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El hijo de mi prometido me desea
El hijo de mi prometido me desea
Author: Hanabi

Capitulo 1

Author: Hanabi
last update publish date: 2026-07-13 23:22:03

OLIVIA

Cuando Noah se acercó, todavía llevaba puesto el vestido blanco con el que había brindado por mi próxima boda con su padre.

No lo escuché llegar. La lluvia golpeaba el automóvil con tanta fuerza que ahogaba los sonidos de la ciudad, y el alcohol continuaba ardiéndome en la sangre. Cuando me volví, Noah ya estaba frente a mí, con el cabello mojado, la camisa adherida al pecho y la respiración tan cerca de mi boca que apenas podía distinguir dónde terminaba la suya y comenzaba la mía.

—Si quieres que me aleje, dilo —murmuró Noah.

Debí hacerlo. Debí recordar el anillo que llevaba en el dedo, la boda del día siguiente y el apellido del hombre que me observaba como si hubiera esperado tres años para encontrarme vulnerable.

En lugar de responder, lo sujeté de la corbata y lo besé.

Noah se quedó inmóvil durante un instante, sorprendido por mi decisión. Después, su mano rodeó mi cintura y me atrajo contra su cuerpo. Su boca se apoderó de la mía con una intensidad que me hizo olvidar la lluvia, el frío y todas las razones por las que aquello era imperdonable.

Lo besé con la desesperación de una mujer que acababa de descubrir que los últimos siete años de su vida se sostenían sobre una mentira. Noah respondió con hambre, aunque incluso entonces conservó suficiente control para detenerse cada vez que mi respiración vacilaba. No avanzaba hasta que yo volvía a buscarlo.

Y siempre lo hacía.

Sus dedos se cerraron sobre mi cintura mientras su lengua rozaba la mía. El contacto provocó un estremecimiento que descendió por todo mi cuerpo. Sabía quién era. Sabía exactamente por qué no debía desearlo.

Precisamente por eso, besarlo se sentía tan peligroso.

Noah abrió la puerta trasera del automóvil y me miró, esperando que recuperara la razón. Yo entré sin darle la oportunidad de decir nada. Él me siguió y cerró la puerta, aislándonos del resto de Nueva York.

La penumbra convirtió el interior del vehículo en un espacio demasiado íntimo. Noah me recostó sobre el asiento y se inclinó sobre mí. Su cuerpo quedó entre mis piernas, pero antes de continuar apoyó una mano junto a mi cabeza y esperó hasta que lo miré.

—Olivia —pronunció Noah con voz ronca.

—No digas mi nombre.

—Necesito que me escuches —insistió él—. Todavía puedes pedirme que pare.

La luz de una farola atravesó el cristal mojado y se reflejó en el diamante de mi mano. Pensé en William, en la boda y en las mentiras que acababa de descubrir. Después volví a mirar los labios de Noah, hinchados por mis besos.

—No quiero que pares —confesé.

Él volvió a besarme. Esta vez no hubo espacio para la prudencia. Su boca descendió por mi mandíbula y encontró el punto sensible debajo de mi oreja. Mis dedos se hundieron en su cabello mientras él recorría mi cuello con besos lentos que parecían destinados a borrar cada caricia que su padre me hubiera dado antes.

Una de sus manos bajó por mi costado y se detuvo sobre mi muslo. El vestido se deslizó unos centímetros cuando Noah me acercó más a él, permitiéndome sentir el deseo que intentaba contener.

—Noah… —gemí su nombre antes de poder detenerme.

Él levantó la cabeza. Sus ojos verdes estaban oscurecidos por el deseo.

—Dilo otra vez —pidió.

En lugar de obedecer, lo atraje hacia mí y mordí suavemente su labio inferior. Noah dejó escapar un sonido grave que sentí vibrar contra mi pecho. Su mano recorrió mi espalda hasta encontrar el cierre del vestido, pero se detuvo antes de bajarlo.

—Desde Madrid —confesó Noah contra mi boca—. No he podido dejar de pensar en esto desde Madrid.

La mención de Madrid debió devolverme la sensatez. En cambio, lo atraje hacia mí mientras su boca recorría mi cuello y el vestido se acumulaba sobre mis muslos.

Horas antes creía tener una vida perfecta. Ahora estaba en el asiento trasero de un automóvil con Noah Bennett.

El hijo de mi prometido.

