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Capitulo 3

Author: Hanabi
last update publish date: 2026-07-13 23:59:15

NOAH

Los aplausos estallaron cuando mi padre deslizó el anillo en el dedo de Olivia. Desde el fondo del salón, apenas escuché el ruido. Solo podía verla a ella.

Olivia me había mirado antes de decir que sí.

Nadie más pareció notarlo. Para los invitados, había sido una pausa emotiva antes de aceptar la propuesta perfecta. Pero yo conocía el miedo que intentaba ocultar detrás de aquella sonrisa. Durante el baile le había pedido que negara haber pensado en nuestro beso de Madrid y no había podido hacerlo. Ahora acababa de comprometerse con mi padre sin apartar los ojos de mí.

No sabía qué significaba aquella mirada. El problema era que deseaba averiguarlo.

William la besó mientras los fotógrafos capturaban su felicidad desde todos los ángulos. Levanté el whisky hasta mis labios, pero no bebí. Había pasado tres años en Europa intentando olvidar el sabor de su boca. Cambié de ciudad, me llené de trabajo y evité preguntar por ella. Nada funcionó.

Regresar había sido una mala idea.

Ver ese anillo en su mano lo confirmaba.

—Deberías disimular un poco, Noah.

Mi madre apareció a mi lado con una copa de champán. Diana Morales no miraba hacia mí, pero su expresión indicaba que llevaba varios minutos observándome.

—No sé de qué estás hablando, mamá.

—Te conozco desde el día en que naciste. Estás mirando ese anillo como si tu padre acabara de declararte la guerra.

Apreté el vaso.

—Ella no le pertenece a nadie.

—Exactamente. Tampoco te pertenece a ti.

La miré entonces.

—No he dicho que sea mía.

—No hace falta. Tienes la misma expresión de los Bennett cuando desean algo que no pueden controlar.

El comentario me molestó porque me comparaba con William y porque, en cierta medida, tenía razón.

—Olivia acaba de elegirlo delante de todos —continuó—. Puedes detestar su decisión, pero debes respetarla.

—Me miró antes de responderle.

Diana finalmente apartó los ojos de la pareja.

—Una mirada no es una promesa, hijo. No construyas una historia completa alrededor de ella.

Antes de que pudiera contestarle, William anunció que la boda se celebraría en diez días. La sorpresa cruzó el rostro de Olivia antes de que recuperara su sonrisa. Mi madre soltó una maldición por lo bajo.

Después mi padre me pidió, frente a todos, que fuera su padrino.

Pude negarme. Debí hacerlo.

En cambio, miré a Olivia y acepté.

Mi padre me llevó hasta el estrado y la colocó entre nosotros para las fotografías. Mientras los flashes estallaban, sentí la tensión de Olivia aunque apenas llegué a rozarla. Le recordé que faltaban diez días. Ella me advirtió que no permitiría que arruinara la boda.

No comprendía que yo tampoco sabía qué quería destruir: su compromiso o la esperanza absurda que había alimentado desde Madrid.

Más tarde la encontré en la terraza. Le pregunté por qué me había mirado antes de aceptar y volvió a quedarse sin respuesta. Me marché antes de hacer algo peor que formular una pregunta.

No regresé a la mansión aquella noche.

Durante la semana siguiente, mi padre me llamó casi todos los días para insistir en que me instalara en la residencia familiar hasta la boda. Según él, mi presencia proyectaría la imagen de una familia unida y facilitaría mis futuras responsabilidades en Bennett Advertising.

Me negué cada vez.

Me alojé en un hotel de Manhattan y ocupé las horas con reuniones, documentos y videollamadas con Europa. Por las noches, sin embargo, terminaba contemplando las fotografías de la propuesta que inundaban la prensa. En todas, Olivia sonreía junto a mi padre. En una sola imagen, tomada segundos antes de aceptar, su rostro estaba vuelto hacia el lugar donde yo me encontraba.

Guardé esa fotografía. Después me odié por hacerlo.

Me repetí que mantenerme lejos era lo correcto. Olivia había tomado una decisión y, como dijo mi madre, yo debía respetarla. Pero también sabía que William convertía cada relación en una extensión de su poder. Había elegido el anillo, organizado la boda y fijado la fecha antes de arrodillarse.

Olivia llamaba a eso romanticismo.

Yo conocía a mi padre.

Nueve días después de la propuesta, cuando la boda se celebraría al día siguiente William volvió a llamar.

—Tu habitación sigue preparada —dijo sin molestarse en saludar—. Eres mi padrino y mañana comienzan los compromisos familiares. Deja de comportarte como un invitado.

—Llevo tres años fuera. Técnicamente, soy un invitado.

—Eres un Bennett. Compórtate como tal.

Colgó antes de que pudiera rechazarlo otra vez.

Esa tarde hice las maletas. Me dije que aceptaba por la boda, por la empresa y porque estaba cansado del hotel. No era toda la verdad. Quería saber si Olivia continuaba tan segura cuando no había fotógrafos frente a ella. Quería verla lejos del salón, sin la sonrisa impecable y sin mi padre respondiendo en su nombre.

También quería comprobar si yo era capaz de estar cerca sin volver a cruzar la línea.

El conductor dejó mis maletas frente a la mansión poco antes del anochecer. Empujé las puertas y entré en el vestíbulo que había evitado durante tres años. El lugar seguía prácticamente igual: mármol claro, arreglos florales demasiado grandes y el retrato de mi padre presidiendo la escalera.

No había dado más de tres pasos cuando Olivia apareció en el piso superior.

Bajaba con tanta prisa que tuvo que sujetarse del pasamanos para no caer. Llevaba el cabello suelto, no tenía maquillaje y apretaba el teléfono contra el pecho. Las lágrimas le cubrían las mejillas.

Dejé caer el bolso que llevaba al hombro.

—Olivia.

Se detuvo al verme. Durante un instante, el dolor de su rostro fue reemplazado por sorpresa. Después intentó pasar junto a mí sin decir nada.

—¿Qué ocurrió?

—Nada.

—No lloras así por nada.

Cuando dio otro paso, tropezó. La sujeté por el brazo antes de que cayera, ella quedó entre mis brazos y pude ver las lagrimas correr por sus mejillas. El impacto fue tan grande que me juré no permitir que ella vuelva a llorar así otra vez.

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Comments (1)
goodnovel comment avatar
maría del mar
ya lo odio, ojalá se vengue ...
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