LOGIN—No me acuesto con prostitutas.
De nuevo esa palabra. Estefanía sentía que su corazón se hundía en un abismo de desolación. Prostituta. Prostituta. Estaba segura de que sus padres no hubieran querido que se convirtiera en eso. Cerró los ojos conteniendo las lágrimas. Llegó a este departamento sin preparación. Ella no sabía cómo seducir a un hombre. Pensó que su aspecto bastaría, pero estaba equivocada. Lo miró de nuevo. Esta era su mejor oportunidad. Él estaba muy cerca. Demasiado. Solo necesitaba estirar los dedos y... El hombre no se inmutó, aunque alzó una mano temblorosa hacia él, acariciando su mejilla antes de pararse de puntillas. Rozó los labios masculinos. Ese era su primer beso. Ella no sabía qué más hacer. Él no mostró respuesta, y ella se quedó allí, suspendida. Sintiendo que su corazón estaba a punto de salir de su pecho. Pasaron los segundos y nada. Se alejó cabizbaja. Todo se había arruinado. Asintió y quiso soltarse para ir por su abrigo y abandonar el departamento cuanto antes. Fue entonces cuando el hombre la tomó de la barbilla de imprevisto. Sus dedos se enterraron en su piel, lastimándola. Su mandíbula se tensó y entonces se apoderó de su boca. Le dio un beso de verdad. Lo que ella había hecho hacía unos segundos era un juego de niños comparado con esto. Gimió contra su boca. El sonido que salió de entre sus labios fue completamente nuevo. Sorpresivo. —¿Te hiciste el examen de ETS? —La arrojó al sofá. El impulso la desestabilizó al instante, haciendo que su cuerpo cayera de espalda, rebotando sobre el mueble. Ella lo miró con los ojos desorbitados. Se refería al examen para verificar que no tuviera ninguna enfermedad de transmisión sexual. —Responde la pregunta. ¿Estás limpia? —Sí… —alcanzó a decir con dificultad. El hombre se quitó el saco con extremada lentitud, poniéndose cómodo. Sus ojos la miraban desde arriba, de una forma en que la hacían sentir expuesta y vulnerable. Justo ahora se sentía como un cervatillo incapaz de huir del lobo hambriento que amenazaba con devorarla. Sintió los nervios aflorar de nuevo en su carne. Esto iba a suceder. Trató de centrar su mente, recordando todos los consejos de su amiga Carolina: «No te tenses —le había dicho ella—. Trata de relajarte, así te dolerá menos». Inhaló y exhaló varias veces. —Ven aquí. El hombre flexionó el dedo índice, llamándola. No supo la razón, pero ese gesto le hizo sentir como si fuera una mascota. —De rodillas —ordenó. Sus piernas se doblaron sin fuerzas. Sintió el frío del mármol contra sus rodillas desnudas. La sensación le envió un escalofrío por todo el cuerpo, recordándole que, en estas circunstancias, no era más que un objeto que estaba a punto de ser usado. Ella nunca había pensado en cómo quería que fuera su primera vez. Ni siquiera había considerado la idea de tener un novio. Pero ahora estaba aquí, ante este hombre que no parecía tener la menor intención de ser delicado. —Se nota que quieres el dinero —la voz de él se volvió más ronca, mientras se desabrochaba el cinturón con la otra mano—. Entonces gánatelo bien. Abrió los ojos de forma desmesurada. «¿Qué se suponía que debía hacer?» Nunca había visto una cosa de esas tan cerca. El hombre se bajó el pantalón y el bóxer de un tirón, liberando el miembro grueso y erecto justo frente a su rostro. La punta del mismo brillaba. Su nariz rozaba aquel bulto grueso que parecía crecer más y más con cada segundo. Tragó saliva ante el impacto. Esa cosa era grande. Demasiado grande. —Usa tu boca —ordenó él, impaciente. Abrió los labios con torpeza, intentando meter solo la punta. —¿Eso es todo lo que sabes hacer? Él ladeó la cabeza, quizás esperando que volviera a tomar la iniciativa. Lo hizo. Esta