INICIAR SESIÓNRomano no se detuvo ni un momento a hablar con los dos hombres que custodiaban la escalera. Simplemente llegó hasta ella y, con un ligero empujón en mi espalda, comenzamos a subir. Me sentí un poco expuesta, pues el vestido se subía más de la cuenta al subir la escalera, pero no era momento de pararme a ajustarme el vestido.
Solo cuando llegamos arriba, me paré un momento a tirar de este y colocarme la terminación más cerca de las rodillas. La sala tenía una mesa redonda negra con un sillón en algo similar a terciopelo rojo que formaba media circunferencia.
A la derecha había un gran cristal que dejaba ver la sala principal y las pistas donde ocurrían los espectáculos de carácter sexual.
De frente, un hombre de unos cincuenta años con el pelo grisáceo disfrutaba de la compañía de dos jóvenes un par de años menores que yo, o eso me parecían a mí.
—¡Alessandro! ¡Querido amigo! Por favor, siéntate. ¿Seguro no quieres otra chica?
El hombre ni se molestó en dirigirme una mirada, ni siquiera se entretuvo en Romano; parecía más interesado en la joven morena de su derecha.
—Sabes que no me agradan las prostitutas. Además, hoy vengo acompañado.
Bajé la cabeza justo cuando Jorge ponía sus ojos sobre mí.
—Un poco tímida tu asistente, pero no anda mal de cuerpo. Si un día quiere cambiar de aires, aquí conseguiría un buen sueldo.
Su asqueroso comentario me revolvió el estómago, aunque parecía claramente dicho con esa intención. Romano me empujó de forma delicada hacia el sofá y ambos nos sentamos enfrente del asqueroso hombre con el cual venía a tratar Romano.
—¿Tiene nombre tu pequeña zorra? —preguntó cuando estuvimos sentados.
—Respeta a mi asistente. Su nombre es Natalia y no es una zorra.
—Vale, tranquilo, Alessandro. No era mi intención. Menos cuando te he invitado para ver si puedes conseguirme una información. ¿Un vodka como de costumbre? ¿Y para tu asistente?
Romano asintió y sentí cómo me apretaba en la cintura. Lo que interpreté como una orden para pedir algo.
—Cualquier cosa estará bien. —Contesté sin apenas levantar la mirada.
Jorge hizo una señal y en breve tenía una copa del mismo champán que él tomaba. El vodka de Romano tardó un poco más en llegar.
Mis ojos no podían dejar de mirar a las dos jóvenes sentadas frente a mí. En cómo besaban a Jorge y cómo este manoseaba a ambas, el colmo fue cuando vi desaparecer la cabeza de una de ellas bajo la mesa. El calor comenzaba a subirme. Mi cara se giró hacia Romano. Él parecía imperturbable, como si esperara que Jorge iniciara la negociación.
—Tu padre es un gran hombre. —Comentó por fin Jorge rompiendo el silencio. —Está preocupado acerca de tus inclinaciones sexuales. A mí me da igual, pero...
Romano me cogió la cara y me besó. Esta ocasión no fue violento, fue pausado, pero para mí fue igual de incómodo. Una violación de mi espacio personal. Una clara falta a su palabra de no ser su amante o juguete sexual.
Cuando se separó, sonrió hacia Jorge.
—¿Te vale para tranquilizar a mi padre sobre mi orientación? No voy a acostarme con mi asistente delante de ti para demostrar mi inclinación.
—¿Y hay algo entre vosotros? No creo que el señor Montreval esté muy contento si se entera de que te acuestas con tu asistente.
—El padre de mi prometida no es la persona más adecuada para juzgar con quién me acuesto o dejo de acostarme. Además de ser cliente asiduo de este local, ¿cuántas amantes tiene actualmente? ¿Tres?
Yo aún estaba en shock por el beso cuando empecé a racionalizar la conversación de estos dos hombres. Sin llegar a entender en qué lugar me situaba a mí. Al parecer, Jorge trataba de verificar si a Romano le gustaban o no las mujeres. Yo solo era la muestra empírica y, en definitiva, todos los hombres con poder eran unos cerdos.
En mi cabeza se golpeaban las ideas de salir corriendo contra la de abrazarlo con fuerza. Algo andaba mal en mi cabeza; no podía excitarme ser usada de esta manera, pero el ambiente. Las dos jóvenes con Jorge, el beso delicado de Romano.
No era amor, eso seguro, pero no podía evitar sentirme alterada. Romano era un hombre fuerte, apuesto, seguro, y el ambiente a nuestro alrededor era bastante explícito. Estaba casi por devolver el beso cuando Jorge extendió una carpeta hacia Romano.
—Estas son las chicas de las que necesito información. Ya sabes a qué me refiero.
Romanó abrió la carpeta y lo primero fue una foto mía; me quedé blanca. Parecía tomada dentro de la furgoneta en la cual fui a la fiesta de fin de año.
