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Capítulo 3: La sombra en el espejo

Auteur: melodi
last update Date de publication: 2026-09-12 23:39:30

 

Adrián

Las puertas del ascensor se abrieron con un pitido suave en el piso ejecutivo. El silencio del pasillo contrastaba brutalmente con el martilleo que sentía dentro del pecho. Me ajusté los puños de la camisa, inhalé hondo y caminé hacia la sala de juntas principal como quien avanza hacia un pelotón de fusilamiento.

Al entrar, la atmósfera era helada. Mi padre estaba de pie al fondo, junto al ventanal que dominaba la ciudad, sosteniendo una copa de agua con la compostura de un rey en su trono. Valeria permanecía sentada a la cabecera de la mesa, ajustando los papeles frente a ella con una sonrisa gélida. Dos guardias de seguridad flanqueaban la puerta.

—Llegas tarde, Adrián —dijo mi padre sin girarse a mirarme—. Aunque imagino que tenías asuntos apremiantes que atender en el sótano.

—Estaba revisando mantenimiento de rutina, Esteban —respondí, manteniendo la voz lo más neutra posible mientras me sentaba a mitad de la mesa—. Lucía dijo que convocaste a un comité de emergencia por un supuesto fallo de seguridad.

—No es un fallo, querido. Es una filtración —intervino Valeria, deslizando una carpeta de cuero negro hacia mi lado—. Hace veinte minutos, el departamento de ciberseguridad detectó una transferencia no autorizada desde la terminal aislada de tu taller privado. Un paquete de datos cifrados intentó salir hacia un servidor externo.

Miré la carpeta sin tocarla.

—Eso es imposible. La red de esa sala está desconectada de los servidores centrales desde hace tres años.

—Lo estaba, hasta que metiste a una persona ajena a la empresa sin pasar por los protocolos de registro —expresó mi padre, girándose al fin. Sus ojos fríos cayeron sobre mí con todo el peso de su autoridad—. Una técnica independiente sin acreditación corporativa. ¿Cómo se llama, Adrián? ¿Elena?

El nombre de Elena sonó como una amenaza en su boca. Sentí un nudo apretarse en mi garganta, pero sostuve su mirada.

—Elena vino a reparar un módulo analógico antiguo a petición mía. No tiene nada que ver con los sistemas del edificio.

—Eso no es lo que dice el informe de seguridad —replicó Valeria, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando las manos—. Los guardias acaban de interceptar a tu asistente en el área de carga. Pretendía sacar a esa chica por la salida de servicio usando una credencial de nivel ejecutivo... tu credencial, Adrián.

Un frío helado me recorrió la espalda. Los interceptaron. Mi mente empezó a girar a toda velocidad, buscando una salida, una excusa, un cortafuegos.

—Lucía solo seguía mis instrucciones para evitar un malentendido con la guardia —mentí, tratando de mantener las manos ocultas bajo la mesa para que no notaran el leve temblor—. Si hay una brecha de seguridad, yo mismo la investigaré. No necesitan convertir un problema técnico en un circo mediático.

—Me temo que ya es muy tarde para eso —dijo mi padre, acercándose a la mesa con pasos lentos y calculados—. El consejo de administración ha decidido suspender temporalmente tus accesos ejecutivos a la arquitectura del nuevo software mientras se aclara la procedencia de la filtración.

—¿Me estás dejando fuera de mi propio proyecto? —me puse de pie de golpe, encarándolo—. ¡Yo diseñé ese código! ¡Yo construí la plataforma desde cero!

—Y por eso mismo tu juicio está nublado —dijo Valeria suavemente, levantándose también—. Adrián, esto es por tu bien. Todos en esta sala sabemos que has estado bajo una presión desmedida. Tus episodios de agotamiento... tus ausencias... no puedes seguir manejando esto solo.

—No confundan mi salud con mi capacidad —escupí las palabras, sintiendo cómo la rabia sofocaba la presión en mi pecho—. Saben perfectamente que esa acusación de filtración es una farsa.

—La chica ya está retenida en la oficina de seguridad del subsuelo —añadió mi padre, ignorando mi exabrupto—. Entregarán sus pertenencias a la policía en cuanto llegue la patrulla. Si no quieres que tu nombre termine manchado en los periódicos de mañana, te sugiero que te sientes y firmes la cesión temporal de la supervisión a Valeria.

