LOGINOLIVIA
—Quiero tenerte para mí —había confesado Noah.
La canción ya había terminado, pero yo seguía en la pista, observándolo alejarse hacia su padre.
Había conseguido algo peor que amenazarme: obligarme a admitir con mi silencio que todavía recordaba el beso de Madrid. Me aparté antes de que alguien notara mi desconcierto y encontré a William discutiendo con Diana cerca del estrado.
—Noah acaba de bajar de un avión —protestaba Diana, sosteniendo su copa con fuerza—. Podrías permitirle respirar antes de convertir su regreso en otra de tus estrategias publicitarias.
—Esta celebración estaba organizada desde hace semanas —replicó William con impaciencia.
—Precisamente —insistió ella—. Organizaste una celebración para un hombre sin preguntarle si quería ser celebrado.
William endureció la mirada.
—Sigue siendo mi hijo.
—Ese nunca fue el problema —respondió Diana con frialdad.
Ella notó mi presencia y dejó la discusión.
—Aquí está la mujer de la noche —comentó Diana, alzando su copa hacia mí.
William extendió una mano.
—Te estaba buscando, Olivia.
Me acerqué con cautela.
—¿Ocurre algo?
—Nada que deba preocuparte —aseguró William.
Diana soltó una risa seca.
—Esa es la frase favorita de William justo antes de hacer algo que debería preocuparte.
—No le hagas caso —indicó él mientras me colocaba una mano sobre la espalda—. Bebió demasiado champán durante la cena.
—Y tú no has bebido lo suficiente —replicó Diana antes de alejarse.
William observó a su exesposa durante unos segundos. Después volvió a mirarme.
—¿Qué quería Noah? —preguntó.
La pregunta me puso en alerta.
—¿A qué te refieres?
—Bailó contigo.
—Es una fiesta, William —respondí, procurando sonar despreocupada—. Las personas suelen bailar en las fiestas.
—Mi hijo no suele hacer nada por simple cortesía —señaló él.
—Solo quería saber cómo habían marchado las cosas durante su ausencia.
La mentira salió con una facilidad que me avergonzó.
William pareció aceptar la explicación.
—Quizá Europa consiguió enseñarle algunos modales.
Me guio hacia el estrado justo cuando las luces comenzaron a atenuarse.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
—Confía en mí —respondió William con una sonrisa.
Me detuve antes de subir el primer escalón.
—William, ¿qué estás haciendo?
En lugar de responder, tomó el micrófono.
—Queridos amigos, familiares y socios —comenzó William—, gracias por acompañarnos esta noche. Como todos saben, esta celebración marca el regreso de mi hijo después de tres años en Europa.
Los invitados aplaudieron. Noah permanecía al fondo del salón, con una copa intacta en la mano.
—Sin embargo, Noah no es la única razón por la que los reuní aquí —continuó William.
Después extendió una mano hacia mí.
—Olivia, ven conmigo.
Mi corazón se aceleró. Durante siete años habíamos hablado del matrimonio, pero William siempre esperaba el momento perfecto. Caminé hacia él bajo las luces y me obligué a ignorar los ojos verdes que me observaban desde la penumbra.
—Cuando Olivia llegó a mi vida, yo creía que lo tenía todo —declaró William ante los invitados—. Había construido un imperio, conquistado cada meta y conseguido más de lo que alguna vez imaginé. Pero ella convirtió mis éxitos en algo que valía la pena compartir.
Quise escuchar únicamente al hombre que amaba.
—Olivia dejó atrás una carrera extraordinaria para construir una vida conmigo —continuó William—. Ha permanecido a mi lado durante los años más exigentes de mi carrera y ha convertido esta casa en un hogar. Esta noche quiero darle, delante de todos, la promesa que merece.
William se arrodilló y abrió una caja de terciopelo. El diamante atrapó la luz de las cámaras.
—Olivia Whitmore —preguntó con una sonrisa segura—, ¿quieres casarte conmigo?
