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Capítulo 86: El cordón umbilical

Author: melodi
last update publish date: 2026-10-24 06:13:10

Mateo

Los pasos pesados de los agentes de la policía federal resonaban en los peldaños de madera, un eco metálico y seco que hacía temblar cada rincón del altillo.

La presencia de Elena Restrepo, erguida junto a la entrada con su bastón y la orden de restitución en la mano, cubría el espacio con una sombra mucho más densa que cualquier amenaza de la corporación.

Sentí los dedos de Clara clavándose en la tela de mi espalda, temblando con una mezcla de conmoción y furia salvaje. Me volví despacio
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    MateoEl sol de la mañana entraba a raudales por el ventanal limpio del altillo, bañando la mesa principal de trabajo con una luz dorada y cálida que parecía borrar para siempre los fantasmas de los meses pasados. Afuera, el campus no gritaba de rabia ni corría huyendo de las patrullas; el murmullo de los estudiantes era un pulso vivo, tranquilo y constante.Clara estaba de pie junto al banco de herramientas, luciendo una camisa blanca holgada que le caía sobre un hombro y el cabello recogido en una trenza suelta. Sostenia el osciloscopio de mi padre, pero en lugar de revisar circuitos, sus ojos oscuros estaban fijos en la puerta principal.—Está demasiado tranquilo, Mateo —dijo sin girarse, con esa nota de desconfianza que ya era parte de su naturaleza—. El ministerio no ha enviado una sola circular en veinticuatro horas. La rectoría sigue clausurada por el agua y el decano no ha salido de su casa. Siento que el suelo se va a abrir de nuevo bajo nuestros pies.Me acerqué a ella a pas

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    MateoEl frío de las celdas de la fiscalía provincial se te metía hasta los huesos, pero el calor de la mano de Clara, enlazada a la mía a través de los barrotes de hierro oxidado, era un ancla que me impedía perder la cordura. Llevábamos horas encerrados en el calabozo del sótano tras la intervención policial en el altillo. Las esposas ya no estaban, pero el eco de la matriz destruida y la imagen de Elena arrodillada sobre los tablones seguían flotando en la penumbra como un fantasma pesado.—Si el juez Vargas revisa el expediente y ve que destruimos el servidor maestro antes de la ejecución de la orden, nos van a acusar de destrucción de propiedad pública y sabotaje agravado —murmuré, apoyando la frente contra la fría barra de metal, sintiendo el aliento de Clara muy cerca.—Que nos acurren de lo que quieran, Mateo —respondió ella con la voz firme, aunque un temblor leve delataba el desgaste físico de las últimas veicuatro horas—. El servidor ya no le pertenece a la corporación ni a

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    MateoLos pasos pesados de los agentes de la policía federal resonaban en los peldaños de madera, un eco metálico y seco que hacía temblar cada rincón del altillo.La presencia de Elena Restrepo, erguida junto a la entrada con su bastón y la orden de restitución en la mano, cubría el espacio con una sombra mucho más densa que cualquier amenaza de la corporación.Sentí los dedos de Clara clavándose en la tela de mi espalda, temblando con una mezcla de conmoción y furia salvaje. Me volví despacio, la tomé por los hombros y la obligué a mirarme.Tenía las mejillas húmedas de lágrimas, pero en el fondo de sus pupilas oscuras comenzaba a encenderse de nuevo esa llama implacable que yo conocía mejor que nadie.—No nos van a sacar de aquí, Mateo —susurró con la voz quebrada, áspera por la rabia—. No voy a dejar que la mujer que abandonó a mi familia venga a vender la red como si fuera un pedazo de chatarra.—No nos vamos a mover, Clara —le prometí, sujetando su rostro entre mis manos y rozan

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