LOGINSus pasos temerosos la llevaron hasta la sala.
Estefanía acababa de despertarse en una cama nueva, extraña y demasiado grande. No recordaba ni siquiera cómo había llegado a ocuparla. Solo sabía que la noche anterior había estado sentada en el sofá durante horas, viendo a ese hombre caminar de un lado a otro entre llamadas y papeles. Luego despertó entre sábanas de seda, rodeada por un aroma a limpio que se mezclaba con algo más… almizcle y cuero. Se sonrojó. Recordaba perfectamente lo difícil que le había resultado quitarse ese olor de encima luego de la primera noche que compartieron. Por un momento pensó que la tomaría de nuevo. Ya habían acordado que su cuerpo sería la moneda de cambio, pero él no mostró el menor interés sexual. Por el contrario, apartaba la mirada con desinterés cada vez que sus ojos se encontraban, como si no soportara verla; o quizás lo que no soportaba ver era el moretón en su cara. Sin duda estaba bastante feo. Se tocó la zona, sintiéndola palpitar contra sus dedos. De pie en la estancia, observó cómo una mujer mayor salía de la cocina vistiendo un delantal. Inmediatamente llevó una mano a su corazón ante semejante susto. La señora sonrió. —¿No me diga que soy tan fea? —No… no es eso —balbuceó con dificultad. —Ven, cariño, tu desayuno te espera. Parpadeó. Esto… ¿era real? La siguió, manteniendo sus distancias. Sobre la mesa del comedor, perfectamente servido, se encontraba un desayuno suculento. La vajilla era blanca y tan fina que daba miedo tocarla: había huevos cubiertos por una salsa espesa, rebanadas de salmón, pan crujiente y un tazón con frutas. Al lado, un vaso de jugo recién exprimido y un café cargado cuyo aroma inundaba todo el espacio. Miró todo con asombro. Esto no se parecía en nada a la comida que daban en el orfanato. No pudo evitar recordar la avena aguada y sin sabor que servían cada mañana, la misma que debería estar probando su hermanito en ese momento. De pronto, sintió remordimiento. Ella no debería estar comiendo tan bien, mientras él… —El joven Sterling pidió que lo comiera todo —le dijo la empleada con un tono cariño, sacándola de sus pensamientos—, así que no lo mire tanto, solo pruébelo. Está bueno. Tomó la cuchara con cuidado, murmurando un agradecimiento. Poco después, la mujer regresó y puso una caja de pastillas y un tubo de ungüento justo frente a sus ojos. —El señor mandó a pedir esto —explicó ella—. Por favor, recuerde tomar su medicamento. Examinó con cuidado la medicina. Jamás imaginó recibir este tipo de preocupación de parte de un hombre tan frío. —El señor… él… ¿cuál es su nombre? La mujer mayor la miró con picardía. —¿Así que no lo sabes? Sacudió la cabeza. —Estos jóvenes de hoy en día sí que son liberales… —dijo ella, sirviéndose su propia taza de café. No necesitaba sacar demasiadas conclusiones para darse cuenta del tipo de relación que mantenían. Después de todo, una chica como ella, joven, y luciendo solo una camisa masculina, dejaba muy poco a la imaginación—. Cristian Sterling. —Cristian… —repitió ella, bajito. Sin duda era un bonito nombre. […] Al otro lado de la ciudad, Cristian Sterling acababa de entrar al orfanato estatal. Sus ojos marrones recorrieron con lentitud la fachada del sitio, deteniéndose especialmente en las zonas más agrietadas de las paredes; esas que indicaban a gritos que hacía mucho tiempo que nadie se interesaba en repararlas. —¡Señor Sterling! Qué... qué inmenso honor tenerlo aquí —exclamó el director, apareciendo frente a él de forma apresurada—. Por favor, pase. No esperábamos la visita de una persona tan respetada. Lo siguió, aunque no tenía intención de perder el tiempo en burocracia. Sabía perfectamente qué quería y de qué forma conseguirlo. —¿Hay algo que lo haya traído aquí especialmente? ¿Quizás está interesado en realizar algún donativo? El pecho de Cristian vibró en medio