LOGINEl coche frenó en seco frente a urgencias.
Julián bajó con Isabella en brazos, gritando antes de cruzar las puertas.
—¡Ayuda! ¡Está sangrando, está de parto, ayúdenme!
Dos enfermeras aparecieron con una camilla. La recostaron mientras Isabella gemía, con las dos manos aferradas al vientre.
—Señora, ¿de cuánto está? —preguntó una.
—Casi a t&
Adrián llegó a la casa de piedra un par de horas antes de lo habitual. Dejó las llaves sobre la mesa de la entrada y escuchó la voz cantarina de la signora Bianchi viniendo desde la cocina, mezclada con los balbuceos de Chiara.Elena no estaba. Había conducido hasta el aeropuerto de Florencia para recoger a Marco.Adrián caminó por el pasillo hacia su habitación, pero al pasar frente al estudio de pintura de Elena, recordó que necesitaba un cargador para su teléfono. Entró a la habitación iluminada por los grandes ventanales.Buscó en los cajones del escritorio. Al agacharse, notó un lienzo mediano apoyado contra la pared, con la tela del revés, escondido detrás de una pila de cajas vacías. La curiosidad lo hizo estirar el brazo. Lo tomó por el marco de madera y lo volteó.Adrián se quedó quieto.Era un retrato de Julián Vancroft. Estaba dormido, con el rostro relajado sobre una almohada blanca y el cabello revuelto. Los trazos revelaban una intimidad innegable, pintados con una delic
Damián cerró las dobles puertas a sus espaldas de un golpe. Su respiración era agitada.—Sal de mi silla, Julián —exigió Damián, avanzando hacia el escritorio con pasos largos—. Y lárgate de mi empresa antes de que llame a seguridad para que te saquen a rastras.Julián no se inmutó. No hizo ni un solo ademán de levantarse.—Llama a seguridad si quieres —respondió Julián con voz calmada, apoyando los antebrazos sobre el cristal—. Pero antes deberías revisar quién firma tus cheques ahora.Deslizó una carpeta gris por la superficie del escritorio hasta dejarla al borde. Damián se detuvo. Miró el cartón, dudó un segundo y lo abrió.Sus ojos recorrieron los registros financieros de inmediato. Palideció.—¿Tú? —murmuró Damián.—Yo —confirmó Julián—. He utilizado testaferros y he colocado a alguien de mi entera confianza en tu junta directiva. Un topo que responde únicamente a mis órdenes. Ahora poseo un bloque de veto en la alianza Roswald-Vietti. Soy tu socio mayoritario en las sombras.—E
Una semana después, el timbre sonó en el pasillo de un edificio residencial en Barcelona.La puerta se abrió. Isabella se quedó parada en el umbral, apoyando una mano en el marco. Llevaba un vestido de diseñador, pero el entorno la delataba; el apartamento era cómodo, pero estaba a años luz de los apartamentos exclusivos a los que estaba acostumbrada. Tenía una expresión de amargura en el rostro.—Vaya —soltó Isabella, cruzándose de brazos y levantando la barbilla—. Vi las noticias. Así que ya no eres una Vancroft. ¿Vienes a buscar consuelo o a presumir que por fin te quitaron el apellido?Elena no alteró su expresión. La provocación no surtió ningún efecto.—Vengo a hacer negocios, Isabella. Permíteme pasar.Isabella dudó un segundo, pero se hizo a un lado. Elena caminó hasta el salón, sacó una carpeta de su maletín y la dejó sobre la mesa de cristal.—No tengo tiempo para juegos, Elena. ¿Qué es eso?—Tu billete de regreso a la vida que perdiste —respondió Elena, tomando asiento en e
El reporte mensual emitido desde Barcelona descansaba abierto sobre el escritorio. Julián lo hojeaba con el ceño fruncido, apretando la mandíbula al leer las notas del trabajador social.Elena se detuvo en el umbral del despacho. Había pasado los últimos días evitándolo, manteniendo una distancia prudencial impuesta por su propia culpa, pero la expresión de frustración en el rostro de Julián la hizo cambiar de idea. Hizo a un lado la incomodidad, entró en la habitación y tomó asiento en la silla frente a él.—¿Qué dice el informe? —preguntó ella directo al grano.Julián soltó las hojas sobre la madera con pesadez.—Isabella está aislando a Marco cada vez más. No permite que las niñeras lo saquen del apartamento ni para ir al parque. Reacciona con agresividad ante cualquier intento de socialización del niño. Lo está convirtiendo en un prisionero de su propia amargura.Elena cruzó las piernas y se inclinó hacia adelante.—Estamos abordando el problema desde el ángulo equivocado, Julián.
El reloj digital del microondas marcaba la una y cuarenta y cinco de la madrugada.Sofía estaba sentada en el sofá de su apartamento, con las rodillas recogidas contra el pecho y el teléfono iluminándole la cara en medio de la oscuridad. La pantalla mostraba el chat vacío de Adrián.Llevaba horas intentando dormir. Había dado vueltas en la cama, se había levantado a beber agua, había encendido la televisión y la había vuelto a apagar. Su mente se negaba a darle una tregua. La escena de la tarde en la zanja se repetía en su cabeza en un bucle constante.Recordaba la firmeza del brazo de él rodeándole la cintura. La presión de sus dedos contra sus costillas. El calor de su pecho a través de la tela de la camisa. Y, sobre todo, la intensidad de su mirada. Adrián la había mirado con una urgencia cruda, despojándola de la etiqueta de hermana pequeña de Mateo en un solo segundo.Y ella le había devuelto la mirada con la misma intensidad. Lo deseaba. Reconocerlo en la soledad de su sala le r
El crujido de la grava bajo sus zapatos era el único sonido en la oscuridad. Julián caminaba hacia la villa con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, pero la temperatura de la madrugada no lograba apagar el calor que le quemaba la sangre.La imagen de Elena en la cocina seguía incrustada en su mente. La respiración de ella, la mirada fija, la cercanía insoportable. Había estado a punto de cruzar la línea. A punto de destrozarlo todo. El sonido del motor de la camioneta de Adrián había sido un golpe directo en la mandíbula, despertándolo de un espejismo peligroso y devolviéndolo a la realidad de golpe.Entró a la villa y cerró la pesada puerta de madera a sus espaldas. El silencio de la casa enorme lo recibió de inmediato. Caminó hasta el bar del salón principal, sirvió dos dedos de whisky en un vaso de cristal y dio un trago largo, dejando que el ardor del alcohol le bajara por la garganta.Con el vaso en la mano, caminó por el pasillo central y se detuvo frente a la galerí







