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CAPÍTULO 3: FIRMAS Y SILENCIOS.

Autor: Elisheva
last update Data de publicação: 2026-04-27 04:20:28

No dormí nada aquella noche.

Me quedé tumbada en la cama de mi pequeño apartamento, mirando el techo agrietado mientras la conversación con Sebastián Del Valle se repetía en mi cabeza una y otra vez. Un año. Cien mil dólares. Nos casamos mañana. Las palabras giraban como un carrusel de feria, mareándome, asfixiándome.

¿En qué estaba pensando?

Ah, sí. No estaba pensando. Estaba desesperada. Y la desesperación, como descubrí esa noche, es la mejor aliada de las malas decisiones.

Me levanté antes del amanecer. La luz grisácea de la mañana se colaba por la persiana rota, dibujando líneas en el suelo de linóleo. Me duché con agua fría porque la caldera llevaba una semana estropeada. Me puse el único vestido decente que tenía: uno negro, sencillo, que había comprado en una tienda de segunda mano para el funeral de la abuela.

Qué ironía. El mismo vestido para despedir a la única persona que me quiso y para casarme con un desconocido.

El espejo del baño me devolvió una imagen que apenas reconocí. Ojeras. Pómulos marcados. Una sombra de miedo en los ojos que no había visto nunca. Me recogí el pelo en una coleta baja, me pellizqué las mejillas para darles algo de color y respiré hondo.

—Es solo un contrato —me dije en voz alta, como si las palabras pudieran hacerlo más real—. Un año. Un negocio. Nada más.

Mi reflejo no me creyó.

A las ocho en punto, un coche negro me esperaba junto al portal. No era un coche cualquiera: era una limusina con los cristales tintados y un chófer uniformado que me abrió la puerta sin hacer preguntas. Entré sintiéndome como un gato callejero subiendo a un trono.

El trayecto fue silencioso. La ciudad desfilaba al otro lado de la ventanilla, ajena a mi destino. Vi pasar el hospital donde trabajaba, el parque donde mi abuela me llevaba de niña, la panadería donde comprábamos el pan recién hecho los domingos. Todos los lugares de mi vida anterior, alejándose como fotos en un álbum que alguien cerraba para siempre.

Cuando llegamos al registro civil, Sebastián Del Valle ya me esperaba en la puerta.

Llevaba un traje azul marino, impecable, y el mismo gesto frío del día anterior. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si casarse con una desconocida fuera un trámite más en su agenda, entre una reunión de negocios y una llamada importante.

—Llegas puntual —dijo, a modo de saludo—. Me gusta la puntualidad.

—Y a mí me gusta no deber cien mil dólares —respondí, con más veneno del que pretendía—. Así que aquí estoy.

Él ignoró mi tono. Me tendió una carpeta de cuero negro.

—El contrato. Léelo antes de firmar.

—¿Ya lo has redactado?

—Mis abogados trabajan rápido.

Abrí la carpeta con dedos temblorosos. El documento tenía más páginas de las que esperaba. Cláusulas, condiciones, plazos. Busqué lo esencial: la deuda de cien mil dólares quedaría saldada en veinticuatro horas. Recibiría una compensación de cincuenta mil dólares al finalizar el año. Debía residir en la mansión Del Valle, cuidar de Don Ernesto y fingir ser la esposa perfecta en todos los actos públicos.

Y una cláusula adicional, subrayada en negrita:

"El presente contrato no genera relación sentimental alguna entre las partes. Cualquier implicación emocional será considerada una violación del acuerdo."

Alcé la vista.

—¿Esto es necesario?

—Es necesario —respondió él, sin pestañear—. Esto es un negocio, Luna. Cuanto más claro esté desde el principio, mejor para los dos.

—Claro —repetí, tragándome el nudo que se me había formado en la garganta—. Un negocio.

Firmé.

La ceremonia fue lo más alejado a una boda que pudiera imaginarse. El juez, un hombre canoso y aburrido, recitó las palabras de memoria sin poner una pizca de emoción. La sala estaba vacía. No había flores, ni testigos, ni música de fondo. Solo el eco de nuestras voces diciendo "sí, acepto" y el sonido seco del tampón sobre el papel.

Cuando el juez dijo "puede besar a la novia", Sebastián me miró un segundo. Solo un segundo. Luego me tendió la mano.

—Un placer hacer negocios contigo, señorita Méndez.

—Señora Del Valle —corregí, estrechándosela con más fuerza de la necesaria—. O al menos eso pone el papel.

Algo brilló en sus ojos verdes. ¿Sorpresa? ¿Diversión? Fue un destello tan breve que no pude identificarlo. Pero por un momento, solo por un momento, el hombre de hielo pareció a punto de derretirse.