Días antes…

La mansión Bennett estaba llena de invitados, champán y fotógrafos. A mi lado, William conversaba con varios inversores mientras mantenía una mano sobre mi cintura.

Llevábamos siete años juntos. Lo amaba o, al menos, había aprendido a llamar amor a la estabilidad que compartíamos.

—Sonríe, mi vida —susurró William mientras acercaba su rostro al mío—. Todos vinieron a conocer al heredero, pero tú sigues siendo la joya de la corona.

Obedecí frente a las cámaras.

—El heredero todavía no aparece —comenté, intentando que mi voz sonara despreocupada.

—A Noah siempre le ha gustado hacer esperar a los demás —respondió William con evidente molestia.

Mis manos sudaban dentro de los guantes blancos. La celebración no me preocupaba. Mi verdadero tormento era el regreso del hijo de William.

Tres años antes, durante un viaje familiar a Madrid, Noah y yo nos habíamos quedado solos en la terraza del hotel. Una conversación demasiado íntima terminó con su boca sobre la mía y mis manos aferradas a su camisa. Noah tenía diecinueve años; yo, veintisiete. Sabía que aquel beso estaba mal, pero durante unos segundos no pude obligarme a detenerlo.

Me aparté antes de que ocurriera algo más y, a la mañana siguiente, fingí que nunca había sucedido. Poco después, Noah se marchó a Europa y yo me refugié en mi relación con William.

Sin embargo, algunos besos no desaparecen. Permanecen escondidos en el cuerpo, esperando que una voz, una mirada o un nombre los despierte.

Las puertas del salón se abrieron.

Todas las conversaciones perdieron importancia cuando Noah Bennett entró en la mansión.

El muchacho que recordaba había desaparecido. El hombre que avanzaba hacia nosotros tenía los hombros anchos, las facciones definidas y una seguridad inquietante. Vestía un traje negro sin corbata, y su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, aunque un mechón rebelde caía sobre su frente.

Varias mujeres se volvieron para observarlo. Noah no miró a ninguna.

Sus ojos encontraron los míos desde el otro extremo del salón.

Sentí el impacto de aquella mirada en el centro del pecho y, durante un instante, regresé a la terraza de Madrid. Recordé el calor de sus manos, la presión de su boca y la forma en que había pronunciado mi nombre justo antes de besarme.

Noah se detuvo frente a nosotros. Su mirada descendió hacia mi mano izquierda, escondida bajo el guante blanco, y después subió lentamente hasta mi boca.

—Bienvenido a casa, Noah —lo saludé, procurando que mi voz no me traicionara.

—Gracias, Olivia —respondió él, deteniendo la mirada sobre mi boca.

William se llevó a su hijo para presentarlo ante los invitados. Yo me alejé en busca de aire, pero Diana me interceptó.

—Relájate, Olivia —comentó la madre de Noah con una sonrisa—. Mi hijo acaba de llegar y contigo ya parece bastante despierto.

—Apenas nos conocemos.

—No tienes que explicarme nada —replicó Diana antes de alejarse—. Hace años renuncié a comprender a los hombres Bennett.

Durante la siguiente hora evité a Noah, aunque sentí su mirada siguiéndome por el salón. Cuando la orquesta comenzó una pieza lenta, su voz surgió detrás de mí.

—¿Me concedería este baile, futura madrastra?

—No es buena idea.

—Todos nos están mirando —advirtió Noah, ofreciéndome la mano.

Rechazarlo habría provocado más preguntas, así que acepté.

—Solo una canción.

Noah me condujo hacia la pista y apoyó una mano sobre mi cintura. Mantuvo una distancia correcta, pero la presión de sus dedos despertó el recuerdo de Madrid.

—Tres años sin verme y todavía no puedes mirarme —murmuró.

—No estoy huyendo.

Él me acercó apenas a su cuerpo.

—Entonces mírame, Olivia.

Obedecí. La indiferencia había desaparecido de sus ojos.

—Madrid fue un error —afirmé.

Noah inclinó el rostro hasta que su respiración rozó mi oído.

—Entonces dime que no has pensado en aquel beso.

Mi silencio respondió por mí.

—No puedes contárselo a tu padre —le advertí.

—Tu secreto está a salvo conmigo.

—¿Qué quieres de mí?

Noah miró a William por encima de mi hombro y después volvió a clavar los ojos en los míos.

—Quiero tenerte para mí.

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Comments (1)
goodnovel comment avatar
Rashel Rashelita
No confío en este esposo
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