INICIAR SESIÓN—Adelante.
Estefanía abrió la puerta con cuidado. El lugar, lejos de parecerle una oficina, se sentía como si estuviera ingresando a una cueva oscura y tenebrosa; pero bien sabía ella que solo eran imaginaciones suyas. En realidad, ese despacho era como cualquier otro: estantes, libros y un escritorio con una computadora donde aquel sujeto revisaba con atención unos documentos. Él no alzó la mirada, aunque seguramente la había sentido entrar. Y entonces se quedó de pie, esperando cualquier indicación de su parte. Un «siéntate» hubiera estado bien, pero no llegó. Ni siquiera cuando aquellos ojos desprovistos de emoción se alzaron minutos después. El vacío en su mirada le hizo sentir un escalofrío en todo el cuerpo. Quiso encogerse en su lugar y desaparecer junto con el suelo. —¿De verdad crees que puedes pagar los honorarios de mi gente con tu cuerpo? La pregunta fue un golpe directo. —Yo no… no iba a hacer eso —balbuceó con dificultad ante un juicio tan despiadado. —Ah, ¿no? —Y entonces se puso de pie. Tenerlo frente a sí en toda su altura le hizo sentir una inminente sensación de peligro. Este hombre verdaderamente daba miedo. —¿Y entonces debo creer en las palabras de una mujer que es capaz de estafar por dinero? —¿E-estafar? No sé de qué habla. O quizás sí lo sabía… Estefanía sintió que estaba a punto de sufrir un colapso nervioso. —Me dijeron que mi regalo fue una chica virgen, pero a mí no me pareció eso. —Comentó con un tono casual que no le quedaba para nada. — Incluso gemía debajo de mí la noche anterior, y al día siguiente intentaba seducir a otro. Tragó saliva, conteniendo las lágrimas. —No es cierto. Yo solo… no sé qué sucedió… Era mi primera vez. ¡Lo juro! —bajó la vista, sin poder soportar el peso de aquellos ojos helados. Jamás se había sentido tan impotente. —Debo decir que eres buena actriz. Pero solo eso. Respiró profundamente, tratando de serenarse, pero fue en vano. Las lágrimas se desbordaron entonces. Era patética, sí. Pero ya había entregado lo único valioso que poseía. —Por favor, créame —terminó suplicando ante el miedo de que se quejara ante el jefe de Carolina. Aquella gente era peligrosa. Una falta como esta seguramente se la cobrarían muy caro. Él no se inmutó ante su llanto. Rodeó el escritorio con calma y se apoyó contra el mueble. Sus tobillos se cruzaron en un gesto cargado de superioridad. Desde esa posición, su mirada la recorrió de arriba abajo, escaneando con desprecio sus piernas temblorosas, su ropa sencilla y su rostro cubierto de lágrimas. —Largo de mi bufete —deletreó con calma. No hubo ni un solo rastro de alteración en su rostro mientras la echaba como si fuera basura. Se dio media vuelta y quiso correr lejos de ese sitio; sin embargo, al abrir la puerta se encontró de frente con el hombre que le había pagado al jefe por su virginidad ese día. —Tú… —dijo él, abriendo muy grande los ojos. Ella lo esquivó con premura, pero alcanzó a escuchar lo que le decía: —Más te vale que te pongas en contacto con tu jefe y devuelvas el dinero. ¡Dios mío, ya se lo habían informado al jefe de Carolina! Estefanía sintió que iba a desmayarse. Abrazó su bolso con fuerza, percibiendo en el interior la vibración del celular. Lo sacó y entonces en la pantalla parpadeó el nombre de su mejor amiga. —Carolina… —contestó, sintiendo que se ahogaba. —¡¿Dónde diablos estás metida?! —El tono de Carolina le hizo temer por su seguridad—. Alexei está hecho una fiera, Estefanía. Dicen que no eras virgen. ¡Que todo era una farsa! Debes devolver el dinero ahora mismo. Por favor, tráelo antes de que te maten. —Carolina, te lo juro, yo sí… —¡No me jures nada a mí! ¡Trae el dinero! ¡Te advertí que con esta gente no se juega! Media hora después, una