de una carcajada que no pudo detener a tiempo. ¿Era en serio? —¿Un donativo? —repitió con desprecio—. No se confunda, director. Lo que necesito es bastante simple. Quiero convertirme en el tutor legal de un menor. —¿Qué? Su acompañante palideció, poniéndose tan blanco como un fantasma. —Pero usted… Señor Sterling, usted es un hombre joven, soltero. ¿Por qué querría…? Cristian dio un paso al frente, acortando la distancia. Con calma, extendió una mano y le acomodó el cuello del saco al director, dándole palmaditas suaves en el pecho que dejaron al hombre congelado; tan congelado que parecía no atreverse siquiera a respirar. —Hablemos de nuevo de las donaciones, de esas donaciones que tanto le gustan —le susurró con maldad—. Y de todo ese dinero que el Estado pone en su bolsillo todos los meses para el mantenimiento de este basurero, un dinero que claramente no está usando para tales fines. Si se me da la gana, puedo encabezar una auditoría exhaustiva de sus cuentas esta misma tarde. Ahora, dígame, ¿cree que sobreviva a dicha investigación? Davis se espantó, mirando con pánico a su alrededor. Estaban a mitad del jardín delantero, expuestos. Cualquiera con la suficiente atención podría escuchar la conversación y sacar sus propias conclusiones. —No... no creo que debamos discutir ese tipo de cosas aquí, señor Sterling —tartamudeó el hombre, limpiándose una gota de sudor de la frente. Los labios de Cristian se ensancharon en una sonrisa, una mueca fría que no llegó a sus ojos. —Me alegra que nos entendamos —hizo un ademán con la mano para darle el paso—. Dirija el camino. —Por favor, acompáñeme a mi oficina para preparar el papeleo de inmediato —cedió el director, dándose la vuelta a prisa con las piernas temblando.Cristian no dijo nada, pero sus ojos parecían hablar por sí solos, reflejando una calma presente solo en la superficie, porque en el fondo de su mirada parecía estarse gestando una tormenta.Estefanía sabía que la había atrapado con las manos en la masa, pero aun así no tuvo más opción que seguir mintiendo.—Son suplementos que me mandó el médico —improvisó con una sonrisa temblorosa que amenazaba con borrarse en cualquier momento—. Para el cansancio y la anemia. Como estuve tanto tiempo en coma, me dijo que me ayudarían a recuperar nutrientes.El hombre se limitó a entregarle el frasco.Ni un solo comentario.Simplemente desvió la mirada hacia los papeles que parecía haber olvidado sobre el mueble y los recogió, revisándolos con un ceño fruncido que se acentuaba más y más con cada segundo.—¿Te apetece cenar afuera? —preguntó él de pronto, sin despegar la vista de la carpeta, lanzando esa interrogante que parecía ser completamente contraria a su estado de ánimo.—Claro —balbuceó ella
Como siempre, esa noche tuvieron buen sexo.Al día siguiente, siendo fin de semana, a Estefanía le pesaban tanto los párpados que no fue capaz de levantarse temprano.Sabía que las cosas no deberían ser así y que tendría que estar arriba, pero se consoló pensando en que la niñera ya se estaba encargando del niño.Sin embargo, no contaba con que fuera el propio Cristian quien le estuviera dando el biberón, sentado en un sofá de la habitación.En cuanto abrió los ojos, la escena se hizo evidente.Se frotó la cara, sorprendida —aunque no debería estarlo, él solía hacer ese tipo de cosas antes de que ella despertara del coma—, pero nunca dejaba de impactarla ver a un hombre de su calibre en una faceta que reflejaba tanta devoción paternal.A diferencia de su ropa normal de oficina, hoy lucía un pantalón de algodón oscuro y una franela sencilla que marcaba sus fuertes brazos, con el cabello revuelto por la mañana.Estefanía contempló la maraña despeinada sobre su cabeza y recordó cómo habí
