LOGIN—¿Necesitas algo? —una voz masculina e imprevista la sacó de sus pensamientos.
Estefanía se giró con sorpresa. Se encontraba de pie en medio de aquel bufete, sin saber qué decir o a dónde dirigirse. —Yo… —tragó saliva, aferrándose con más fuerza a su bolso—. Busco un abogado. —Bueno, estás de suerte —bromeó el recién llegado con una risa jovial, metiéndose una mano en el bolsillo del pantalón e inclinándose ligeramente hacia ella—. Porque resulta que acabas de cruzarte con el mejor abogado de todo este lugar. —¡¿De verdad?! Sus ojos se iluminaron. Sintió que esta era una señal del cielo. —Por supuesto. Ven, pasa a mi oficina —la guio con seguridad por los pasillos. Ella comenzó a respirar con más alivio. Este hombre parecía ser buena persona. Seguramente la ayudaría con su caso. Él cerró las puertas tras de sí y la invitó a sentarse. No pudo evitar asombrarse con el sitio. Era similar a una caja de cristal, donde todo se veía. —Ahora, señorita… —el abogado dejó la frase en el aire, dedicándole una sonrisa mientras apoyaba los codos sobre el escritorio—. Primero lo primero, me gustaría saber el nombre de mi cliente para saber cómo llamarla. Cuénteme su caso. En un acto reflejo, ella se echó más hacia atrás, como si quisiera fusionarse con el espaldar de la silla. —Estefanía… —murmuró, bajando la mirada con las mejillas encendidas. —Y entonces, Estefanía, ¿en qué puedo ayudarte? Estaba a punto de explicar su situación cuando llamaron a la puerta. Gracias a la transparencia del cristal, pudo ver perfectamente a la persona que lo hacía. El hombre también la vio a ella. Sintió un repentino sobresalto en el corazón. Ese sujeto era el mismo con el que se había acostado la noche anterior. —Adelante. Observó en cámara lenta cómo entraba a la oficina. Sus pisadas eran firmes y seguras; su cuerpo, erguido. La presencia que desprendía era alta e intimidante. Por un momento temió que la echara del lugar, algo en su interior le decía que esa era su intención; sin embargo, él la ignoró abismalmente, dirigiéndose únicamente a su acompañante. —Camilo, ¿ya revisaste las cláusulas del contrato de la firma extranjera? —¡Ah, sí, claro! —tartamudeó el abogado, buscando algo en una de las gavetas de su escritorio. —Cuando termines —lo detuvo él, y le lanzó entonces un simple vistazo que la hizo sentir expuesta—, tráelo a mi oficina. Cuando se marchó, el silencio cayó sobre ellos de forma pesada. El hombre que ahora sabía que se llamaba Camilo suspiró antes de recomponerse. Ella estuvo a punto de hacer lo mismo, pero disimuló su malestar de una manera mejor: retorciéndose los dedos hasta estrangulárselos en el regazo. ¿Cómo había ido a parar allí? ¿Por qué de todos los lugares él trabajaba en ese bufete? —¿Y entonces en dónde estábamos? —continuó Camilo. Estefanía se recompuso, dándose cuenta de que ese sujeto la había ignorado y que seguramente lo seguiría haciendo. Justo ahora no eran más que extraños. Centró su mirada en el abogado y le explicó brevemente toda la situación: —Necesito sacar a mi hermano menor de un orfanato. Soy su único familiar directo y quiero obtener su custodia legal lo antes posible. Camilo mostró entusiasmo al inicio, pero en cuanto le comentó que ella también abandonó dicho orfanato hacía muy poco tiempo, su expresión cambió radicalmente. —Eso complica bastante las cosas, Estefanía —se le borró la sonrisa y lo vio ponerse serio por primera vez en todo ese intercambio—. Si acabas de salir de allí, un juez va a alegar que apenas estás empezando tu vida y que no tienes la estabilidad ni la capacidad económica para mantener a un adolescente. —Pero yo estoy dispuesta a trabajar muy duro. Le aseguro que… —¿Ah, sí? —la interrumpió él, inclinándose hacia adelante con la mirada