El eco de la voz de Leonardo atravesó la penumbra del pasillo con la fuerza de un mandato implacable, vibrando en las paredes de mármol. Nathalia se quedó completamente petrificada contra el muro del corredor, sintiendo el frío de la pared atravesar la tela ligera de su camisón. El corazón le percutía en las costillas con una violencia salvaje, enviando oleadas de calor por todo su cuerpo. Su mente, fragmentada entre la culpa moral y la necesidad física que la devoraba desde hacía tres años, le ordenaba dar media vuelta, correr hacia la habitación de huéspedes y cerrar la puerta con seguro. Sin embargo, sus pies no obedecieron a la cordura. La electricidad que aún ardía en su vientre tras haber presenciado la intimidad de Leonardo la mantenía encadenada al suelo de la mansión.
Desde el interior de la suite se escuchó el rústico crujido de las sábanas de lino al ser desplazadas y el impacto pesado de los pies descalzos del magnate caminando hacia la entrada.
La puerta doble de caoba se abrió de par en par con un movimiento lento y deliberado.
Leonardo apareció en el umbral. Llevaba el pantalón de vestir suelto sobre la cadera, con el cinturón completamente desabrochado y la bragueta abierta a medias, exponiendo la firmeza de su vientre marcado y la línea de vello oscuro que descendía hacia su intimidad. Su camisa de vestir gris permanecía totalmente abierta, mostrando la amplitud de su pecho, marcado por el tono bronceado de su piel y los músculos tensos por el deseo acumulado. Sus ojos, oscurecidos por una mezcla de frustración, necesidad y dominio puro, descendieron por la figura de Nathalia con una lentitud voraz, devorando la vista de sus piernas al descubierto bajo el corte corto del camisón rosa pálido.
—Te dije que entraras —murmuró él con la voz completamente rasposa, profunda y baja, manteniendo una mano de nudillos marcados apoyada sobre el marco de madera.
—Yo... solo iba a la cocina por un vaso de agua —alcanzó a articular Nathalia en un hilo de voz, sintiendo que el aire en el pasillo se volvía denso, pesado e irrespirable—. No pretendía... no quería mirar.
Leonardo dio un paso fuera de la suite, recortando la distancia entre ambos hasta quedar a escasos centímetros de su rostro. El calor que emanaba de su cuerpo era abrumador; la fragancia a madera de cedro, el rastro amargo del whisky y la calidez de su piel invadieron los sentidos de la joven de manera inmediata, anulando cualquier atisbo de pensamiento lógico.
—Mentira —sentenció él, fijando sus pupilas dilatadas en los ojos temblorosos de la chica—. Querías mirar. Llevas tres años deseando saber qué se siente romper las reglas conmigo en esta casa.
Nathalia entreabrió los labios para articular una negación, pero la intensidad devoradora de la mirada de Leonardo le robó las palabras. El magnate extendió su mano derecha y aferró la muñeca de la chica con una presión firme, dominante, pero libre de dolor, tirando suavemente de ella hacia el interior de la suite. Nathalia no ofreció la menor resistencia; sus piernas cedieron al impulso. En cuanto el talón descalzo de la joven cruzó el umbral, Leonardo empujó la pesada puerta de caoba con el hombro, cerrándola con un golpe seco que resonó en el silencio de la noche. El pestillo metálico encajó con un chasquido definitivo que retumbó en los oídos de Nathalia como el sello de una condena voluntaria.
Estaban completamente encerrados.
La suite principal era un espacio imponente, dominado por una cama king size de madera tallada, iluminado únicamente por la luz dorada y tenue de la lámpara de noche y los reflejos de la luna que filtraban los ventanales. Nathalia se quedó de pie en el centro de la alfombra persa, sintiendo cómo los latidos de su corazón sintonizaban con la respiración agitada y pesada de Leonardo a sus espaldas.
Él caminó hacia ella con la parsimonia de un cazador que sabe que su presa ha acudido por voluntad propia. Se detuvo justo detrás de ella, tan cerca que el calor de su pecho desnudo rozaba la tela del camisón en su espalda.
—Dijiste mi nombre —susurró Nathalia, con el pulso temblándole en la garganta al recordar la imagen de él tocándose en la penumbra de la habitación—. Cuando estabas a solas... me nombraste a mí.