Con las manos temblando, Estefanía recogió las cinco pruebas del lavabo y las envolvió a toda prisa en papel higiénico. Las tiró al fondo de la papelera junto con las cajas, arrancó la bolsa de plástico y le hizo un nudo apretado.Echó una mirada rápida al baño para asegurarse de no haber dejado nada y salió de la habitación, desesperada por deshacerse de la evidencia antes de que alguien la viera.Se movía exactamente igual que una criminal a punto de ser atrapada con las manos en la masa.Pero no tenía opción.Ocultar aquello era lo único que importaba.Sonya no tardó en descubrirla y se apresuró hacia ella.—Señora, deje eso. Yo lo boto.Estefanía forzó una sonrisa y dio un paso atrás, negándose.—No, Sonya, es que derramé algo —su voz era suave y aparentemente normal, al menos en la superficie—. Hay un frasco roto y mucho vidrio, voy a botarlo yo misma. No me tardo.—Pero...—¿Por qué no me preparas un té? —la interrumpió a toda prisa, buscando cualquier distracción—. De pronto se
Tras un mes en prisión provisional, Javier salió libre tras demostrarse mediante un contraperitaje psiquiátrico que había sufrido un trastorno mental transitorio por disociación reactiva.Al carecer de antecedentes y probarse que su capacidad de discernimiento quedó anulada durante el ataque, el tribunal le otorgó una medida cautelar sustitutiva de libertad con régimen de presentación.Enterarse de las cinco puñaladas que Javier le había asestado a aquel hombre en el cuello dejó a Estefanía en un estado de shock absoluto.Sin embargo, en el fondo comprendía por qué Cristian le había ocultado esa parte de la historia en su momento: no quería atormentarla cuando ella ni siquiera había salido del hospital.Ahora que la audiencia finalmente había concluido y el juez le otorgaba la libertad, había llegado la hora de llevar al muchacho a casa.Pero había un gran obstáculo: Javier se negaba rotundamente a volver bajo su tutela.Además, la realidad era que sus aspiraciones en la academia mili
Las palabras de Cristian no habían sido pronunciadas a la ligera. Estaba más que claro que no existía fuerza en el mundo capaz de hacerlo cambiar de parecer.—¿Y yo qué? —murmuró Estefanía, con la voz ahogada—. ¿Por qué no me preguntaste? ¿Por qué no me tomaste en cuenta?—¿Te parece que esto no es tomarte en cuenta? Te estoy protegiendo de ti misma —replicó él con firmeza, sosteniéndole la mirada—. ¿Qué ibas a hacer si te lo decía antes? Ibas a hacer hasta lo imposible para hacerme cambiar de opinión. Me habrías perseguido sin darme tregua y me habrías amenazado con un sinfín de cosas para impedirlo. Te conozco lo suficiente como para saber que jamás te habrías quedado quieta. Antes o después, el resultado terminaría siendo exactamente este. Y estoy dispuesto a afrontar tu molestia, a tolerar tus gritos y tus berrinches, pero no a perderte otra vez.—Estás siendo un exagerado —protestó ella, sintiendo cómo se le formaba un nudo en la garganta—. Con el cuidado adecuado y más atención,
Su declaración la dejó sin palabras. Cristian ya no ejercía como abogado; se comportaba como un maldito juez, dictando una sentencia definitiva sobre el destino de ambos.Estefanía se apartó de él de inmediato. Lo miró con una mezcla de ira y desconcierto que le hizo hervir la sangre a una velocidad abrumadora.En esa casa, ante los ojos de ese hombre, ella no era más que un adorno; un simple mueble sin voz ni voto.—¿Cómo pudiste…? —siseó entre dientes apretados, apenas capaz de articular las palabras por la rabia—. Ni siquiera te molestaste en preguntarme. ¡¿Qué diablos te pasa, maldito tirano?!El hombre, como si hubiera previsto su arrebato, se limitó a observarla con calma.—Desde el principio quisiste tener un hijo y ya lo tienes. Somos la familia completa que tanto anhelabas —declaró con tono imperturbable—. Estuviste al borde de la muerte, Estefanía; no veo el menor sentido en volver a correr riesgos innecesarios.Y sí, tenía razón. Incluso a ella le aterraba la sola idea de v







