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El lobo que amó a la bruja
El lobo que amó a la bruja
Author: Munara Veyne

El beso de la luna

Author: Munara Veyne
last update Petsa ng paglalathala: 2026-08-31 17:41:32

El aire olía a lluvia y a algo más dulce. Algo familiar. Se giró lentamente.

¿Hola?

Su voz se perdió entre los árboles. Nadie respondió. Entonces oyó unos pasos. Lentos. Mesurados. Que se acercaban a ella. El corazón de Nyvara empezó a latir más rápido.

Un hombre salió de entre las sombras. No podía verle la cara con claridad. La oscuridad parecía seguirle, envolviendo sus rasgos como un velo. Pero vio sus anchos hombros, los mechones oscuros de pelo que le caían sobre la frente y el extraño brillo plateado de sus ojos.

Esos ojos le paralizaron el corazón. Probablemente debería echar a correr, pero algo la mantenía clavada en el sitio. Lo conocía. No sabía cómo. Simplemente lo sabía.

El desconocido la miró como si se hubiera pasado toda una vida buscándola.

«Eres mía», susurró.

Nyvara frunció el ceño. —¿Te conozco?

Él no respondió. En lugar de eso, caminó hacia ella. Un paso. Luego otro. Nyvara debería haberse movido. No lo hizo. Había algo en él que acallaba todos sus instintos.

Cuando se detuvo frente a ella, tuvo que inclinar la cabeza para mirarle a los ojos. Su mirada recorrió su rostro, casi con reverencia.

—He soñado contigo —dijo él.

Una extraña punzada se le formó en el pecho. «No te creo».

Su expresión cambió. Algo crudo destelló tras sus ojos. Extendió la mano hacia ella. Sus dedos le rozaron la mejilla. Nyvara cerró los ojos. El contacto era cálido. Cauteloso. Casi vacilante. Como si temiera que ella pudiera desaparecer.

Cuando volvió a abrir los ojos, él estaba más cerca. Lo suficientemente cerca como para que ella sintiera su aliento.

«Dime que me vaya», susurró.

El corazón de Nyvara latía con fuerza. «¿Quieres que me vaya?».

«No». Odiaba cómo le salía esa palabra de la boca, pero una parte de ella quería que se quedara, quería que ese momento durara para siempre.

«Entonces no te vayas».

Su mano se deslizó suavemente detrás de su nuca. Se inclinó hacia ella. Durante un instante que pareció eternizarse, ninguno de los dos se movió. Entonces sus labios se encontraron con los de ella.

Al principio, el beso fue suave. Tan suave que Nyvara se preguntó si lo había imaginado. Entonces algo cambió. El desconocido la atrajo hacia sí, y la ternura entre ellos se transformó en algo más cálido y más apasionado.

Los dedos de Nyvara se aferraron al frente de su camisa. Sintió que él contenía el aliento. La besó de nuevo, esta vez lentamente, como si quisiera memorizar la sensación de tenerla cerca.

No había prisa. Ni miedo. Solo la extraña certeza de que llevaban esperando ese momento mucho más tiempo del que ninguno de los dos podía recordar.

Nyvara se derritió contra él. Su brazo se posó alrededor de su cintura, sujetándola con fuerza. Podía sentir los latidos de su corazón bajo su palma. Rápidos. Casi tan rápidos como los suyos.

Cuando por fin se separaron, ninguno de los dos se apartó. Sus frentes descansaban juntas. Nyvara abrió los ojos. El brillo plateado de sus ojos se había intensificado.

—¿Quién eres? —susurró ella.

El bosque tembló. Él miró por encima del hombro de ella. La sonrisa se desvaneció. Nyvara percibió el cambio de inmediato.

—¿Qué pasa?

Él se apartó de ella. —Corre.

—¿Qué?

—¡He dicho que corras!

El suelo se abrió en dos. Ella gritó. Una grieta irregular desgarró la tierra entre ellos. Los árboles gemían mientras sus raíces eran arrancadas de cuajo. Las flores bajo los pies de Nyvara se marchitaron al instante. El fuego brotó de la grieta. Se disparó hacia el cielo en enormes columnas, tiñendo la luna de rojo.

Nyvara trastabilló hacia atrás. «¡Ayúdame!»

