เข้าสู่ระบบEl sumo sacerdote Odran parecía como si hubiera atravesado una tormenta. Sus túnicas blancas estaban manchadas de barro, su cabello plateado le caía suelto sobre los hombros y su respiración era entrecortada.
Pero fueron sus ojos los que inquietaron al rey. Estaban aterrorizados.
—Sumo sacerdote Odran —dijo Rhaedon.
El anciano se inclinó. —Mi rey.
Rhaedon lo observó fijamente. —Tú hiciste sonar las campanas antiguas.
—Así es.
—¿Por qué?
Odran miró a los guardias. —Despejad la sala.
La expresión de Rhaedon se endureció. —Lo que tengas que decir, puedes decirlo ante mi consejo.
—No —la voz de Odran era tranquila, pero firme—. Esto no.
El rey lo miró fijamente antes de levantar una mano. —Retiraos.
Los guardias se inclinaron y salieron en fila. Las grandes puertas se cerraron tras ellos. El silencio inundó la sala del trono.
Rhaedon bajó los escalones de su trono. «¿Qué ha pasado?».
Odran metió la mano dentro de sus túnicas y sacó un pequeño paño negro. Lo desplegó con cuidado. En su interior yacía un fragmento de piedra no más grande que la palma de la mano de un hombre. Era oscura y lisa, con vetas plateadas que se movían bajo su superficie como sangre viva.
La expresión de Rhaedon cambió. «¿De dónde lo has sacado?».
«Del Templo de la Primera Sangre».
El rey lo miró fijamente. «Esa piedra lleva cinco siglos sellada».
«Sí».
«Entonces, ¿por qué está aquí?».
Odran la envolvió con los dedos. «Porque ha despertado».
Aquellas palabras parecieron drenar el calor de la sala.
«¿Cuándo?», preguntó Rhaedon.
«Ayer».
«¿Estás seguro?».
«Yo estaba allí». La voz de Odran temblaba. «Durante trescientos años, la Piedra de Nyxari permaneció en silencio. Sin pulso. Sin luz. Sin cambios».
Tragó saliva. «Ayer, empezó a sangrar».
Rhaedon no dijo nada.
«El templo tembló. Las llamas sagradas se volvieron negras. Todas las velas se apagaron».
La voz de Odran se apagó. «Entonces, la piedra habló».
Rhaedon entrecerró los ojos. «Las piedras no hablan».
«Esta sí lo hizo».
«¿Qué dijo?».
Odran miró hacia las ventanas. «Un nombre».
El rey esperó.
«Nyxari».
Durante varios segundos, ninguno de los dos se movió. Entonces, Rhaedon se dio la vuelta.
«No».
«Su Majestad».
«No». Se dirigió hacia la ventana que daba al reino. «Los nyxari se han extinguido».
«Eso es lo que creíamos».
«No es que lo creyéramos». Rhaedon se giró bruscamente. «Fueron aniquilados».
Odran le miró fijamente. «Eso es lo que tus antepasados querían que todo el mundo creyera».
El rey apretó los puños. «Sabes lo que hicieron esas brujas».
«Sé lo que dice la historia que hicieron».
«Ten cuidado, Odran».
«Soy demasiado viejo para temer tu ira». El sacerdote se acercó. «Llevo sesenta años estudiando los antiguos registros. Los Nyxari no desaparecieron».
Rhaedon se volvió hacia él. «Hay una superviviente».
La expresión del rey se endureció. «¿Dónde?».
«No lo sabemos».
«Pues encuéntrala».
«No podemos».
«¿Por qué?».
«La piedra solo nos dice que existe». Odran bajó la voz. «No nos dice dónde».
Rhaedon lo miró fijamente. «Si una Nyxari ha sobrevivido, puede despertar la antigua magia».
Odran asintió.
«¿Y los sellos?».
«No sabemos cuánto se han debilitado».
La mirada del rey volvió a posarse en la piedra. «¿Qué pasará si encuentra los antiguos templos?».
«Podría despertar lo que quedó enterrado con sus antepasados».
«¿Y si se une a uno de los linajes rivales?».
Odran guardó silencio. No hacía falta que respondiera.
Los reinos del sur llevaban generaciones esperando un punto débil en Dravaryn. Los Lobos de Hierro de Kaereth nunca habían olvidado su derrota. Los magos de sangre de Veylan seguían buscando la magia ancestral bajo las montañas de Dravaryn.