—Tienes carácter —dijo—. Eso me gusta.

—No estoy aquí para gustarte. Estoy aquí para cuidar a tu abuelo.

—Entonces vamos a conocerlo.

---

El ala privada de la clínica Del Valle estaba en el piso catorce. Las paredes eran blancas, el suelo relucía y las enfermeras nos saludaban con reverencias al pasar. No se parecía en nada al hospital público donde yo trabajaba. Allí todo olía a dinero. A un dinero antiguo, silencioso, que no necesitaba gritar.

Sebastián se detuvo ante la puerta de la habitación 1401.

—Mi abuelo es... peculiar —dijo, con una nota de advertencia en la voz—. No te tomes a mal lo que diga. No tiene filtro.

—Trato con pacientes todo el día. Sé manejar a personas sin filtro.

—Este es diferente —insistió él—. Es Don Ernesto Del Valle.

Abrió la puerta.

El hombre que estaba en la cama no parecía el fundador de un imperio. Parecía un abuelo cualquiera: frágil, arrugado, con el pelo blanco revuelto sobre la almohada y una bata de seda azul que le quedaba grande. Tenía vías en los brazos y una máquina que pitaba suavemente junto a la cabecera.

Pero sus ojos.

Sus ojos eran dos luceros azules, vivos, inteligentes, traviesos. Unos ojos que no habían perdido ni una pizca de juventud a pesar de los ochenta y siete años que cargaban a cuestas.

—Así que tú eres la enfermera que ha cazado a mi nieto —dijo, nada más verme.

—Abuelo... —protestó Sebastián.

—Cállate, muchacho, que estoy conociendo a mi nuera. —Don Ernesto me tendió una mano temblorosa, llena de manchas de la edad—. Ven, acércate, déjame verte bien.

Me acerqué. Su mano era cálida, sorprendentemente cálida para alguien tan enfermo.

—Menuda pieza te has llevado —continuó el anciano, examinándome con descaro—. Frío como un témpano y terco como una mula, pero por dentro es de mantequilla. Tú no te dejes engañar por la coraza, ¿eh?

—No pienso dejarme engañar por nada, señor —respondí, sin poder evitar una sonrisa.

—Llámame abuelo. O Don Ernesto, si te da vergüenza. Pero nada de señor. Los señores son unos aburridos. —Me guiñó un ojo—. Cuídalo bien, Luna. Este idiota no sabe pedir ayuda ni aunque se esté ahogando.

Algo se removió en mi pecho.

Aquel anciano, con su voz cascada y sus ojos brillantes, me recordaba tanto a mi abuela que me dolía respirar. Mi abuela también era así. Directa. Cálida. Capaz de atravesar todas mis defensas con una sola frase.

—Lo cuidaré —prometí, y por primera vez en todo el día, mis palabras fueron completamente sinceras.

Sebastián me miró de reojo.

Algo suavizó su expresión durante un segundo. Solo un segundo. Luego volvió a ser el depredador con corbata de siempre.

—Vamos —dijo, girándose hacia la puerta—. Hay que llegar a la mansión antes del anochecer.

—¿Ya me echáis? —protestó Don Ernesto—. ¡Si acabo de conocer a mi nuera!

—El médico ha dicho que necesitas descansar.

—¡El médico es un aguafiestas y tú también!

Pero se recostó en la almohada, agotado. Las ojeras violáceas bajo sus ojos azules delataban que la energía que había mostrado era un esfuerzo titánico. Me incliné hacia él y le di un beso en la mejilla.

—Volveré mañana, Don Ernesto.

—Más te vale —murmuró, cerrando los ojos—. Y tráeme un pastel a escondidas. La comida de este hospital sabe a cartón.

Salí de la habitación con una sonrisa. Pero la sonrisa se me borró de golpe cuando Sebastián me tomó del brazo en el pasillo.

—Mi abuelo te ha tomado cariño —dijo, con voz baja—. Eso es bueno para el plan. Pero no te confundas. Esto sigue siendo un negocio.

—Lo sé —respondí, zafándome de su mano—. No necesito que me lo recuerdes.

—Solo quiero que quede claro.

—Está clarísimo, señor Del Valle.

Caminé hacia el ascensor con la cabeza alta.

Pero por dentro, algo se me había encogido. Porque Don Ernesto me había recordado a mi abuela. Y porque en sus palabras —"es de mantequilla por dentro"— había un eco de algo que yo no quería ver.

El hombre de hielo quizás no era tan de hielo.

Y eso, precisamente eso, era lo más peligroso de todo.

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Comentários (1)
goodnovel comment avatar
Isabel Bautista
ojalá tengan una oportunidad de amarse
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