Había esperado aquella pregunta durante años. Sin embargo, antes de responder, busqué a Noah entre la multitud.
Él no sonreía ni intentaba detenerme. Solo esperaba.
—Sí —respondí finalmente mientras volvía a mirar a William—. Me casaré contigo.
El salón estalló en aplausos. William colocó el anillo en mi dedo, se levantó y me besó. Su boca era conocida, cálida y segura, pero mi cuerpo ya había comenzado a distinguir entre seguridad y deseo.
William se separó sin soltar mi cintura.
—Tengo otra sorpresa —anunció.
Lo miré, desconcertada.
—¿Otra?
—No pienso hacerte esperar más —explicó él—. He organizado todo para que la boda se celebre dentro de diez días.
—¿Diez días? —repetí, incapaz de disimular la sorpresa.
—El lugar, los diseñadores y la lista de invitados están preparados —aseguró William—. No tendrás que preocuparte por nada.
Los invitados volvieron a celebrar. Yo sonreí para las cámaras mientras intentaba asimilar que William había elegido todos los detalles sin consultarme.
—Quería que fuera perfecto —susurró William mientras acariciaba mi cintura.
Me obligué a sonreír.
—Es perfecto.
William regresó al micrófono y anunció que Noah sería su padrino. Todas las miradas se dirigieron hacia él. Noah observó primero a su padre y después a mí.
—No me lo perdería por nada —aceptó con una sonrisa indescifrable.
Subió al estrado y William me colocó entre ambos para las fotografías. Noah se acercó hasta que su brazo rozó el mío, mientras William mantenía una mano posesiva sobre mi cintura.
Los flashes comenzaron a estallar.
—Diez días —murmuró Noah sin dejar de sonreír.
—No permitiré que arruines esto —le advertí por lo bajo.
Noah inclinó apenas el rostro hacia mí.
—No necesito hacerlo. Me buscaste con la mirada antes de responderle.
Mi sonrisa vaciló.
El fotógrafo pidió otra imagen, pero ya no pude relajarme. Atrapada entre mi prometido y su hijo, comprendí que Noah había visto la única duda que yo no quería admitir.
Noah se apartó. Durante los minutos siguientes quedé atrapada entre felicitaciones mientras William respondía por los dos: explicó el lugar, describió las flores, habló de los invitados y hasta reveló el nombre del diseñador de mi vestido.
Diana se acercó cuando él se alejó con varios socios.
—Una propuesta, una boda y un padrino en menos de diez minutos —comentó ella—. William continúa siendo eficiente.
—Quería sorprenderme —respondí mientras contemplaba el anillo.
Diana arqueó una ceja.
—Lo consiguió.
—¿Sabías que estaba planeando esto?
—Sabía que planeaba algo —admitió ella—. William no reúne a tantas personas únicamente para recibir a nuestro hijo.
Su tono comenzó a irritarme.
—Podrías intentar alegrarte por nosotros.
—No he dicho que no me alegre —replicó Diana con serenidad—. Solo te daré un consejo que a mí me habría gustado recibir: si quieres algo diferente, dilo antes de que William tenga la oportunidad de anunciar su decisión frente a una habitación llena de personas.
—Él me conoce.
Diana sonrió sin alegría.
—William conoce muy bien lo que quiere. No siempre es lo mismo que conocer a la persona que tiene delante.
Se marchó antes de que pudiera responderle.
Abrumada por las felicitaciones, salí a la terraza y apoyé las manos sobre la balaustrada. Necesitaba unos minutos para respirar.
—Bonito anillo —comentó Noah desde el otro extremo de la terraza.
Me volví. Seguía sosteniendo la misma copa intacta.
—¿Me seguiste?
—Llegué primero —respondió él.
Intenté regresar al salón, pero su voz me detuvo.
—No tienes que huir cada vez que estamos solos, Olivia.