Una bruja Nyxari aliada con cualquiera de ellos no sería simplemente una amenaza política. Podría convertirse en un arma.
«Han pasado quinientos años», dijo Rhaedon.
«Sí».
«Quinientos años desde la última guerra de Nyxari».
«Sí».
«Y ahora una ha despertado».
«Quizá lleve despierta ya algún tiempo».
Rhaedon se detuvo. «¿Qué has dicho?».
«La piedra no despertó porque ella naciera». Odran lo miró. «Despertó porque ella ha despertado».
Un escalofrío recorrió al rey. «¿Qué edad tiene?».
«No lo sabemos».
«Entonces la encontraremos antes de que lo haga nadie más».
Las puertas se abrieron. El príncipe heredero Zevran Veyr estaba de pie en la entrada, vestido con un traje de caza de cuero negro, con el pelo oscuro aún húmedo por el entrenamiento. Llevaba una espada colgada a la cintura.
Sus ojos se desplazaron de su padre al sacerdote. «¿Encontrar a quién?».
La expresión de Rhaedon se endureció. «¿Cuánto tiempo llevas ahí de pie?».
«El suficiente».
«Esto no te incumbe».
Zevran entró en la sala. «Si incumbe al reino, me incumbe a mí».
Odran lo observó fijamente. Algo en su expresión cambió.
Zevran se dio cuenta. «¿Qué?».
El sacerdote no dijo nada.
Zevran se volvió hacia su padre. «¿Qué ha pasado?».
Rhaedon dudó antes de mirar a Odran. El sacerdote desplegó lentamente el paño. La piedra negra brillaba.
Zevran se quedó mirándola fijamente. Sintió un nudo en el pecho. No sabía por qué.
«¿Padre?».
Rhaedon lo observó. «¿Has sentido eso?».
Zevran mantuvo el control de su expresión. «¿Sentir qué?»
El rey entrecerró los ojos. «Nada».
Odran se acercó. «Has sentido algo».
Zevran lo miró. «¿Qué has dicho?»
«La piedra». La mirada de Odran se agudizó. «Reaccionó cuando entraste».
Rhaedon se volvió hacia él. «¿Qué significa eso?»
«No lo sé».
Zevran volvió a mirar la piedra. Por un instante, las vetas plateadas brillaron antes de desvanecerse. Su pulso se aceleró.
Rhaedon se acercó a su hijo. «El linaje Nyxari ha sobrevivido».
El rostro de Zevran se endureció. «Imposible».
«Eso es lo que pensé».
«¿Dónde?»
«No lo sabemos».
«Entonces, ¿por qué estamos aquí parados?»
Su padre lo miró fijamente. «¿Qué quieres que hagamos?»
«Buscar».
«¿Con quién?»
«Contigo».
El rey arqueó las cejas. «¿Tú?»
Zevran asintió. «Me llevaré a la Guardia Carmesí y cabalgaré hacia el norte».
«No».
«Los bosques del norte son los más cercanos a los antiguos asentamientos nyxari».
«No».
«Padre».
«No vas a perseguir a una bruja por territorio desconocido solo porque se haya despertado una vieja piedra».
Zevran se acercó un paso. «Tú mismo me enseñaste que la vacilación mata a los soldados».
«Esto no es un campo de batalla».
«Podría convertirse en uno».
Se hizo el silencio en la sala.
«Si Nyxari existe de verdad —dijo Zevran—, todos nuestros enemigos la estarán buscando. Nosotros la encontraremos primero».
Rhaedon observó a su hijo. «¿Entiendes a qué te estás prestando voluntario?».
«Sí».
«Puede que tengas que matarla».
La expresión de Zevran no cambió. «Lo sé». Apretó con fuerza la empuñadura de su espada.
Rhaedon se dio cuenta. «Partirás al amanecer».
Zevran lo miró. «¿Al amanecer?».
«Tú quisiste la búsqueda».
«Quiero marcharme esta noche».
«No».
«¿Por qué?».
«Porque quiero que vivas el tiempo suficiente para llevarla a cabo».
Zevran casi esbozó una sonrisa. «Pareces preocupado».
«Lo estoy». La voz del rey se suavizó. «He perdido a demasiados hijos a manos de las criaturas que acechan más allá de nuestras fronteras».
Zevran inclinó la cabeza. «Volveré».
Rhaedon lo miró. «Trae a la bruja contigo».
Zevran se detuvo un instante. «¿Y si se niega?».
Los ojos del rey se volvieron fríos. «Entonces trae su cabeza».
