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La primera vez que cedió

Penulis: ARYO
last update Tanggal publikasi: 2026-04-24 22:53:50

Valeria despertó con la garganta seca y un ardor que le recorría todo el cuerpo. La cama estaba empapada en sudor. Miró el reloj: las cinco y cuarenta y siete de la mañana.

Se levantó en silencio para no despertar a Mateo y fue al baño. Al encender la luz, se quedó sin aliento.

La marca en su mejilla ya no eran tres líneas. Ahora formaba un símbolo extraño: tres líneas unidas por una curva, como una letra antigua que no reconocía. Brillaba con un leve tono rojizo.

—Dios mío… —susurró.

Un golpe suave en la puerta la sobresaltó.

—¿Val? ¿Estás bien? —preguntó Mateo desde afuera.

—S-sí… solo me lavaba la cara.

Se mojó el rostro con agua fría, pero la marca no desapareció. Al contrario, parecía más definida. Más permanente.

Cuando salió, Mateo ya estaba en la cocina preparando café. La miró preocupado.

—Tienes fiebre —dijo, tocándole la frente—. Estás ardiendo.

Ella se apartó con suavidad.

—Estoy bien. Solo necesito ir a la biblioteca. Doña Rosa me está esperando.

Mateo suspiró, pero no discutió. La llevó hasta la biblioteca en silencio. Antes de que bajara del auto, le tomó la mano.

—Esta noche vuelvo a buscarte. No acepto un no.

Valeria asintió y entró rápido.

Doña Rosa la estaba esperando en el sótano, con el libro negro abierto sobre la mesa.

—Te lo advertí —dijo la anciana sin preámbulos—. Ahora ya está marcado. Mira.

Le señaló una página. Allí, dibujado con tinta fresca, estaba exactamente el mismo símbolo que Valeria tenía en la mejilla.

—Es su sello —explicó Doña Rosa—. Cada vez que pronuncias su nombre, el sello se hunde más en tu piel. Cuando llegue al corazón… ya no habrá forma de romper el lazo.

Valeria se dejó caer en una silla, exhausta.

—¿Qué hago? Anoche estuvo en mi cabeza. Me habló mientras Mateo dormía al lado. No puedo seguir así.

La anciana la miró con tristeza.

—Solo hay dos caminos, niña. O lo rechazas hasta que el sello te mate… o lo aceptas. Pero si lo aceptas, ya nunca volverás a ser libre.

En ese momento, las luces del sótano parpadearon.

Kael apareció sentado sobre la mesa, con una pierna cruzada, tan tranquilo como si estuviera en su propia casa.

—Doña Rosa —saludó con una sonrisa burlona—. Sigues tan dramática como hace setenta años.

La anciana palideció y dio un paso atrás.

—Demonio —escupió—. Déjala en paz.

Kael ni siquiera la miró. Solo tenía ojos para Valeria.

—Anoche casi lo dijiste —susurró, solo para ella—. Casi pronunciaste mi verdadero nombre mientras dormías. Lo sentí.

Valeria se puso de pie, temblando.

—No voy a decirlo.

Kael se inclinó hacia adelante, acercando su rostro al de ella.

—Dilo una vez más… y te daré el placer más grande que jamás hayas sentido. Dilo… y terminará esta tortura.

Valeria sintió que su voluntad se quebraba. El ardor en su cuerpo era insoportable. El deseo y el miedo se mezclaban hasta volverla loca.

Sus labios temblaron.

Abrió la boca.

Y en un susurro apenas audible, casi sin querer, dejó escapar:

—Kael…

Las luces estallaron. El libro negro se cerró solo.

Doña Rosa gritó.

Kael sonrió con triunfo, sus ojos completamente negros.

—Bienvenida a mi mundo, Valeria Solís.

Y por primera vez, la besó.

El beso de Kael fue como fuego y hielo al mismo tiempo. Sus labios fríos se apretaron contra los de Valeria con una hambre que la dejó sin aliento. Ella quiso apartarse, pero su cuerpo traidor se arqueó hacia él, como si hubiera estado esperando ese contacto toda la vida.

Un gemido escapó de su garganta sin permiso.

Cuando Kael se separó, sus ojos ya no eran completamente negros; ahora tenían un tono dorado brillante, como si el beso le hubiera dado vida.

—Una vez más —susurró contra sus labios—. Di mi nombre completo una vez más y te haré mía aquí mismo.

Valeria tenía los ojos vidriosos. Su respiración era agitada. La marca en su mejilla ardía como una brasa.

Doña Rosa gritó desde el fondo del sótano:

—¡No lo hagas, Valeria! ¡Si lo dices tres veces seguidas, ya no habrá vuelta atrás!

Kael giró la cabeza lentamente hacia la anciana. Su voz se volvió peligrosa:

—Vieja, si vuelves a interrumpir, te haré callar para siempre.

Valeria aprovechó ese segundo de distracción. Se apartó de golpe y corrió hacia las escaleras.

—¡Mateo! —gritó con todas sus fuerzas mientras subía—. ¡Mateo, ayúdame!

Kael no la persiguió. Solo se quedó ahí, sonriendo con esa calma aterradora.

—No puedes huir de mí —dijo en voz baja, pero ella lo escuchó perfectamente dentro de su cabeza—. Ahora llevas mi beso… y mi nombre en la lengua.

Valeria salió disparada de la biblioteca. Mateo estaba estacionado afuera, bajando del auto con cara de alarma.

—¿Qué pasó? ¡Estás llorando!

Ella se lanzó a sus brazos sin pensarlo. Mateo la abrazó fuerte, confundido pero protector.

—Llévame lejos —suplicó contra su pecho—. Por favor, sácame de aquí.

Mateo no preguntó más. La metió en la patrulla y arrancó a toda velocidad.

Mientras el pueblo quedaba atrás, Valeria se tocó los labios. Todavía sentía el frío del beso de Kael.

Y en el fondo de su mente, la voz de él susurró, suave y posesiva:

—Corre todo lo que quieras, mi Valeria.

Cuanto más huyas… más cerca estarás de decir mi nombre por tercera y última vez.

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