Lo enfrenté, irritada por la facilidad con la que conseguía alterar una noche que debía ser perfecta.
—Acabo de comprometerme con tu padre. Empieza a comportarte como su hijo.
Noah dejó la copa sobre una mesa y observó el diamante.
—¿Esto es realmente lo que quieres?
—Amo a William.
La respuesta salió con demasiada rapidez. Noah lo notó, pero no discutió mis sentimientos. En cambio, señaló lo evidente: su padre había elegido el anillo, organizado la boda y anunciado la fecha sin consultarme.
—Fue una sorpresa —lo defendí.
—Mi padre siempre consigue que sus decisiones parezcan regalos —replicó Noah.
—No conoces nuestra relación.
—Pero conozco a William —aseguró él—. La distancia no cambia a un hombre como mi padre. Solo hace que los demás olviden quién es.
Le advertí que no necesitaba su protección. Noah negó con la cabeza.
—No intento protegerte. Solo quiero saber si aceptaste porque deseas casarte con él o porque nunca aprendiste a decirle que no.
La pregunta me golpeó con más fuerza de la que debía.
—Buenas noches, Noah.
Pasé junto a él, pero volvió a llamarme.
—Olivia, ¿por qué me miraste antes de responderle?
No pude contestar.
Noah regresó al salón y me dejó sola en la terraza. Bajé la vista hacia el anillo que había esperado durante siete años. Era precioso, perfecto y exactamente de mi talla.
Debería haberme sentido feliz.
En cambio, solo podía preguntarme por qué había buscado a Noah antes de decir que sí.
OLIVIAWilliam se levantó cuando me vio entrar y apartó la silla que tenía enfrente. Había escogido una mesa al fondo del restaurante, lejos del piano y de los ventanales que daban al vestíbulo. Sobre el mantel me esperaba un café preparado como me gustaba.Durante años habría considerado aquel detalle una prueba de atención. Esa tarde me pregunté qué quería conseguir con él.—Gracias por venir —dijo William mientras yo me sentaba—. No quería hablar de esto por teléfono.Dejé el bolso sobre mis rodillas.—Tengo una reunión después —respondí.Mi abogada me esperaba a las cuatro. No había cancelado la cita cuando William llamó, aunque durante unos segundos tuve el impulso de hacerlo. Todavía estaba aprendiendo a no reorganizar mi vida cada vez que él quería verme.—No voy a retenerte —aseguró William, acomodándose frente a mí—. ¿Estás cómoda en el hotel?—Estoy bien.—Podrías volver a casa. Hay espacio suficiente para que no tengamos que discutir mientras resolvemos las cosas.Observé s
OliviaHéctor giró la computadora hacia mí antes de que pudiera preguntarle qué había encontrado.Reconocí el auto de William. Después vi a Eva junto a la puerta del pasajero, con una mano apoyada en su pecho.En la siguiente fotografía se estaban besando.Dejé el bolso sobre mis piernas y me incliné hacia la pantalla, buscando sin querer una explicación que no estaba allí. William le sujetaba la cintura. Cuando ella se apartaba, él volvía a acercarla.—Las tomó el investigador durante el seguimiento —explicó Héctor—. Desde la calle, a la salida del edificio. Envió la secuencia completa.Me mostró las imágenes restantes sin apresurarme. Había fechas, horas y suficiente claridad para reconocerlos a ambos.Llevaba tanto tiempo esperando algo que William no pudiera negar que me desconcertó no sentir alegría.—¿Quieres que las quite? —preguntó Héctor.Negué con la cabeza.—Quiero dejar de preguntarme si estoy viendo lo que estoy viendo.Él retiró la mano del ratón.Volví a la primera foto