Aquella noche, Zevran se quedó solo en el balcón del palacio. A sus pies, Dravaryn brillaba bajo la luna. Más allá de los muros del palacio, las montañas se alzaban como centinelas oscuros. Mañana se marcharía.
Debería haber estado pensando en la búsqueda: los soldados, las rutas, la posibilidad de que el último nyxari ya estuviera en manos del enemigo.
En cambio, no podía dejar de pensar en ella.
No conocía su rostro. Ni su voz. Ni dónde se encontraba. Y, sin embargo, de alguna manera, ya se le había metido bajo la piel.
Zevran cerró los ojos. «¿Qué está pasando?».
Su lobo se agitó. No con su inquietud habitual. Esto era diferente. Más hambriento. Más insistente.
Zevran apretó la mandíbula. Conocía esa sensación por las historias de los guerreros más veteranos, aunque siempre las había descartado.
El vínculo de apareamiento.
Su lobo estaba respondiendo a su compañera.
De repente, el deseo lo invadió con fuerza. No era meramente físico. Era la insoportable conciencia de que en algún lugar del mundo había otra persona, una mujer a la que nunca había conocido, pero que su cuerpo parecía reconocer.
Zevran se agarró a la barandilla. «Ahora no».
Su lobo gruñó.
«Ahora no».
Mañana cabalgaría hacia territorio desconocido para cazar al último Nyxari. No podía permitirse distracciones, y menos aún una tan poderosa como para hacerle perder el control.
Exhaló lentamente.
Por favor. Ahora no. No durante esta caza. No cuando el reino podría depender de mí.
Abrió los ojos. La luna parecía más brillante. El calor en su interior se intensificó.
Zevran miró hacia las montañas lejanas. «¿Quién eres?».
Su lobo respondió con un profundo rugido.
Compañera.
Zevran tragó saliva. No tenía ni idea de quién era ella. Podría estar más allá de las fronteras. Podría pertenecer a un reino rival. Incluso podría ser la Nyxari a la que le habían ordenado encontrar.
Esa idea le inquietaba.
Imposible.
Su compañera no podía ser la bruja cuyo linaje su familia llevaba cinco siglos destruyendo.
¿O sí?
Zevran se quedó mirando fijamente la oscuridad. El deseo volvió a recorrerlo. Su lobo la deseaba. Quería encontrarla. Quería el vínculo.
Zevran se obligó a permanecer inmóvil. —Seas quien seas —murmuró—, mantente alejada de mí.
Su lobo gruñó.
Zevran estuvo a punto de reír con amargura. —No estás ayudando.
Entonces, la luna cambió. El plateado se fue tiñendo lentamente de carmesí.
La sonrisa de Zevran se desvaneció.
El palacio por fin se había quedado en silencio.La música del banquete de bodas se había desvanecido horas atrás, dejando solo el sonido lejano de los insectos nocturnos y el suave roce de las cortinas en la brisa de verano. Los últimos invitados se habían retirado a sus cámaras, y los sirvientes se habían retirado del ala real, dejando atrás el leve aroma de jazmín y celebración.Por primera vez desde que se conocieron, Nyvara y Zevran estaban completamente solos.Nyvara permanecía junto a las puertas abiertas del balcón, observando cómo la luz de la luna se derramaba sobre los jardines reconstruidos como plata líquida. Solo llevaba su camisón de seda, la tela lo bastante fina para que el aire de la noche le erizara la piel. Sintió más de lo que oyó que él se acercaba: su presencia un calor en su espalda, una certeza en sus huesos que no tenía nada que ver con la magia y todo que ver con el amor.—Pensé que nunca vendrías —dijo, sin girarse.Los pasos de Zevran fueron suaves contra
Habían pasado tres lunas desde la caída del Vaerok. Dravaryn ya no parecía un reino que había sobrevivido a una guerra. Parecía un reino que estaba naciendo de nuevo. Las puertas rotas habían sido reconstruidas. Nuevos tejados cubrían las casas que se habían quemado. Los muros del palacio habían sido reparados, aunque varias cicatrices de la batalla se habían dejado deliberadamente intactas: un recordatorio tallado en piedra de lo que había costado llegar a esta mañana. Pero el mayor cambio no estaba en los edificios. Estaba en la gente. Los Nyxari ya no se veían obligados a esconderse. Su magia ya no estaba prohibida. Sus nombres ya no se pronunciaban como maldiciones. Y en la mañana de la boda, las campanas de Dravaryn sonaron desde el amanecer, rodando sobre tejados que todavía olían débilmente a humo y a pintura fresca en igual medida. Nyvara permanecía ante un alto espejo en su cámara. Apenas se reconocía a sí misma. Su vestido era blanco, pero delicados patrones plateados recorr