Leonardo soltó un suspiro pesado que rozó la piel sensible del cuello de la joven, enviando una descarga de cosquilleo eléctrico por su columna que la hizo cerrar los ojos de inmediato.
—Llevo meses nombrándote en la oscuridad de esta habitación, Nathalia —confesó él en un murmuro cargado de una gravedad posesiva—. Llevo meses intentando convencerme de que eres solo la amiga de mi hija, de que no debo fijarme en la forma en que tus caderas se mueven cuando caminas por los pasillos, ni en cómo me miras por debajo de tus pestañas. Pero esta noche cruzaste el límite al quedarte en esa puerta.
Las manos grandes y calientes de Leonardo se posaron en las caderas de Nathalia. La calidez de sus palmas atravesó la seda fina del camisón, apretando con firmeza la carne suave de sus costados. Con un movimiento lento y controlado, la giró sobre sus talones hasta obligarla a encararlo.
Nathalia alzó el rostro. La diferencia de estatura la obligaba a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Leonardo la observaba con una fijación voraz, desprovista de cualquier máscara de frialdad o compostura. En ese espacio íntimo, ya no era el imponente CEO de Santoro Holdings ni el padre protector; era un hombre consumido por el deseo hacia la mujer que tenía enfrente.
—Si no te vas ahora mismo, Nathalia, no habrá vuelta atrás —advirtió él, acariciando el contorno de su cintura con los pulgares mientras los bordes de su camisa abierta rozaban los senos de la chica—. Mañana Camila se irá de la casa y estaremos a solas todo el fin de semana. Si te quedas en esta habitación hoy, te prometo que voy a tomar cada centímetro de ti hasta que olvides incluso tu propio nombre.
Nathalia sintió que el mundo exterior se disolvía por completo. La razón le gritaba que pensara en la amistad con Camila, pero el recuerdo de la violencia de Marcos, la soledad y los años de deseo reprimido terminaron por destruir la última barrera de autocontrol.
En lugar de retroceder, Nathalia alzó sus manos temblorosas y apoyó las palmas sobre el torso desnudo de Leonardo. Sintió la dureza de sus pectorales, el vello espeso y el latido desbocado de su corazón.
—No me voy a ir —susurró ella, fijando sus ojos oscuros en los labios carnosos del hombre—. Llevo demasiado tiempo esperando esto.
Leonardo dejó escapar un gruñido grave desde el fondo de su garganta. Sin darle tiempo a procesar sus palabras, la tomó por la nuca, enredando sus dedos largos en el cabello oscuro de la joven, y atrajó su boca hacia la suya en un beso destructivo, salvaje y cargado de una hambre contenida durante años.
El impacto de las bocas hizo que Nathalia soltara un gemido ahogado. La lengua de Leonardo invadió su cavidad oral con una autoridad implacable, devorando sus labios, saboreando su aliento y reclamando cada rincón con una posesividad brutal. Nathalia le correspondió con la misma desesperación, enredando sus brazos alrededor del cuello del magnate y pegando su cuerpo al suyo de tal forma que sintió la dureza evidente y erguida de la intimidad de Leonardo presionando contra su vientre.
Leonardo la levantó del suelo por los muslos con una facilidad pasmosa. Nathalia enredó de inmediato sus piernas alrededor de la cadera del hombre, sintiendo la textura de la tela de su pantalón contra su piel desnuda. Sin romper el beso voraz, Leonardo caminó a pasos largos hacia la cama king size y la recostó sobre el edredón de plumas, acomodándose de inmediato entre sus piernas abiertas.
La luz tenue iluminaba los rostros agitados de ambos. Leonardo separó su boca solo un par de centímetros, mirando los labios hinchados y enrojecidos de Nathalia. Con ambas manos, aferró los tirantes finos del camisón rosa y tiró de ellos hacia abajo con un movimiento firme. La tela se rasgó levemente en las costuras, dejando al descubierto sus senos erguidos, con los pezones endurecidos por la brisa helada y el deseo puro.
—Eres perfecta, carajo... —maldijo Leonardo con la voz rota, bajando la mirada hacia el pecho desnudo de la joven.