pistola apuntaba directamente a su cabeza. Tenía los ojos fuertemente cerrados mientras le quitaban el bolso y la empujaban al suelo con violencia. —Debería matarte —rugió su verdugo—. ¿De verdad creías que podías burlarte del gran Alexei? —¡Lo siento! Yo no… —¡Cállate, puta! El mango de la pistola golpeó contra su cara. Estefanía ahogó un grito de dolor mientras el sabor metálico de la sangre inundaba su boca. Cayó de lado sobre el suelo, hundiéndose en la agonía. Alexei alzó el arma de nuevo, dispuesto a descargar otro golpe sobre ella. —¡Te devolvió el dinero! —chilló Carolina con la voz rota—. ¡Por favor, ya déjala! ¡Ya tienes el bolso! El brazo del hombre quedó suspendido. Bajó el arma lentamente, aunque la furia en su mirada seguía intacta. —Fuera —rugió, dándoles la espalda—. Si te vuelvo a ver, te mato. Los pasos de Alexei se alejaron un poco. Y entonces Carolina corrió hasta ella. —Estefanía, ven, te ayudo a… —Carolina, si no quieres sufrir las consecuencias, sígueme ahora mismo. La orden hizo que la joven se estremeciera. La duda estuvo clara en sus ojos, pero Estefanía no quiso meterla en más problemas. —Hazle caso… —susurró con debilidad—. Estaré bien. —Pero… Sonrió con sus dientes ensangrentados. —Tranquila. Se puso de pie poco tiempo después y salió tambaleándose de aquel sitio. Su cabeza palpitaba y su vista estaba borrosa. Pero no era el dolor físico lo que la atormentaba; era el hecho de saber que había perdido el dinero con el que pensaba conseguir la custodia de su hermano.—Javier, ven, siéntate, quiero hablar sobre algo —le dijo Estefanía a su hermano esa mañana.El rostro del muchacho se puso rígido al instante y ella rió suavemente, sacudiendo una mano.—¿Por qué esa cara? —se burló al ver que Javier parecía haber sido atrapado en alguna travesura, aunque, claro, no era el caso—. No es nada malo.Ella lo llevó hasta el sofá sosteniendo su mano y lo hizo sentar a su lado.Una vez estuvieron sentados muy cerca, Estefanía sonrió dulcemente, detallando el rostro serio y apuesto del joven.No pudo evitar extender la mano y acariciar su mejilla, sorprendiéndose al sentir la sombra casi imperceptible del vello fino que empezaba a despuntar en su piel. Era evidente que se había rasurado.«Su hermanito ya se rasuraba», pensó de repente, abriendo los ojos con asombro.¿Cuándo aprendió?¿Quién le enseñó?Ella ni siquiera era capaz de hacer esas preguntas, demasiado desconcertada por aquel rostro cuyas facciones infantiles habían pasado a la historia. Su mandíbu
Graciela estaba dando vueltas en la habitación con una muñeca en brazos. La mecía suavemente, arrullandola como si se tratara de su propia hija. Cuando la puerta del departamento se abrió esa mañana, ella alzó la cabeza bruscamente con los ojos iluminados. Una sonrisa se apoderó de su rostro cansado y ojeroso, antes de susurrar con dulzura:—Papá, llegó, mi amor. Míralo. ¡Es papá!El hombre de pie bajo el umbral esbozó una mueca de puro desdén, mientras observaba a la mujer acercarse con desbordada devoción. —Pasa y siéntate, Cristian. Te prepararé algo para desayunar. Su tono de voz, su postura, todo denotaba que era la viva imagen de una esposa recibiendo a su marido. Cristian se limitó a decir: —¿Estás cuidando bien de mi hija? Sus palabras contenían una acusación que hizo que Graciela sintiera la necesidad de demostrar que estaba cumpliendo bien con su trabajo.—¡Sí! Sí, mi amor, la estoy cuidando muy bien —se apresuró a decir ella, atolondrada. Se pegó la muñeca al pecho