vez masajeó el falo con sus manos de arriba abajo, despacio. Y succionó lo que tenía en la boca. La respiración del hombre se aceleró. Sus caderas comenzaron a moverse lentamente. De la nada un empujón le hizo sentir que se ahogaba; los ojos se le llenaron de lágrimas. El hombre cerró los ojos sujetando su cara con las dos manos, mientras seguía entrando con ímpetu. Intentó respirar por la nariz, pero el ritmo que mantenía no le daba espacio. Mocos, babas y lágrimas corrían por su barbilla y cuello, en una visión que seguramente era horrorosa. O quizás no… porque cuando aquel sujeto volvió a abrir los ojos, la fascinación en su mirada no pudo ser ocultada. Acto seguido, la cargó hasta el sofá como si no pesara nada. Él sacó un preservativo del bolsillo de su pantalón. —Dijiste que estabas limpia —murmuró mientras lo destapaba—, pero prefiero tomar mis propias medidas. Guardó silencio, comprendiendo que así era mejor. Tampoco quería quedar embarazada. El hombre se colocó encima de ella. Sus ojos se encontraron entonces a poca distancia. Los de ella eran verdes como un par de esmeraldas. Los de él eran de un marrón tan denso que parecían un abismo sin fondo. Las manos del hombre tocaron todos las zonas de su cuerpo que nunca antes habían sido exploradas. Apretaron. Acariciaron. Y la marcaron como suya por esta noche. Se sentía como si estuviera en llamas, pero a la vez mojada. No pudo evitar entrecerrar los ojos. Él soltó un gruñido ronco contra su rostro y volvió a atrapar su boca. Esta vez sus ojos se cerraron lentamente, descendiendo por su cuello, succionando y muy seguramente dejando marcas. El peso de su cuerpo la aplastaba, su respiración era errática sobre su clavícula. Y así, de un movimiento, como si no pudiera soportarlo más, separó sus muslos con las rodillas y entró en ella. Gritó. Aquello dolía demasiado. Él se detuvo un segundo, sorprendido. Sacó el miembro despacio y miró hacia abajo. Sus ojos volvieron a los de ella al segundo siguiente. La frialdad en su mirada le hizo sentir que había pasado algo malo. —Buena actriz —dijo con una curva burlona en los labios—. Casi me lo creo. No tuvo tiempo de preguntar qué pasaba. Él volvió a embestirla, demasiado concentrado en salir y entrar de ella en un vaivén cada vez más acelerado. El dolor no se fue inmediatamente, pero tampoco duró demasiado. A los pocos minutos comenzó a sentir un calor extraño que se mezclaba con el ardor. Gemidos bajitos, entrecortados, escapaban de su garganta. Él la follaba con esa urgencia animal, sujetándola de las caderas. De repente, lo oyó murmurar una maldición entre dientes. El hombre se detuvo bruscamente y salió de ella. Alcanzó a darse cuenta de que el preservativo que usaba se había roto. Él lo arrancó con rabia y lo tiró al suelo. «Puedes tomarte un segundo para buscar otro preservativo…», pensó en decirle. Sin embargo, era obvio que estaba demasiado excitado. Casi enloquecido. Ella cerró los ojos y lo sintió moverse en su interior con mayor ímpetu. Con un puño en su cabello, hizo a un lado su cabeza, dejando expuesta la piel de su cuello y clavícula... Su nariz rozó suavemente esas zonas, luego, como un lobo, succionó y mordió... Horas después, Estefanía solo sabía que le dolía todo el cuerpo. No había un solo espacio de sí misma que no protestara de agotamiento. Ella seguía desnuda, desplomada sobre el sofá. La luz del sol ya se filtraba por las cortinas, dándole a entender que debería irse. El hombre había desaparecido después de usarla, y algo le decía que él preferiría no verla al regresar. Se puso de pie con dificultad. Sus ojos se dirigieron inmediatamente a aquel babydoll blanco, destrozado en el suelo. Lo observó durante un par