INICIAR SESIÓN
—¿Estás seguro de que es virgen?
—Lo es. Dos personas intercambiaron dinero en ese instante. La joven, cuya presencia parecía no tener la menor importancia para ellos, observó con atención cómo era vendida por una noche. Luego le arrojaron una prenda diminuta de color blanco que no debería ni siquiera ser considerada ropa. Lo que vino después fue una sucesión de actividades. Lavaron su cuerpo, lo perfumaron y la revistieron en aquel babydoll que no dejaba nada a la imaginación. Estefanía observó su reflejo en el espejo. No se podía reconocer. Su rostro empolvado, sus labios pintados de un escandaloso color rojo. Jamás había usado maquillaje antes. —¡Está lista! —anunciaron. Poco después fue arrastrada a un auto. Solo llevaba encima un abrigo. Su cuerpo se sentía entumecido y no era por el frío de la noche. Sus piernas temblaban sin control, llevándose la valentía que con gran esfuerzo había logrado reunir. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras observaba el recorrido por la ventanilla, repitiéndose una y otra vez que esto lo hacía por su hermanito. «Javier, te lo prometo, te sacaré de aquí», le había dicho ella antes de marcharse de ese orfanato. Había pasado solo una semana desde que cumplió la mayoría de edad y abandonó el lugar donde vivió los momentos más duros de su infancia. Una semana desde que, sin querer, escuchó los planes macabros que el director del orfanato tenía para con su hermano. «Los muchachos están listos. Con un poco de entrenamiento, servirán para cualquier trabajo». Y luego de entregarle su planilla de egreso, con esa falsa actitud afable, vino aquel consejo no solicitado: —Estefanía, sé lo mucho que quieres a tu hermano, pero debes ser realista. Deja que Javier encuentre una familia que lo adopte y le dé las posibilidades de superarse que tú no puedes ofrecerle ahora mismo. De hecho, estoy hablando con unas personas muy importantes... es muy probable que lo adopten el próximo mes. Estará en buenas manos, te lo aseguro. El auto se detuvo y ella se limpió las lágrimas rápidamente, tratando de serenarse. «¿Adoptar?», bufó dentro de sí. Sabía bien que aquello no era más que una pantalla de humo. Necesitaba sacarlo de allí antes de que fuera demasiado tarde. Y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para conseguirlo. Así fue como terminó en medio de aquel departamento. El abrigo ya no estaba sobre su cuerpo. Solo era ella con esa prenda diminuta, esperando que la puerta se abriera, contando mentalmente los segundos. De repente se escuchó el clic de la cerradura. Los ejercicios de respiración que había hecho durante varios minutos quedaron en el olvido. Sentía un pánico tremendo que no lograba combatir. La silueta de un hombre apareció frente a sí, sin darle tiempo a reaccionar del todo. Las luces del lugar seguían apagadas y ella solo tenía una frase para decir: —Feliz cumpleaños… —balbuceó con voz trémula, demasiado bajo, demasiado lamentable para poder ser oída por el recién llegado. Sin embargo, él lo hizo. La escuchó. —¿Quién eres? La pregunta la alcanzó justo en el instante en que las luces se encendían, dándole la sensación de estar en medio de un juicio. El individuo la observó durante un par de segundos sin expresión, chasqueó la lengua con hastío y lanzó al sofá el maletín que llevaba en la mano. Dándole la espalda, sacó su teléfono y marcó un número. —¿Es en serio? ¿Esta es la sorpresa de la que hablabas? Ella solo alcanzó a descifrar la palabra “disfruta” en forma de burla proveniente del otro lado de la línea. El hombre habló entonces sin mirarla. —Vístete. La orden fue firme, sin derecho a réplica. Se estremeció ante la sorpresa. El poder que desprendía aquella voz la dejó paralizada. —¿Estás sorda? —gruñó él, mirándola de reojo