Él extendió la mano hacia ella. Ella le agarró la mano. Durante un segundo, sus dedos se entrelazaron. Entonces, algo bajo la tierra rugió. El sonido fue tan potente que el bosque tembló.

Él apretó con más fuerza. «No me sueltes».

Nyvara lo intentó. Pero la tierra bajo ella se derrumbó. Sus dedos se deslizaron de los de ella. Cayó.

«¡Ayuda…!»

Se sumergió en la oscuridad. No había viento. Ni suelo. Ni cielo. Solo oscuridad. Cayó durante lo que le pareció una eternidad antes de aterrizar sobre algo frío.

Nyvara abrió lentamente los ojos. Estaba tumbada en un abismo. Las paredes se alzaban a una altura imposible sobre ella. Algo se movió en la distancia. Dejó de respirar.

Una silueta emergió de la oscuridad. No era un lobo. No era un hombre. No tenía forma definida alguna. Su cuerpo parecía hecho de humo y sombras, en constante cambio. En un momento tenía extremidades. Al siguiente, no era más que una masa de oscuridad arrastrándose por el suelo.

Nyvara intentó moverse. Su cuerpo se negó a obedecer. La cosa se detuvo ante ella. No le veía los ojos. Sin embargo, sabía que la miraba directamente a ella.

Entonces habló.

—Nyvara.

La voz provenía de todas partes. De las paredes. De la oscuridad. Del interior de su propio cráneo.

Sacudió la cabeza. —No.

La criatura se acercó. —Recuerda.

—¿Recordar qué?

Un sonido grave resonó en el abismo. —Quién eres.

El corazón de Nyvara se aceleró. —No lo entiendo.

La criatura se inclinó hacia ella. «Nyxari».

Aquella palabra tocó algo en su interior. Las imágenes se sucedieron en su mente. Una mujer corriendo entre las llamas. Un bebé llorando. Sangre sobre la nieve. Un colgante de plata. Un lobo negro bajo una luna roja.

Nyvara jadeó. «¡Basta!»

La voz de la criatura se hizo más fuerte. «Recuerda quién eres».

La oscuridad estalló. Nyvara gritó.

Se despertó con un grito ahogado. Su cuerpo se enderezó de golpe. Durante unos segundos, no supo dónde estaba. Poco a poco, su dormitorio fue cobrando forma. Las viejas paredes de madera. Las cortinas descoloridas. La pequeña lámpara de barro junto a su cama. La luz del sol matutino se colaba por la ventana.

Nyvara se llevó una mano temblorosa al pecho. El corazón le latía a toda velocidad. Se miró los dedos. Estaban temblando.

«Ha sido un sueño». Susurró las palabras como si decirlas en voz alta fuera a convertirlas en realidad.

Solo un sueño.

Sin embargo, aún podía sentir los labios del desconocido contra los suyos. Aún podía sentir su mano en su cintura. Y aún podía oír su voz.

Entonces se oyó otra voz.

«¡Nyvara!».

«¡Sí, mamá!».

«¿Estás despierta?».

Nyvara tragó saliva. «Sí».

«Pues deja de estar ahí tumbada y baja. El pozo no va a ir a buscar el agua por ti».

Nyvara miró hacia la ventana. El sol apenas había salido. Suspiró. «Ya voy».

«¡Y date prisa!», gritó su madre adoptiva desde abajo. «¡El tiempo no espera a nadie, niña!».

Nyvara se levantó a duras penas de la cama. Sus pies tocaron el suelo frío. Por un instante, se quedó completamente inmóvil. Algo no iba bien. Miró a su alrededor. Nada había cambiado. Excepto…

Sus ojos se posaron en el suelo. Había un fino rastro de polvo negro junto a su cama. Nyvara frunció el ceño. Se agachó y lo tocó. En el momento en que su dedo entró en contacto con él, un dolor agudo le atravesó la mano. Dio un grito ahogado. El polvo negro se desvaneció.

«Pero ¿qué demonios…?»

«¡Nyvara!», volvió a sonar la voz de su madre adoptiva.

«¡Ya voy!»

