LOGINCristian Sterling miró fijamente a su mejor amigo.
—Eres un imbécil —su puño se apretó sin ser consciente—. No necesitabas decirle nada a esa gente.
—Es lo mínimo que se merece —respondió Rodrigo, encogiéndose de hombros con indiferencia y caminando hacia el ventanal de la oficina—. Nos estafó.
—En todo caso es tu culpa —soltó entre dientes—. ¿Quién te pidió que contrataras a una prostituta?
—Me lo pidió esa actitud tuya —lo señaló con la barbilla—. Mírate. Parece que siempre estás al borde de un infarto. ¿Desde cuándo no tenías sexo? Agradéceme.
Su mandíbula se tensó.
—Mi vida sexual no es de tu incumbencia.
—Lo sé —suspiró con resignación—. Te juro que no vuelvo a meterme.
—Más te vale —advirtió con hastío. —¿Cuánto te costó? —Hizo el ademán de sacar su billetera y pagarle.
—¡Oye, te dije que fue un regalo!
—¿Entonces por qué quieres que regrese el dinero?
—Ya te dije que es lo mínimo que debe hacer por mentir.
—De igual forma nos acostamos.
—¡Relájate, Cristian! De esto me encargo yo.
¿Relajarse?
¿En serio?
Bufó.
Sin embargo, decidió desechar aquello de su mente; ya le había quitado demasiado tiempo.
[…]
—Señorita, ¿está segura de que no tiene ningún familiar que pueda venir a recogerla? —preguntó la enfermera, observándola con un gesto cargado de compasión.
Estefanía sonrió con debilidad, aunque sentía un dolor punzante en su labio roto.
—Tranquila, estaré bien.
—Pero si vuelve a desmayarse…
—No sucederá —aseguró, aunque aquello sin duda no se podía predecir.
Con el alta médica lista, salió a la calle para comprobar que ya era de noche.
Había pasado la mayor parte del día en el hospital. Todo gracias a que no había comido bien en los últimos días y eso, aunado al golpe que le dio Alexei, terminó dejándola inconsciente en una acera de la avenida.
Suspiró.
El viento frío de la noche la hizo estremecer.
Llevaba puesto un vestido sencillo y desgastado que le llegaba poco más arriba de las rodillas. Seguía sintiéndose débil a pesar del suero que le habían administrado.
Caminó sin rumbo fijo durante un rato.
Ya no tenía dinero y solo podía pensar en su hermano.
Las lágrimas que había contenido durante horas la asaltaron por fin, nublándole la vista.
¿Ahora qué haría?
¿Volvería a acostarse con un extraño?
Sumida en el infierno que era su mente, llegó a una intersección. Avanzó de forma mecánica, cruzando la calle sin molestarse en mirar a los lados.
De repente, unos neumáticos chirriaron.
Una camioneta se detuvo a escasos centímetros de sus piernas y el fuerte sonido del claxon la sacudió.
—¡Quítate del medio, idiota! —le gritó el conductor.
«No había intentado suicidarse. Ella no había intentado suicidarse», se repetía una y otra vez mientras que, con piernas temblorosas, llegaba al otro lado de la acera.
En el fondo sentía culpa en su corazón.
Quizás, por un segundo, había querido acabar con su existencia. Pero no podía. No podía dejar a su hermanito solo.
Sollozó tapándose la boca hasta que un automóvil negro que venía unos metros más atrás, y que había presenciado toda la escena, avanzó lentamente hasta detenerse justo frente a ella.
Estefanía parpadeó, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, mientras la ventanilla del copiloto se deslizaba hacia abajo.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente y sintió que el aire se le atascaba en los pulmones al ver al mismo hombre con el que se había acostado la noche anterior.
Sin duda, su mala suerte no le daba tregua.
Inmediatamente quiso huir.
Ya había devuelto el dinero.
¿Qué más querían de ella?
Se dio la vuelta y se apresuró a caminar más rápido.
Pero entonces escuchó la puerta del vehículo cerrándose.
Escuchó los pasos del hombre que la seguían.
De repente, una mano fuerte rodeó su brazo, haciéndola girarse en una maniobra feroz.
El recuerdo del maltrato de Alexei la hizo encogerse con temor.
«¡No me pegues!», por algún motivo quiso decirlo.
Pero, en su lugar, cerró los ojos con fuerza, sin siquiera atreverse a mirarlo.
Transcurrieron los segundos, uno a uno, mientras que el mundo a su alrededor seguía girando. Voces, autos… Todos actuaban como si nada pasara. Como si aquel sujeto no representara una amenaza.
Se animó entonces a abrir los ojos y se topó de lleno con el escrutinio insaciable de aquel hombre.
Su vista estaba fija en su boca. Pero no había deseo; su expresión era de odio.
—¿Quién te hizo eso? —preguntó, mirándola a los ojos.
Parpadeó, comprendiendo que se refería al golpe.
Seguramente tenía un moretón espantoso.
Hizo el ademán de soltarse.
