LOGINAlicia llegó a aquel rascacielos, un edificio imponente que se alzaba como símbolo de poder y dinero. La sede central de la mayor empresa industrial del país.
Los enormes ventanales reflejaban la luz del sol, haciendo que el edificio pareciera frío y arrogante, igual que las personas que trabajaban en su interior. Su caminar era largo y firme. El sonido de sus tacones resonaba sobre el mármol pulido. Todas las miradas se posaron en ella. Algunos susurraban, otros la observaban sin pudor. No porque fuera una desconocida, sino porque su nombre ya era bien conocido. —¿Alguno de ustedes puede llevarme a la oficina de Víctor? —preguntó Alicia con voz serena pero firme. Era su primera vez en aquel lugar, pero su actitud daba la impresión de haberle pertenecido desde siempre. Una mujer con falda a la rodilla y blazer impecable dio un paso al frente. —Bienvenida, señorita Alicia. Mi nombre es Mónica. Soy la secretaria personal del señor Víctor. Acompáñeme, por favor. Su voz era dulce, cálida, acompañada de una sonrisa profesional. Alicia la observó de pies a cabeza, evaluándola sin ocultar su interés. No está nada mal, pensó con indiferencia. Llegaron a la oficina de Víctor. En cuanto la puerta se abrió, Alicia entró sola sin mirar atrás. Mónica solo pudo esbozar una leve sonrisa antes de cerrar la puerta con cuidado. Dentro, Víctor estaba sentado en su sillón ejecutivo, concentrado en la pantalla de su portátil y en varios documentos esparcidos sobre el escritorio. Ni siquiera había notado la presencia de Alicia. —¿Hay algún otro documento, Mónica…? —su voz se interrumpió al alzar la vista. —No soy Mónica —respondió Alicia con calma. Se acercó y, sin pedir permiso, se sentó con las piernas cruzadas, no en la silla de visitas, sino directamente sobre el escritorio de Víctor. Al ver la escena, Víctor soltó una risa baja. Se levantó y se acercó sin dudarlo. Sus manos rodearon la cintura de Alicia, atrayéndola hasta que apenas hubo distancia entre ambos cuerpos. —¿Por qué viniste aquí de repente? —¿No puedo venir? —Alicia arqueó las cejas, con un tono desafiante. —Siempre soy el equivocado a tus ojos. —Deberías cambiar la pregunta —replicó ella con frialdad—. “¿Qué necesitas para venir aquí?”. Eso sería más apropiado. Víctor sonrió levemente. Ya conocía demasiado bien la forma de pensar de su esposa. —De acuerdo —cedió al final—. ¿Necesitas algo, cariño? —Sí, por supuesto. —Dime. ¿Qué es? —He oído que esta empresa tiene una colaboración con la empresa de la familia de Valeria. Víctor asintió. —Es cierto. Mi padre y el padre de Valeria son amigos desde hace años. Hemos invertido una suma considerable en su empresa. —Bien —respondió Alicia con ligereza—. Entonces quiero que retires toda la inversión. Víctor se quedó en silencio. No porque no pudiera hacerlo, sino porque sabía que esa decisión tendría un gran impacto. La miró durante varios segundos antes de hablar. —Debo discutirlo primero con mi padre. Alicia exhaló despacio. Empujó a Víctor para apartarlo y bajó del escritorio. Su rostro se endureció. —Al final, todas las palabras de los hombres son mentiras —dijo con dureza—. “Te amo, te adoro, cumpliré todos tus deseos”. Falso. Se dio la vuelta para marcharse, pero Víctor la detuvo de inmediato. —Está bien —dijo con rapidez—. Haré lo que pides. Retiraré toda la inversión de la familia de Valeria. Los pasos de Alicia se detuvieron. Giró el rostro y sonrió con satisfacción. —Así me gusta. De verdad eres el esposo ideal. —Lo importante es que seas feliz. —Hm… —murmuró Alicia—. Pero ese fue solo el primer favor. Aún tengo un segundo. Víctor frunció el ceño. —¿Qué más? —Sé que el esposo de tu tía es el productor de la película protagonizada por Oscar, que se estrenará este año —dijo Alicia con frialdad—. Quiero que el debut cinematográfico de Oscar jamás vea la luz. —Vamos, Alicia… —Víctor suspiró—. ¿Por qué llegar tan lejos? Olvídalos. Podemos ser felices. —¿Sí o no? —lo interrumpió ella. Víctor guardó silencio unos segundos. —Lo intentaré. Parece que los odias profundamente. Alicia sonrió. Se inclinó hacia él y susurró directamente en su oído: —¿No fuiste tú quien dijo que me ayudaría a vengarme? Solo estoy siguiendo tu juego, Víctor. *** ¡Crash! La botella de vino se hizo añicos al estrellarse contra la pared. Oscar esbozó una sonrisa amarga después de lanzarla. Los fragmentos de vidrio quedaron esparcidos por el suelo, igual que su corazón en ese