LOGINLa puerta de la habitación número 308 se cerró con un golpe. Adrián soltó la maleta de cuero sobre la alfombra gris del hotel y se quedó de pie en medio del pasillo estrecho, rodeado por el silencio.Había recogido sus cosas del apartamento de Mateo en menos de veinte minutos. No hubo más gritos ni despedidas. Mateo se encerró en su cuarto y Adrián salió por la puerta principal cargando exactamente el mismo equipaje con el que había llegado semanas atrás.Se acercó a la cama, se sentó en el borde del colchón y miró su maleta cerrada.Durante años se había sentido orgulloso de su estilo de vida. Solía decirle a todo el mundo que viajaba con una maleta ligera, siempre listo para empacar e irse en cuanto las cosas se complicaban. Antes de intentar formar una familia con Elena, esa era su filosofía de supervivencia. Y cuando su relación con ella se rompió, creyó que volver a ese desapego absoluto lo haría invencible.Ahora, mirando las paredes vacías de otro cuarto de hotel, comprendió la
La pregunta de Mateo lo alcanzó antes de que pudiera darle otro trago a la cerveza.Adrián bajó el brazo despacio. El vidrio de la botella chocó contra la madera de la mesa de centro al soltarla. No iba a mentirle. Nunca le había mentido a Mateo. Conocía a su amigo lo suficiente para saber que cualquier excusa o evasiva solo empeoraría la situación. Se puso de pie para enfrentarlo cara a cara.—Sí.La confirmación salió de su boca en un tono bajo, pero firme.Mateo se levantó de un salto. Pateó la mesa de centro con la bota de trabajo. La madera crujió contra el piso, las botellas de cerveza se volcaron y el líquido ámbar comenzó a derramarse, empapando el tejido de la alfombra.Adrián retrocedió un paso para darle espacio.—Eres un imbécil —escupió Mateo. Avanzó hacia él y lo empujó por los hombros con ambas manos.Adrián tropezó hacia atrás, chocando contra el borde del sofá. No levantó los brazos para defenderse. Aceptó el impacto.—Mateo, escúchame —pidió Adrián.—¿Escuchar qué? —
El trayecto desde la obra hasta el edificio donde vivía Mateo fue un tramo en blanco en la memoria de Adrián. Manejó por las calles de la ciudad en piloto automático, con las manos apretando el volante de cuero.La imagen de Sofía levantando los brazos, peinándose el cabello hacia atrás y ajustando esa liga negra con firmeza, se repetía en su cabeza como un disco rayado.Había creído que tener el control de las reglas lo mantendría a salvo. Se había convencido a sí mismo de que jugar al hombre frío, al tipo que toma lo que quiere sin entregar nada a cambio, era la armadura perfecta contra el dolor. Sin embargo, al verla salir por la puerta del tráiler, dándole la espalda sin una sola lágrima y con la dignidad intacta, la armadura se hizo pedazos.No había ganado nada. La cena de anoche con Lorena no alimentó su ego ni curó sus heridas; solo le demostró lo vacío que estaba por dentro. Y, en el proceso de intentar protegerse de traiciones futuras, acababa de humillar y alejar a la única
Sofía estaba de pie junto a los cimientos del ala norte, sosteniendo un termo de café que ya se había enfriado. No había pegado un ojo en toda la noche. Las palabras de Adrián rebotaban en su mente, repitiendo la misma advertencia fría y cruda.El sonido de un motor potente interrumpió la rutina de los camiones de carga. Sofía giró la cabeza.Un auto deportivo negro, completamente fuera de lugar entre la grava y la tierra, se detuvo a pocos metros de las oficinas móviles. Sofía se quedó quieta. No necesitaba haberlo visto antes para saber de quién se trataba.La puerta del copiloto se abrió y Adrián bajó. Llevaba la misma ropa de la tarde anterior. Antes de que pudiera cerrar la puerta, Lorena bajó el cristal de la ventanilla, lo llamó por su nombre y se inclinó hacia adelante. Adrián se acercó al auto y la besó en la boca. Fue un beso directo, una despedida clara entre dos personas que acababan de pasar la noche juntas.Lorena arrancó el vehículo y desapareció por el camino de tierra
El ruido de la cortadora de metal resonaba a lo lejos, pero dentro del tráiler de la oficina principal, el ambiente era silencioso y frío. Adrián estaba sentado frente a su escritorio, revisando una pila de facturas de los proveedores de acero, cuando el pomo de la puerta giró.No levantó la vista de inmediato, asumiendo que era Mateo buscando las firmas de autorización para el vaciado de cemento de la tarde.—Hola, Adrián. Ha pasado mucho tiempo.La voz femenina lo obligó a soltar el bolígrafo. Adrián levantó la mirada y la sorpresa le dio un golpe bruscoen el pecho durante una fracción de segundo, antes de que su máscara de indiferencia se instalara en su rostro.De pie en el centro de la oficina, envuelta en un aura de perfume costoso que bloqueó el olor a polvo y concreto del lugar, estaba Lorena.Los años la habían refina
El sol del mediodía golpeaba con fuerza sobre los terrenos de la construcción. Sofía caminaba a paso rápido por la zona de tierra compactada, esquivando a un par de obreros que transportaban varillas de acero. Llevaba una carpeta de plástico bajo el brazo y el casco amarillo ajustado sobre la cabeza.Necesitaba las firmas de aprobación para los planos eléctricos del ala norte.Las últimas cuarenta y ocho horas habían sido un infierno de tensión para ella. Desde que vio a Adrián coqueteando con Mónica frente a la camioneta de reparto, el estómago se le cerraba cada vez que lo tenía cerca. Habían vuelto a acostarse la noche anterior en el apartamento de Mateo, bajo el amparo de la oscuridad y el silencio, pero la dinámica había cambiado. Sofía intentó buscar más cercanía, un beso más largo, un roce después del cl