fija en sus labios—. ¿Y qué tanto estás dispuesta a hacer, Estefanía? Porque una cosa es querer y otra muy diferente es convencer a un juez. Un caso así requiere de mucho tiempo… y eso tiene un precio muy alto que va más allá del dinero. Y entonces extendió la mano por encima de la madera y rozó suavemente sus dedos, mirándola con intensidad. Se quedó congelada con los ojos muy abiertos. Casi al segundo siguiente, sonó el timbre del teléfono de la línea directa sobre el escritorio. Camilo se sobresaltó, retiró la mano y contestó a toda prisa. —¿Qué parte de que necesito el contrato de la firma extranjera no entendiste, Camilo? —una voz terrorífica se escuchó desde el altavoz. Camilo desvió la mirada hacia un lado. En la oficina que quedaba justo al frente, aquel hombre estaba de pie sosteniendo el teléfono. Sus ojos oscuros estaban clavados en ellos. —Disculpa, debo atender esto —habló su acompañante, saliendo disparado de la oficina con una carpeta en la mano. Minutos después regresó, pero su expresión no era nada buena. —Estefanía, ya me has contado tu caso. Pero me temo que yo no podré ayudarte. Mi agenda está demasiado llena, pero… —hizo una breve pausa y señaló hacia el frente con la barbilla—. Alguien más sí lo llevará. Ella frunció el ceño y desvió la mirada hacia donde él le indicaba. Al otro lado del pasillo, en la oficina de ese hombre, las cortinas plegables acababan de ser corridas, ocultando por completo el interior. Camilo la miró con una sonrisa de disculpa. —Mi jefe te espera —informó.Cristian no dijo nada, pero sus ojos parecían hablar por sí solos, reflejando una calma presente solo en la superficie, porque en el fondo de su mirada parecía estarse gestando una tormenta.Estefanía sabía que la había atrapado con las manos en la masa, pero aun así no tuvo más opción que seguir mintiendo.—Son suplementos que me mandó el médico —improvisó con una sonrisa temblorosa que amenazaba con borrarse en cualquier momento—. Para el cansancio y la anemia. Como estuve tanto tiempo en coma, me dijo que me ayudarían a recuperar nutrientes.El hombre se limitó a entregarle el frasco.Ni un solo comentario.Simplemente desvió la mirada hacia los papeles que parecía haber olvidado sobre el mueble y los recogió, revisándolos con un ceño fruncido que se acentuaba más y más con cada segundo.—¿Te apetece cenar afuera? —preguntó él de pronto, sin despegar la vista de la carpeta, lanzando esa interrogante que parecía ser completamente contraria a su estado de ánimo.—Claro —balbuceó ella
Como siempre, esa noche tuvieron buen sexo.Al día siguiente, siendo fin de semana, a Estefanía le pesaban tanto los párpados que no fue capaz de levantarse temprano.Sabía que las cosas no deberían ser así y que tendría que estar arriba, pero se consoló pensando en que la niñera ya se estaba encargando del niño.Sin embargo, no contaba con que fuera el propio Cristian quien le estuviera dando el biberón, sentado en un sofá de la habitación.En cuanto abrió los ojos, la escena se hizo evidente.Se frotó la cara, sorprendida —aunque no debería estarlo, él solía hacer ese tipo de cosas antes de que ella despertara del coma—, pero nunca dejaba de impactarla ver a un hombre de su calibre en una faceta que reflejaba tanta devoción paternal.A diferencia de su ropa normal de oficina, hoy lucía un pantalón de algodón oscuro y una franela sencilla que marcaba sus fuertes brazos, con el cabello revuelto por la mañana.Estefanía contempló la maraña despeinada sobre su cabeza y recordó cómo habí