momento. Decenas de botellas vacías y a medio beber lo rodeaban. Nadie sabía cuántas había consumido ya. Tenía la cabeza mareada, pero el dolor en el pecho era mucho peor. Álbumes de fotos estaban tirados por el suelo. Oscar tomó uno. En la imagen, Alicia sonreía ampliamente, luciendo un anillo en el dedo anular, con la Torre Eiffel de fondo, en el Campo de Marte, París, Francia. —Te amo —murmuró con voz ronca—. De verdad te amo, Alicia. Las lágrimas brotaron sin control. Cinco años no eran poco tiempo para olvidar. Demasiados recuerdos, demasiadas promesas. —Siempre temí que descubrieras mi pasado —susurró—. Pero cuando decidiste romper conmigo… eso fue lo que más me dolió. *** —Estaré fuera unas tres horas —dijo Víctor tras colgar el teléfono. Él y Alicia se encontraban ahora en el estacionamiento subterráneo. —Siempre tienes que rendirle cuentas —comentó Alicia con frialdad. —Es mi secretaria. Debe saber a dónde voy durante el horario laboral. Alicia asintió lentamente, con los brazos cruzados bajo el pecho. —Ella debe saber muchos de tus secretos, ¿verdad? —No tengo secretos importantes. —Pero es demasiado bonita para ser solo tu secretaria —respondió Alicia sin expresión—. Tal vez debería ofrecerle ser modelo. Víctor soltó una carcajada. —¿Estás celosa? ¿Celosa? Alicia ni siquiera amaba a Víctor. —Solo estoy siendo precavida —contestó. —Si tuvieras una aventura con tu secretaria, mi reputación quedaría arruinada. —¿Por qué piensas tan lejos? —Porque mi padre engañó a mi madre con su secretaria —dijo Alicia con naturalidad—. Experiencia personal. Cuando estaba a punto de subir al coche, su atención se desvió hacia un niño que lloraba en el sótano. Alicia se acercó de inmediato, lo que hizo que Víctor frunciera el ceño. —¿A dónde vas, cariño? —preguntó. El llanto se volvió más claro al acercarse. —¡Quiero jugar con papá! —se quejaba el niño—. ¡No quiero irme! —Pero papá está trabajando, cariño —respondió una mujer. Alicia se arrodilló frente al niño, de unos siete años. —Oye, ¿por qué lloras? La madre se acercó. —Su padre teme que estemos demasiado tiempo aquí. Tiene miedo de que su jefe lo regañe por estar en horario laboral. Alicia se puso de pie. —Vaya a ver a su esposo. Le aseguro que no habrá ningún problema. Esta es la empresa de mi marido. La mujer se quedó sorprendida, luego asintió con rapidez. —¡Gracias, tía! —exclamó el niño, despidiéndose con la mano. Alicia le devolvió el gesto, pero cuando la espalda del niño desapareció de su vista, su sonrisa se desvaneció. —No imaginé que te importaran tanto los niños —comentó Víctor. —Se parece a Daniel —respondió Alicia en voz baja—. A esa edad, Daniel siempre quería estar con su padre. Si aún estuviera vivo… —¿Quién es Daniel? —preguntó Víctor con curiosidad. Alicia lo miró durante largo rato, con una expresión difícil de descifrar. —¿Y si te dijera que ya tuve un hijo antes?El coche avanzó en un silencio espeso. Alicia miraba fijamente al frente, con ambas manos cruzadas sobre el regazo. Su mandíbula estaba tensa desde que salieron del edificio de oficinas.Y Victor lo había notado desde hacía rato. En cuanto el coche se detuvo en el patio de su imponente residencia, Alicia bajó primero sin esperar a que Victor le abriera la puerta.—Quiero que hablemos —dijo en cuanto Victor la siguió hasta la sala principal.Victor se quitó el saco con un gesto relajado.—Siempre hablamos, Alicia.—¡Esto es más importante!Victor la miró unos segundos antes de asentir lentamente.—Bien, ¿sobre qué?Sin responder, Alicia tomó su bolso y sacó una fotografía ligeramente doblada.Victor miró la foto; sus ojos se detuvieron en Patricia, en él mismo siendo aún un adolescente, y en otro hombre joven.El rostro de Victor permaneció sereno.—¿Quién es él? —preguntó Alicia con voz fría.—¿Y qué relación tienes con él?Victor se sentó despacio en el sofá, tomó la foto, la observó
—¡Tómame de la mano!El tono de voz de Victor era plano, casi sin emoción.Alicia giró la cabeza con rapidez.—No hace falta, podemos caminar como de costumbre.Victor no respondió. Su mano ya había alcanzado la palma de Alicia, sujetándola con fuerza sin importarle nada más.—Para que parezcamos una pareja romántica —dijo en voz baja, sin mirarla.Alicia resopló con molestia, pero aun así caminó a su lado. Llegaron a la sede central de la mayor industria del país.El logo de De León Corporation se exhibía enorme allí; sus pasos se convirtieron de inmediato en el centro de atención.Se escucharon murmullos. Las miradas se dirigieron a Alicia, algunas de admiración, otras de curiosidad. Victor lo notó y, en cambio, apretó la mano de Alicia con más fuerza, como si quisiera dejar claro que aquella mujer le pertenecía.—No me siento cómoda —murmuró Alicia.—Te acostumbrarás —respondió Victor con brevedad.Entraron en el ascensor privado que los llevó directamente al último piso. En cuanto
