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La mansión en la montaña

last update Fecha de publicación: 2026-09-02 12:21:25

Capitulo 5

El helicóptero se eleva por los aires y nos vamos adentrando a la oscuridad. No se ve nada desde aquí abajo, solo pinos enormes que parecen no tener fin.

El clima aquí es horrible. Hace un frío insoportable. Mi vestido no me cubre lo suficiente, se me congelan las piernas y los brazos. Me abrazo a mí misma intentando guardar un poco de calor, pero es imposible.

Entre los enormes pinos se alcanzan a ver unas luces a lo lejos y, mientras más nos acercamos, una enorme mansión escondida en una montaña entra en mi campo de visión. Parece irreal, es hermosa. Toda iluminada, gigante, hecha de piedra y madera oscura. Parece de esas mansiones que salen en las películas.

El helicóptero desciende enfrente de la mansión y cuando llegamos el frío parece aún más intensificarse. El viento de las aspas me pega en la cara y me hace cerrar los ojos.

Tomo mi maleta y veo todo a mi alrededor. Solo oscuridad por donde sea. Pinos, nieve y silencio. Aquí nadie podrá encontrarme si algo malo me pasa. Ese pensamiento me aterra.

Con muchas dudas y miedo, con las manos temblando, abro la puerta principal de la mansión. Es gigantesca, pesada. El calor de adentro me recibe de golpe y agradezco que aquí sea cálido, pero ahora que estoy aquí no sé qué podrá pasarme. ¿Será que aquí viven ellos?

— ¡¡¡Hola!!! — digo con voz baja pero firme. Mi voz hace eco por toda la entrada.

Unos pasos firmes y fuertes se escuchan por toda la mansión. Tac, tac, tac. El ruido parece venir de todos lados, del segundo piso. Mi corazón se acelera.

Un hombre enorme se aproxima bajando de las escaleras. Es alto, muy alto. Lleva una camisa negra arremangada y un pantalón negro. Su cabello es oscuro y sus ojos... sus ojos son rojos como el abismo. Es guapísimo, pero da miedo.

— Vaya, vaya, pero mira nada más a quién tenemos aquí — dice aquel hombre, que mientras más se acerca más grande se ve. Sus palabras no son amable, es como si estuviera cazando algo.

Me quedo helada. No puedo moverme.

— Hola, soy Hanna — digo tratando de sonar tranquila, aunque por dentro estoy temblando.

Él se detiene a un metro de mí. Me recorre de pies a cabeza con la mirada, sin pena. Como si yo ya le perteneciera.

— Así que tú eres Hanna — dice con acento ruso, arrastrando mi nombre —. La deuda de tu padre. La pequeña Hanna que tanto esperamos.

Se agacha un poco para quedar a mi altura. Me agarra la barbilla con dos dedos, con fuerza pero sin lastimarme, y me obliga a mirarlo.

— Me han dicho que lloraste mucho en el camino. No me gusta que mis cosas lloren.

Me suelta y me da la espalda, caminando hacia la sala.

— Soy Ivan. Ivan Morozov. Y a partir de hoy, eres mía.

Detrás de él, en lo alto de la escalera, aparecen dos siluetas más. Otros dos hombres igual de altos, igual de imponentes. Uno rubio y uno con tatuajes en el cuello.

Entiendo en ese momento que no es uno. Son tres. Ivan, Dante y Silas. Los tres hombres jóvenes de los que habló mi papá.

Y los tres me están mirando a mí como si acabaran de recibir su regalo después de 10 años de espera.

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