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Propuesta del Alfa

Author: Zabel
last update publish date: 2025-08-24 01:00:05

—Podremos darla a una casa de bajo rango. Su madrastra le agarra la cintura, bajando las manos por la cadera.

La habitación exhibía a una mujer desnuda con cabello rubio ondulado que penetra en su mirada la puerta de madera negra que guarda sus más íntimas pesadillas.

Tras cumplir la edad adecuada para casarse, la familia real había tomado la decisión de que aquella princesa, por sus orígenes, debía casarse con un lord de bajo nivel.

La reina acarició su cabello y la tomó de las mejillas, observando sus ojos con desdén.

—Sabrás de antemano que Lord Iván desea su tercera camada, y cada una está conformada por cinco cachorros. Por lo que no es de extrañar que le des cinco hijos a la dinastía Karme y a la dinastía de los egipcios. Escoge buenos nombres.

Nysa bajó la mirada con incertidumbre tras el nombre.

—¿Qué tipo de noble dice ser egipcio y tener un hombre tan común como Iván?

La reina se detuvo en seco en su pecho; con las manos en sus pezones, pellizcó la punta de ambos. Su queja se vio reflejada en un pequeño grito que se vivió agobiado por una cachetada.

—Agradece que mínimo te quieren como esposa; si fuera por mí, le habría ordenado a tu hermano que te asesinara.

Nysa, con la esclerótica brillando por la presidencia de unas lágrimas, calló, apretando sus labios, para no permitir que la viesen llorar; sobre su cuerpo, sus damas dejaron caer una bata de seda translúcida.

—Quiero que investigues quién será tu futuro esposo para que no vuelvas a cometer tales insolencias.

—S-sí, su majestad —un sollozo se escapó de sus labios.

—Y no llores, detesto oírte. —Se dio la vuelta; el vestido que se ajustaba a su torso dejaba ver una parte del grosor de su cuerpo, cuya falda baja en una grande y esponjosa; los diamantes incrustados le dan vida a su riqueza.

Detrás de ella, dos de sus damas la siguen vestidas con un vestido blanco victoriano; sus cabezas son adornadas por tiaras de plata y, al igual que la reina, tienen una contextura gruesa.

Las damas de la princesa tienen prohibido verla, por lo que sus ojos están cubiertos por vendas traslúcidas, las cuales mantienen sus ojos cerrados —se cree que la mirada de un esclavo podría transformar una hermosa flor en algo profano—. Solo una ignora la regla y es la nana de la princesa.

La principal ayudante de su alteza y una de las mujeres más importantes de su crianza.

Ella era el reflejo del comportamiento de la princesa. La mujer se acerca a ella, bajándola del podio; con ayuda de su fuerza e inclinándose con respeto, da dos pasos hacia atrás.

—Le recuerdo su clase de las tres y la reunión con su padre a las seis. —Su nana, aún con la cabeza gacha, resalta en el brillo de un tocado dorado sobre su cabello; tiene las manos a la altura de su cadera.

—Gracias por recordármelo.

Junto a sus damas, recorrió los pasillos de aquel palacio. Como princesa ilegítima, su padre, el Alfa Carter II, escogió a su único hijo varón como Alfa de Klar; de esa manera, le habría dado fin a la tradición impuesta por La Luna sobre su familia.

Los Karme habían posicionado su puesto como una de las familias más viejas del mundo, siguiendo así por más de tres milenios. La maldición que la Luna implantó sobre ellos fue la de la tenacidad.

Cada hijo debía pelear por su derecho al trono y, de no hacerlo, sufriría una muerte lenta desde muy joven.

Carter, tras negarse a los designios, comprendió que la voluntad de la Luna dependía de cada portador del trono, por lo que la desobediencia ante una vieja leyenda y la prosperidad de un reino nunca cobró factura sobre él o su generación, por lo que se llamó a sí mismo: Carter, el dios en la tierra.

Nysa, la única princesa de los Karme, estaba siendo educada para convertirse en esposa, solo que nunca imaginó que aquel hombre que decía ser egipcio y tener nombre común... Tendría la edad de su padre.

Tras entrar a los aposentos de su alteza. Las paredes de su habitación, blancas en base pero pintadas con diseños ostentosos, combinaban con los muebles donde las repisas cargaban muñecas blancas hechas de porcelana como otras de algodón o lana. La araña de su habitación se iluminaba con la llama de las hadas —criaturas cuya energía se debe a la luz solar—; a su alrededor, se dibujan en oro las constelaciones de cada uno de los creadores del mundo.

Los colores eran la imagen de su alma; describían su inocencia y pureza.

Fue dirigida al baño y desvestida cerca de la bañera; sobre el agua recaen pétalos de rosa, tulipanes, espuma, lociones y las mejores cremas en un estante blanco.

El agua perfumada se extiende entre cortinas de humo, ocultando como puede con su niebla el cuerpo de la princesa; su nana permanece a su lado, con una esponja en mano. Restregando su piel.

—Las cicatrices están sanando como deberían. ¿Hace cuánto no te pega?