Él era el culpable.
Si no se hubiera quejado con Alexei, ella y su hermano tendrían una oportunidad de empezar de nuevo.
—¡Suélteme!
—Te pregunté: ¿quién te lo hizo?
—¡Qué le importa! ¡Usted es el culpable! —gritó, desbordándose por primera vez en todo el día—. ¡Todos ustedes son unos malditos!
El hombre cerró los ojos brevemente; casi parecía que hubiera recibido un puñetazo o escuchado algo que le causara verdadero dolor.
—Acompáñame.
—¡No!
—¡Ven conmigo! —La jaló hacia el auto.
Estefanía quiso anclarse al piso, pero le resultó imposible.
¿Cómo podrían sus escasas fuerzas rebasarlo?
—¡Suélteme, le digo!
La subió al vehículo sin importarle sus protestas.
Se cruzó de brazos en el asiento trasero.
Lo que le faltaba: un secuestro.
Poco tiempo después se encontró de regreso en el departamento de ese sujeto.
Esta vez no entró como una intrusa; el mismo dueño la hizo pasar.
—Date un baño —ordenó él, sacando su celular.
—¿Qué le hace creer que quiero estar aquí? —se quejó—. ¡Déjeme ir!
—Te irás después de que resuelva este asunto.
—¿Qué asunto?
Él la miró como advirtiéndole que no hiciera más preguntas.
Suspiró.
Realmente necesitaba un baño.
El agua tibia le dio un breve instante de satisfacción.
Cuando salió de la ducha se puso una camisa del hombre que había encontrado en la secadora.
Había lavado su vestido antes de bañarse porque tenía rastros de sangre, así que ahora le resultaba imposible usarlo.
Caminó hacia la sala en el justo instante en que aquel sujeto colgaba una llamada.
Él, al notar su presencia, se giró; sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo.
Por un momento vio asombro al reparar en sus muslos semidesnudos.
La camisa le quedaba enorme, pero dejaba gran parte de sus piernas a la vista.
Los ojos del hombre volvieron a centrarse en su cara, específicamente en su labio roto.
—Has llegado al grado de venderte y mentir por un objetivo —soltó él con frialdad—. Ahora entiendo para qué necesitabas un abogado.
Sin duda la llamada que acababa de colgar le había suministrado dicha información.
Ella no respondió.
Esperó con paciencia el resto de sus palabras.
—Tus mentiras te metieron en este desastre.
De nuevo aquella insinuación.
«¡No había mentido, maldición!»
Sus dedos se crisparon ante la rabia.
—Pero el golpe que llevas en la cara… es consecuencia de un asunto que empezó conmigo —continuó el hombre, aunque no parecía que se sentía especialmente culpable—. Así que voy a saldar esa cuenta.
¿Saldarla?
¿De qué estaba hablando?
Abrió muy grande los ojos.
—Sacaré a tu hermano del orfanato.
Por un segundo dejó de respirar.
Su hermano… ¡¿él saldría?!
—Pero no trabajo gratis.
Y así la burbuja de esperanza que acababa de formarse a su alrededor explotó.
—¡Le pagaré! ¡Le pagaré hasta el último centavo!
—No quiero dinero, Estefanía.
—¿Entonces?
—Págame de la misma forma en que pensabas pagarle a Camilo.
«¡Oh, cielos! ¿De verdad este hombre creía que ella iba a acostarse con ese abogado?».
Suspiró, bajando la vista.
Quiso indignarse, pero recordó en lo que se había convertido.
Para él, ella no dejaba de ser una prostituta.
Cerró los ojos con fuerza por un segundo.
Javier.
Solo podía pensar en Javier.
—De acuerdo.