Estefanía estaba sentada en la mesa del comedor, tomando pequeños sorbos de una sopa de verduras que Sonya le había preparado.Cristian solo la había acompañado hasta dejarla instalada. Después de asegurarse personalmente de que no saldría ese día y estaría tranquila en casa, se había marchado a resolver algunos asuntos urgentes. Para ser sincera consigo misma, la ausencia de su esposo le daba un poco de respiro.Su mente era un campo de batalla constante. Llena de pensamientos, dudas y temores. Solo estando sola podía sentir que respiraba.—Pruebe un poco más de este caldo, señora —insistió Sonya, acercándole el plato un poco más mientras acomodaba la servilleta a un costado—. Lleva espinacas y zanahorias frescas. El doctor dijo que el hierro es fundamental para el bebé en estas primeras semanas.Estefanía suspiró para sus adentros, sosteniendo la cuchara a mitad de camino.Llevaba menos de un día sabiendo que estaba embarazada y la sobreprotección de todos comenzaba a resultar abrum
—A partir de ahora, su salud y la del bebé dependen de un entorno completamente libre de estrés, señora.Las palabras del médico hicieron que Estefanía levantara la vista de las sábanas blancas.Bebé.Todavía no podía procesar que había un pequeño ser creciendo dentro de su vientre.Este bebé era el fruto de su amor por Cristian… un hombre que, a pesar de sus más recientes descubrimientos, no dejaba de ocupar un lugar en su corazón.Sin embargo, jamás pensó que esto realmente sucedería. Tanto tiempo deseándolo y, justo cuando había dejado de quererlo, simplemente se cumplía.A veces el destino era demasiado irónico e impredecible: ella había pedido el divorcio y ahora estaba embarazada.No había manera de escapar. Nunca la hubo.—Nada de impresiones fuertes, cero discusiones y reposo absoluto por las próximas semanas —continuó el doctor, enfocando la mirada en ella directamente—. Su tensión arterial cedió gracias a los fármacos, pero su cuerpo estuvo al límite. Una crisis como la de a
Cuando Cristian entró en la habitación del hospital, la imagen que lo recibió le hizo sentir una repentina opresión en el pecho.Estefanía estaba sentada sobre la cama, muy quieta. Tenía la mirada perdida en la nada, sin más lágrimas, pero con los párpados hinchados y enrojecidos.Parecía una muñeca sin vida. Preciosa. Pero dolorosamente rota.Al notar su presencia, sus hermosos ojos verdes se giraron hacia él apenas un segundo.—Yo... no sé cómo pasó... —murmuró con la voz rota y apagada.Sus palabras débiles e inocentes le provocaron otra punzada en el corazón.No soportaba verla así.Acortó la distancia despacio y se sentó en el borde de la cama, tomándole el rostro con infinita delicadeza para besar su frente de forma prolongada, respirando su aroma.—Eso no importa, mi amor —susurró contra su piel—. Ahora vamos a tener un bebé... ¿No te gusta la idea?La mirada de Estefanía volvió a perderse en el vacío, como si flotara en una neblina. Llevó una mano temblorosa hacia su abdomen y
Estefanía solo asintió cerrando los ojos, mientras una nueva lágrima se deslizaba por su mejilla.Cristian sabía que algo estaba mal, porque ella no parecía dispuesta a sostenerle la mirada ni a hablar demasiado.Su temor era más que evidente.Y eso le molestaba.Le molestaba, pero no por ella, ni con ella. Jamás sería con ella.—¿Puedo salir un momento y confiar en que vas a esperarme?Sus hermosos ojos se abrieron de nuevo, observándolo bajo esas pestañas húmedas y lastimeras.Estefanía asintió despacio.—Háblame —exigió él ante su silencio.—Yo… te esperaré —pronunció ella, lentamente, como si midiera cada palabra.Cristian chasqueó la lengua.—No lo vas a hacer —dijo, conteniendo la rabia—, pero está bien, Estefanía. Miénteme.Ella se tensó un poco y volvió a esquivarle la mirada.Su mujer iba a huir en cuanto él cruzara esa puerta, ¿no era más que obvio?Suspiró con agotamiento.Hace un momento había perdido un poco el control, lo admitía. Pero jamás le haría daño.Cristian se al