Se inclinó sobre ella y atrapó uno de sus pezones entre sus labios, succionándolo con fuerza mientras su lengua trazaba círculos ardientes alrededor de la aureola. Nathalia arqueó la espalda sobre el colchón, soltando un gemido agudo que resonó en el techo de la suite. Llevó sus manos al cabello ligeramente plateado de Leonardo, apretándolo contra su pecho mientras él alternaba devorando un seno y acariciando el otro con la palma de su mano, pellizcando la punta con una presión precisa que la hacía temblar de placer.
La mano derecha de Leonardo descendió por el vientre plano de Nathalia, colándose por debajo del dobladillo levantado del camisón. Deslizó sus dedos por la parte interna de sus muslos, haciendo que la chica entreabriera más las piernas de forma instintiva. Cuando la palma de su mano tocó la tela húmeda de su ropa interior, Leonardo dejó escapar una sonrisa oscura contra la piel de su cuello.
—Estás empapada por mí, Nathalia —murmuró él, rozando sus nudillos contra su zona más sensible.
—Leonardo... por favor —suplicó ella, respirando a bocanadas mientras las sensaciones amenazaban con hacerle perder el conocimiento.
Sin perder tiempo, Leonardo enganchó sus dedos en el elástico de la prenda íntima de Nathalia y se la retiró por las piernas de un solo tirón, arrojándola al suelo junto a la cama. Quedó completamente desnuda de la cintura hacia abajo, expuesta ante la mirada abrasadora del magnate.
Leonardo introdujo dos de sus dedos en la humedad cálida de la joven, comenzando un movimiento de entrada y salida lento, profundo y ritmado. Nathalia ahogó un grito de éxtasis contra el hombro del hombre, clavándole las uñas en la espalda desnuda. El roce de los dedos de Leonardo dentro de ella era certero, alcanzando el punto exacto que la hacía estremecerse en espasmos involuntarios. Él aceleró el ritmo de los dedos mientras su pulgar ejercía una presión constante sobre su clítoris, llevándola al borde de un abismo de placer que nunca antes había experimentado.
—Mírame —ordenó Leonardo con voz imperiosa.
Nathalia abrió los ojos, empañados por las lágrimas de placer. Quería ver al hombre que la estaba dominando. En ese momento, Leonardo retiró los dedos de su interior y se incorporó sobre sus rodillas. Con movimientos rápidos y decididos, se quitó la camisa abierta, arrojándola al suelo, y se despojó del pantalón de vestir y la prenda interior de un solo empuje, quedando completamente desnudo ante ella.
Nathalia contuvo el aliento. La anatomía de Leonardo era imponente: un cuerpo maduro, musculoso, cubierto de vello en el pecho que descendía en una línea perfecta hacia su miembro, grueso, completamente erguido y palpitante de venas marcadas. Era la imagen viva de la virilidad y el poder.
Leonardo tomó las piernas de Nathalia por las corvas y las abrió completamente, acomodándose entre sus muslos. Alineó la punta de su miembro con la entrada húmeda y caliente de la chica.
—No hay vuelta atrás, Nathalia. Vas a ser mía esta noche y el resto de tu vida —sentenció él, mirándola fijamente a los ojos.
Poco a poco, Leonardo presionó su cadera hacia adelante, introduciéndose en ella de un solo empuje firme y constante.
Nathalia echó la cabeza hacia atrás sobre las almohadas, soltando un grito ahogado de placer y plenitud al sentir la dimensión y el grosor de Leonardo llenando cada rincón de su interior. La sensación de estiramiento y la calidez invasiva del magnate la hicieron jadear sin control. Él esperó un par de segundos, permitiendo que el cuerpo estrecho de la joven se amoldara a su tamaño, mientras se inclinaba para besarle la frente, las mejillas y la boca con una devoción casi religiosa.
—Estás tan estrecha... me vas a volver loco —maldijo él entre dientes, sintiendo cómo las paredes internas de Nathalia lo abrazaban con fuerza.
Leonardo comenzó a mover su cadera. Al principio, fueron embestidas lentas, profundas y calculadas, entrando hasta el fondo y saliendo casi por completo para hacerla suplicar por más. Cada roce de su miembro contra sus paredes internas enviaba olas de electricidad que hacían que Nathalia se convulsionara sobre la cama.
