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El vínculo imposible

ผู้เขียน: Munara Veyne
last update วันที่เผยแพร่: 2026-09-06 13:49:43

Nyvara se despertó al sentir que alguien le sacudía el hombro.

—Nyvara.

Abrió los ojos lentamente. La habitación aún estaba a oscuras. Por un momento, no recordaba dónde estaba.

Entonces vio a Maelis de pie junto a su cama, ya vestida, con el rostro pálido y inusualmente tenso.

—Levántate.

Nyvara parpadeó. «¿Qué?»

«Vístete. Llévate solo lo que puedas llevar».

Se incorporó. «¿Por qué?»

«Porque nos vamos».

«¿Nos vamos?»

«Ahora mismo».

Maelis cruzó la habitación y sacó una pequeña bolsa de cuero de debajo de la cama.

Nyvara la miró fijamente. «No puedes hablar en serio».

«¿Te parece que estoy bromeando?»

«Maelis, apenas está amaneciendo».

«Exacto».

La mujer mayor le tendió la bolsa. «Mete algo de ropa. Comida. Agua. Todo aquello sin lo que no puedas vivir».

Nyvara no se movió. «¿Por qué nos vamos de Ravenhollow?»

Maelis dudó. Luego miró hacia la ventana. «Porque Ravenhollow ya no es un lugar seguro para ti».

Nyvara sintió un nudo en el estómago. «¿Por qué?»

«Alguien te está buscando».

Esas palabras le helaron la sangre. «¿Quién?»

«No lo sé».

«Entonces, ¿por qué me estarían buscando?»

Maelis la miró. Por un momento, pareció luchar contra algo en su interior. Luego susurró: «Porque eres una Nyxari».

Nyvara la miró fijamente. «¿Qué es una Nyxari?».

Maelis cerró los ojos. Ahí estaba. La verdad que llevaba años ocultando.

«Las Nyxari eran brujas».

Nyvara soltó una risa nerviosa. «¿Brujas?».

«Las brujas más poderosas que el mundo haya conocido jamás».

La risa se le quedó en los labios.

Maelis se sentó a su lado. «Se las conocía como las Brujas de la Luz. Su magia era extraordinaria. Podían curar heridas, hablar con los seres vivos, manipular ciertas formas de magia y controlar fuerzas que la gente corriente nunca podría comprender».

Nyvara negó con la cabeza. «No».

«Nyvara...»

«No. Yo no tengo magia».

«Lo sé».

«Nunca he hecho nada de eso. »

«Todavía no».

Nyvara la miró fijamente. Maelis le tomó la mano.

«Los Nyxari fueron traicionados». Su voz se suavizó. «Alguien engañó a los reinos y los convenció de que los Nyxari eran los responsables de una gran catástrofe. Se desató una guerra. Se quemaron pueblos. Se masacró a familias enteras».

Maelis tragó saliva. «Cuando terminó, todo el mundo creía que los Nyxari habían sido exterminados».

La voz de Nyvara era apenas audible. «¿Todos menos yo?»

Maelis asintió. «Excepto tú».

Nyvara retiró la mano. «Pero yo no puedo ser una de ellas».

«Lo eres».

«No tengo poderes».

«Porque apenas estás empezando a despertar».

Nyvara recordó el pozo. Las grietas. La voz bajo la tierra. Las cosas extrañas que habían sucedido desde aquel sueño. Se le revolvió el estómago.

«¿Lo sabías?».

«Sí».

«¿Desde cuándo?».

Maelis apartó la mirada. «Pensaba que te quedaban más años».

«¿Más años para qué?».

«Antes del despertar».

Nyvara se puso de pie. «¿Así que todos esos años sabías que algo iba mal en mí?».

«Sabía que eras diferente».

«¿Y nunca me lo dijiste?»

«Intentaba mantenerte con vida».

A Nyvara le ardían los ojos. «¿Y mi madre?»

Maelis se quedó inmóvil.

«¿Dónde está?»

«Te lo diré».

«¿Cuándo?»

«Por el camino».

Nyvara la miró fijamente. «Maelis...»

«Por favor».

Algo en la expresión de la mujer mayor la hizo callar.

«Vístete».

Salieron de Ravenhollow antes del amanecer. Sin despedidas. Sin adiós.

Maelis se mantuvo por los estrechos senderos del bosque, avanzando rápidamente a pesar de su edad. Nyvara la seguía, llevando la pequeña bolsa pegada al pecho. No dejaba de mirar atrás. Ravenhollow desapareció entre los árboles. Una parte de ella se preguntaba si volvería a verlo alguna vez.

«Maelis».

«Sigue adelante».

«¿Dijiste que mi madre estaba viva?»

«Dije que te hablaría de ella».

«Eso no es lo que te pregunté».

Maelis no respondió. Nyvara suspiró.

Entonces, Maelis se detuvo de repente. Se le escapó un grito agudo. Tropezó.

«¡Maelis!»