Se me cortó el aliento. Elena estaba abajo, encerrada, pagando los platos rotos por un juego de poder que no le pertenecía.

Antes de que pudiera responder, la puerta de la sala de juntas se abrió de par en par. Mi hermano menor, Nico, entró a la habitación sosteniendo una tableta digital y con la corbata floja.

—Detengan el espectáculo, por favor —dijo Nico, caminando directo hacia la pantalla principal de la sala y conectando su dispositivo sin pedir permiso—. Si van a culpar a alguien por la transferencia de datos, al menos miren la dirección IP de origen antes de llamar a la policía.

—Nico, esto es una reunión del comité, no un asunto familiar —advirtió mi padre con tono severo.

—Precisamente por eso estoy aquí, papá —respondió Nico, presionando un comando en la pantalla. Una secuencia de registros de red iluminó el panel de cristal—. La transferencia de datos no salió del taller de Adrián. Salió de la terminal de la vicepresidencia de operaciones... de mi oficina.

Un silencio sepulcral se apoderó de la habitación. Miré a mi hermano, atónito.

—¿De qué estás hablando, Nico? —pregunté en un susurro.

Nico me miró de reojo y me guiñó un ojo de manera casi imperceptible antes de volverse hacia el consejo.

—El sistema que intentaron hackear en el taller no contenía datos de la empresa, sino un protocolo de prueba que yo mismo programé para evaluar la seguridad de nuestras defensas internas. La chica que contrataron solo estaba siguiendo mis órdenes para probar la vulnerabilidad del canal físico.

Valeria frunció el ceño, perdiendo por un segundo la compostura.

—Eso no estaba en la agenda del comité, Nicolás. Estás interfiriendo en una auditoría oficial.

—Estoy evitando que cometamos el ridículo de arrestar a una consultora externa por hacer el trabajo que yo le pagué —replicó Nico con una sonrisa confiada—. Por cierto, los guardias del subsuelo ya la dejaron ir. Se fue en un taxi hace cinco minutos.

Mi padre apretó la copa de agua con tanta fuerza que pensé que el cristal se rompería. Miró a Nico, luego a mí, y finalmente a Valeria.

—Esta reunión se pospone para mañana a primera hora —sentenció mi padre, ajustándose el saco—. Y quiero un informe completo de este «experimento» sobre mi escritorio antes de que salga el sol.

Sin decir una palabra más, salió de la sala seguido por Valeria, quien me dedicó una última mirada cargada de sospecha.

Quedamos solos en la inmensa habitación. Me dejé caer en una de las sillas, exhalando todo el aire que parecía haber estado reteniendo durante horas.

—Me debes una muy grande, hermano —dijo Nico, dejándose caer en la silla de al lado y apoyando los pies sobre la mesa impecable.

—¿Qué fue todo eso, Nico? Tú no sabías nada del trabajo de Elena —dije, mirándolo con fijeza.

—No sabía —admitió Nico, perdiendo el tono burlón y bajando la voz—. Pero vi a Lucía hecha un manojo de nervios en el pasillo y me contó lo que estaba pasando. Adrián... papá y Valeria no están intentando proteger la empresa. Llevan semanas rastreando tus accesos privados. Estaban esperando cualquier excusa para dejarte fuera antes de la reunión de inversores.

—Lo sé —murmuré, pasándome las manos por la cara—. Pero Elena... ¿de verdad logró salir?

Nico sonrió de lado y sacó un pequeño trozo de papel doblado de su bolsillo, deslizándolo por la mesa hacia mí.

—Se fue muy enojada, si te soy sincero. Dijo que tus protocolos de seguridad apestan y que la próxima vez que la metas en un lío corporativo te va a cobrar el triple por hora. Ah, y me pidió que te diera esto.

Desdoblé el papel. Había una dirección anotada con letra rápida y un número de teléfono, junto a una pequeña nota al pie:

«El disco no tenía una copia del código de tu madre, Adrián. Tenía un rastreador activo. Quien intentó copiarlo hace tres meses no quería robar la información... quería saber dónde te escondías tú. Ven a mi taller si quieres saber quién pagó por esa modificación.»

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