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Capítulo 2: Protocolos rotos

作者: melodi
last update publish date: 2026-09-12 23:38:50

 

Adrián

El olor a baquelita quemada aún flotaba en el taller. Las palabras de Elena resonaban en mis oídos con más fuerza que el zumbido de los extractores de aire.

—¿Hace tres meses? —repetí, apoyando la espalda contra la mesa para disimular que el temblor de mis piernas empeoraba—. Eso es imposible. Esta habitación tiene un control de acceso biométrico. Solo yo tengo la clave.

Elena se inclinó sobre la placa madre, usando una pequeña lupa de joyero para examinar las patillas del chip chamuscado.

—Pues o eres sonámbulo, Adrián, o alguien cloned tu huella —dijo sin levantar la vista—. Mira el tipo de soldadura. Es estaño de alta pureza con aleación de plata. No es un trabajo casero como el tuyo de cuando eras niño; es un trabajo profesional, limpio... o al menos lo era hasta que la sobrecarga lo arruinó.

Sopló sobre la placa y un fino polvo blanco se dispersó por el aire.

—¿Qué buscaban? —pregunté, más para mí mismo que para ella.

—Eso dímelo tú —se incorporó, limpiándose las manos en un trapo grasiento que sacó del bolsillo—. Dijiste que aquí solo había un sistema operativo viejo. Un recuerdo de tu madre.

—Eso creía —admití, pasándome una mano por el cuello desabrochado de la camisa—. Mi madre desarrolló la primera patente de cifrado de Saavedra Tech en esta máquina antes de enfermar. Cuando murió, mi padre quiso destruirla para «cerrar etapas». Yo la rescaté del almacén y la escondí aquí.

Elena me observó en silencio durante un par de segundos. Por primera vez desde que la conocí, su mirada no tenía ese toque defensivo.

—Tu padre —murmuró, como si encajara una pieza de un rompecabezas—. ¿Él tiene acceso a este piso?

—Es el presidente del consejo. Tiene acceso a todo el edificio si se lo propone. Pero... él no sabe nada de hardware. Apenas sabe usar su propio teléfono sin llamar a su asistente.

—Él no, pero su gente sí —replicó Elena, señalando con el destornillador hacia la puerta de entrada—. Alguien con un kit de extracción de datos de nivel militar intentó copiar el contenido del disco sin encender la torre. Quisieron hacer una imagen espejo a través del puerto auxiliar y provocaron el bloqueo de seguridad.

Un toque firme en la puerta de cristal nos hizo sobresaltar a ambos. Lucía, mi asistente, asomó la cabeza con una expresión de pánico contenido que rara vez le había visto.

—Adrián, tienes que subir ahora mismo —dijo, bajando la voz al mínimo—. El señor Esteban convocó una reunión extraordinaria del comité de auditoría. Dice que detectaron un tráfico de datos anómalo desde esta área técnica hacia una red no autorizada.

Sentí una punzada helada en el estómago.

—¿Una red no autorizada? Eso es absurdo, esta sala está completamente aislada.

—No para el consejo —intervino Elena, guardando sus herramientas en el maletín con rapidez pasmosa—. Te están tendiendo una trampa, Adrián. Alguien intentó sacar la información, falló al quemar el módulo y ahora van a culpar a la única persona fuera del sistema que está en esta habitación.

Lucía miró a Elena con los ojos muy abiertos.

—Adrián... la seguridad del edificio viene hacia acá. Tu padre exigió revisar a cualquier persona ajena a la empresa.

—Tengo que sacarte de aquí —le dije a Elena, tomándola del brazo.

—Ni lo sueñes. Mis herramientas no se quedan —protestó ella, ajustándose la correa del maletín al hombro—. Además, si huyo, me convierto en la culpable perfecta para el comité de tu padre.

—Si te encuentran con esa placa madre modificada en el bolso, te van a acusar de espionaje industrial antes de que puedas decir una sola palabra —le advertí, mirando a Lucía—. Usa el ascensor de carga del fondo. El que da hacia el muelle de suministros.

—Ese ascensor requiere la tarjeta del jefe de operaciones —dijo Lucía, dudando.

Giré sobre mis talones, me acerqué al escritorio y saqué del cajón secundario una credencial dorada de pase libre. Se la entregué a Elena directamente en la mano.

—Toma esto. Te llevará directo al estacionamiento del subsuelo tres. Nadie vigila esa salida a esta hora.

Elena miró la credencial y luego me miró a los ojos, sosteniendo la mirada con una intensidad que me hizo olvidar por un segundo el caos que se nos venía encima.

—¿Y tú qué vas a hacer? —preguntó.

—Ir arriba y enfrentar a mi padre —respondí, intentando proyectar una firmeza que no sentía—. Lévate la unidad de disco duro. Si alguien puede averiguar quién intentó hackear esto, eres tú.

Elena apretó la credencial en su puño y asintió una sola vez.

—No borres el registro de llamadas de tu teléfono, Adrián. Te voy a buscar esta noche. Y más te vale no desmayarte antes de que te explique qué hay realmente en ese disco.

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