con una expresión feroz. Sus ojos marrones desprendían una furia que parecía difícil de contener. Nadie la había preparado para el rechazo. Ella llevaba horas devanándose los sesos sobre cómo comportarse al momento del acto y ahora se daba cuenta de que simplemente no sucedería. Pero necesitaba que sucediera. Ya había agotado todas las opciones. La policía no la escuchó. Nadie creyó sus acusaciones contra el director del orfanato. Esa noche era su último recurso. El hombre que tenía enfrente perdió la paciencia al ver que no se movía. Se giró y caminó hacia ella con grandes zancadas, tomándola del brazo para arrastrarla sin piedad hacia la puerta. —No he pedido los servicios de ninguna prostituta. ¡Lárgate de aquí! El insulto fue un golpe directo a su pecho. Sentía que se asfixiaba. Las lágrimas le nublaban la vista. Prostituta. A eso se había reducido. Sin embargo, no tuvo más opción que decir: —Por favor, déjeme cumplir con mi trabajo. Sabía bien que esto podía ser aún peor. Su amiga Carolina ya se lo había advertido: «Con suerte no te tocará un tipo viejo y gordo». Fue ella precisamente quien le dio la idea de vender su virginidad por una buena suma de dinero. Tuvo suerte en medio de su desgracia. Este hombre no era ni viejo ni gordo. Mucho menos feo, aunque su aura la intimidaba de una manera que apenas podía soportar. —Por favor… —se aferró a su brazo firme y musculoso, mientras elevaba la mirada hacia él. El hombre no se inmutó. Su desprecio era absoluto, observándola como si le diera asco. Ella no era más que una prostituta a sus ojos.Cristian no dijo nada, pero sus ojos parecían hablar por sí solos, reflejando una calma presente solo en la superficie, porque en el fondo de su mirada parecía estarse gestando una tormenta.Estefanía sabía que la había atrapado con las manos en la masa, pero aun así no tuvo más opción que seguir mintiendo.—Son suplementos que me mandó el médico —improvisó con una sonrisa temblorosa que amenazaba con borrarse en cualquier momento—. Para el cansancio y la anemia. Como estuve tanto tiempo en coma, me dijo que me ayudarían a recuperar nutrientes.El hombre se limitó a entregarle el frasco.Ni un solo comentario.Simplemente desvió la mirada hacia los papeles que parecía haber olvidado sobre el mueble y los recogió, revisándolos con un ceño fruncido que se acentuaba más y más con cada segundo.—¿Te apetece cenar afuera? —preguntó él de pronto, sin despegar la vista de la carpeta, lanzando esa interrogante que parecía ser completamente contraria a su estado de ánimo.—Claro —balbuceó ella
Como siempre, esa noche tuvieron buen sexo.Al día siguiente, siendo fin de semana, a Estefanía le pesaban tanto los párpados que no fue capaz de levantarse temprano.Sabía que las cosas no deberían ser así y que tendría que estar arriba, pero se consoló pensando en que la niñera ya se estaba encargando del niño.Sin embargo, no contaba con que fuera el propio Cristian quien le estuviera dando el biberón, sentado en un sofá de la habitación.En cuanto abrió los ojos, la escena se hizo evidente.Se frotó la cara, sorprendida —aunque no debería estarlo, él solía hacer ese tipo de cosas antes de que ella despertara del coma—, pero nunca dejaba de impactarla ver a un hombre de su calibre en una faceta que reflejaba tanta devoción paternal.A diferencia de su ropa normal de oficina, hoy lucía un pantalón de algodón oscuro y una franela sencilla que marcaba sus fuertes brazos, con el cabello revuelto por la mañana.Estefanía contempló la maraña despeinada sobre su cabeza y recordó cómo habí