OLIVIAHéctor llevaba veinte minutos discutiendo con Noah sobre el presupuesto del almacén cuando descubrí que me gustaba verlo trabajar incluso cuando no estaba de acuerdo conmigo.—Podemos reducirlo —dijo Noah, girando la computadora hacia nosotros—. Pero prefiero que sepan qué están quitando antes de prometerles una cifra que después no voy a poder cumplir.Me incliné para revisar sus anotaciones. Su rodilla rozó la mía debajo de la mesa y ninguno se apartó.Habían pasado tres días desde que Diana me mostró la fotografía. William sabía que había visitado aquel hotel; todavía ignorábamos cuánto más había descubierto. Por eso habíamos mantenido la reunión con Héctor y, antes de salir, yo le había dicho a Noah que regresaría a mi hotel al terminar.Tenía el bolso junto a la silla y un automóvil reservado para las siete. Aquella organización tan sensata me resultaba menos satisfactoria a medida que se acercaba la hora.Terminamos aprobando una primera etapa de las modificaciones. Hécto
DIANAHabía decidido no contestar a Gabriel hasta encontrar una manera elegante de explicarle que besarlo había sido una equivocación. El problema era que llevaba dos días buscando esa explicación y todas sonaban menos convincentes después de recordar el beso.Aquella mañana fui al taller a recoger el abrigo que Héctor había enviado a limpiar después del desastre de la tubería. Pensaba entrar, agradecer el favor y marcharme antes de encontrar otra complicación.Gabriel apareció junto a mi automóvil mientras yo cerraba la puerta.—Te llamé —dijo, deteniéndose frente a mí.—Lo vi —respondí, acomodándome el bolso.Sus ojos recorrieron mi rostro con una atención que me hizo desear haberme puesto los lentes de sol.—También vi tu auto desde la esquina —explicó Gabriel—. Quería hablar contigo.—Ahora no es un buen momento —contesté, mirando hacia la entrada del taller.—¿Hay alguno que quieras proponerme?Me molestó que preguntara con tanta calma. Un hombre ofendido habría sido mucho más fá
OLIVIAHabían pasado cuatro días desde que William me dijo que recogiera mis cosas. Lo había hecho esa misma tarde, aunque todavía me sorprendía despertar en un hotel y encontrar una pared donde antes estaban los ventanales de nuestra habitación.Mi maleta seguía abierta. La abogada revisaba lo que Eva me había enviado y esperaba la conversación completa; yo esperaba que Eva dejara de tratar mi libertad como una oportunidad de negociar. Mientras tanto, William había anunciado al nuevo director del proyecto de Noah con una fotografía y una felicitación pública tan generosa que daban ganas de preguntarle cuánto le había costado fingirla.Noah apenas mencionó el anuncio. Trabajaba en su propia propuesta, buscaba clientes y, cuando hablábamos, conseguía interesarse por mis pedidos sin convertir cada conversación en un inventario de lo que su padre nos había quitado.Lo extrañaba de una manera que empezaba a resultarme poco razonable. Extrañaba incluso sus distracciones: cómo dejaba enfria
OLIVIAWilliam me ofreció la mano para bajar del automóvil y sonrió al guardia que nos recibió. Yo la acepté con la misma expresión que había utilizado durante años para acompañarlo a reuniones donde nadie debía advertir que algo andaba mal.La diferencia era que esa mañana llevaba en el teléfono una confesión suya.«Mi esposa no puede enterarse».Al entrar al ascensor, William me acomodó un mechón detrás de la oreja. Tuve que contener el impulso de apartarlo.—No hace falta que estés tan tensa —comentó, observando nuestro reflejo—. Vamos a aclarar unas cosas.—Entonces espero que escuches las respuestas —contesté.Su mano cayó lentamente. El resto del trayecto transcurrió en silencio.Noah y Camille ya estaban en el despacho. Ella sostenía el bolso sobre las rodillas; él permanecía junto al ventanal, con una carpeta bajo el brazo y la mandíbula tensa.Noah se volvió al verme. Sus ojos encontraron los míos y recordé la cafetería, la caricia junto a las tazas y aquella silla que había