—Hace un mes, es mi mejor puntaje —comentó aburrida.

—Es un avance, su alteza, significa que se ha educado de manera correcta.

—Nana, dime una cosa. —Apartó su brazo de su agarre, volviéndolo a la tina blanca, observó la espuma y algunos pétalos flotantes. —¿Perder la virginidad duele?

—¿Pero qué cosas dices? —metió su mano en el agua, sacando el brazo de la princesa y entregando con fuerza—. Eso no se pregunta, menos una dama.

—Pero ¿qué tiene de malo que una dama pregunte lo que tiene que saber? —La mujer frenó el frote de la esponja sobre su piel en seco.

Dirigió su mirada hacia ella en un gesto donde su ceño fruncido, el entrecejo arrugado y los ojos abiertos por completo le indicaron que no debía hablar.

Ya había pasado antes; por lo general, aquello que ella definía como relación sexual convenía con todo menos la satisfacción de la mujer, pues había escuchado a algunas de las lonas conversar acerca de que sus esposos no las satisfacían.

Buscando otros métodos sexuales, como masturbarse.

—Como ya es costumbre en Klar, me temo que tu estadía en este palacio debe derivar de unas semanas, por lo que tendrás tiempo de seguir los consejos de la reina.

—Tiene la edad de mi padre.

—Y es un gran candidato político, si sabes a qué me refiero.

«Por la cantidad de hijos que tiene, se dice que los ha casado con familias adineradas, por lo que tampoco es un lord de clase baja como se piensa»

—Sí, sí sé.

—Perfecto, ahora solo tenemos que… —Las palabras de su nana quedaron, se cortaron.

Su mente estaba saturando todos aquellos comentarios que salían de la boca de la mujer; observó el agua turbia, pensando en aquel que debía desposar.

Si bien sabía que aquel día llegaría, esperaba casarse con un príncipe de otra nación, y no con un hombre mayor.

Más allá de su desdichada infancia y su mal nacida sangre, lo menos que podría esperar era la muerte.

—Querida, por favor, levántate —pidió la mujer.

Al elevarse, su cuerpo escurre el agua, alejando las flores; con ayuda de la mujer, bajó de la tina de mármol blanco; sus pies se posan en un tapete rosa claro acolchado, donde el agua que pasa por su cuero es secada por una toalla seca.

Su nana limpia cada extremo de su piel; pasando con la yema de su dedo, un pequeño toque le certifica que su piel está lista para las cremas.

«Siempre que tiene la oportunidad hace esto».

Entre tarareos se dirige a un estante en el cual guarda todas sus cremas, escogiendo dos, una con olor a coco y otra rosada que olía a fresas.

Al igual que su habitación, todos sus vestidos estaban inundados por los colores blanco y rosa.

Lo que la hacía ver a los ojos inocentes de las personas como un ángel encarnado. En los siguientes minutos fue vestida y arreglada para recibir aquellas clases que marcaban sus muñecas.

Por las cicatrices, se acostumbra a lucir vestidos con mangas largas que cubrieran sus imperfecciones; llamadas así por su hermano, madrastra e incluso su padre.

Ella, como cada jueves a las tres de la tarde, esperaba a su maestro sentada con las manos en los muslos, la mirada firme en dirección a una ventana. El reluciente sol solo abrigó sus ganas de volver a salir.

Los pendientes largos en sus oídos atrajeron con su paso un rayo débil de luz, el cual se reflejó en su brillo.

El tapiz verde sobre la pared, como la alfombra roja sobre el suelo de la entrada, le dieron la bienvenida al maestro privado de la princesa, cuyas manos cargaban una inexplicable cantidad de libros gruesos.

Los dejo a un lado del mapa de la manada, sobre una mesa de roble rojo tallada a mano; el estruendo y el desorden se reflejaron en su vestir —una túnica blanca con bordado sueco negro—; organizo su atuendo al igual que su joyería. Dirigiendo su cuerpo pocos minutos después a la princesa.

—Buen día, su alteza, ¿cómo se encuentra el día de hoy? —hizo una reverencia.

—Muy bien y con gran emoción por aprender —confesó.

—Me alegra mucho que lo mencione; últimamente la veo más concentrada.

—Gracias —la frialdad fue notoria.

El maestro asiente con la cabeza, vuelve a los libros, dejando uno sobre el escritorio, abriéndolo sobre la mitad, en el cual recae un mapa.

—Asumo que leyó por completo el libro que le dejé, así que, ¿podría decirme qué región es esta? —indicó.

—Claro, es el imperio de Otrack.

—Correcto, ¿y podrías decirme qué es lo que hace tan famoso a este imperio?

—Las masacres del regente contra sus familiares, la demencia de los nacidos en el imperio y los secuestros a mujeres de la nación.

Él negó con la cabeza.

—Brazo —dijo.

Ella cerró los ojos, extendió su brazo recogiendo la manga de su vestido, dejando a la vista sus cicatrices.