Con las manos temblando, Estefanía recogió las cinco pruebas del lavabo y las envolvió a toda prisa en papel higiénico. Las tiró al fondo de la papelera junto con las cajas, arrancó la bolsa de plástico y le hizo un nudo apretado.Echó una mirada rápida al baño para asegurarse de no haber dejado nada y salió de la habitación, desesperada por deshacerse de la evidencia antes de que alguien la viera.Se movía exactamente igual que una criminal a punto de ser atrapada con las manos en la masa.Pero no tenía opción.Ocultar aquello era lo único que importaba.Sonya no tardó en descubrirla y se apresuró hacia ella.—Señora, deje eso. Yo lo boto.Estefanía forzó una sonrisa y dio un paso atrás, negándose.—No, Sonya, es que derramé algo —su voz era suave y aparentemente normal, al menos en la superficie—. Hay un frasco roto y mucho vidrio, voy a botarlo yo misma. No me tardo.—Pero...—¿Por qué no me preparas un té? —la interrumpió a toda prisa, buscando cualquier distracción—. De pronto se
Tras un mes en prisión provisional, Javier salió libre tras demostrarse mediante un contraperitaje psiquiátrico que había sufrido un trastorno mental transitorio por disociación reactiva.Al carecer de antecedentes y probarse que su capacidad de discernimiento quedó anulada durante el ataque, el tribunal le otorgó una medida cautelar sustitutiva de libertad con régimen de presentación.Enterarse de las cinco puñaladas que Javier le había asestado a aquel hombre en el cuello dejó a Estefanía en un estado de shock absoluto.Sin embargo, en el fondo comprendía por qué Cristian le había ocultado esa parte de la historia en su momento: no quería atormentarla cuando ella ni siquiera había salido del hospital.Ahora que la audiencia finalmente había concluido y el juez le otorgaba la libertad, había llegado la hora de llevar al muchacho a casa.Pero había un gran obstáculo: Javier se negaba rotundamente a volver bajo su tutela.Además, la realidad era que sus aspiraciones en la academia mili
Las palabras de Cristian no habían sido pronunciadas a la ligera. Estaba más que claro que no existía fuerza en el mundo capaz de hacerlo cambiar de parecer.—¿Y yo qué? —murmuró Estefanía, con la voz ahogada—. ¿Por qué no me preguntaste? ¿Por qué no me tomaste en cuenta?—¿Te parece que esto no es tomarte en cuenta? Te estoy protegiendo de ti misma —replicó él con firmeza, sosteniéndole la mirada—. ¿Qué ibas a hacer si te lo decía antes? Ibas a hacer hasta lo imposible para hacerme cambiar de opinión. Me habrías perseguido sin darme tregua y me habrías amenazado con un sinfín de cosas para impedirlo. Te conozco lo suficiente como para saber que jamás te habrías quedado quieta. Antes o después, el resultado terminaría siendo exactamente este. Y estoy dispuesto a afrontar tu molestia, a tolerar tus gritos y tus berrinches, pero no a perderte otra vez.—Estás siendo un exagerado —protestó ella, sintiendo cómo se le formaba un nudo en la garganta—. Con el cuidado adecuado y más atención,
Su declaración la dejó sin palabras. Cristian ya no ejercía como abogado; se comportaba como un maldito juez, dictando una sentencia definitiva sobre el destino de ambos.Estefanía se apartó de él de inmediato. Lo miró con una mezcla de ira y desconcierto que le hizo hervir la sangre a una velocidad abrumadora.En esa casa, ante los ojos de ese hombre, ella no era más que un adorno; un simple mueble sin voz ni voto.—¿Cómo pudiste…? —siseó entre dientes apretados, apenas capaz de articular las palabras por la rabia—. Ni siquiera te molestaste en preguntarme. ¡¿Qué diablos te pasa, maldito tirano?!El hombre, como si hubiera previsto su arrebato, se limitó a observarla con calma.—Desde el principio quisiste tener un hijo y ya lo tienes. Somos la familia completa que tanto anhelabas —declaró con tono imperturbable—. Estuviste al borde de la muerte, Estefanía; no veo el menor sentido en volver a correr riesgos innecesarios.Y sí, tenía razón. Incluso a ella le aterraba la sola idea de v