de segundos. No había quedado nada de él, así como no había quedado nada de la pureza perdida. Sin embargo, al girarse hacia el sofá, Estefanía recordó que no había sangrado, como correspondía en su primera vez. «La sangre será una muestra irrefutable de tu virginidad», le había dicho Carolina. Ella había vendido aquello por un alto precio y ahora simplemente no había prueba. El temor de perder el dinero la hizo sentir aún peor. Se apresuró a buscar su abrigo y marcharse. Al salir del edificio, hizo una llamada. Un automóvil la recogió poco después y le entregaron el pago. —Puedes obtener más de esto si te dedicas al negocio —le propuso el hombre que manejaba el automóvil, mirándola a través del espejo retrovisor. —Te dije que esto para ella sería cosa de una sola vez —intervino su amiga Carolina, quien venía a su lado y ya conocía bien cómo funcionaba ese mundo. El sujeto encogió los hombros con indiferencia, estacionando el vehículo. —Si cambias de opinión, ya sabes dónde buscarme —sentenció él, dándole una última mirada antes de que bajaran. Estefanía no respondió. Se limitó a asentir con la cabeza, murmurando un agradecimiento mientras sus dedos temblorosos se aferraban con fuerza al fajo de billetes oculto bajo su abrigo. Ahora su misión era simple: esa misma mañana se presentaría en las oficinas del bufete más prestigioso e influyente de la ciudad. Contrataría al mejor abogado y sacaría a su hermanito de ese horrible lugar.—Javier, ven, siéntate, quiero hablar sobre algo —le dijo Estefanía a su hermano esa mañana.El rostro del muchacho se puso rígido al instante y ella rió suavemente, sacudiendo una mano.—¿Por qué esa cara? —se burló al ver que Javier parecía haber sido atrapado en alguna travesura, aunque, claro, no era el caso—. No es nada malo.Ella lo llevó hasta el sofá sosteniendo su mano y lo hizo sentar a su lado.Una vez estuvieron sentados muy cerca, Estefanía sonrió dulcemente, detallando el rostro serio y apuesto del joven.No pudo evitar extender la mano y acariciar su mejilla, sorprendiéndose al sentir la sombra casi imperceptible del vello fino que empezaba a despuntar en su piel. Era evidente que se había rasurado.«Su hermanito ya se rasuraba», pensó de repente, abriendo los ojos con asombro.¿Cuándo aprendió?¿Quién le enseñó?Ella ni siquiera era capaz de hacer esas preguntas, demasiado desconcertada por aquel rostro cuyas facciones infantiles habían pasado a la historia. Su mandíbu
Graciela estaba dando vueltas en la habitación con una muñeca en brazos. La mecía suavemente, arrullandola como si se tratara de su propia hija. Cuando la puerta del departamento se abrió esa mañana, ella alzó la cabeza bruscamente con los ojos iluminados. Una sonrisa se apoderó de su rostro cansado y ojeroso, antes de susurrar con dulzura:—Papá, llegó, mi amor. Míralo. ¡Es papá!El hombre de pie bajo el umbral esbozó una mueca de puro desdén, mientras observaba a la mujer acercarse con desbordada devoción. —Pasa y siéntate, Cristian. Te prepararé algo para desayunar. Su tono de voz, su postura, todo denotaba que era la viva imagen de una esposa recibiendo a su marido. Cristian se limitó a decir: —¿Estás cuidando bien de mi hija? Sus palabras contenían una acusación que hizo que Graciela sintiera la necesidad de demostrar que estaba cumpliendo bien con su trabajo.—¡Sí! Sí, mi amor, la estoy cuidando muy bien —se apresuró a decir ella, atolondrada. Se pegó la muñeca al pecho