Se vistió rápidamente y bajó las escaleras a toda prisa. Su madre adoptiva, Maelis, estaba de pie junto a la chimenea con las manos en las caderas. Era una mujer robusta de unos cincuenta años, con algunas canas que empezaban a asomar entre su cabello oscuro. Había criado a Nyvara desde que era una niña y siempre había sido estricta con las tareas domésticas.

—Has vuelto a tener pesadillas —dijo Maelis.

Nyvara se detuvo. —¿Cómo lo sabes?

—Gritas.

Nyvara apartó la mirada. —No estaba gritando.

«Lo estabas». Maelis le entregó dos cubos de madera vacíos. «Tú también estabas diciendo algo».

Nyvara apretó los cubos con fuerza entre los dedos. «¿Qué dije?»

Maelis se quedó mirándola un momento. «No te entendí».

Nyvara sintió un extraño escalofrío recorrer su cuerpo. «¿Cómo sonaba?»

«No sabría decirlo, nunca entiendo nada de lo que dices mientras duermes».

De repente, Nyvara recordó la voz. Recuerda quién eres. Apartó ese pensamiento de su mente. «No era nada».

Maelis la observó fijamente. «Los sueños no son nada hasta que empiezas a creer en ellos».

Nyvara esbozó una sonrisa forzada. «No creo en ellos».

«Bien». Maelis se volvió hacia la puerta. «Ahora ve al pozo antes de que las mujeres del pueblo se lleven toda el agua».

Nyvara asintió. Salió al exterior.

Ravenhollow ya se estaba despertando. El humo se elevaba de las chimeneas. Los granjeros conducían a los caballos hacia los campos. Los niños corrían por las estrechas calles mientras los comerciantes abrían sus puestos. Era una mañana cualquiera. Sin embargo, Nyvara no podía quitarse de la cabeza la sensación de que algo la estaba observando.

Caminó hacia el pozo del pueblo. A mitad de camino, un cuervo negro se posó en una valla de madera. Nyvara se detuvo. El pájaro la miraba fijamente. Sus ojos brillaban de forma antinatural. Siguió caminando. El cuervo la siguió. Volaba de valla en valla, sin apartar nunca la mirada de ella.

Cuando Nyvara llegó al pozo, ya se habían reunido allí varios aldeanos. El viejo Bram, el carnicero del pueblo, la miró. «Llegas tarde».

Nyvara sonrió. «Me he quedado dormida».

«¿Otra vez?».

Se rió en voz baja. Pero entonces el cubo se le resbaló de los dedos. Cayó al pozo.

Nyvara se quedó paralizada. Aguzó el oído. Esperaba oír el chapoteo. En cambio, oyó otra cosa.

Un latido. Lento. Profundo.

Bum.

Nyvara se asomó al pozo.

Bum.

Se le cortó la respiración.

Bum.

El sonido provenía de las profundidades de la tierra.

«¿Nyvara?».

No oyó a Bram. Se quedó mirando fijamente la oscuridad. Algo se movió en las profundidades. Se abrieron dos ojos plateados.

Nyvara trastabilló hacia atrás. El mundo a su alrededor pareció desaparecer. El pueblo. La gente. La luz del sol. Todo se desvaneció. Y, una vez más, aquella voz se coló en su mente.

Recuerda quién eres.

Nyvara jadeó. Entonces, el pozo se agrietó. Una delgada línea negra se extendió por la piedra. Los aldeanos gritaron. Nyvara lo observó horrorizada. Porque desde lo más profundo de la tierra llegó un sonido que había oído hacía solo unos instantes en su sueño.

Un gruñido.

Y luego una voz. Susurrando desde algún lugar muy por debajo.

«Nyvara Elys».

Dejó de respirar. El cuervo negro que tenía encima chilló de repente y alzó el vuelo hacia el cielo. Y bajo el pueblo, algo enorme comenzó a despertar.

Maelis permanecía paralizada al borde de la multitud. Se había quedado completamente pálida. No miraba el pozo agrietado. Miraba a Nyvara. Y, por primera vez en la vida de Nyvara, vio miedo en los ojos de aquella mujer.

«¿Mamá?»

Maelis dio un paso atrás. Luego otro. «No toques el pozo».

Nyvara frunció el ceño. «¿Por qué?»

Los labios de Maelis temblaban. «Porque...»

Miró hacia el bosque.

«Alguien te ha encontrado».

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