—De esta chica, olvídate. Como trates de poner un dedo a mi asistente, me aseguraré de destruir tu negocio.
Romano, le mostró mi foto y me hizo levantar la cara hacia Jorge. Él observó la foto y después me observó a mí con una sonrisa.
—Así que la pequeña traidora se fugó contigo en fin de año.
¿Fugarme?, pensé mientras trataba de mostrar mi mejor sonrisa para Jorge. Había sido secuestrada literalmente.
—Más bien la obligué a venir conmigo. Me pareció demasiado interesante. Podríamos negociar una indemnización por la pérdida de dinero producida. Ella no trabajaba para ti hasta esa noche; incluso ella no sabía que estaba trabajando. ¿Cierto?
Jorge me miró un momento. Me sentía asqueada al sentir cómo sus ojos recorrían mi cuerpo, cómo parecían desnudarme. Después de revisar cada palmo de mi piel visible desde su sitio. Me sonrió y volvió a fijar la vista en Romano.
—Es una mala imagen para el negocio dejar sin castigo a una chica.
—No es sin castigo. Te lo aseguro. Estar en mis manos es su peor castigo y puedes sacar una buena suma por un simple malentendido. Además, si ella no está conmigo, debo matarla.
No sabía si era un farol de Romano, si de verdad estaba diciendo eso como negociación o de verdad me mataría si Jorge me apartaba de su vera.
—Romano, yo no deseo escapar de su lado. —Dije abrazándolo. Como parte de mi estrategia de despertar su instinto protector.
Sentí cómo Romano acariciaba mi espalda.
—Tranquila, Jorge no desea tu muerte. ¿Verdad?
Jorge resopló ante las palabras de Romano.
—No, podemos fijar un precio por ella a descontar de la tarifa, pero te advierto que hay algún niño rico interesado en ella. Esa noche no solo te causó buena impresión a ti.
Romano asintió como si eso no tuviera importancia y comenzó a pasar las fichas de las chicas. Tras un par de fichas apareció la de Julia y yo lo apreté con más fuerza. Algo que pareció sentir, pues la pregunta fue inmediata.
—¿Y estas chicas, cuál es el motivo?
—La mayoría llevan trabajando para mí un tiempo y creo que es hora de forzarlas a dar el siguiente paso. Un par de ellas son productos especiales, para clientes especiales.
Romano se detuvo en otra ficha, la cual pareció reconocer.
—Esta no te la voy a servir. Secuéstrala si quieres, pero no voy a conseguirte la información de la hija del alcalde de Malecia.
—Oh, venga, Romano. Es una estúpida ecologista; seguro te ha causado algún problema también a ti. Hay un cliente interesado en ella. Se la vendo y ambos nos quitamos un problema de la cabeza.
Era repugnante; al parecer, ninguna mujer estaba a salvo de estos desgraciados. Si la hija del alcalde podía ser víctima de este tal Jorge, ¿cómo podría salvarse Julia?
Al final, solo un par de jóvenes quedaron descartadas. Hijas de muy buena familia con las que Romano se negó a enemistarse. Hizo una estimación de precio a la cual se le restó el pago por mi libertad.
En el coche de vuelta a casa, con voz temblorosa me dirigí a Romano.
—Señor, una de ellas es Julia, es mi amiga y en parte la responsable de ser yo ahora suya. Por favor, ¿puede salvarla?
Romano me miró con una sonrisa y acarició mi cabeza sin contestarme.
Desperté con cierto dolor de cabeza. No era muy fuerte; era como una punzada, como una ligera resaca. Laura se había levantado y hacía estiramientos o ejercicios aeróbicos en ropa interior.—Buenos días, Laura.Laura pegó un pequeño brinco y se giró sorprendida.—Buenos días, señora... digo, Natalia —respondió con una sonrisa.Mi rostro se relajó un poco.—¿Qué haces?—En la isla me acostumbré a empezar la mañana con un poco de ejercicio. Entre las mujeres de la isla corría una idea: aquel lugar podía ser un infierno, pero salir de allí podía significar acabar en algo todavía peor. Por eso casi todas cuidábamos nuestros cuerpos para seguir siendo deseables.La justificación me pareció repugnante. No era porque fuera beneficioso para ellas, que obviamente lo era. Era para seguir siendo atractivas para los hombres. Me pregunté qué otras cosas les habrían enseñado a hacer para resultar todavía más atractivas a los hombres. Preferí no seguir por ese camino.—¿En ropa interior?—Sí, solo t
Cerré la puerta del camarote detrás de mí y me quedé unos segundos con la mano sobre el pomo.Natalia estaba convencida de que su marido ya no la quería.Y yo empezaba a pensar que los dos eran idiotas.No sabía demasiado sobre matrimonios. Mucho menos sobre matrimonios como aquel. Durante meses había aprendido que hacer preguntas, mirar demasiado o interesarse por la vida de otras mujeres solo traía problemas. Pero incluso yo había visto cómo Romano miraba a Natalia.No parecía la mirada de un hombre que hubiera dejado de querer a su esposa.Parecía la de alguien que no sabía qué demonios hacer con ella. No como la mirada de aquel cabrón que me hizo terminar en esa isla, ni la mirada de todos esos hombres con los que estuve desde que fui vendida hasta que apareció Natalia.Era una mirada cargada de frustración y miedo. Como si quisiera acercarse a Natalia y, al mismo tiempo, no supiera si tenía derecho a hacerlo.Sí. Definitivamente, los dos eran idiotas.Quizá no debía entrometerme.