La primera mañana después de la caída del Vaerok se sintió extraña de una forma para la que Dravaryn no tenía nombre. Durante quinientos años, el reino había conocido el miedo como una especie de clima: siempre en algún lugar del horizonte, siempre a punto de llegar. Ahora, de pie entre los escombros de todo lo que ese miedo había costado, la ciudad conocía algo que no había sentido en la memoria viva. Silencio sin terror debajo. La lluvia había caído durante la noche, lavando la ceniza y la sangre hacia las alcantarillas, arrastrando piedra rota por calles que casi se habían tragado a un príncipe una semana atrás. Las grandes puertas yacían en astillas. Tres torres se habían derrumbado por completo. La sala del trono era una ruina de mármol chamuscado y cristal destrozado. Pero Dravaryn seguía en pie. Y al amanecer, también su pueblo, emergiendo de hogares medio derrumbados con cubos y piedras y manos desnudas y sangrantes, buscando entre los escombros a cualquiera que todavía respir
Nyvara levantó ambas manos.La luz plateada estalló de sus palmas, una lanza cegadora de poder que golpeó al Vaerok de lleno en el pecho y lo empujó tres zancadas completas hacia atrás. La antigua bestia gruñó, clavando las garras en el suelo de piedra con la fuerza suficiente para agrietarlo, luchando por mantenerse erguido.Nyvara no esperó; golpeó de nuevo.Una tormenta de magia plateada llenó el patio, ola tras ola estrellándose contra el Vaerok, arrancando trozos de los muros en ruinas a su alrededor, llenando el aire de polvo y el olor acre de piedra chamuscada.Pero el Vaerok seguía avanzando.La respiración de Nyvara se volvió más pesada, los brazos temblando con el esfuerzo de tirar de tanto poder a través de su cuerpo a la vez.Lanzó otro hechizo. El Vaerok lo atravesó.Otro.También atravesó ese, más cerca ahora, lo bastante cerca para que ella pudiera ver la luz fundida pulsando bajo su piel como algo que se alimentaba de sí mismo.—No puedes derrotarme —gruñó, y las palab
Las puertas de Dravaryn ya estaban rotas cuando Nyvara llegó.El humo flotaba bajo sobre la ciudad en ruinas, lo bastante denso para engullir la luna. Las calles que una vez habían resonado con mercaderes y niños yacían en silencio, llenas de cuerpos y armas rotas, la piedra resbaladiza de sangre que todavía no se había secado.Cinco guerreras nyxari vestidas de blanco caminaban detrás de ella, las hojas sagradas desenvainadas, los sigilos de protección brillando en un oro débil a lo largo de sus antebrazos, protecciones destinadas a criaturas que no podían ser matadas solo con acero. Sus rostros permanecían serenos a pesar de todo lo que habían visto en el camino.Esa calma no sobrevivió al patio.Una de ellas se detuvo a mitad de la zancada.—Saraya.Los ojos de Nyvara siguieron su mirada y encontraron el cuerpo de Saraya a varios pasos del trono, sin vida, sus túnicas blancas manchadas de oscuro, la fuerza que alguna vez la había convertido en una de las guerreras más temidas entre
El estómago de Veyrissa había crecido de nuevo. Ya era antinaturalmente grande cuando Dacari murió, pero ahora parecía casi imposible. La piel se estiraba con fuerza a través de su abdomen, brillando débilmente a la luz del fuego, y cada movimiento parecía enviar otra ola de dolor a través de su cuerpo. Le habían dicho que el niño nacería en menos de dos días. Pero la criatura del Vaerok no seguía las leyes de la naturaleza. Crecía demasiado rápido, como si los días mismos hubieran perdido la paciencia con ella. Veyrissa se sentaba en el frío suelo cerca del trono, una mano presionada contra su estómago y la otra agarrando el borde de la piedra bajo ella, los nudillos blancos contra la roca antigua. Otra contracción la agarró. Se inclinó hacia delante, jadeando, el sonido arrancándose de ella antes de que pudiera detenerlo. Ningún sanador vino. Ningún médico entró. Ningún sirviente se atrevió a acercarse. El palacio que una vez había estado lleno de música, sirvientes, guardias y voce







