Mag-log inEl sol brillaba con fuerza sobre la playa de Montañita, en la costa ecuatoriana. Las olas rompían con un rugido constante contra la arena dorada, y el aire salado se mezclaba con el aroma a protector solar y felicidad. Era el tercer día de sus vacaciones, y la familia Del Valle-López había encontrado, por fin, la paz que tanto había buscado.Mateo estaba de pie en la orilla, con una tabla de surf bajo el brazo que era casi tan grande como él. Vestía un traje de neopreno azul que le quedaba un poco grande, pero su sonrisa era tan enorme que iluminaba toda la playa.—¿Listo, campeón? —preguntó Luciano, ajustándose su propio traje.—¡Listo! —respondió Mateo con una determinación que solo los niños muy pequeños o los muy valientes pueden tener.Bianca estaba sentada en la arena, bajo una sombrilla, con una cámara en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. Llevaba un vestido ligero y gafas de sol, y por primera vez en mucho tiempo, no había ni rastro de preocupación en su rostro.—¡Quiero
El coche se detuvo frente a la mansión cuando el sol comenzaba a esconderse tras los árboles, pintando el cielo de tonos naranjas y rosados. Bianca y Luciano bajaron lentamente, sintiendo el peso de las últimas semanas desprenderse de sus hombros con cada paso que daban hacia la puerta.La casa los recibió con su calidez habitual. La señora González salió a su encuentro con una sonrisa de oreja a oreja.—Señor, señora, ¡qué alegría verlos! El niño está en su habitación, jugando. No ha querido cenar sin ustedes.—Gracias, señora González —dijo Bianca, abrazándola—. De verdad, gracias por todo.—No hay nada que agradecer, señora. Esta es su casa y yo estoy para servirles.Subieron las escaleras lentamente, saboreando el momento. Al llegar a la habitación de Mateo, se asomaron por la puerta entreabierta.El niño estaba sentado en el suelo, rodeado de libros y juguetes. Tenía uno de esos libros de ciencia para niños abierto sobre las piernas, el que explicaba el sistema solar con dibujos
Dos semanas habían pasado desde aquella rueda de prensa que cambió todo. Dos semanas desde que Bianca reveló la verdad sobre el origen del dinero de Luciano, desde que las cartas de su madre conmovieron al país entero, desde que la opinión pública dio un giro de 180 grados y convirtió a Luciano en una figura casi heroica: el joven padre soltero que, gracias a la bondad de una mujer desconocida, logró construir un imperio.Los titulares de aquellos días aún resonaban en la memoria colectiva: "El milagro de Luciano Del Valle: de la pobreza al éxito gracias a un ángel anónimo", "La madre de Bianca López, la benefactora secreta que cambió una vida", "Gabriela Salazar, la mujer que mintió para destruir".Pero hoy no era día de titulares. Hoy era día de justicia.El tribunal estaba abarrotado. Periodistas, curiosos, familiares, todos apretujados en las bancas de madera, esperando el veredicto que decidiría el futuro de cuatro personas cuyas vidas habían quedado atrapadas en una telaraña de
El salón de eventos del Hotel Imperial estaba abarrotado. Periodistas de todos los medios importantes ocupaban cada silla, cada rincón, cada espacio disponible. Las cámaras apuntaban al estrado vacío como si fueran armas listas para disparar. El murmullo de las conversaciones era un rumor constante, una marea de especulaciones, dudas y expectativas.En la primera fila, los representantes de los canales de televisión más importantes ajustaban sus micrófonos. Detrás, los periodistas de prensa escrita tomaban notas nerviosamente. Al fondo, los fotógrafos hacían sus últimas comprobaciones técnicas. El mundo de los negocios, la opinión pública, los inversores, todos tenían los ojos puestos en ese estrado vacío.Y en una sala privada, en la parte trasera del hotel, Luciano Del Valle se ajustaba el nudo de la corbata por décima vez en los últimos diez minutos.—Tranquilo —dijo Bianca, colocando sus manos sobre las de él—. Vas a romper la corbata.Él soltó una risa nerviosa.—Lo siento. Es qu
La sala de estar de la mansión se había convertido en un campo de batalla silencioso. Luciano y Bianca estaban sentados en el sofá, frente a la pantalla del televisor, donde las imágenes de Gabriela en la estación de policía se repetían una y otra vez en todos los canales. Sus palabras, sus acusaciones, sus documentos flotando en el aire como pruebas de una condena."El imperio de Luciano Del Valle fue construido a base de sobornos, robos y dinero mal habido de su tío, Renato del Valle."Luciano sentía que la sangre le hervía. Cada vez que escuchaba esa frase, era como un puñal directo al corazón. Sus manos, apoyadas sobre sus rodillas, temblaban ligeramente. Su mandíbula estaba tan apretada que los músculos de su cuello se marcaban como cuerdas de acero.—Es mentira —murmuró, más para sí mismo que para Bianca—. Es mentira todo lo que está diciendo.Bianca puso una mano sobre su brazo, tratando de transmitirle calma.—Lo sé, amor. Lo sé.—Yo no recibí dinero de mi tío —continuó Lucian
Gabriela bajó las escaleras con paso firme, arrastrando su maleta tras de sí. En su rostro se dibujaba una sonrisa de suficiencia, una mezcla de orgullo herido y desafío. Había perdido la batalla, sí, pero no la guerra. Saldría de esa mansión con la cabeza en alto, y algún día, de alguna manera, haría que Luciano y Bianca pagaran por humillarla.Llegó a la puerta principal, respiró hondo, y la abrió.Y se encontró con tres oficiales de policía uniformados, escoltados por Elías, que la miraban con una expresión que era puro hielo.—¿Señora Gabriela Salazar? —preguntó el oficial al frente, mostrando una placa.Ella se quedó paralizada, la sonrisa congelándose en su rostro.—Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga puede ser usado en su contra. Queda detenida por conspiración, robo de información confidencial y complicidad en delitos financieros contra Del Valle Corporation.Gabriela sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor.—¿Qué? ¡Esto es un error! ¡Yo no he hecho nad