Laura se quedó mirando. Estaba con el vestido que trajo al subir al barco, aunque todo su maquillaje estaba corrido y su pelo alborotado.—Señora, ¿qué desea?Aún me trataba de señora. Respiré profundamente, intentando expulsar con el aire un enfado que ni siquiera sabía contra quién iba dirigido.—Para empezar, deja de llamarme «señora». Ya eres libre y sé que apenas nos conocemos, pero eres lo más cercano a una amiga que tengo en este barco.Laura miró hacia el suelo con algo de nerviosismo.—Lo intentaré, señora… digo, Natalia.Sonreí. Pensé en cómo podría haber acabado yo si hubiera pasado más tiempo en manos de Jorge.En ese momento llamaron a la puerta.—Adelante.La puerta se abrió y el hombre que se había encargado de limpiar la sangre entró con una bandeja. En ella traía una botella de agua, un par de vasos y varios bocadillos de distintos tipos.—Hemos verificado que no contenga droga.—Gracias.El hombre lo dejó todo sobre una mesa y salió sin decir nada más.—¿Tienes hambr
Respiré profundamente y caminé los pocos pasos que separaban el camarote donde estaba Natalia de donde sabía que se encontraba Laura. Cuando llegué, estaba en brazos de Alberto. Ella lloraba sin terminar de creer que todo hubiera terminado.Miré un par de metros más a la derecha. Uno de los secuaces de Jorge, según Karem, uno de los que había participado en el secuestro, también yacía muerto.—Disculpa, Laura. ¿Te encuentras mejor?Laura y Alberto me miraron. Sus miradas parecían expresar cosas distintas. La de Laura era de curiosidad; la de Alberto, de súplica por dejarle seguir junto a su hermana.—Creo que sí. Al menos mi cuerpo ya no arde, pero me duele todo.No hacía falta que explicara mucho más. Me aliviaba pensar que Jorge hubiera neutralizado en Natalia los efectos de aquella primera droga.Por lo que Isabella había explicado sobre sus efectos, Laura probablemente había pasado un buen rato completamente dominada por aquella necesidad física. Incluso mis hombres habían tenido
El silencio me estaba matando. Si no contestaba pronto, iba a explotar. Miré dónde estaba tirada mi ropa interior y mi vestido. El vestido estaba algo más lejos… mi ropa interior estaba cubierta con la sangre de Jorge.Miré a Alberto. Estaba nervioso, pero permanecía apretando los puños al lado de Romano.—Por favor, Alberto, espera un momento fuera y cierra la puerta.Alberto miró a Romano y este asintió.—No, espera, toma estas cosas.Romano le pasó el auricular, la cámara que llevaba en el pecho y el maletín.—Busca a tu hermana. Isabella dirá qué debes hacer.Observé cómo Romano cogía la pistola que había soltado Alberto y se la puso a la espalda.—Romano… yo…—No hables. Túmbate y descansa. Mis hombres se están haciendo con el barco.No quería descansar, quería justificar lo que había pasado. Que entendiera que no quería ser infiel. Quería que me abrazara, pero él seguía distante.Miré cómo Romano pateaba el cuerpo de Jorge. Necesitaba tenerlo cerca, pero desde que me había senta
Jorge gruñó y terminó sobre mí. Me sentía asquerosa. No solo por lo que había hecho, sino porque una parte irracional de mí seguía sintiendo que había traicionado a Romano.Y ni siquiera podía llorar.Dios, quería llorar. Quería romperme allí mismo. Pero seguía sonriendo.—¿Ves? Es mucho mejor así.No tenía fuerzas ni para odiarlo en voz alta.Entonces un estruendo sacudió la habitación.Los dos miramos hacia la puerta.Romano.Durante un segundo pensé que la droga me estaba engañando otra vez.Pero no. Era él.Había venido.Quise levantarme. Correr hacia él. Gritar su nombre.Mis piernas no se movieron.Quise llorar al ver su expresión. Quise hacer cualquier cosa que le demostrara que aquella sonrisa no era mía.Pero seguía allí, de rodillas, sonriendo como una idiota.La mirada de Romano sobre mí fue demoledora.No. Por favor, no me mires así.¿Servía de algo si lo decía? Jorge no me había prohibido hablar, pero la cara de asco de Romano hacía que las palabras se detuvieran en mi in