Con las manos temblando, Estefanía recogió las cinco pruebas del lavabo y las envolvió a toda prisa en papel higiénico. Las tiró al fondo de la papelera junto con las cajas, arrancó la bolsa de plástico y le hizo un nudo apretado.Echó una mirada rápida al baño para asegurarse de no haber dejado nada y salió de la habitación, desesperada por deshacerse de la evidencia antes de que alguien la viera.Se movía exactamente igual que una criminal a punto de ser atrapada con las manos en la masa.Pero no tenía opción.Ocultar aquello era lo único que importaba.Sonya no tardó en descubrirla y se apresuró hacia ella.—Señora, deje eso. Yo lo boto.Estefanía forzó una sonrisa y dio un paso atrás, negándose.—No, Sonya, es que derramé algo —su voz era suave y aparentemente normal, al menos en la superficie—. Hay un frasco roto y mucho vidrio, voy a botarlo yo misma. No me tardo.—Pero...—¿Por qué no me preparas un té? —la interrumpió a toda prisa, buscando cualquier distracción—. De pronto se
Tras un mes en prisión provisional, Javier salió libre tras demostrarse mediante un contraperitaje psiquiátrico que había sufrido un trastorno mental transitorio por disociación reactiva.Al carecer de antecedentes y probarse que su capacidad de discernimiento quedó anulada durante el ataque, el tribunal le otorgó una medida cautelar sustitutiva de libertad con régimen de presentación.Enterarse de las cinco puñaladas que Javier le había asestado a aquel hombre en el cuello dejó a Estefanía en un estado de shock absoluto.Sin embargo, en el fondo comprendía por qué Cristian le había ocultado esa parte de la historia en su momento: no quería atormentarla cuando ella ni siquiera había salido del hospital.Ahora que la audiencia finalmente había concluido y el juez le otorgaba la libertad, había llegado la hora de llevar al muchacho a casa.Pero había un gran obstáculo: Javier se negaba rotundamente a volver bajo su tutela.Además, la realidad era que sus aspiraciones en la academia mili
Las palabras de Cristian no habían sido pronunciadas a la ligera. Estaba más que claro que no existía fuerza en el mundo capaz de hacerlo cambiar de parecer.—¿Y yo qué? —murmuró Estefanía, con la voz ahogada—. ¿Por qué no me preguntaste? ¿Por qué no me tomaste en cuenta?—¿Te parece que esto no es tomarte en cuenta? Te estoy protegiendo de ti misma —replicó él con firmeza, sosteniéndole la mirada—. ¿Qué ibas a hacer si te lo decía antes? Ibas a hacer hasta lo imposible para hacerme cambiar de opinión. Me habrías perseguido sin darme tregua y me habrías amenazado con un sinfín de cosas para impedirlo. Te conozco lo suficiente como para saber que jamás te habrías quedado quieta. Antes o después, el resultado terminaría siendo exactamente este. Y estoy dispuesto a afrontar tu molestia, a tolerar tus gritos y tus berrinches, pero no a perderte otra vez.—Estás siendo un exagerado —protestó ella, sintiendo cómo se le formaba un nudo en la garganta—. Con el cuidado adecuado y más atención,
Su declaración la dejó sin palabras. Cristian ya no ejercía como abogado; se comportaba como un maldito juez, dictando una sentencia definitiva sobre el destino de ambos.Estefanía se apartó de él de inmediato. Lo miró con una mezcla de ira y desconcierto que le hizo hervir la sangre a una velocidad abrumadora.En esa casa, ante los ojos de ese hombre, ella no era más que un adorno; un simple mueble sin voz ni voto.—¿Cómo pudiste…? —siseó entre dientes apretados, apenas capaz de articular las palabras por la rabia—. Ni siquiera te molestaste en preguntarme. ¡¿Qué diablos te pasa, maldito tirano?!El hombre, como si hubiera previsto su arrebato, se limitó a observarla con calma.—Desde el principio quisiste tener un hijo y ya lo tienes. Somos la familia completa que tanto anhelabas —declaró con tono imperturbable—. Estuviste al borde de la muerte, Estefanía; no veo el menor sentido en volver a correr riesgos innecesarios.Y sí, tenía razón. Incluso a ella le aterraba la sola idea de v







