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MateoEl aroma a café recién pasado se mezclaba con el olor a estaño caliente y madera vieja. En el taller del distrito industrial no había cristales de tres centímetros de grosor ni aire acondicionado centralizado, pero por primera vez en años, sentía que podía llenar los pulmones de aire sin que la garganta se me cerrara.Estaba sentado en un taburete de madera, observando a Clara trabajar en el banco principal. El sol de la tarde se filtraba por las ventanas altas, iluminando el polvo que flotaba en el ambiente y la concentración absoluta dibujada en su rostro.—Si sigues mirándome con esa cara de CEO desocupado, te voy a poner a limpiar la grasa de las fuentes de poder viejas —dijo Clara sin levantar la vista del circuito que sostenía con unas pinzas.—Solo estoy admirando el control de calidad —sonreí, dando un sorbo a mi taza despostillada—. En el piso cincuenta y ocho nadie trabaja con tanta precisión.—En el piso cincuenta y ocho nadie trabaja con las manos, Valeri. Solo firma
MateoEl trayecto hacia el palacio de justicia fue un infierno de sirenas distantes y semáforos en rojo. A mi lado, Clara no soltaba el pequeño microscopio USB conectado a su tableta. Sus dedos volaban sobre la pantalla, aislando la estructura molecular de la soldadura del chip que Valeria pretendía usar para Chantajearnos.—Mira esto, Mateo —dijo Clara, girando la pantalla hacia mí sin levantar la vista del estuche de herramientas—. El microchip que mandó en el sobre tiene una pátina de oxidación forzada con ácido sulfúrico. Querían hacer pasar una pieza modificada hace tres días por una reliquia de 1999.—Valeria sabía que no teníamos tiempo para un peritaje oficial antes del mediodía —dije, esquivando un taxi con un volantazo brusco—. Apostaba a que la sola duda sobre el honor de tu padre me haría ceder para protegerte.—Pues apostó muy mal —respondió Clara, y la sombra de una sonrisa fría cruzó sus labios—. Mi padre cometió muchos errores, Valeri, pero jamás usó estaño de aleación
MateoTres días después de la detención de mi padre, el silencio del piso cincuenta y ocho seguía siendo extraño. Mi escritorio ya no estaba cubierto de informes de la junta directiva, sino de expedientes legales en carpetas amarillas que Lucía había clasificado meticulosamente.Sin embargo, la calma duró exactamente hasta las diez de la mañana, cuando Nico entró a mi despacho sin tocar la puerta. No traía su habitual sonrisa burlona; traía el rostro pálido y un sobre de papel manila sellado con cera roja.—Esto acaba de llegar por mensajería privada a la recepción —dijo Nico, dejando el sobre en el centro de mi escritorio—. No pasó por el filtro digital porque no tiene remitente corporativo. Solo decía tu nombre y el de Clara.—¿El de Clara? —fruncí el ceño, dejando la pluma sobre la mesa—. Ella está en su taller desde temprano. Quedamos en almorzar juntos.—Ábrelo, Mateo —insistió mi hermano, apoyando las manos en el borde de la mesa—. El mensajero era un alguacil de la fiscalía.Ro
MateoEl silencio en el piso cincuenta y ocho de la torre no era el de una victoria festejada con champaña; era el silencio de un edificio que cambia de dueño en mitad de la noche.A través del ventanal, la primera luz dorada del amanecer comenzaba a bañar los rascacielos. Lucía entraba y salía de la oficina ejecutiva organizando las carpetas de auditoría, mientras Nico, con las mangas de la camisa arremangadas, revisaba en la pantalla principal los comunicados oficiales que acababan de emitirse a los medios.—El consejo de administración emitió la suspensión de poderes para papá y Valeria hace diez minutos —dijo Nico, acercándose a la mesa con dos tazas de café humeante—. La policía ya los trasladó a la fiscalía central para las primeras declaraciones. Todo el piso de la presidencia queda bajo tu control, Mateo.Tomé una de las tazas, pero el calor del barro cocido apenas lograba quitarme el frío que me quedaba en los huesos.—¿Y las acciones de la compañía? —pregunté, mirando el ref
MateoEl horizonte de la ciudad comenzaba a teñirse de un azul plomizo cuando el auto de Lucía se detuvo en el carril secundario frente a la sede de Saavedra Tech. La torre de sesenta pisos se erigía como un coloso de cristal, pero esta vez las luces del vestíbulo no transmitían poder, sino un caos contenido. Tres patrullas sin sirena y un furgón del regulador financiero aguardaban en la entrada lateral.—Los accesos principales están cerrados por la auditoría de emergencia —dijo Lucía, mirando la pantalla de su laptop desde el volante—. Pero la puerta del personal de limpieza en el primer subsuelo aún no ha sido bloqueada por la policía.—Ahí es donde entramos —dijo Clara, ajustándose la correa de su maletín. Tenía la ropa todavía húmeda por los aspersores de la universidad, pero su mirada irradiaba una calma feroz.Tomé su mano antes de abrir la puerta del auto. El temblor en mis dedos había desaparecido por completo; la presencia de Clara actuaba como un filtro contra el ruido y la
MateoEl agua helada de los aspersores nos cayó encima como una ducha de realidad. El humo de la caja de breakers inundaba la biblioteca, pero entre las alarmas chirriantes y la penumbra marcada solo por las luces rojas de emergencia, la mano de Clara sujetando la mía era lo único firme a lo que aferrarme.—¡Sujétate de mí y no te detengas! —gritó Clara, con la voz ahogada por el estruendo.En medio del caos, vi a mi padre toser violentamente, cubriéndose el rostro mientras los dos guardias intentaban protegerlo a ciegas. Valeria chillaba al ver su tableta arruinada por el agua. Nico, reaccionando con la rapidez de un felino, empujó un pesado estante de libros hacia el pasillo central, bloqueándoles la salida principal y haciendo caer una avalancha de tomos sobre sus perseguidores.—¡Vayan a la salida de incendios del fondo! —nos gritó Nico, abriéndose paso entre el agua que ya le empapaba el traje—. Yo los distraigo en el vestíbulo principal.—¡No te voy a dejar solo con ellos, Nico!