Nyvara corrió hacia ella. La mujer mayor se agarró la pierna. Una pequeña serpiente desapareció entre la maleza.

Nyvara se dejó caer a su lado. «Te han mordido».

«Estoy bien».

«No estás bien».

Dos pequeñas heridas punzantes ya se estaban hinchando por encima del tobillo de Maelis.

A Nyvara le temblaban las manos. «¿Qué hago?»

«Nada. Sigue adelante».

«No». Nyvara miró a su alrededor frenéticamente. «Recuerdo haber visto hierbas cerca del arroyo».

«Nyvara, no me dejes sola».

«Volveré». Le apretó la mano a Maelis. «Aguanta un poco».

Y echó a correr.

Zevran no había dormido. Sus guerreros se habían retirado hacía horas, pero el sueño se le resistía. Deambulaba solo más allá del campamento, inquieto e irritado consigo mismo. Su lobo había sido insoportable toda la noche.

Había algo cerca. Algo que lo atraía.

Se detuvo junto a un viejo roble. La sensación volvió. Cálida. Dulce. Familiar. Su respiración cambió.

Ese aroma. Nunca lo había olido antes. Sin embargo, su cuerpo lo reconocía.

Su lobo se lanzó hacia delante.

Compañera.

Zevran se volvió hacia el bosque. «No».

La palabra no sirvió de nada. Sus pies ya se habían puesto en marcha. Siguió el aroma. Más rápido. Más rápido. Hasta que echó a correr. No sabía adónde iba. Solo sabía que tenía que llegar allí.

Entonces alguien salió de entre los árboles.

Zevran se detuvo demasiado tarde. Nyvara chocó contra él. El impacto la hizo tambalearse hacia atrás. Sus brazos la sujetaron instintivamente. Una mano se cerró alrededor de su cintura. La otra le sujetó el hombro.

Durante un instante de suspenso, ninguno de los dos se movió.

No había sido su intención correr, ni dejar atrás a sus guardias dormidos, ni seguir un aroma que no podía identificar… cálido, floral, dolorosamente familiar de una forma que no tenía sentido. Pero ahora, con ella tan cerca, con su aliento rozándole la garganta, ese aroma lo invadía todo.

Nyvara levantó la vista. Unos ojos plateados la miraban fijamente. El desconocido de su sueño.

Sus labios se entreabrieron. —Tú.

Zevran no podía hablar. El mundo parecía haberse quedado en silencio a su alrededor. La conocía. No sabía su nombre. Ni su historia. Pero algo más profundo. Algo más allá del pensamiento.

Su lobo se quedó completamente inmóvil.

Compañera.

Las manos de Nyvara descansaban sobre su pecho. Podía sentir los latidos de su corazón bajo sus palmas. Rápidos. Potentes. Casi al mismo ritmo que los suyos.

—¿Te he visto antes? —susurró ella.

Zevran no respondió. No podía. Era demasiado consciente de todo: el calor de su cuerpo bajo sus manos, el suave vaivén de su respiración, el tenue aroma a flores silvestres que se aferraba a su cabello.

Sus dedos se apretaron ligeramente alrededor de su cintura.

—Yo... —comenzó a decir, con voz baja y áspera, pero no terminó la frase. No hacía falta. Fuera lo que fuera aquello, ella también lo sentía: ese tirón en el pecho, la forma en que sus manos se habían aferrado a su túnica en lugar de empujarlo.

Ahora estaba tan cerca que el instinto estuvo a punto de imponerse.

Nyvara respiró con dificultad. Ninguno de los dos se apartó. Algo invisible parecía atraerlos el uno hacia el otro.

Zevran levantó una mano. Sus dedos apartaron un mechón suelto de su rostro. El gesto fue extrañamente tierno. Casi familiar.

La mirada de Nyvara se suavizó. No conocía a aquel hombre. Sin embargo, estar entre sus brazos le hacía sentir como si recordara algo que había olvidado.

Las yemas de sus dedos trazaron el contorno de su mejilla. Un escalofrío la recorrió. Zevran lo notó. Se le cortó la respiración. Su lobo le instaba a acercarse más. Su mirada se posó en los labios de ella.

Nyvara se dio cuenta. Ninguno de los dos habló.

Él se inclinó hacia ella. Lentamente. Casi a regañadientes. Sus respiraciones se entremezclaron. La distancia entre sus labios desapareció.

Entonces Zevran se detuvo. Su expresión cambió. Había olido algo.

Sangre.

Sus ojos se posaron en la mano de ella. Un fino arañazo le atravesaba la palma, probablemente causado por el bosque. Una diminuta gota de sangre brillaba sobre su piel.

Zevran inhaló. Todo en su interior se quedó inmóvil. El aroma lo golpeó como un puñetazo.

Antiguo. Poderoso. Imposible.

Sus ojos brillaron con un destello plateado. Aflojó el agarre alrededor de su cintura. La miró fijamente.

Y entonces la palabra se le escapó de los labios.

«Nyxari».

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