A los hijos de los nobles no los podían reprender de esa manera, pero ella no correspondía a esa norma; solo era la hija del alfa, mas no de la reina.

Tras efectuar el golpe, un sonido en seco. retumbó en la habitación.

—Una princesa jamás cierra los ojos; la pueden atacar por la espalda.

—Pero me dolió…

—El dolor es parte de la vida, su alteza. Aprenda a vivir con él —recomendó su maestro.

Sus ojos ardieron, tenía ganas de llorar, pero si lo demostraba, el castigo sería peor.

—Continuemos, y espero que esta vez no se equivoque. —Le dio la espalda a la princesa, observando la ventana. —Diríjase a la página ciento cuarenta y lea el primer párrafo en lenguaje antiguo.

Busco la página indicada, elevo una mano al cielo recitando el primer párrafo de su libro como se lo había indicado su maestro; su brazo temblaba por los golpes, pero debía soportarlos.

Al final se equivocó, y los errores deben ser corregidos. De lo contrario, jamás aprendería de ellos. Recibiendo otros dos golpes en la muñeca con una regla de hierro.

Sus clases terminaron tan pronto se anunció el atardecer, por lo que aquella cita con su padre era de las pocas veces que el alfa compartía una cena con su familia.

Carter II bebía una copa de vino sin dejar de ver a su bastardo.

Entre todos, el cabello de Nysa resalta con el sol; la veía como un error del cual no se pudo deshacer, aunque sí podía arreglar.

—Sabes que era una princesa bastarda, ¿verdad, Nysa? —bajó la copa, dejándola a un lado del plato.

Ella se detuvo en seco.

—Encontrarte marido fue complicado, ¿lo entiendes? —con cuchillo y tenedor cortar el filete que tenía en frente.

La reina interrumpe.

—Pensé en varios candidatos, pero ninguna casa de buen nombre se quiso casar contigo —mintió.

Carter levantó la mirada a su esposa con una sonrisa.

—Ves, tu madrastra te quiere. —La ironía en su voz ya la distinguía.

—Por supuesto, te quiero… lejos de mi vista.

Todos en la mesa ríen, menos Nysa, quien baja la mirada. No era la primera vez que se metían con su físico o su sangre.

—Tu humor está tan muerto como tu madre —declara su hermanastro.

«Mi madre»

Su mal comentario no le permitió levantar la cabeza; estaba aburrida, cansada de todos ellos, de sus comentarios de mal gusto.

Las comidas eran mejores a solas, en su preferencia en su habitación; sin embargo, se puede considerar un acto de mal gusto, una falta invaluable de respeto.

—Su majestad, ¿no cree que deberíamos invitar a Lord Iván al palacio? —La reina levantó la mirada a su esposo.

—No, no puedo asimilar que el único que aceptó a mi bastardo haya sido un noble de bajo rango.

—¿Qué esperaba, majestad? ¿Un príncipe? —Gray tomó la copa de vino y la bebió, luego la dejó en su lugar—. Deberíamos agradecer que al menos un hombre desea desposar a un plebeyo.

Carter observó a su hijo con el ceño fruncido.

—¿Te pedí que hablaras? —inquirió.

—No, señor.

—Perfecto, no lo hagas. —Su mirada se posó en su hija—. Nysa, come —ordenó.

—Sí, su majestad.

Volvieron a retomar la cena, encargándose de que el silencio fuera interrumpido por el movimiento de los cubiertos.

Solo así ella se concentró en otra cosa que no fuera su maldita familia.

«Debería deshonrarlos. Debería humillarlos ante la corte».

Mantuvo la compostura durante la cena; quería seguir así, mantenerse firme ante los malos comentarios.

Ya estaba acostumbrada a sus palabras; llegaban a ser tan repetitivas que nunca pensaban en algo nuevo.

El salón comedor, uno de los sitios más populares del palacio por tener varios encuentros sexuales encima, había manchado en más de una ocasión el mantel blanco con la sangre de las concubinas vírgenes de su padre.

Aún le parecía increíble que aquel alfa le permitiera comer a su familia en lo que ella llamaba cámara del concubinato.

No se podría imaginar una vida peor a esa, por lo que, una vez terminó la cena y las hadas que decoraban su habitación rosa se apagaran con dos aplausos para anunciar su descenso al sueño. Nysa se dirigió con una libreta a la ventana de su cuarto.

La luna, reluciente en su esplendor, fue testigo de las palabras de la princesa.

—Mi única plegaria para ti es que me permitas morir después de sentir el calor de un hombre y la humillación de una familia.

Como era natural en la época, las mujeres vírgenes eran valoradas y subastadas a las cortes para precipitar un valor digno para ellas, pero Nysa sabía que a ella no la habían escogido, tampoco la habían subastado.

La regalaron a un hombre que la quería solo por título y descendencia.

Más allá de la humillación que significaba perder la virginidad delante del ojo público, en Klar, se asociaba a la mujer como impura y se llevaba a la hoguera o a la guillotina.

Si no pasaba a la historia como reina, lo haría como una princesa impura.

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