Estefanía estaba sentada en la mesa del comedor, tomando pequeños sorbos de una sopa de verduras que Sonya le había preparado.Cristian solo la había acompañado hasta dejarla instalada. Después de asegurarse personalmente de que no saldría ese día y estaría tranquila en casa, se había marchado a resolver algunos asuntos urgentes. Para ser sincera consigo misma, la ausencia de su esposo le daba un poco de respiro.Su mente era un campo de batalla constante. Llena de pensamientos, dudas y temores. Solo estando sola podía sentir que respiraba.—Pruebe un poco más de este caldo, señora —insistió Sonya, acercándole el plato un poco más mientras acomodaba la servilleta a un costado—. Lleva espinacas y zanahorias frescas. El doctor dijo que el hierro es fundamental para el bebé en estas primeras semanas.Estefanía suspiró para sus adentros, sosteniendo la cuchara a mitad de camino.Llevaba menos de un día sabiendo que estaba embarazada y la sobreprotección de todos comenzaba a resultar abrum
—A partir de ahora, su salud y la del bebé dependen de un entorno completamente libre de estrés, señora.Las palabras del médico hicieron que Estefanía levantara la vista de las sábanas blancas.Bebé.Todavía no podía procesar que había un pequeño ser creciendo dentro de su vientre.Este bebé era el fruto de su amor por Cristian… un hombre que, a pesar de sus más recientes descubrimientos, no dejaba de ocupar un lugar en su corazón.Sin embargo, jamás pensó que esto realmente sucedería. Tanto tiempo deseándolo y, justo cuando había dejado de quererlo, simplemente se cumplía.A veces el destino era demasiado irónico e impredecible: ella había pedido el divorcio y ahora estaba embarazada.No había manera de escapar. Nunca la hubo.—Nada de impresiones fuertes, cero discusiones y reposo absoluto por las próximas semanas —continuó el doctor, enfocando la mirada en ella directamente—. Su tensión arterial cedió gracias a los fármacos, pero su cuerpo estuvo al límite. Una crisis como la de a
Cuando Cristian entró en la habitación del hospital, la imagen que lo recibió le hizo sentir una repentina opresión en el pecho.Estefanía estaba sentada sobre la cama, muy quieta. Tenía la mirada perdida en la nada, sin más lágrimas, pero con los párpados hinchados y enrojecidos.Parecía una muñeca sin vida. Preciosa. Pero dolorosamente rota.Al notar su presencia, sus hermosos ojos verdes se giraron hacia él apenas un segundo.—Yo... no sé cómo pasó... —murmuró con la voz rota y apagada.Sus palabras débiles e inocentes le provocaron otra punzada en el corazón.No soportaba verla así.Acortó la distancia despacio y se sentó en el borde de la cama, tomándole el rostro con infinita delicadeza para besar su frente de forma prolongada, respirando su aroma.—Eso no importa, mi amor —susurró contra su piel—. Ahora vamos a tener un bebé... ¿No te gusta la idea?La mirada de Estefanía volvió a perderse en el vacío, como si flotara en una neblina. Llevó una mano temblorosa hacia su abdomen y
Estefanía solo asintió cerrando los ojos, mientras una nueva lágrima se deslizaba por su mejilla.Cristian sabía que algo estaba mal, porque ella no parecía dispuesta a sostenerle la mirada ni a hablar demasiado.Su temor era más que evidente.Y eso le molestaba.Le molestaba, pero no por ella, ni con ella. Jamás sería con ella.—¿Puedo salir un momento y confiar en que vas a esperarme?Sus hermosos ojos se abrieron de nuevo, observándolo bajo esas pestañas húmedas y lastimeras.Estefanía asintió despacio.—Háblame —exigió él ante su silencio.—Yo… te esperaré —pronunció ella, lentamente, como si midiera cada palabra.Cristian chasqueó la lengua.—No lo vas a hacer —dijo, conteniendo la rabia—, pero está bien, Estefanía. Miénteme.Ella se tensó un poco y volvió a esquivarle la mirada.Su mujer iba a huir en cuanto él cruzara esa puerta, ¿no era más que obvio?Suspiró con agotamiento.Hace un momento había perdido un poco el control, lo admitía. Pero jamás le haría daño.Cristian se al