—¡ALICIA! ¿Qué estás haciendo con él? —gritó Víctor mientras se acercaba a ellos.Alicia se separó de inmediato del abrazo de Oscar. Su cuerpo se tensó, el aliento se le quedó atrapado en la garganta. Oscar se dio la vuelta lentamente y miró a Víctor, que estaba a unos pasos de ellos, con el traje de trabajo aún impecable y una expresión imposible de ignorar.—¿Víctor? ¿Has vuelto? —Alicia se sorprendió. Se suponía que el hombre ya se había ido.Víctor no miró a Alicia su mirada estaba fija en Oscar.—¿Qué estás haciendo con mi esposa?Oscar dio medio paso al frente.—Solo vine a hablar —respondió.—¿Hablar? —Víctor sonrió levemente—. ¿Abrazándola?—No es lo que estás pensando —intervino Alicia.Por fin Víctor se volvió hacia ella. Sus miradas se encontraron.—Entonces, ¿qué se supone que debo pensar? —preguntó Víctor en voz baja.Oscar apretó los puños.—No tengo intención de causar problemas.—Los causaste hace cinco años, y curiosamente siempre regresas —replicó Víctor.Alicia giró
La mesa del comedor era demasiado grande para dos personas que ya no se dirigían la palabra. La mañana llegó rápido la luz del sol se filtró por los altos ventanales de la mansión. El aroma del café caliente y del pan tostado llenaba el aire, pero ninguno lograba disipar el frío que se había instalado entre Alicia y Víctor. Desde el incidente de la noche anterior, Alicia se había encerrado sola en su habitación, sin permitir siquiera que Víctor entrara. ¡No sabía dónde había dormido ese hombre esa noche! Alicia estaba sentada en la silla del comedor con la mirada vacía, fija en el plato frente a ella la cuchara en su mano se movía despacio, casi sin hacer ruido. No había dicho una sola palabra desde hacía rato. Víctor la observaba desde el otro lado de la mesa; no parecía enfadado. Por primera vez desde que se habían casado, el rostro del hombre mostraba algo parecido al arrepentimiento, o tal vez la conciencia de haber hecho algo mal. —No has tocado la comida desde hac
—¡Victor! ¿A dónde quieres llevarme? —Alicia intentó soltarse, su voz quebrándose mientras sus pasos se desordenaban.Pero siempre fracasaba, El agarre de Victor no era solo fuerte, era decidido, como si ya no existiera posibilidad de retroceder. Sus dedos se cerraban alrededor de su brazo con una firmeza que no dejaba espacio para la duda.Estás loco.Esa fue la frase que Alicia había lanzado segundos antes, impulsada por el miedo y la rabia. Ahora, mientras Victor la arrastraba por el pasillo lateral de la mansión.comprendió que quizá esas palabras habían encendido algo que nunca debió provocar.El miedo dentro de Alicia se extendió de inmediato por todo su cuerpo. Realmente era incapaz de predecir las emociones de Victor.El trayecto terminó frente a un edificio antiguo, situado en la parte más trasera de la propiedad. Un almacén olvidado, cubierto de polvo y sombras, casi oculto entre muros de concreto envejecidos. La pesada puerta de hierro se abrió con un chirrido áspero, como
La luz del sol entraba a través de las rendijas de las ventanas del dormitorio, cuyas cortinas ya estaban abiertas. Allí, Alicia se veía arreglada con un vestido sencillo de color rosado.Parecía la Alicia de antes, una mujer con vida, una agenda apretada y objetivos claros.Apenas había tomado su bolso cuando Victor apareció por detrás.—¿A dónde vas? —dijo con voz tranquila y plana.Alicia se giró. Victor estaba de pie con una camisa negra abotonada pulcramente. Su mirada recorría a Alicia de la cabeza a los pies, no como un esposo que admira, sino como alguien que está evaluando algo.—Quiero ver a Raquel —respondió Alicia de manera breve.Victor asintió despacio, luego dio un paso hacia ella. Tocó suavemente ambos brazos de Alicia.—Cámbiate de ropa, cariño —dijo.Alicia frunció el ceño.—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo mi vestido?Alicia miró el vestido sencillo que llevaba puesto. Su apariencia era normal, entonces ¿por qué Victor le pedía que se cambiara?—No me gusta que uses un







