. Mientras tachaba, reescribía y pulía las palabras de extraños, conseguía olvidar —aunque fuera por unas horas— que las suyas propias seguían torcidas, rotas, hambrientas.Los manuscritos que le llegaban parecían escritos para burlarse de ella. Uno, de un autor joven y prometedor llamado Javier Alcántara, narraba la historia de un matrimonio que se desmoronaba en silencio: promesas susurradas en Venecia, traiciones disfrazadas de ausencias laborales, cuerpos que se buscaban con furia y luego se alejaban con frialdad. Edith leía y sentía que las líneas le quemaban los dedos. Tachó una frase: “El amor no se corrige, solo se sop

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