Pronto, el ritmo pausado se transformó en una tormenta de pasión desenfrenada. Leonardo comenzó a embestirla con fuerza, velocidad y una potencia brutal que hacía que la pesada cama de madera crujiera contra la alfombra. El sonido del impacto de sus cuerpos desnudos, mezclado con las estocadas húmedas y los gemidos descontrolados de Nathalia, llenó la suite por completo.
—¡Leonardo! ¡Ahí... Dios mío, sí! —gritaba Nathalia, fuera de sí, aferrándose con ambas manos a la cabecera de la cama mientras el cuerpo masivo de Leonardo la embestía sin piedad.
Él sujetó las caderas de la joven con ambas manos, marcando sus dedos en la piel suave de sus glúteos, y aceleró aún más el ritmo. Cada estocada era más profunda y feroz que la anterior, alcanzando el cuello de su útero y provocando que Nathalia perdiera por completo el control de su cuerpo. Los espasmos de un orgasmo violento comenzaron a apoderarse de ella; sus músculos internos se contrajeron rítmicamente alrededor del miembro de Leonardo, aprisionándolo en un abrazo caliente y sofocante.
—Eso es... nena, clámame, cúbrete de mí —gruñó Leonardo, sintiendo la presión del orgasmo de la chica.
Nathalia se estremeció en un grito prolongado de éxtasis puro, viendo estrellas detrás de sus párpados cerrados mientras su cuerpo se sacudía en oleadas incontenibles de placer. Al sentir las contracciones de Nathalia, el autocontrol de Leonardo terminó de romperse en mil pedazos. Dio tres embestidas finales, profundas y devastadoras, hundiéndose hasta la raíz dentro de ella, y dejó escapar un rugido animal desde el pecho mientras se liberaba en su interior, llenándola con torrentes de su esencia caliente y palpitante.
El magnate colapsó sobre el cuerpo de Nathalia, apoyando el hombro sobre el colchón para no aplastarla con su peso. Ambos quedaron abrazados en la penumbra, respirando a bocanadas violentas, con los cuerpos empapados en sudor y los corazones latiendo al unísono contra sus pechos.
Leonardo no se retiró de su interior de inmediato. Mantuvo su miembro enterrado en ella mientras le apartaba los mechones de cabello húmedo del rostro y le besaba los labios con una ternura inesperada y profunda.
—Eres mía —murmuró él contra sus labios enrojecidos, con la voz aún agitada por el esfuerzo físico—. Te lo dije.
Nathalia se acurrucó contra su pecho, escondiendo el rostro en su cuello y respirando su aroma. La culpa había sido sepultada por la intensidad de la entrega. Había cruzado la línea, pero en los brazos de Leonardo se sentía más segura y deseada que en toda su vida.
Pasaron cerca de dos horas en un trance de caricias, besos pausados y murmullos en la penumbra. Leonardo volvió a tomarla una vez más antes del amanecer, con un ritmo más lento, casi pausado, disfrutando de cada gemido y de la suavidad de la piel de la joven hasta dejarla exhausta.
Cerca de las seis y media de la mañana, la luz clara del amanecer comenzó a colarse por los ventanales de la suite. Nathalia dormía plácidamente con la cabeza apoyada en el pecho de Leonardo, cubierta apenas por la sábana blanca.
De repente, el sonido estridente de la alarma de la entrada principal de la mansión cortó la calma de la mañana.
Leonardo se congeló en la cama, incorporándose de golpe con los músculos del torso completamente tensos. Nathalia se despertó sobresaltada, cubriéndose los senos con la sábana mientras miraba la puerta con los ojos desorbitados por el pánico.
El eco de la voz de Camila resonó desde el corredor del primer piso, subiendo las escaleras a pasos apresurados:
—¿Papá? ¿Nathalia? ¡Olvidé mi pasaporte en el estudio para el viaje! ¿Hay alguien despierto?
Nathalia ahogó un grito de terror llevándose las manos a la boca. Camila estaba dentro de la casa. Los pasos de su mejor amiga avanzaban directamente por el pasillo hacia la suite principal, y en el suelo de la habitación descansaban la camisa rotulada de Leonardo, la ropa interior de Nathalia y el camisón rasgado, en medio de un ambiente saturado por el olor inequívoco del sexo resiente.