Cristian no dijo nada, pero sus ojos parecían hablar por sí solos, reflejando una calma presente solo en la superficie, porque en el fondo de su mirada parecía estarse gestando una tormenta.Estefanía sabía que la había atrapado con las manos en la masa, pero aun así no tuvo más opción que seguir mintiendo.—Son suplementos que me mandó el médico —improvisó con una sonrisa temblorosa que amenazaba con borrarse en cualquier momento—. Para el cansancio y la anemia. Como estuve tanto tiempo en coma, me dijo que me ayudarían a recuperar nutrientes.El hombre se limitó a entregarle el frasco.Ni un solo comentario.Simplemente desvió la mirada hacia los papeles que parecía haber olvidado sobre el mueble y los recogió, revisándolos con un ceño fruncido que se acentuaba más y más con cada segundo.—¿Te apetece cenar afuera? —preguntó él de pronto, sin despegar la vista de la carpeta, lanzando esa interrogante que parecía ser completamente contraria a su estado de ánimo.—Claro —balbuceó ella
Como siempre, esa noche tuvieron buen sexo.Al día siguiente, siendo fin de semana, a Estefanía le pesaban tanto los párpados que no fue capaz de levantarse temprano.Sabía que las cosas no deberían ser así y que tendría que estar arriba, pero se consoló pensando en que la niñera ya se estaba encargando del niño.Sin embargo, no contaba con que fuera el propio Cristian quien le estuviera dando el biberón, sentado en un sofá de la habitación.En cuanto abrió los ojos, la escena se hizo evidente.Se frotó la cara, sorprendida —aunque no debería estarlo, él solía hacer ese tipo de cosas antes de que ella despertara del coma—, pero nunca dejaba de impactarla ver a un hombre de su calibre en una faceta que reflejaba tanta devoción paternal.A diferencia de su ropa normal de oficina, hoy lucía un pantalón de algodón oscuro y una franela sencilla que marcaba sus fuertes brazos, con el cabello revuelto por la mañana.Estefanía contempló la maraña despeinada sobre su cabeza y recordó cómo habí
Con las manos temblando, Estefanía recogió las cinco pruebas del lavabo y las envolvió a toda prisa en papel higiénico. Las tiró al fondo de la papelera junto con las cajas, arrancó la bolsa de plástico y le hizo un nudo apretado.Echó una mirada rápida al baño para asegurarse de no haber dejado nada y salió de la habitación, desesperada por deshacerse de la evidencia antes de que alguien la viera.Se movía exactamente igual que una criminal a punto de ser atrapada con las manos en la masa.Pero no tenía opción.Ocultar aquello era lo único que importaba.Sonya no tardó en descubrirla y se apresuró hacia ella.—Señora, deje eso. Yo lo boto.Estefanía forzó una sonrisa y dio un paso atrás, negándose.—No, Sonya, es que derramé algo —su voz era suave y aparentemente normal, al menos en la superficie—. Hay un frasco roto y mucho vidrio, voy a botarlo yo misma. No me tardo.—Pero...—¿Por qué no me preparas un té? —la interrumpió a toda prisa, buscando cualquier distracción—. De pronto se
Tras un mes en prisión provisional, Javier salió libre tras demostrarse mediante un contraperitaje psiquiátrico que había sufrido un trastorno mental transitorio por disociación reactiva.Al carecer de antecedentes y probarse que su capacidad de discernimiento quedó anulada durante el ataque, el tribunal le otorgó una medida cautelar sustitutiva de libertad con régimen de presentación.Enterarse de las cinco puñaladas que Javier le había asestado a aquel hombre en el cuello dejó a Estefanía en un estado de shock absoluto.Sin embargo, en el fondo comprendía por qué Cristian le había ocultado esa parte de la historia en su momento: no quería atormentarla cuando ella ni siquiera había salido del hospital.Ahora que la audiencia finalmente había concluido y el juez le otorgaba la libertad, había llegado la hora de llevar al muchacho a casa.Pero había un gran obstáculo: Javier se negaba rotundamente a volver bajo su tutela.Además, la realidad era que sus aspiraciones en la academia mili
Las palabras de Cristian no habían sido pronunciadas a la ligera. Estaba más que claro que no existía fuerza en el mundo capaz de hacerlo cambiar de parecer.—¿Y yo qué? —murmuró Estefanía, con la voz ahogada—. ¿Por qué no me preguntaste? ¿Por qué no me tomaste en cuenta?—¿Te parece que esto no es tomarte en cuenta? Te estoy protegiendo de ti misma —replicó él con firmeza, sosteniéndole la mirada—. ¿Qué ibas a hacer si te lo decía antes? Ibas a hacer hasta lo imposible para hacerme cambiar de opinión. Me habrías perseguido sin darme tregua y me habrías amenazado con un sinfín de cosas para impedirlo. Te conozco lo suficiente como para saber que jamás te habrías quedado quieta. Antes o después, el resultado terminaría siendo exactamente este. Y estoy dispuesto a afrontar tu molestia, a tolerar tus gritos y tus berrinches, pero no a perderte otra vez.—Estás siendo un exagerado —protestó ella, sintiendo cómo se le formaba un nudo en la garganta—. Con el cuidado adecuado y más atención,
Su declaración la dejó sin palabras. Cristian ya no ejercía como abogado; se comportaba como un maldito juez, dictando una sentencia definitiva sobre el destino de ambos.Estefanía se apartó de él de inmediato. Lo miró con una mezcla de ira y desconcierto que le hizo hervir la sangre a una velocidad abrumadora.En esa casa, ante los ojos de ese hombre, ella no era más que un adorno; un simple mueble sin voz ni voto.—¿Cómo pudiste…? —siseó entre dientes apretados, apenas capaz de articular las palabras por la rabia—. Ni siquiera te molestaste en preguntarme. ¡¿Qué diablos te pasa, maldito tirano?!El hombre, como si hubiera previsto su arrebato, se limitó a observarla con calma.—Desde el principio quisiste tener un hijo y ya lo tienes. Somos la familia completa que tanto anhelabas —declaró con tono imperturbable—. Estuviste al borde de la muerte, Estefanía; no veo el menor sentido en volver a correr riesgos innecesarios.Y sí, tenía razón. Incluso a ella le aterraba la sola idea de v







